Una noche rigurosamente retratada

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“Pero he visto la música detenida en las caderas,/ he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas”. Son versos de Virgilio Piñera que intentaban, en parte, definirnos. Él ya había echado en falta la pobreza espiritual de una nación (“país mío tan pobre”, dijo) porque no sabía definir. Años después de aquel poema, unos jóvenes cineastas se propusieron escudriñar la vida nocturna habanera, retratando instantes de una noche en el alma de un país: la fiesta adueñándose de la vida, la gente como en trance, poseída por la música, el baile y el alcohol.

No hay dudas. En PM, el cortometraje de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, la gran protagonista es la noche. Poco se sabe de la suerte de las personas filmadas. Sus apariencias cuentan como gesto. Ha transcurrido medio siglo desde aquel documental de 14 minutos, y aquellas personas retratadas deben ya estar muertas. Es ley de vida, principio también de toda ejecución fotográfica. En nosotros, que solo podemos apreciar aquel espectáculo de los noctámbulos desde el presente, ellos cuentan como siluetas hurtadas a una lejana noche de 1961.

Lo que llegó después fue la prohibición y el escándalo. El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) censuró el documental por razones políticas. Alegó entonces que PM era “una pintura parcial de la vida nocturna habanera, que empobrece, desfigura y desvirtúa la actitud que mantiene el pueblo cubano contra los ataques arteros de la contrarrevolución a las órdenes del imperialismo yanqui”.

Alfredo Guevara, a la sazón presidente del Instituto de Cine, ha negado a posteriori que él haya sido el responsable de la censura de aquel cortometraje de la discordia. Sabiéndose heredero de la doctrina de los cínicos, Guevara dijo: “Yo no prohibí esa película, eso es mentira. Ellos se llevaron la película, se las entregué. Me negué a hacerme parte de esa película, a que la distribuyera el ICAIC. Ellos podían ponerla donde les diera su gana”.

Y contradiciéndose, añade: “Alguna gente, cuando maneja las cosas, a falta de suficiente información, cree que yo pude hacer lo de PM solo. Pero el PSP [Partido Socialista Popular] se metió también, y se metió Blas [Roca], y se metió Mirta [Aguirre]. La mejor prueba es que cuando… se produce la reunión de la Casa de las Américas, donde se discute el destino de PM, estoy ajeno. Es Mirta Aguirre y su equipo del PSP los que van allí y discuten…”

Sin embargo, fue el ICAIC, y no ninguna otra, la institución que prohibió “en uso de sus facultades”, “la exhibición de la película mencionada dentro del territorio nacional”.

La mirada de cierta historiografía cubana sobre aquella censura ha comenzado a apuntalarse en la versión más reciente de Guevara y, cosa rara, no en la versión oficial, en los comunicados del ICAIC sobre la prohibición del documental. Se intenta disfrazar la censura como un mero asunto de “distribución”.

Muchos historiadores del cine cubano también han relacionado la prohibición de PM con las circunstancias sociales del país en ese instante. Han interpretado la censura condicionada por esas circunstancias. Desde ese punto de vista, la censura se justifica (o explica) en esta lógica interpretativa. Puesto en una balanza, un documental de 14 minutos poco puede importar en relación con la suerte de un país. En la mentalidad del pastor, lo único definitorio ha sido el futuro de la revolución.

Pero las circunstancias que pesaron en la probibición fueron más de índole personal que social, y apuntan a Guevara como principal depredador del documental. Antes de erigirse en tal, ya él había arremetido contra el periódico Revolución y su suplemento literario Lunes, dirigidos por Carlos Franqui y por Guillermo Cabrera Infante, respectivamente, con quienes estaba enfrentado. En carta enviada al presidente Osvaldo Dorticós y al primer ministro Fidel Castro, Guevara criticó abiertamente a Lunes de Revolución.

Para colmo, el magacín literario tenía un programa televisivo, Lunes en Televisión, que se proponía empezar a producir cine. PM fue producido por ese programa, con dinero aportado por Guillermo Cabrera Infante. En la mentalidad del presidente del Instituto de Cine, ello representaba una suplantación de atribuciones que solo correspondía ejercer a su organismo, con vocación centralista.

Cuando los realizadores del cortometraje entregan una copia en el ICAIC con vistas a obtener el permiso de exhibición, Guevara vio su oportunidad de oro para ponerle freno a Lunes de Revolución, y ordenó la confiscación de la cinta. Se valió de la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas, adscrita al ICAIC, para negar cualquier posible exhibición futura al filme, previamente emitido en Lunes en Televisión.

Fundamento legal de la prohibición

Resulta extraño que nunca se haya reparado en el fundamento legal de aquella prohibición, la ley 589 del 7 de octubre de 1959, llamada de “Creación de la Comisión de Estudio y Clasificación de películas cinematográficas y disolución de la Comisión Revisora”.

En su séptimo por cuanto, dice:

“En riguroso acatamiento al artículo 47 de la Ley Fundamental de la República que declara interés del Estado la cultura en todas sus manifestaciones y libres la expresión artística, y la publicación de sus resultados, se hace necesario proveer para que tal regulación y clasificación no se convierta en un aparato de coacción o de censura que deforme la obra de arte, la haga inaccesible al público y rebaje las posibilidades de información y los derechos reales de nuestro pueblo.”

En su noveno por cuanto:

“El Gobierno Revolucionario reconoce la necesidad y la conveniencia de reunir las funciones reguladores de la cinematografía en un solo organismo que lo es el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, evitándose así las interferencias y contradicciones que pudieran ir en detrimento de las objetivos de éste.”

Y entre las funciones que se le atribuían a la Comisión, estaban:

“Garantizar el más absoluto respeto por la libertad creadora, la expresión de las ideas y el derecho a divulgar la obra cinematográfica y condenar toda forma de discriminación lesiva a este principio, ya en el orden filosófico, científico, o en la de la fe religiosa.” (Artículo 1.a.)

Y también:

“Estudiar y clasificar las películas que deban exhibirse en nuestro país, rechazando las de carácter pornográfico o las escenas que puedan claificarse de tales, y los films que sin análisis crítico ni intención artística alguna, se conviertan en apología del vicio y del crimen; y autorizando el resto de la producción según una escala de exhibición por edades, en atención a principios educacionales perfectamente claros y razonados.” (Artículo 1.d.)

Sobre cómo habrían de ser los debates de la Comisión, dice la ley:

“El estudio y discusión de cada película será libre aunque reglamentado en lo que respecta a turnos y tiempos. Los acuerdos de la Comisión serán adoptados por mayoría de votos y serán nulos en lo que contradigan los principios de respeto a la libertad creadora y estímulo a la calidad artística que por la presente Ley se garantizan.” (Artículo 5)

En las bases legales de la Comisión se hablaba de libertad creadora y de que todo acuerdo contrario a ese principio, invalidaba una resolución de censura. En ninguno de los tres documentos oficiales del ICAIC sobre la prohibición, se argumentó que la cinta fuera pornográfica, que no lo era, ni que constituyera una apología del vicio y del crimen, únicas razones válidas para censurar, según la ley.

PM era un cortometraje apolítico, cosa que no se le permitía al cine oficial. Sin embargo, en uno de los comunicados, se le adjudica a la Comisión un principio funcional que no le correspondía asumir, el de tener en cuenta las “características políticas”. Por lo tanto, la postura asumida por el ICAIC en la censura del documental podría interpretarse como contraria a la propia ley en que decía basarse, como un acto criminal.

Pero esto no era raro en una llamada revolución que se hizo, en principio, para reinstaurar la Constitución de 1940, y que una de sus primeras medidas fue emitir una Ley Fundamental que dejaba sin efecto a la Carta Magna.

Aunque la Ley Fundamental reconocía el derecho a la libertad de expresión y a la libertad artística, estando en vigor, en el temprano año de 1960, se acabó con la libertad de prensa en Cuba.

La violación de los principios legales sirve para constatar una forma extraña de proceder en el estadista, Fidel Castro, y en el presidente del Instituto de Cine, Alfredo Guevara, graduados ambos en Derecho, redactores ellos mismos de las leyes que luego incumplirán.

El modo de actuar de Guevara en el asunto PM, hace al cineasta Tomás Gutiérrez Alea renunciar al cargo de Consejero del Instituto. “No puede haber variedad en nuestras obras si todas se deben ajustar al gusto de una sola persona”, escribió Gutiérrez Alea en un memorando. A la par que le reconocía valores a la cinta, él consideraba inoportuna su exhibición.

Lo que vino después fue el miedo y la ratificación de la censura, que se convirtió en razón de Estado. La protesta de los intelectuales obligó al ICAIC a convocar una reunión en la Casa de las Américas. Allí el malestar fue evidente. El Instituto habló entonces de un apoyo unánime a la prohibición de PM, y decidió devolver la copia confiscada. Como no existía unanimidad alguna, debió intervenir el gobierno, que convocó a tres reuniones en la Biblioteca Nacional.

Ya en la clausura, Fidel Castro preguntó si se podría cuestionar el derecho de la revolución a decidir qué obra se debía exhibir y cuál no. Soltó una perorata y sus palabras se hicieron doctrina. Su discurso se ha impreso y reimpreso y hay hasta quienes elogian la retórica del entonces Primer Ministro. Castro reinterpretaba a Benito Mussolini. “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, dijo.

El miedo, en intelectuales y gobierno, fue recíproco. Temiendo en qué podría desembocar aquello, los jerarcas de la revolución impidieron que las palabras de los intelectuales fueran publicadas. El silenciamiento fue tal que no hubo cámara que registrara aquellas reuniones. Se grabó en audio las intervenciones. Solo trascendieron fragmentos de la del Máximo Líder.

Hacia 1976, cuando se proclama la llamada Constitución Socialista, a la libertad artística, asegurada en teoría —no en la práctica— por la Ley Fundamental, vigente hasta entonces, se le impusieron cotos textuales: “Es libre la creación artística, siempre que su contenido no sea contrario a la revolución”. Para dirimir qué está contra o es contrario a la revolución entraría en juego la policía cultural.

De la noche, rigurosamente retratada, PM salvó las siluetas de nuestros mejores noctámbulos. Y de las sombras, salieron los rostros de nuestros peores censores.

MANUEL ZAYAS

Publicado en Diario de Cuba.

3 pensamientos en “Una noche rigurosamente retratada

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