El último ‘apparátchik’

Mentor político de Fidel y Raúl Castro, Alfredo Guevara (1925-2013) ejerció algún poder entre los hermanos. A pesar de su lealtad, fue humillado, públicamente, por el mayor de los dictadores.

Hace escasos tres meses, Alfredo Guevara declaraba que el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), fundado por él en 1959, era una institución obsoleta. “Yo diseñé la organización, pero digo, ‘esto no funciona más’”, aseguró a The New York Times. Apenas tres años atrás, el dictador Fidel Castro reconocía que el modelo cubano no funcionaba más: “El modelo cubano ya no funciona ni para nosotros”, dijo Castro a The Atlantic.

Esas afirmaciones debieron acompañarse por el desasosiego o por cierto complejo de culpa, pero de ello no hay noticias. En ambos casos, las declaraciones eran hechas a medios de comunicación de Estados Unidos y explicaban el fiasco en la gestión de un instituto de cine y de un país.

Acaba de morir Alfredo Guevara, quien tuvo poder suficiente para decidir qué se filmaba en Cuba, figura controversial toda su vida. Seguidamente a la firma de la ley 169 de creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), del 20 de marzo de 1959, Guevara pasó a controlar prácticamente toda la importación, exportación, la exhibición y la producción cinematográficas en el país.

La cercanía con Fidel y Raúl Castro desde los años 50, de quienes había sido mentor al aconsejarles la lectura de Marx y Lenin y llevarlos por el camino del marxismo, fue decisiva para su nombramiento al frente del Instituto. Pero en 1961, viendo que un grupo de muchachos, apoyados por el magacín Lunes de Revolución, habían realizado un cortometraje sobre la noche habanera, confisca la película y se arma uno de los más sonados episodios de censura en el país.

Durante medio siglo, muchos pormenores de la prohibición del cortometraje PM permanecían en una nebulosa, hasta la reciente publicación del libro El caso PM. Cine, poder y censura (Madrid, Colibrí, 2012) que desgrana paso a paso lo que fue sucediendo alrededor de ese filme de la discordia. Con la censura de PM, que dirigieron Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, Guevara destruía cualquier posibilidad de cine independiente.

Como autoridad central del nuevo organismo, cerró las puertas del Instituto a viejas figuras del cine prerrevolucionario, impidiendo que muchos profesionales pudieran seguir trabajando en el sector. Fue muy conocido su enfrentamiento con Ricardo Vigón, cofundador del Cine Club de La Habana (1948) y de la primera Cinemateca de Cuba (1951), de quien dijo no tenía los conocimientos suficientes para trabajar en la industria cinematográfica. A unos que ya colaboraban en el ICAIC, los expulsó; mientras que otros como Guillermo Cabrera Infante se marchaban por enfrentamientos con Guevara.

En un memorando que le escribió, Tomás Gutiérrez Alea (Titón) le criticaba a Guevara: “No puede haber variedad en nuestras obras si todas se deben ajustar al gusto de una sola persona”. El presidente del ICAIC llegó prácticamente a condenar el free cinema y la insolencia de todo aquel que lo cuestionara. Los enfrentamientos con Titón fueron célebres, y de ello da cuenta el libro Volver sobre mis pasos (La Habana, Unión, 2008), preparado por su viuda Mirta Ibarra y que contiene la correspondencia del cineasta.

Durante los momentos más crudos de represión a los homosexuales en las décadas de los 60 y 70, Guevara mantuvo una postura un tanto paradójica: protegió a todos los que estaban bajo su feudo, pero no se atrevió a criticar, ni en público ni en privado, las políticas homófobas y criminales de los dirigentes de la revolución cubana. Sin embargo, apoyó la censura más férrea que sufrió el escritor Virgilio Piñera y envió las cámaras del ICAIC a filmar la autoinculpación del poeta Heberto Padilla, después de su encarcelamiento.

Para que se tenga una noción de hasta donde llegó su cinismo, cito este párrafo en que Guevara habla del dramaturgo censurado: “si nos surgiera ahora un Virgilio Piñera que no tuviera esa historia, que no hubiera participado en Lunes, que no se dedicara a tratar de reclutar a los jóvenes intelectuales envenenándolos en sus relaciones y sus posiciones, o proponiéndoles planteamiento de determinadas posiciones ideológicas, y si no existiera ese pasado, y fuera un nuevo Virgilio Piñera el que naciera ahora, diría que eso sería harina de otro costal”.

Alfredo Guevara, en tanto presidente del ICAIC, dio el visto bueno para que se realizaran cuatro documentales de la ignominia durante el éxodo de Mariel (1980), todos bajo la batuta de Santiago Álvarez y Fidel Castro (y menciono ambos nombres porque ya para entonces el último pensaba por el primero), documentales de corte neoestalinista o neofascista si se quiere, que son una auténtica burla contra el pueblo cubano, y la inteligencia humana también.

Su primer mandato en el ICAIC no estuvo exento de polémica: además de la que hubo alrededor de PM (1961), le siguió la que sostuvo con el dirigente Blas Roca desde el periódico comunista Hoy (1963) a propósito de lo que se consideró como una exhibición de películas decadentes —La dolce vita, entre ellas— que Guevara defendía; y la última a raíz de la producción del filme Cecilia, que dirigió Humberto Solás en 1982 y que fue tan costosa, que le costó su reverendísimo puesto al presidente del ICAIC.

En su primera caída, Alfredo Guevara fue designado como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la UNESCO, y hasta allí fue con su séquito, no se sabe si para beneficiarle o joderle la vida a quién. Siguiendo las instrucciones de su Comandante en Jefe, Guevara permaneció en París hasta 1991, cuando le encomiendan volver al ICAIC y arreglar el desaguisado del filme Alicia en el pueblo de Maravillas, que provocó la destitución de Julio García Espinosa al frente del Instituto (y que por poco causa su cierre o su fusión con las fuerzas armadas o el instituto de televisión).

En una de sus más simpáticas entrevistas, a Castro le dio por hablar de cine. Dijo que le fascinaban las películas de Chaplin y de Cantinflas, y se paró ahí. Esas eran las películas favoritas del Comandante en Jefe, las que no hacían pensar mucho. No mencionó ninguna película cubana, para dolor del presidente del ICAIC.

El 24 de febrero de 1998, Castro hacía públicas sus desavenencias con el presidente del instituto de cine, antes de hablar horrores de la película Guantanamera, que para colmo no había visto: “No padezco del masoquismo de ver algunas de las cosas que con recursos de la Revolución y del pueblo se han creado y que no son un estímulo a la lucha, a la resistencia y al reconocimiento del mérito de tantos héroes anónimos como tiene este país”.

Alfredo Guevara tuvo que aguantar con estoicismo la humillación que Castro le había infligido en una de las sesiones de la Asamblea Nacional, en un discurso que fue transmitido en vivo y en directo para todo el país. Desde entonces, su salida del ICAIC había sido prevista, pero no estaba dispuesto a que aquello fuera interpretado como una destitución. En lo que parece ser su última súplica al dictador, Guevara le había pedido el puesto de presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que empezó a ocupar desde 1999.

Refugiado en esa comodidad, el viejo apparátchik empezó a recopilar y a publicar unos voluminosos libros de títulos impronunciables y cursis. Cuando se le creía sin poder, hace dos años, destituyó a todo el personal de la Oficina del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que lo acompañó en la organización del evento durante casi dos décadas.

Dio órdenes de no proyectar tal película o de no aceptar tal otra a competencia. Por problemas de comunicación, se despertó el sempiterno fantasma de la censura. Con mayor o menor razón, los realizadores afectados fueron ganando quorum hasta que el viejo apparátchik hizo su aparición en escena: “A mí hay que sacarme de aquí a cañonazos”, dijo. Pero este 19 de abril, su corazón dejó de funcionar.

Reacciones

Germán Puig, cofundador del Cine-Club de La Habana y de la primera Cinemateca de Cuba, dijo sobre Guevara: “Vivió creyendo que el fin justificaba los medios. Todo lo que se apartara de eso, le estorbaba. Al igual que Fidel Castro, creía que lo que hacía estaba bien hecho, aunque se equivocara. Se ha roto un cordón umbilical, porque Alfredo Guevara decía que yo era enemigo suyo. Él veía en mí a su alter-ego. Creía que tenía la misión de crear una industria cinematográfica, y la realidad prueba que en eso tenía razón”.

Fausto Canel, quien trabajó en el ICAIC hasta exiliarse en 1969, recuerda: “Fue un dirigente brillante que quiso hacer la cuadratura del círculo: quiso promover un cine de calidad y hasta crítico en un contexto marxista-leninista en el que creía. Pudo hacer lo que hizo en momentos en que el régimen cubano estaba en formación, pero en cuanto se convirtió en un régimen leninista, él tuvo que entrar por el aro. Cometió errores inmensos por razones de temperamento, metió la pata con la censura de PM. Ese fue un grave error que le cayó en sus espaldas y que Fidel Castro nunca le perdonó”.

“Se cuenta que Alfredo Guevara le ganó la presidencia de la FEU a Fidel Castro y entonces este se preguntó cómo era posible que ese hombre con frenillo y que no sabía hablar en público, podía ganarle. Y le ganó porque tenía el apoyo de la juventud comunista, que entonces tenía un entramado muy sólido. A partir de entonces, Fidel Castro se acercó a Guevara y le pidió que por favor le diera una mano con la educación de Raúl Castro, y es cuando consigue que inviten a Raúl a un congreso de las juventudes, organizado por la Internacional Comunista en Praga. Así fue cómo Alfredo se llevó a Raúl y lo empezó a meter en el mundo comunista. Luego fueron invitados a Moscú, regresaron en barco y se hicieron muy amigos”.

“Por esa época, Fidel Castro era un lector voraz de Benito Mussolini y de Primo de Rivera. El consejo de Alfredo fue: ‘léete a Marx y a Lenin que son los que tienen las cosas claras’…”

“Le parecía completamente estúpido perseguir a los homosexuales y sobre todo mandarlos para campos de concentración. Él era más inteligente que los imbéciles. Le gustaba estar rodeado por hombres bonitos. Él nunca se hubiera tirado contra el poder e hizo lo que pudo”.

Orlando Jiménez Leal, co-director de PM y del documental Conducta impropia, dice: “Alfredo Guevara quería ser poeta. Un día en una larga caminata en Madrid, mi amigo Roberto Fandiño me dijo: ‘Yo he sido el confesor de Alfredo Guevara’. Le pregunté que si era Père Lachaise y me dijo aun más, que él era el corrector de sus poemas”.

“Cuando llegamos a su casa, para probarme lo que decía, Fandiño sacó unos extraños manuscritos. Eran los poemas de Alfredo. Yo leí aquello con extrañeza y con pasión. Recuerdo que eran unos hermosos ripios, una mezcla de Luis Cernuda y Miguel Hernández en proporciones que no recuerdo. Había una extraña reiteración de las caracolas y el mar. ¿Qué extraño poder tenía este hombre? ¿Cómo pudo ganar tantas batallas prácticamente en solitario? ¿Qué intrigas palaciegas controlaba?”

“Lo cierto es que tenía un extraño ascendente sobre Fidel Castro que nadie hasta ahora podía entender. Fue un apparátchik aplicado, rebelde y sinuoso. Paseaba su saco sobre sus hombros como una especie de desafío a ese mundo machista que lo rodeaba. Tuvo la virtud de crear una industria de cine en Cuba. En realidad creó el aparato de propaganda más poderoso que tenía la revolución. Con él infectó con boberías ideológicas a medio mundo. Que descanse en paz”.

Publicado en Diario de Cuba

Screening and Panel Discussion on Nicolás Guillén Landrián at Princeton University

Nicolas Guillen Landrian

Princeton University is hosting a screening and a panel discussion on Cuban Filmmaker Nicolás Guillén Landrián this thursday, March 7th. 2013 at 4:30 pm.

Organized by The Department of Spanish and Portuguese Languages and Cultures under the coordination of Phd student Gerardo Muñoz, there will be a screening of four documentaries directed by Guillén Landrián (Ociel del Toa, Reportaje, Coffea Arábiga and Desde La Habana…1969), followed by my biographical documentary Café con leche, on Guillén Landrián.

Contesting the Revolution: the documentaries of Nicolás Guillén Landrián (1938-2003)

Discussants: Manuel Zayas, Dylon Robbins (New York University), Rachel Price (Princeton University), Javier Guerrero (Princeton University) and Gerardo Muñoz (Princeton University).

Where: Princeton University, 010 East Pyne
Admissions: Open to the public and free entrance

First retrospective on Nicolás Guillén Landrián in Spain

In Spain, the first retrospective on Cuban filmmaker Nicolás Guillén Landrián will take place at Play Doc Film Festival, on March 16th, which hold an homage to the Maysles Brothers as well.

The titles of the films are: In An Old Neighborhood, Dancers, Ociel of the Toa River, Reportage, Return to Baracoa, and Coffea Arabica. The program is in Galician, Spanish and English.

REPORTAJE_1966

THREE LETTERS FROM NICOLÁS GUILLÉN LANDRIÁN
by Manuel Zayas

Those who had known him in Cuba, and had then lost all contact with him, thought that Nicolas Guillén Landrián was already dead. In February of 2003 –thanks to Alejandro Ríos and Lara Petusky Coger – I discovered that this filmmaker was living in Miami and I contacted him. The contact took place via email only and lasted just three months.

Nicolasito, at that moment, knew nothing of the cancer that would end his life, nor did I imagine myself making a post-mortem documentary about him. But just as with his films, which were released almost thirty years after being made, in his life everything seemed to be postponed. Rather than it being fate, this was the decision of enlightened culture officials.

In 2002 and 2003, the Muestra de Jovenes Realizadores sponsored by the Cuban Film Institute (ICAIC), released most of his films in the section “Premios a la sombra” (Awards in the shadows).

The dossier that accompanied the screening defined the various senses of the idiomatic Spanish phrase a la sombra: “under the protection of // in a prison // hidden behind // in the shade // without luck, without fortune // to remain hidden in spite of // placed aside // secretive”.

This discovery surprised many. Since then, the name of Nicolás Guillén Landrián began to resonate. I imagine that one day his name will appear in the catalogues of Cuban cinema.

These are the only three letters that were saved from our encounter. I only regret not being meticulous enough to archive all of our correspondence as well the dates of each letter.

I

Dear Manuel: The documentaries or the list of the titles that you sent me is incomplete. I do not know if you tried to summarize, but the titles are as follows:

Homenaje a Picasso, El Morro, Un Festival Deportivo, En un Barrio Viejo, Ociel del Toa, Retornar a Baracoa, Plenaria Campesina, Rita Montaner, Los del Baile, Coffea Arábiga, Desde La Habana -1970- Recordar, Taller de Línea y 18, un Reportaje en el Puerto Pesquero and Nosotros en el Cuyaguateje, which was the last one I finished. Also, I doubt that there are copies of Desde La Habana – 1970- Recordar and Rita Montaner in existence, since as far as I am aware these were never copied; they remained only as a sound and image edition, as a “re-recording”, and El Son, of which I did not even get to see the rushes.

I hope you are to put together an objective and exemplary film.

Regards,
Nicolás Guillén Landrián

II

Due to the haste in which I wrote to you a few hours ago, I forgot to mention Patio Arenero and Congos Reales. I do not have any aesthetic conflicts with any of my films. All aesthetic conflicts are the result of conceptual conflicts. I wanted to be an interpreter of my reality. I always found myself in the vortex of alienation. The result as a whole is every film I made.

I did not think of doing cinema before the existence of ICAIC because I did not have the means to bring about a result. But I had made a short documentary about Zanja in Havana in which I was accompanied by Françoise Sagan. It was never edited. One of the sponsors of this film was my mother, Adelina Landrián, who provided money and bought the editing equipment – which was not used; the other was the Catholic Youth of Havana.

I went to the ICAIC due to the fact that I did not have any job options in the sixties. I went there for a job and they gave me one. I began as a production assistant, and in a few years I was promoted to the position of director of short films.

My background – in collaboration with others filmmakers of the Escuela Documental, Alberto Roldán, Fernando Villaverde – made me opt for immediate and worthy topics. Because of this, all my documentaries ended up being postponed.

I was humiliated and marginalized while being at ICAIC and they censored my films – they said – due to my social behaviour.

Joris Ivens and Theodor Christensen were the points of encounter for me with a language that was both appropriate and of a higher level. I learned much from them: above all, to be friendly and affectionate with people.

I do not have copies of Los del Baile, Nosotros en el Cuyaguateje, Plenaria Campesina, Un Festival Deportivo nor Congos Reales.

Regards,
Nicolás Guillén Landrián

III

Could you imagine what it was like, all of a sudden, to see myself in the cells at Villa Marista1? According to them, they were looking for my ideological conflict after I had won the Espiga de Oro2 with Ociel del Toa.

And this wasn’t everything. I was sent to a farm for two years; a farm that was meant to punish improper conduct in the political cadres. There my schizophrenia once again, yet more acute, and I ended up being receiving psychiatric care from the doctors of the prison. They recommended sending me to a psychiatric centre where I could be treated properly. Furthermore, they put me in an airplane, barefoot, in a farm overall, and on my shoulders a striped suit that I loved very much.

They took me from Gerona to Havana, where I was admitted to the Military Psychiatric Hospital in Ciudad Libertad. In this place, after being treated by an Argentinian psychiatrist, I was sent under house arrest to my parents’ home to finish the rest of my sentence to which I was subjected without a trial, only after the deliberation of a military tribunal.

After, I returned to ICAIC, and ICAIC commissioned a didactic film about the coffee harvest, focusing on the working day of a coffee labourer in Cuba during the years after I was released from prison for improper conduct of a member of the political cadres. Immediately I began to work on an accessible documentary – informative more than simply didactic, although it is also didactic – of everything that had to do with the coffee and the context in which I was placed in order to make Coffea Arábiga.

After Coffea Arábiga, la folie3. There was no possible way that I could put together in a logical manner, in cinematic images for me, the urgency of the sixties.

The paradox is that there was no real political clash for my part, but rather a mute consent and complicity with all that misfortune. I already said it, my friend, la folie.

My last re-recording was the documentary that I titled Nosotros en el Cuyaguateje.
I have been ostracised for sixty-four years: ever since I can remember. Just because of my name and surname.

Just think about the fact that I was never able to attend the international festivals where my films were sent, since the ICAIC did not believe that I could represent Cuban cinema; someone even went as far as to say – so it seems – that my cinema was frenchified (afrancesado). This happened with En un Barrio Viejo, and all the cowardly people responsible agreed. En un Barrio Viejo received an honorary mention in Krakow, Poland, and the Opera Prima prize in Tours, France. So, I started badly and finished badly in the Cuban film industry. Having being subjected to this, I think that ostracism is a terrible thing.

Regards from Nicolás Guillén Landrián.

Drawing on the joy that his films caused me, I began to map his film career with Guillén Landrián himself, the great absentee of specialized publications and catalogues of cinema, and also the great unknown figure for certain foreign scholars: Michael Chanan in The Cuban Image4 did not even mention the name of the unluckiest of all Cuban filmmakers; this did not change when, decades later, he republsihed the book under the title Cuban Cinema5. It is interesting that, although the Cinemateca de Cuba records that Guillén Landrián made eighteen documentaries, the scholars of cinema take care not to mention that name.

Before the thaw, the only one to assess his cinematic contribution was José Antonio Évora in an article that he entitled “Santiago Alvarez et le documentaire”, published in the book Le cinéma cubain: “If they ask me which, in my opinion, was the best documentary to come out of the laboratories of the ICAIC during these thirty years, I would most likely select Coffea Arábiga by Nicolás Guillén Landrián. This is a work commissioned about the coffee harvest in which the filmmaker subordinated the topic to provide an insight into the spirit of a nation inflamed by revolutionary euphoria, thus becoming an accurate portrait of the nation at the time.”6

1 The Cuban State Security Headquarters in Havana.
2 First prize at the International Film festival of Valladolid, SEMINCI. In 1966, Guillén Landrián received the award ex-aequo along with Ingmar Bergman.
3 Written in French in the original by Guillén Landrián. Translation: “madness”.
4 Chanan, Michael: The Cuban Image. Indiana University Press, Bloomington, Indiana, 1985.
5 Chanan, Michael: Cuban Cinema. University of Minnesota Press, Minneapolis, 2004.
6 Évora, José Antonio: «Santiago Álvarez et le documentaire». Included in Paranagua, Paulo Antonio (General Editor): Le cinéma cubain, Editions du Centre Pompidou, Paris, 1990, p.130. [Original in French].

Sobre el libro ‘El caso PM’

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El caso PM y las palabras censuradas de los intelectuales

Jorge Ignacio Pérez

MIAMI, 14 de diciembre de 2012, www.cubanet.org.- Muchos años después de que la denominada Revolución cubana cometiera el ridículo de censurar una película de 14 minutos que no hacía otra cosa que exponer el divertimento nocturno, la fiesta, la espontaneidad de un país cuya base fue y sigue siendo la música, salen a flote los pormenores del primer acto estalinista –o uno de los más sonados- contra la cultura nacional.

El caso PM (Pasado Meridiano) fue la prohibición por decreto de este cortometraje rodado por los entonces muy jóvenes Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, mediante actas que pueden leerse con asombro a la luz de hoy.

Las actas emitidas por el ICAIC, no obstante, no dejan de reconocer que la cinta PM está “técnicamente dotada de valores dignos de consideración”. En efecto, se trata de un documental filmado con la técnica de free cinema, atractiva para la época. Rodado además sin contar con el auspicio del instituto de cine gubernamental, lo cual debió molestar bastante a los comisarios políticos de entonces, que son los mismos de hoy.

Manuel Zayas, joven investigador cubano con residencia en los Estados Unidos, hurgó en esta parte de la triste historia cubana en los albores de aquella Revolución. Zayas ni siquiera había nacido cuando se rodó PM. Pero, como periodista, cineasta y crítico de cine, se dedicó a atar cabos sueltos. En efecto, todo parece indicar que la censura infantil y rabiosa de PM, dio pie a las famosas reuniones de la cúpula “revolucionaria” con intelectuales de los 60. Del debate en torno a la suspensión de PM salieron las respuestas de los intelectuales a la autocracia fidelista, que hoy por fin pueden ver la luz.

Acaba de presentarse en la Feria del Libro de Miami el libro El caso PM. Cine, poder y censura, editado por Colibrí, del cual has sido coordinador, junto con uno de los realizadores del mítico documental, Orlando Jiménez Leal. ¿Qué te movió a participar en este proyecto?

Tengo que empezar diciendo que este es un documental que me apasiona. Hay algo fresco y crudo en él, de retrato de otra época que yo no viví. El proyecto del libro surgió en una conversación con Orlando, hace como cuatro años, cuando llegamos a la conclusión de que no existía un texto que recopilara todo lo sucedido alrededor del affaire PM. Existían los testimonios dispersos de algunos protagonistas, pero nada más. Y lamentablemente la versión que finalmente parecía que iba a imponerse era la de los responsables de la censura, Alfredo Guevara entre ellos. Trabajando en el libro, me interesé por filmar esa historia, que será contada en un clásico documental de montaje.

El libro recoge textos de distinto aporte: el de Néstor Almendros en Bohemia, que tanto incomodó a Guevara y que provocara la expulsión de su autor de la revista; uno de Antonio José Ponte, en el que ensaya con gran deleite entre el caso de censura de El Mégano, bajo Batista, y el de PM, bajo Castro.

Aparecen dos textos en tono más de memoria -o si se quiere impresionistas- firmados por Fausto Canel y Orlando Jiménez Leal; un ensayo académico del investigador francés Emmanuel Vincenot, que desgrana todo lo que fue pasando alrededor de ese cortometraje de la discordia; y otros textos de distinto signo: el de Vicente Echerri, que revela cómo la palabra puede tener un fin opresor; el de Néstor Díaz de Villegas, que habla del filme como monumento funerario; el de Gerardo Muñoz, que analiza la actualidad de PM; el de Rafael Rojas que mira a La Habana desde Nueva York, a través del sondeo en las simpatías que aquella revolución provocó en un inicio en intelectuales y artistas de izquierda en EE.UU., en lo que se denominó grupo o generacion beat; y finalmente un texto mío, que se atreve a calificar esa censura como ilegal, solamente con acceder al texto de la ley usada para censurar el cortometraje.

En otro acápite, se rescatan las palabras de los intelectuales, es decir, de los que en las dos sesiones previas al discurso del Máximo Líder hablaron en la Biblioteca Nacional de La Habana, el 16 y 23 de junio de 1961. Como es sabido, estas palabras de los intelectuales todavía hoy permanecen censuradas en Cuba. Hace algunos años, la revista Encuentro de la Cultura Cubana publicó fragmentos de la primera sesión.

¿Qué importancia tienen esas palabras de los intelectuales para la comprensión de la historia de esa censura?

En el libro están recopilados fragmentos de las más importantes intervenciones de los intelectuales, en las dos reuniones previas al discurso de Castro, antes de que él definiera la política cultural de la revolución (“Dentro de la revolución todo, contra la Revolución ningún derecho”). Por fortuna, pudimos contar con un material único, las palabras originales de los detractores y los defensores de la película. Todo lo que se dijo allí sobre PM sale ahora publicado por primera vez.

Aparecen las intervenciones de Virgilio Piñera, interrumpido por Castro; las de Heberto Padilla, quejándose todo el tiempo de que no han invitado a los autores de la película; la de Mirta Aguirre mandando a no hablar del asunto, porque esas reuniones estaban dedicadas a otros temas; la de Tomás Gutiérrez Alea; la de Rine Leal diciendo que estaba aterrorizado; la de Osvaldo Dorticós preguntándose si no existía el derecho a prohibir la pornografía; y otra vez Padilla, mencionando que alguien se había atrevido a pedir el fusilamiento de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, los autores del documental.

Junto a las de Mirta Aguirre y otros más, están las intervenciones de Julio García Espinosa y la de Alfredo Guevara, principales defensores de la censura y detractores del magacín Lunes de Revolución, que había propiciado la producción de PM de manera independiente. Y están también las réplicas de Pablo Armando Fernández, hablando del historial de Lunes, y la de Guillermo Cabrera Infante, desmontando tanta infamia alrededor de esa censura, y en la que el autor de Un oficio del siglo XX lee un texto no publicado por la prensa oficial en el que Bob Taber salía en defensa del cortometraje.
Cabrera Infante va más allá y desgrana todo el absurdo de aquella censura y parece no dejar títere con cabeza: se burla del contenido de las actas redactadas desde el ICAIC prohibiendo el cortometraje, de Alfredo Guevara, quien llegara a comparar PM con el Mein Kampf  de Adolfo Hitler, y hasta ironiza con lo que le dijo el poeta Nicolás Guillén, quien había asegurado que PM le parecía “un vómito”.

Están también los parlamentos de Carlos Franqui y de Carlos Rafael Rodríguez, quien sale en defensa del tenebroso Stalin. Y un diálogo entre Franqui, Padilla y José Lezama Lima. Todo muy esclarecedor. Ya se verá por qué. Hay que decir que nunca las versiones taquigráficas del llamado gobierno revolucionario han resultado tan útiles. En aquella reunión, se dibujó el panorama de futuro que les reservaría la revolución cubana a las voces críticas. Allí están, avant la lettre, los nombres de los futuros censurados, los de los condenados al ostracismo.

¿Por qué no estuviste en la Feria de Miami, en la presentación?

No participé por razones ajenas a mi voluntad, según hice saber un mes antes de la presentación del libro. Lamentablemente, los ejemplares se quedaron retenidos en alguna aduana española o de EE.UU. En desagravio, se ha organizado otra presentación en Miami, esta vez en el Teatro Tower, este viernes 14 de diciembre, a las 6 de la tarde.

Encararte a las instituciones culturales cubanas, investigar sobre temas de censura, ocultamientos y manipulaciones de personajes tan siniestros y con tanto poder como Fidel Castro y Alfredo Guevara, todo esto te habrá cerrado las puertas para volver a la isla. ¿Temes alguna represalia contra ti?

No temo ninguna represalia, con lo cual quiero decir que desde hace tiempo dejé de tener miedo por lo que yo pueda decir o hacer, como ser libre.

Quienes se han mostrado muy temerosos de que se conozcan los recovecos de la censura de PM, son los propios responsables de la prohibición y los exégetas del dictador. Quien hurgue en aquellas palabras ocultas por más de medio siglo, se encontrará con la carta que enviara Virgilio Piñera a Nicolás Guillén, que fue firmada por cincuenta intelectuales y artistas, en protesta por la manipulación del ICAIC de la reunión de Casa de las Américas, previa a los encuentros de la Biblioteca Nacional.

Recientemente, Alfredo Guevara ha vuelto a saltar al ruedo en un documental de Rebeca Chávez, Luneta 1, otro intento de análisis de la política cultural de la revolución desde el oficialismo, en el que  por ser tan oficiales se atreven a sacar al deshielo fragmentos de las filmaciones de la autoinculpación de Heberto Padilla. Ahora Guevara insiste en que los hechos deben ser contados como en Rashomon, la película de Akira Kurosawa. En el documental de Chávez se vuelven a ignorar todas las otras versiones. Por ignorar, se olvidan hasta de mencionar que en la película de Kurosawa existía un crimen. En El caso PM, el libro que ahora se presenta, no se ignora nada.

————–

Orlando Jiménez Leal y Manuel Zayas (coord.): El caso PM. Cine, poder y censura. Editorial Colibrí, Madrid, 2012, 272 pp. Para comprarlo, pinche aquí.

Más información sobre el libro en:

El Nuevo Herald
Diario de Cuba

Operación Verdad y unas fotos (“no autenticadas”)


Una de las cosas por la que siento verdadera vocación es la de husmear entre papeles viejos. Invitado en marzo de 2012 a la Universidad de Florida, en Gainesville, pude acceder libremente a varias colecciones de documentos y papelería que se atesoran en la George A. Smathers Library de esa universidad. De entre las cosas que vi, pude sacar copias de este dossier de la Operación Verdad y  de las fotografías que se entregaron a los periodistas extranjeros invitados por el régimen de La Habana -con gastos pagos- para que informaran de las ejecuciones. Toda esta documentación forma parte de la papelería de Robert N. Pierce, guardada en esa biblioteca.

Pierce (1931-2010) trabajó como reportero, editor y educador. Estuvo contratado por The Miami Herald, Shreveport Journal, St. Petersburg Evening Independent, San Angelo Standard-Times, y Sarasota News. Fue profesor de periodismo en la Universidad de Minessota y en Louisiana State University. En 1970 se hizo miembro del Colegio de Periodismo y Comunicación de la Universidad de Florida.

Como periodista del Sarasota News, Pierce viajó a La Habana en 1959 para cubrir la llamada Operación Verdad, organizada con el objetivo de dar una visión positiva de los juicios y ejecuciones sumarios que se llevaban a cabo contra represores del anterior régimen. Las siguientes imágenes son algunas del set de fotografías entregadas a los periodistas para documentar los crímenes cometidos durante la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958).


¿Quiénes fueron estos muertos? Esa debió ser la misma pregunta que se hizo el reportero Pierce, habida cuenta de que ninguna imagen se hacía acompañar por una descripción. El periodista anotó que las imágenes eran “no autenticadas”, dada la ausencia de nombres y de fechas. Entre ellas, una de un presunto policía batistiano muerto. Los revolucionarios inauguraban su particular escenario de terror.

La libertad con que pude acceder y hacer copias de este material contrasta con las condiciones de reproducción impuestas por la Fundación Fulgencio Batista y Zaldívar a la papelería del dictador conservada en la Universidad de Miami: para toda reproducción o uso de esa colección (excepto la lectura) se debe contar previamente con la aprobación de sus herederos.

Todas las imágenes fueron tomadas de: Robert N. Pierce Collection, Special and Area Studies Collections, George A. Smathers Libraries, University of Florida, Gainesville, Florida.

El dossier en inglés puede ser descargado aquí.

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Tema Esquire por Matthew Buchanan.

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