Piñera fotográfico

virgiliocraneo.gifVirgilio Piñera, autorretrato, 1970.

Como animal teatral que era, a Virgilio Piñera le dio por hacerse una foto. No se sabe por qué extraña razón, un día de 1970, el escritor cubano tomó una cámara y fijó, quizá, su único autorretrato.

“Las fotografías son memento mori que participan de la vulnerabilidad, mutabilidad y mortalidad de una cosa», escribiría Roland Barthes, y pareciera como si el cubano, que ya empezaba a sufrir la marginación, “la muerte en vida”, se rebelara contra su presente de incertidumbre y anulación pública.

Virgilio se fotografió como lo que creía ser: un eterno jugador, un conspirador impertinente y silencioso. “Ante el objetivo soy a la vez: aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien se sirve para exhibir su arte”, diría Barthes en La cámara lúcida.

Llegado tal punto, sería conveniente precisar cómo el fotografiado (Virgilio Piñera) anuló al fotógrafo (él mismo). En un extraño juego con la muerte, Virgilio compuso una trama lúdica: miró el agujero-ventana en el que se exhibía un cráneo, preparó la cámara y quizá ordenó a alguien obturar, justo en el momento en el que él, Virgilio Piñera, estuviera detrás de la pared, con su rostro encima de aquella vieja estructura ósea, formando un conjunto de casi perfecta simetría.

Al pensar la foto, el escritor destruía cualquier posibilidad de gesto espontáneo, excepto aquellos que puedan resultar involuntarios en un ser vivo. Estaba matando la idea de que ésta era una intantánea pura, la vida misma. Anulaba así la función primigenia del fotógrafo. Acaso no tuvo que ordenar a nadie inmortalizar ese momento, él mismo se bastaba, auxiliado con un aparato de disparo a distancia (¿en su mano derecha?) para hacer el click final y único.

¿Qué pretendía Piñera? ¿Asustarnos? Por la forma minuciosa en que todo fue elaborado, pareciera que no quiso más que jugar con el espectador y consigo mismo. Si quería ese juego en solitario, nunca hubiera hecho fijar, en gelatina de plata, la foto de sí mismo. O la hubiera destruído. En su rictus está la expresión de un ángel; al borde de sus 60 años, su cara parece la de un niño. Esto he sido, la muerte está cerca, parecía decir, sin patetismo alguno.

virgiliocarne.gif

En un momento posterior, en 1974, el escritor, por una imperiosa necesidad burocrática, tuvo que acudir a un fotógrafo anónimo. Aquel acto no fue gesto, sino molestia. El cráneo del autorretrato parecía transfigurarse en el rostro del poeta. Años de intentos de domesticación y hambruna, años de no poder publicar, cuando las autoridades lo quisieron muerto. En aquel agujero-ventana, él había encontrado su pequeño agujerito. Su pequeño agujerito para respirar. Él. Poeta, cuentista, novelista y dramaturgo excepcionales. Porque Virgilio era él, su doble y el talento.

Las únicas imágenes fílmicas de Virgilio Piñera no superaban medio minuto. Cuando las vi, en el Archivo Fílmico del Instituto de Cine en Cuba, un especialista ya había comprobado un grado de acidez que hacía de aquella película algo irrecuperable. La acidez en un positivo se traducía en un olor intenso, penetrante. En aquel olor descubrí la muerte, y lo que es peor, la certeza de su presencia.

Piñera dejó unas memorias inconclusas, todavía sin publicar en libro alguno, y a las que dio por título La vida entera. Así comenzaba el relato de sí mismo: “No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo que más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte”.

Virgilio Piñera nació en Cárdenas, Cuba, el 4 de agosto de 1912. Murió en total marginación, hace ya tres décadas. Murió en La Habana. El 18 de octubre de 1979. Los que lo hemos descubierto a través de su obra, todavía lloramos su pérdida.

MANUEL ZAYAS

Recomiendo:
Página sobre Virgilio Piñera, preparada por Teresa Cristófani Barreto.

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