Germán Puig, un rayo de luz

foto2-german-autant.jpgGermán Puig (1928), izquierda, junto al director francés Claude Autant-Lara, con quien Puig trabajó en L’auberge rouge. París, 1951. © Colección de Germán Puig

Germán Puig se resiste a ser fotografiado, se confiesa enemigo del protagonismo. Fundador en 1947 -junto a Ricardo Vigón- del Cine-Club de La Habana, transformado luego en Cinemateca de Cuba, ha vivido como nadie el arrebato del séptimo arte con que contagió a sus amigos, devenidos cineastas o escritores de renombre. Aunque vital para entender el mundo cinematográfico pre-revolucionario, ese legado suyo ha permanecido en una sombra pertinaz.

Después de medio siglo de olvido, el Ateneo de Madrid le rindió tributo este 10 de mayo, el primero que Puig recibe de una institución como fundador, en 1951, de aquella Cinemateca, que “naufragó en la política”, pero también en la miseria material y humana. Adelantados a los de su tiempo, Vigón y él fueron núcleo aglutinante en el fomento de la cultura cinematográfica. En aquella Habana republicana, estos pobres con alma, fieles devotos del cine, comenzaron con sus proyecciones en salas como la del Royal News y la del Colegio de Arquitectos.



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Aquel pasado de sombras fue inventariado por el profesor e investigador francés Emmanuel Vincenot, en su ensayo “Germán Puig, Ricardo Vigón y Henri Langlois, pioneros de la Cinemateca de Cuba”, con gran repercusión en la isla, donde varios críticos (Juan Antonio García Borrero, Luciano Castillo, y los jóvenes Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco) han incidido en la reescritura de algo que nos había sido escamoteado. El cine, en tanto fotografía, necesita de la luz. Igual sucede con la historia.

LA HISTORIA OLVIDADA DE UNA “VIEJA CINEMATECA”

Vigón y Puig comenzaron en 1947 sus andaduras de cinéfilos con el Cine-Club de La Habana. Néstor Almendros -al exiliarse en Cuba después de una década separado de su padre, el pedagogo republicano español Herminio Almendros-, se sorprendió con el entusiasmo con que aquellos jóvenes organizaban cine-debates y proyecciones. También él acabaría arrollado en igual entusiasmo, del que se contagiaron Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Rine Leal, Roberto Branly, Ramón Suárez y Rodolfo Santovenia, entre otros. Forjaron, como en una secta, una suerte de pacto secreto de que sus vidas estarían, necesariamente, ligadas al cine.

foto1-vigon-cabrera.jpg Sentados, a la izquierda, Ricardo Vigón (1928-1960), junto a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en el solar habanero donde vivía el escritor con su familia. Circa 1948. “Todo lo que sé de cine (…) se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar (…) porque es a él a quien debo más”. Guillermo Cabrera Infante: Un oficio del siglo XX © Fotografía de Germán Puig

Hacia 1951, el Cine-Club se vió involucrado en una corta y “problemática” unión con la recién creada Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, ligada al Partido Socialista Popular, de filiación comunista. Puig, que se encontraba en París estudiando cine, figuraba, sin saberlo, como firmante del manifiesto gestor de aquella sociedad.

Fue el propio fundador y director de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, que ya había facilitado el envío de filmes desde esa institución a La Habana, quien llevó a Puig al Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), que se celebró en Cambridge, Inglaterra, en 1951. Allí el Cine-Club de La Habana se transforma en Cinemateca de Cuba.

La entidad francesa solo podía enviar filmes en préstamo a instituciones análogas. El cambio nominal se tradujo en la redacción de unos estatutos que aseguraban como misión institucional, junto a la proyección de filmes, la necesidad de conservarlos y de disponer de un archivo de prensa, misiones que a la postre fueron imposibles for la falta de fondos, apoyo y de sede fija. La postura de Vigón y Puig fue la de permanecer al margen de cualquier avatar político y de que la Cinemateca de Cuba, inscrita legalmente en 1952, funcionara solo como institución cultural.

fotocoletiva.jpgEn la Bodeguita del Medio, circa 1955.  Tercero por la izquierda, Manuel Barbachano Ponche, en una visita suya a La Habana. A la derecha, desde el primer plano, Tomás Gutiérrez Alea, Jaime Soriano, Germán Puig y su esposa Adoración. © Colección de Germán Puig

Los celos por esas gestiones ya habían hecho mella en Manuel Valdés Rodríguez, que impartía cursos de apreciación cinematográfica en la Universidad de La Habana. El profesor, que había desatado una campaña de descrédito primero contra el Cine-Club y luego hacia la Cinemateca, llegó incluso a apoderarse de películas llegadas desde París destinadas a aquellos jóvenes, y les intentará boicotear los envíos del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA).

Cerrada desde noviembre de 1952, por dificultades de todo tipo, a finales de 1955 la Cinemateca anunció seis meses de clásicos del MOMA, que serían proyectados en la sala del Museo de Bellas Artes de La Habana, con apoyo del Instituto Nacional de Cultura. En mayo de 1956, debido a la represión de Fulgencio Batista, y ante “la toma de conciencia política” de algunos miembros que intentan secuestrar un filme, Cabrera Infante entre ellos, el Instituto de Cultura retira su apoyo y deben buscar una nueva sede, el Lyceum Lawn Tennis Club, donde acabarían los días de aquella institución pionera.

EXILIO, QUE ES EXCLUSIÓN

En 1957, Puig pidió ayuda a Langlois y volvió a trabajar con él en París. Comenzó así su definitivo exilio, “luego de la fragmentación de la Cinemateca debido a la actitud política de algunos de mis amigos, miembros de ella”.

Con el triunfo revolucionario y la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), Puig vio una posibilidad de reactivar aquella institución muerta por la política. A través de Raymundo Lazo, el embajador de Cuba ante la UNESCO, dirigió un memorándum en que informaba de la posibilidad de crear un centro audiovisual anexo a la Cinemateca, para lo cual contaba con apoyo francés. La respuesta fue el silencio.

A la par, en La Habana, Ricardo Vigón, que regresaba muy enfermo desde México después de trabajar con Luis Buñuel, recibió una negativa de colaboración del ICAIC. Tenía a Alfredo Guevara de “enemigo mortal declarado”. Vigón murió en 1960.

Lezama Lima dijo de él: “Vigón era tan juvenil como milenario. Había, como todos sabemos, recorrido muchos espacios, conocido muchos hombres. De todo eso había derivado una sabiduría amistosa (….) Al final, había rechazado mucho, se había quedado con poco. Ese poco es ahora el oro de su recuerdo”.

foto4-german-fandino.JPGEn Madrid, hacia 1974, Germán Puig (izquierda) junto al cineasta cubano Roberto Fandiño (1929-2009). © Fotografía de Hugo Regueiro Puig

Pronto, los nombres de Puig y Vigón comenzaron a ser los de un par de fantasmas. Dos hechos aislados, ocurridos en un mismo año, pusieron en envidencia los manejos del ICAIC para borrar aquel legado. En 1970, tuvo lugar en la Cinemateca Francesa, en París, una muestra por los ’10 años del cine cubano’, al que la revista Cinéma 70 (No.144) dedicó un dossier donde se afirmaba que la Cinemateca de Cuba fue fundada en 1960.

Dos cubanos que leyeron tal afirmación, Germán Puig y Julio Matas, exigieron una rectificación de la revista, cartas que aparecieron en el número 148. Matas, profesor de lenguas y literaturas hispánicas en la Universidad de Pittsburgh, decía que la Cinemateca de Cuba, de la que él formó parte, fue creada en 1951 gracias a Langlois y a la FIAF, y llamaba a Puig “el verdadero pionero”.

Entre tanto, Puig aseguraba: “Falta de ayuda y de apoyo, la Cinemateca de Cuba debió cerrar sus puertas en 1956 (bajo Batista), luego de haber mostrado una selección de las más importantes obras de la historia del cine, provenientes de la Cinemateca Francesa y del Museo de Arte Moderno de Nueva York”.

Y terminaba: “La dirección del ICAIC no ha tenido ningún escrúpulo en alterar hechos tan importantes de la historia de cine cubano. Ha encontrado más fácil beneficiarse atribuyéndoselos. ¿Por qué?”.

De cómo llegó a molestar la biografía de Puig habla el catálogo de la XII Semana Internacional de Cine de Color, que aconteció en Barcelona a finales de octubre de 1970. En una de las páginas centrales, en la lista del jurado internacional de ese certamen, aparecen los nombres de Vicente Aranda, Robert Balser, Simon Mizrahi y Mario Vargas Llosa, acompañados todos de sus respectivas síntesis biográficas; junto al de Germán Puig, solo hay un espacio en blanco.

Por intermedio de la Embajada de Cuba en Madrid, el ICAIC -que envió a competición el mediometraje documental ‘1868-1968’, de Bernabé Hernández-, hizo gestiones para que Puig no figurara en el jurado. Aunque su presencia fue ineludible, el festival barcelonés optó por suprimir aquella biografía incómoda.

Entronado como funcionario del poder y en un intento por denostar las dotes de bailarín del cineasta Tomás Gutiérrez Alea porque baila “al son de la música que toca el enemigo”, Alfredo Guevara se ocupó en calificar a “la vieja Cinemateca”, “a aquel viejo grupo”, como un “viejo sector que más o menos ha tenido una mala posición política”.

La desmemoria impuesta como tradición es uno de los síntomas más graves de cualquier totalitarismo. Hasta hace poco, la historia cubana recogía abundante información sobre los aportes de Valdés Rodríguez y de la sociedad Nuestro Tiempo en el fomento de la cultura cinematográfica; pero muy poca –llamativamente escasa- sobre el Cine-Club de La Habana o de aquella “vieja Cinemateca”.

foto5-german-manuel.JPGPuig (izquierda) junto al escritor argentino Manuel Puig (1932-1990), autor de Boquitas pintadas.   A pesar del apellido en común, no eran familia, pero fueron grandes hermanos. En Madrid, años 70. © Colección de Germán Puig

Decepcionado con tanta miseria humana alrededor del cine, Puig se adelantó en fotografiar cuerpos desnudos. En 1975, viviendo ya en el Madrid del tardofranquismo, de censores y mojigatos, descubrió en carne propia que, en toda dictadura, una disidencia artística es también una disidencia política. Bastaron unos “desnudos inocentes”, para que fuera expedientado por el Juzgado de Peligrosidad y Rehabitación Social por “favorecer la pornografía”, y puesto en caza y captura por declararse en rebeldía.

Una vez más, aquel hombre huyó a Francia. Allí fundó su sello editorial, Herman Puig Éditeur, con el que antologó varios libros con instantáneas del desnudo masculino, mucho antes que los editados por Taschen, luego tan famosos. En aquel París bohemio, Puig demostró que nunca fue un pornógrafo. En Barcelona, él sigue dando de sí, fotografiando y coleccionando sus imágenes de cuerpos desnudos, cuerpos que él va arrebatando al tiempo. Si él se pierde, búsquenlo en un rayo de luz.

© Manuel Zayas, 2010. Todos los derechos reservados.

6 pensamientos en “Germán Puig, un rayo de luz

  1. Excelente escrito, digno estudioso y conocedor. gracias por este rescate en tu estilo( para mi gusto) magistral. felicitaciones a lo grande y con sobrado sabor cubano

  2. Hola que tal¡
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