entrevista: Antonio José Ponte

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Antonio José Ponte fotografiado por Orlando Jiménez Leal.

“Fidel Castro fue un buen lector de Mussolini”

Manuel Zayas

“Contra la revolución, nada. Ningún derecho”, dejó dicho Fidel Castro en 1961. La revolución estaba por encima de cualquier ley, de cualquier derecho. Era la asunción más cabal del totalitarismo. Fidel Castro arengaba a los intelectuales y asumía la censura como razón de Estado.

El escritor Antonio José Ponte habla en esta entrevista de los orígenes de la censura política sobre las artes dentro de un régimen que decía llamarse libertario.

En 1961, se produjo la censura de PM, dirigido por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. El ICAIC lo catalogó de “pintura parcial de la vida nocturna habanera”. ¿Qué representó esa censura?

Bueno, es un hito por muchas razones. PM marca el momento en que los comisarios políticos aparecen en escena, toman el mando, y hay un discurso de Fidel Castro, Palabras a los intelectuales, que se convierte en el discurso totémico de la política cultural cubana.

Dentro de ese discurso hay una fórmula (“dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”) que va a ser usada durante medio siglo, en distintas modulaciones, por distintas facciones también, con propósitos distintos. Esa va a ser la fórmula a la que atenerse siempre. Es la piedra de toque de toda política cultural dentro de Cuba. Y todo esto fue provocado por la pequeña pieza fílmica que es PM. Alrededor de PM se arremolinaron muchas razones para la censura.

Casi siempre que vemos, décadas más tarde, alguna pieza de escándalo, uno termina por preguntarse qué contiene para haber merecido tanto ruido. Pues parece desproporcionado el escándalo causado con lo que uno encuentra en ella. Con PM ocurre lo mismo. Podemos decir que constituyó la subversión del discurso militarista de ese momento, un discurso de espera de la invasión o de todo el país en armas. Pese al estado de alerta, todas esas personas filmadas desperdician su tiempo en bares, ajenas al peligro. Desperdician el tiempo en música, en alegría, en bebida, en alcohol. Son cuerpos hurtados a la milicia y a la militarización de ese momento.

Lo deja claro el Acuerdo del ICAIC sobre la prohibición del film PM. De algún modo se aprovechó el apartamiento de lo militar de toda esa gente para acusar a la obra. Porque el documental salió acusado de contrarrevolucionario, a pesar de que la fórmula de Fidel Castro ha intentado explicarse como portadora de una inclusividad muy grande. Sin embargo, ya desde ese mismo momento, desde el instante en que se pronunciaba aquel discurso, PM quedaba excluido.

La promesa de Fidel Castro de todo dentro de la Revolución es falsa desde el inicio. Palabras a los intelectuales crea un doble discurso. Por una parte, mecenazgo de la cultura por parte de las autoridades, discurso de lo inclusivo y de lo generoso, de todo cuanto pueden contener las nuevas instituciones culturales. Por otra parte, fundación de lo policial y represivo de esas instituciones.

Muchos de los artistas y escritores presentes en las reuniones de la Biblioteca Nacional temían la imposición del realismo socialista, de una doctrina artística dictada desde el Estado, ya que el Estado iba en camino a convertirse en el único mecenas. Y muchos de los miembros del Partido Comunista (entonces con otro nombre) temían que se reprodujera una especie de rebelión a la húngara.

Existían, también, guerras de capillas. PM estaba hecho desde Lunes de Revolución, tropezaba con las facciones lideradas por el Alfredo Guevara del instituto oficial de cine. Fue también una pelea entre lo institucional, la industria pesada del cine, y lo amateur, la guerrilla fílmica. El ICAIC, el instituto de cine oficial, pretendía administrar cuanto cine se hiciera, y PM era el tipo de obra suelta que no podía seguir produciéndose.

¿Qué efectos demoledores produjo la censura de este cortometraje?

Primero, hizo público entre los escritores el miedo existente. Está el famoso parlamento de Virgilio Piñera acerca del miedo, del mucho miedo que sentía. Era miedo a que quienes propiciaban la cultura (por esos años, Piñera agradeció públicamente el mecenazgo revolucionario) comenzaran a controlar la cultura y a coartarla y a restringirla.

La administración revolucionaria dedicaba una gran cantidad de recursos en beneficio de la cultura y de los intelectuales. Era el caso de una filantropía bastante grande por parte del Estado. Y, a partir de PM, ese mismo filántropo que tan maravilloso parecía, va a ser también el persecutor de escritores y artistas, y llegará a dictar qué puede hacerse y qué no.

Otro efecto notable, quizás no demasiado percibido en ese momento, es la complicidad establecida entre las autoridades y el gremio. Con el fin de censurar PM, Fidel Castro establece una complicidad con la audiencia y convierte a escritores y artistas, de algún modo, en censores también. Toda esta gente que sale esperanzada de las sesiones de la Biblioteca Nacional, todos los que se aferrarán a la fórmula que Fidel Castro ha pronunciado, terminarán por ser cómplices de la censura de PM, y del cierre de Lunes de Revolución y de todo lo que vendrá después.

En Cuba, se han hecho elogios de Palabras a los intelectuales. ¿Por qué los intelectuales orgánicos nunca han criticado esa vieja fórmula de Fidel Castro, contenida en el discurso, la que habla de “dentro de la revolución todo, contra la revolución, nada”?

Sí, en Cuba vuelven siempre a ese discurso como se vuelve al lugar del crimen. Desde hace unos años con la justificación de que ha sido una fórmula mal comprendida por malos comisarios, tergiversada por esos malos comisarios. Una fórmula que, de aplicarse prístinamente, haría funcionar la cultura nacional del mejor modo.

La fórmula extraída de Palabras a los intelectuales es una suerte de tótem. Un emblema que protege a la tribu y que la une, que le da origen, y de donde toma la tribu sus cualidades. En torno a Palabras a los intelectuales hay algo parecido a un culto mágico.

Esa dichosa fórmula es, en el fondo, mussoliniesca. Del Mussolini que, en La Scala de Milán, dijo el 28 de octubre de 1925 en un discurso: “Tutto nello Stato, niente al di fuori dello Stato, nulla contro lo Stato” (“Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”). Y Fidel Castro fue, por lo menos, un lector frecuente de Mussolini. Yo me atrevería a decir que fue un buen lector de Mussolini.

Es una fórmula —la de Fidel Castro— tramposa por falsamente benigna, por falsamente magnánima. Quienes se apasionan por ella, quienes la ven como último recurso, no se detienen a pensar (o no quieren pensar) en lo que sucedió gracias a esa fórmula en la última de las tres reuniones de la Biblioteca Nacional. Porque, mientras ese hombre uniformado que dejó  sobre la mesa su pistola en un gesto intimidatorio habla de inclusividad y de una suerte de reino feliz en donde todo cabe, destierra de ese reino ya, desde ese mismo instante, a dos jóvenes cineastas. Y no solo a ellos, sino a todo el grupo que ha hecho posible la película. Ya que poco después va a clausurarse el suplemento Lunes de Revolución.

Así que a quienes quieren conformarse con la hipótesis de que el mal ocurrido en la política cultural cubana del último medio siglo ha sido provocado por la mala aplicación, mala interpretación o incompresión de una frase de Fidel Castro, habría que hacerles notar que, desde el mismo momento en que Fidel Castro suelta tal frase, construye ya una política de represión y de censura.

Ese fue el primer cisma entre los dirigentes de la revolución y la intelectualidad cubana. ¿Se trata del mayor cisma que se ha producido en Cuba respecto a los intelectuales?

No. Creo que lo ocurrido en torno a Heberto Padilla fue un cisma mayor, con una influencia internacional muy grande.

Teatralmente hablando, considerando cómo la política se implementa en representaciones de poder que son muchas veces coreográficas, PM inicia la intervención pública en la que el gran seductor consigue la complicidad de los escritores. Pero diez años después, con el caso Padilla, ese teatro resulta más macabro todavía.

Lo más macabro que puedes encontrar alrededor de PM, es el diálogo de Virgilio Piñera y de Fidel Castro, que es un diálogo de comisario de la policía preguntándole a su interrogado por qué tiene miedo, a quién le teme. Una escena que va a convertirse diez años después en la autoinculpación de Padilla y la denuncia que Padilla hace de otros escritores: toda una parodia de los juicios moscovitas de los años treinta.

Lo ocurrido con PM es un aviso de quiebra, aunque mucha gente no se sintió avisada entonces.

Para colmo, el Máximo Líder censura el documental sin haberlo visto, según reconoce él mismo. ¿Qué piensas de ello?

Es sumamente escandaloso que reconozca que no ha visto PM. Aboga entonces por la censura de una obra que ni siquiera ha visto. Y a la que solo había que dedicarle catorce minutos.

Ese va a ser el inicio de una censura política hecha a ciegas, sin necesidad de muchas pruebas. Y, como se descubrirá luego, apenas te censuren una obra van a a censurarte las demás. Porque, más que censura sobre obras, se trata de censura sobre autores. Los comisarios intervienen sobre la intención del autor, quieren apoderarse de su psiquis.

De todos modos, no estoy seguro de que Fidel Castro no haya visto el cortometraje. A lo mejor esa fue otra de sus mentiras. Aunque hay un caso semejante, años después, cuando trató de censurar Guantanamera, de Tomás Gutiérrez Alea. Entonces quien había visto la película era Raúl Castro, en un hotel en París. Y Fidel Castro hablaba a partir de lo que su hermano menor le había contado.

Es como si un ciego dictara sobre el cine a partir de las observaciones que le alcanzan unos lazarillos cinematográficos… Pudo haber visto la película, pudo no haberla visto. Cualquiera de estas dos opciones no disminuye el escándalo.

 En el discurso, él dijo que se respetaba la libertad formal pero no la libertad de contenido. Eso después se incorporó en la primera Constitución Socialista de 1976, que se mantiene hasta el día de hoy. ¿De qué tipo de libertad hablaba Fidel Castro?

 No era más que una excusa en la cual se ven muy bien los prejuicios de las autoridades hacia los escritores. Le decían a éstos: “Déjennos a nosotros la política, déjennos el contenido, déjennos la realidad y dedíquense ustedes a la forma, a lo amanerado”.

Una división que establece perfectamente los roles de cada quien. A ustedes les dejamos lo espurio, lo accesorio, lo cosmético, y para nosotros queda lo esencial, el tronco de la política.

Es un anuncio de cuanto vendrá después, que es considerar la literatura y las artes como adorno del Estado. Las artes, entendidas así, dan forma al discurso político, agregan formas a una doctrina. O en otra variante, como prefieren los actuales comisarios, las artes se desentienden de toda política.

Orlando Jiménez Leal decía que, para él, PM es como un baile de fantasmas, que retrata el final de una época. ¿Cuál es tu opinión?

Es un cortometraje que me gusta mucho, que me asombra siempre. En verdad, ¿dónde ocurre? El cruce de la bahía —al inicio y al final— hace creer que se trata de un viaje mucho más extendido. Que no se trata solamente de una noche y una madrugada.

Lo comparé una vez —en mi libro La fiesta vigilada— con el viaje a Citerea, la isla de placeres. Pienso también en una variante de la literatura japonesa del siglo XVII, el ukiyo-zoshi o libros de la vida flotante. Una literatura de placeres, bares, barrios de linterna roja, prostíbulos, pero que habla también de la caducidad de la juventud y de la vida. (El mayor ukiyo-zoshi de la literatura cubana es, por supuesto, Tres tristes tigres.)

Hay un extraño poema habanero de principios del siglo XIX, de Manuel de Zequeira y Arango, que describe también —como PM— una ronda nocturna:  La Ronda. Un recorrido, no por bares, sino por postas militares. No por garitos, sino por garitas.  El poema cuenta una noche de tormenta en La Habana.  Quien habla en el poema pierde la luz de su farol y cree —”por teórica conjetura”— haber llegado al Muelle de Luz, que es el punto de desembarco y de embarque en el documental. Y, si Orlando Jiménez Leal habla de un baile de fantasmas, en el poema de Zequeira hay esqueletos, metamorfosis en animales, parafernalia pesadillesca.

PM es el fin de una época, es el fin de una ciudad, del modo de entender la ciudad. Esos bares van a estar cerrados muy pronto, esa vida pronto va a acabarse. Y, en el centro de la ronda, está el punto en el que siempre me concentro: ese vaso de la pareja que baila. El vaso que se bambolea, la cerveza botándose: para mí el centro hipnótico de toda la película.

El hecho de que en ella apenas haya transiciones (o no haya ninguna), y saltemos de la Avenida del Puerto a Marianao, permite suponer que la sumatoria de bares ha formado un largo pasillo. Lo cual es una sensación recurrente cuando se está de fiesta y de borrachera, y uno no recuerda haber salido de un bar en busca de otro, sino que juraría que todos los bares se comunicaban fluidamente.  Esta sensación está muy conseguida en PM. Así que es como atravesar el mar, caer en un túnel de bares sucesivos y salir a la canción de Vicentico Valdés —Una canción en la mañana— y al mar de nuevo.

Publicado en Diario de Cuba.

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