entrevista: Michael Ondaatje

Escribir es un acto privado

Manuel Zayas

El escritor de El paciente inglés tiene los cabellos completamente blancos y es, en apariencia, algo tímido. En esta esta entrevista, realizada en La Habana en diciembre de 2001, Michael Ondaatje conversó sobre su vida y creación literarias, y también sobre su encuentro con el cine. Si bien ha enseñado por más de veinte años literatura inglesa en la Universidad de York, sus experiencias más fascinantes ―quizá sus influencias para decidirse a escribir, aunque no las mencione― se remontan a una infancia en Sri Lanka, a tener una madre austera y brillante y un padre que solía asaltar trenes con un revólver, solo con el objetivo de desviarlos por puro placer. Entre sus libros de cabecera se han contado los de Gabriel García Márquez, Pablo Neruda e Ítalo Calvino. De los tres, es este último el autor que más admira. Aunque Ondaatje conocía el ceilandés y también el taimal en sus primeros años de vida, de estos idiomas no recuerda mucho. Escribe siempre en inglés, pero reconoce que hay un pasado detrás: imborrable.

¿Me puede hablar de su infancia?

Mi familia es originalmente de Colombo, Sri Lanka (antigua Ceilán). Allí nací en 1943 y viví hasta mis once años. Después me fui a Inglaterra, y luego a Canadá. Pero no comprendí mi infancia hasta que volví mucho tiempo después a Sri Lanka y escribí Running in the Family (Cosas de familia). Con este libro relaté la historia de mis padres y todos mis abuelos, mis parientes, que fue una historia bastante loca.

¿Cómo fue su infancia?

No fue tan violenta, porque aunque mis padres se divorciaron muy temprano, la familia era muy grande. Estuve mucho tiempo con mis demás parientes. Recuerdo que fueron momentos muy felices.

En Canadá usted comenzó a escribir poesía. ¿Cómo fue su encuentro con la poesía?

Creo que empecé a escribir a mis 19 años. La combinación de que hubiera tenido un buen profesor de inglés en la Universidad y de que estuviera en un país nuevo, hizo que comenzara a hacerme la historia de mi vida.

¿En sus comienzos se sentía más inclinado como escritor hacia la poesía?

Nunca imaginé que sería un escritor de ficción. Siempre me gustó la poesía y todavía me gusta. Fui feliz cuando comencé a expandirme hacia la prosa. Así me enamoré de la prosa: cuando me vi, de repente, escribiendo novelas y poesías al mismo tiempo. Ahora en Canadá esto es una tradición: es común encontrar escritores compartiendo los géneros. No es como la tradición española o francesa, en que los escritores tienden a permanecer en uno de esos campos.

Uno de sus libros de mayor éxito es El paciente inglés. ¿Cómo fue su intervención en la adaptación cinematográfica?

Estuve muy cercano a Saul Saentz, el productor, y a Anthony Minghella, director y también guionista. Cuando Minghella estaba escribiendo el guión, cada vez que había una versión nueva nos reuníamos los tres y la analizábamos. Todos conocíamos perfectamente el guión antes que los estudios. Aunque Minghella lo escribió, yo estaba muy involucrado. También acudí a las filmaciones. Lo interesante para mí, como escritor, fue que aunque la película tiene estructuras diferentes a las del libro, me sentí menos protector de mi libro. Los cambios que se hicieron fueron necesarios para la realización de la película: los dos se complementan, nunca se invaden el uno al otro.

O sea, que no vio traicionado el libro…

No. Nunca quise ver representado el mundo del libro. El filme es una nueva versión de la misma historia. Siempre hay cosas en un libro que una película no puede recrear, y viceversa. El personaje de Kip, el zapador indio, se pierde un poco en la película. Son cosas que pasan. Después de publicada la novela, estuve muy relacionado con Walter Murch, el editor del filme. Hemos estado trabajando en un libro en conjunto sobre la edición cinematográfica. Esto siempre me ha interesado mucho. He trabajado en dos documentales, y creo que la edición de un filme es como escribir un libro.

¿Qué nueva lectura tuvo de los personajes de la novela a través de la película?

No creo que haya enriquecido ningún personaje, ni tampoco que haya traicionado lo que digo sobre ellos. Sobre Caravaggio, el ladrón de manos vendadas, Minghella dijo que había demasiada coincidencia y tenía miedo de que resultara muy peligroso, pero lo único que sé es que se volvió mucho más dramático. Hubo cosas ―como el bombardeo en Hiroshima― totalmente diferentes a lo que yo escribí.

Existe la creencia de que la literatura puede ser un peligro para el cine, dado el hecho de que este prioriza la imagen. ¿Qué piensa de esto?

Creo que es porque existen dos criaturas diferentes: una es el cuervo y la otra, la hiena. Lo que me gusta de un libro es que se necesita siempre imaginarse a los personajes, mientras en una película se ven exactamente como aparecen. Una de las cosas más interesantes es que cuando uno ve el filme de Minghella, enseguida se piensa que el libro contiene muchas imágenes y creo que es muy difícil traducir esto al cine. Pienso que el cine y la literatura son dos criaturas diferentes y, a veces, uno tiene que olvidarse un poco de las imágenes y, al mismo tiempo, pensar en cosas más táctiles y vívidas. Como resultado, el cine está más limitado y se tiene menos tiempo para meditar. Conversando con Walter Murch sobre cómo adaptar una novela al cine, comprendí que lo más importante era captar una historia dentro de la novela.

¿Puede mencionar algunas adaptaciones cinematográficas importantes para usted?

No muchas. Por ejemplo, recuerdo El puente sobre el río Kwai, una buena película sobre un libro no muy bueno. Está además Night of the Long White Chickens. Esa idea de adaptación experimental es muy interesante. Sé que existen muy buenas adaptaciones, pero no puedo recordar ahora.

¿Qué piensa, por ejemplo, de Hiroshima, mon amour?

Me gusta. No la he visto por muchos años, pero me gusta mucho.

A pesar de que el inglés no fue su lengua materna, en qué tradición literaria se inscribe su obra. ¿A cuáles autores les debe más?

Supongo que más a los autores de lengua inglesa. También he sentido la influencia de escritores traducidos como García Márquez, Vargas Llosa e Ítalo Calvino. Mi libro preferido es El barón rampante, de Calvino. De la tradición inglesa me gusta John Vigo, un inglés que vivió en Francia. También Russell Banks, con sus libros Afliction y Continental Birds y Denis Jonson, un novelista norteamericano.

Cuando vi El paciente inglés no pude dejar de recordar las adaptaciones de Adiós a las armas de Hemingway, y también Muerte en Venecia, de Thomas Mann.

Nunca he leído Adiós a las armas. Adoro Muerte en Venecia, tanto el libro como el filme de Visconti. Casualmente, el hotel que supuestamente pertenecía al Cairo en la película El paciente inglés, estaba situado en Venecia.

Usted dijo en una entrevista que cada libro que escribía le parecía que era el último. ¿Por qué cree eso?

Tengo siempre ese sentimiento. Cuando acabo un libro, creo que lo he escrito todo y por eso pienso que será el último que haga. Cuando termino, nunca pienso en escribir nada enseguida. Siempre me lleva alrededor de un año para comenzar con el próximo. Es como una relación amorosa muy larga. Casi necesito reconsiderar y re-imaginar cómo escribir el otro.

¿Qué hace entonces?

Cada vez que termino un libro, necesito recuperarme. Nunca los vuelvo a leer una vez que los acabo. Siempre necesito un descanso, buscar un tiempo.

Algunos escritores cuando escriben necesitan del apoyo de un lector. ¿Acostumbra a buscar la opinión de un amigo o familiar cercano?

No. Siempre trabajo solo. Nunca le enseño a nadie lo que he escrito hasta una vez que esté seguro de haber terminado. Es un sentimiento de riesgo: nunca sé si voy a volverme loco o si va a funcionar lo que escribo. Lo bueno de los filmes es que una vez que los filmas, los muestras a un público y sabes el éxito que tiene. Cuando sé que un libro mío está terminado, lo llevo a los editores. Enseñarle un libro a una persona, mientras lo estoy escribiendo, me resultaría negativo, porque recibiría una influencia externa.

Jean-Paul Sartre escribió un ensayo donde trata de desentrañar los misterios que acompañan al fenómeno literario. Algunas de las preguntas que intenta responder Sartre son: ¿para quién y para qué se escribe? ¿Para quién y para qué escribe Michael Ondaatje?

Escribir es un acto muy privado, y creo que ayuda mucho a dar un orden a la vida del escritor y a sus ideas. Un libro siempre refleja todo el caos de la mente del escritor, pero a la vez, con una cierta estructura. Cuando uno escribe, se convierte no solamente en una persona que muestra sus sentimientos, sino también el de las personas que lo rodean. Lo que es muy diferente a tratar de imaginarse qué es lo que quieren las personas de ti, y dárselos. Nunca sé si mi libro va a ser bueno o malo, lo que sí sé es que escribo de lo está pasando en nuestro tiempo. El hecho de que sea tan privado no quiere decir que el libro me represente solamente a mí, sino al pensamiento de las personas de nuestro tiempo.

¿Qué es lo que más lo motiva a escribir?

Para sentarme a escribir, tengo que estar muy curioso sobre algo que no entienda: debe ser algo táctil, real: lo mismo un trompetista en el año 1900, o un constructor de puentes en los 60. Como premisa debo tener un lugar y una situación, no importa cuál sea la historia. Después que tenga eso, comienzo a explorar la naturaleza humana. Si tuviera una situación de crisis que me inspire ―como una guerra civil o la guerra fría, por ejemplo―, me gusta siempre trabajar con el individuo y que en él se refleje todo lo que acontece. No me interesa tanto el contexto. En mi último libro, El fantasma de Anil, no me interesan para nada las figuras públicas. Generalmente no creo en la teoría de la cultura política en los libros.

En Running in the Family, usted se inclina más por la autobiografía. ¿Qué lo impulsó a hablar de sí mismo?

Fue un momento. En realidad no era conversar sobre mí mismo sino tratar de encontrar respuestas a preguntas sobre mí mismo. Fue a principios de mis treinta años, y quería saber sobre lo que pasó a mi familia. Hablé con muchos de mis parientes. En este caso no es muy factual, sino que hay mucho de ficción en esto.

Además de El paciente inglés, ¿usted tiene una pequeña película?

Sí, tiene solo 20 minutos, y se titula Elimination Dance. Es sobre un baile en que se ordena a las personas salir del grupo. Son las cosas que suceden cuando las personas bailan: al final se queda una sola pareja bailando. En realidad, es como una broma pesada.

¿Sus otras novelas son muy conocidas?

Sí. Están In the Skin of a Lion, Coming Through Slaughter y The Collected Works of Billy the Kid. Creo que son buenas novelas. Alguna gente ha pensado en realizar películas sobre ellas. Quién sabe. En realidad no estoy buscando que se filme otra película con mis libros. Tuve bastante suerte con El paciente inglés.

¿Por el momento no le interesa mucho el cine?

Estoy muy interesado en el cine. Estoy trabajando en un libro sobre la edición de filmes. He estado muy ocupado en esto.

¿Cree que un escritor debe ser sórdido?

Creo que las películas también pueden ser sórdidas.

¿Siente inclinación por la sordidez?

En realidad, no.

¿Y qué le interesa entonces?

El drama humano.

¿Qué tipo?

La gente nace, muere, se ama. Ese tipo de situaciones.

Foto de Michael Ondaatje: The Toronto Star.

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