Juan Goytisolo ante el fantasma de Virgilio Piñera y la deriva autoritaria de la Revolución Cubana

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Fotografía de Peter Groth (Wikipedia)

“Fui de nuevo a Cuba con el Salón de Mayo en 1967, a la exposición organizada por Carlos Franqui. Puedo decir que durante mis dos primeros viajes a La Habana no me di cuenta de que existía esa persecución a los homosexuales, a pesar de que supe, posteriormente, que ya había habido antecendentes, casos aislados. Pero en 1967, mientras estaba en La Habana por tercera vez, fue que descubrí lo que ocurría realmente”.

“Tuve la visita de un gran escritor cubano, me refiero a Virgilio Piñera, escritor de una importancia grande como la de Alejo Carpentier o Lezama Lima, autor de cuentos, novelas, obras de teatro, etc. Virgilio me contó entonces todo lo que pasaba. Me habló de la existencia de la UMAP, me dijo que había más de setenta mil homosexuales encerrados en esos campos, que él mismo vivía bajo el terror de ser denunciado otra vez por el Comité de Defensa de la Revolución y ser arrestado. Me di cuenta de que tenía mucho miedo porque no quiso que habláramos en el cuarto del hotel ni en el vestíbulo. Él quería que camináramos por el jardín, pues estaríamos más seguros. Virgilio me dio una impresión tal de soledad, de alguien acorralado. Cuando lo vi partir, tan frágil, envejecido, marcado por la experiencia, verdaderamente fue algo que me trastornó, que me hizo pensar seriamente en la evolución de la Revolución y a tener dudas sobre ella”.

Juan Goytisolo, entrevistado para el documental Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal. Conducta impropia, Editorial Egales, Madrid, 2008, pp. 84-85.

“Marraquech, 7-2-08

Quiero asociarme de todo corazón al merecidísimo homenaje que la Filmoteca de Andalucía tributa a mi amigo Néstor Almendros. Excelente cineasta y persona de gran honestidad y lucidez, su desaparición conmovió a todos sus amigos.

Le conocí en La Habana, a fines de 1961 a través de su padre, don Herminio Almendros, conocido pedagogo republicano exiliado en la isla y fundador en 1959 de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. Desde entonces mantuvimos una estrecha amistad y nos vimos con frecuencia en París y Nueva York.

Néstor fue el primero en señalarme la deriva autoritaria de la Revolución que tanto a mí, como a muchos demócratas europeos y americanos, parecía colmar nuestros sueños. Cuando volví a Cuba en 1962, él acababa de exiliarse. Poco a poco, comprobé que sus advertencias no eran producto de un anticomunismo visceral sino de un análisis ponderado y sereno.

Le presté ayuda en sus difíciles comienzos en París y celebré su labor en los medios cinematográficos franceses. Tras su triunfo en los Oscars hollywoodenses, me contactó para que participara en el rodaje de Conducta impropia, junto a Susan Sontag y a otros amigos.

Recuerdo ahora mi visita a su estudio neoyorquino en el quicuagésimo aniversario de King Kong: nos fotografió a Reinaldo Arenas y a mí con el célebre gorila encaramado en el Empire State Building.

Meses antes de su fallecimiento, víctima del que Severo Sarduy llamara “monstruo de las dos sílabas”, me invitó a participar en un guión que preparaba sobre una novelita sobre los Abencerrajes granadinos. Tres meses después, la noticia de su muerte me llenó de tristeza. Él formaba parte, junto a Cabrera Infante y Severo Sarduy, del círculo de mis añorados amigos cubanos”.

Juan Goytisolo

Pasión y muerte de Calvert Casey (1924-1969)

Stazione Termini, Roma.
Por Roberto Fandiño

Aún no había cumplido los cuarenta y cinco años cuando le pareció que no debía seguir adelante y puso en práctica su viejo propósito de renunciar e irse. Dejaba tras sí una breve obra literaria que muchos han considerado un tesoro y la perplejidad de cuantos le conocimos y reconocimos en él un ser humano excepcional por su calidez y su ternura.

Nunca nos hacemos a la idea de que alguien tome una decisión como esa y con la misma angustiosa necesidad con que el protagonista de Notas de un simulador espiaba a seres en agonía –buscando desentrañar, en el instante mismo en que se produce, el misterio del tránsito entre la vida y la muerte o entre la vida y, tal vez, otra vida– nos preguntamos qué ocasiona y en qué momento ocurre la quiebra en que la existencia se renuncia a sí misma y se vuelve una contradicción. Como si el milagro de saberlo nos procurara el milagro aun mayor de la recuperación y pudiéramos tener de nuevo a Calvert Casey entre nosotros, resignado ya a la vejez (que odiaba), multiplicada una obra que tantas revelaciones más nos prometía y enriquecido nuestro intelecto por el trato fecundo con su inteligencia.

Este año se cumplen tres décadas de aquel fatal acontecimiento y su figura y su gesto se hacen presente ocupando los primeros planos de la conciencia, igual que siempre han estado en los rincones más profundos. El título de su primer libro, El regreso, define su constante. Y ahora lo hace cargado de recuerdos.

Yo no pude prever el desenlace cuando, desde un año y medio antes, viví sus atormentados pero felices días de Roma. Gianni llenaba completamente su vida. El verano, todavía reciente, había puesto a prueba aquel amor. El joven estudiante debía irse a su pueblo cerca de Bari donde siempre le esperaban sus padres y no había nada a los ojos de estos que justificara la visita de un extranjero, más de veinte años mayor que el muchacho y a quien no lo unía ningún vínculo aparente.

Aunque el visitante fuera sobrio, sencillo, sin sombra de afeminamiento y no hubiera ninguna razón en su apariencia para suscitar sospechas. El ambiente de ese villorrio en el Adriático debía ser intensamente homofóbico y Gianni se crispaba ante la más mínima posibilidad de que alguno de los suyos sospechara la índole de su relación con el cubano.

Pero todo un verano era demasiado tiempo sin verse y acordaron el día y la hora exactos en que, al atardecer, Calvert pasaría como un turista más por un determinado parque y se detendría a descansar en un banco donde, supuestamente por azar, estaría sentado Gianni. Conversarían como dos desconocidos. Y cuando ya hubiese caído la noche, cualquier observador indeseado vería al extranjero despedirse cortésmente y como agradeciendo la charla hospitalaria de un lugareño que lo puso al tanto de los pormenores de la región.

Más o menos, así ocurrió. Pero los que se fingían desconocidos se dijeron cuánto se amaban, lo atroz que resultaba la separación, las ganas inmensas de que las vacaciones terminaran para estrecharse de nuevo en el apartamento anónimo de la gran ciudad. Vean un gran plano general del parque de altos árboles y fuentes. Fíjense bien y descubran abajo y hacia un lado del encuadre el banco donde los dos hombres se dicen palabras de amor sin mirarse, temerosos de que el fuego de sus miradas los delate. El ambiente crepuscular refiere la tristeza que los abate; una mancha roja en el cielo, la pasión que los exalta; pero en el gran paisaje son sólo dos pequeñas almas desoladas.

Menos dolorosa resultaba la separación si Calvert realizaba uno de sus frecuentes viajes de trabajo a Ginebra contratado como traductor por las Naciones Unidas. Se hablaban por teléfono y alguna vez el viajero se llevó al joven consigo y, de allí, a París, a Londres.

Para las Navidades de 1967, que también Gianni debía pasar con sus padres, tuvo Calvert, sin embargo, la alegría de poder traer de Madrid a Emilio Castillo –su amigo más entrañable–, recientemente exiliado. “Sé que iremos juntos a Asís” –le había escrito siete meses antes, cuando Emilio estaba aún en Cuba– “y subiremos al huerto de San Francisco”. Efectivamente, fueron, y yo les acompañé.

Apenas regresamos a Roma en los primeros días del año, Emilio se marchó y volvió Gianni. Estuvieron muy unidos aquel mes de enero y se arraigó y se hizo habitual una forma peculiar de relacionarse muy de ellos, de amor intenso pero desapacible, atormentado.

En febrero del 68, también contratado por las Naciones Unidas, Calvert debió cumplir una misión en Delhi y, luego, en Teherán. De nuevo una prolongada separación. Calvert acaricia por unos días la ilusión de traerlo a la India. El día 2 me escribe a Roma: “Como a tu salud guayabas, zapotes, papayas, pero me falta Gianni como te podrás imaginar. Sé que la Universidad está cerrada y quizás eso le facilite la forma de venir, si suspenden por ahora los exámenes, al final de la conferencia o antes. ¿Lo has visto? ¿Cómo está? Sus dos cartas de la semana pasada me parecieron calmadas. Ojalá sea así.”

El viaje de Gianni a Delhi resultó imposible. Yo aprovechaba cualquier circunstancia para verlo, para apoyarlo, para compensar en alguna medida la ausencia de quien le creaba una gran dependencia. No era raro que Calvert lo amara, Gianni era un ángel. Sólo que era un ángel perturbado, un espíritu voluble, a veces oscuro y a veces luminoso, poseído por la cólera y la exaltación o dulce y depresivo, y de una rara inteligencia que, según me decía Calvert, a veces lo sorprendía con sus observaciones. Pero acabaría produciéndole tanto dolor como placer, aunque el placer que le causó fue mucho.

El día 22 me llega otra carta llena de preocupaciones:

“Qué me alegra lo de tus documentales y que vaya Gianni; mira bien esa cara que yo amo tanto; oye esa voz que me ha devuelto la vida.”
“Roberto: Necesito que hables seriamente con Gianni. Yo adoro a ese muchacho, daría mi idiota vida por su paz de espíritu (que no conseguirá sin gran esfuerzo y suerte). Háblale, trata de sacarlo de ese estado obsesivo que tú no conoces, pero yo sí. La India le hará bien, o Alemania o lo que sea, pero debe salir del círculo vicioso examen-fracaso-autocastigo. No le digas que te he escrito esto. Estoy ayudándolo pero me encuentro con la barrera de un gran complejo de culpa de parte suya, y mucho enredo mental y teoría.”
“Qué pena que no pueda estar un mes aquí conmigo, pero salir de Italia le haría bien.”

No salió de Italia, pero sí de Roma. Enfermó y se fue al pueblo con sus padres. Por otra parte, la Universidad continuaba cerrada. Fue un desastre aquel curso 1967-68.

A fines de abril ya Calvert está en Irán. Del 27 son estas noticias:

“El 15 regreso, llámame sin falta a eso de las 5 p.m. a casa, iré enseguida a ver a mi amor a Bari.”
“He pasado días desolados pensando en él, viendo nuestra relación perdida, tan difícil es a veces como la vida” […] “¿Qué me haré en Junio cuando tú no estés si Gianni no viene?”

Sólo tres días después me informa:

“Gianni se ha operado en estos días en Bari. No tendré noticias de él directamente en varios días. ME MUERO DE ANSIEDAD.”
“Cuando recibas ésta, ¿podrías llegarte a Piazza San Silvestro y llamar a su casa,” […] “hablar con el padre o la madre, decirle que eres Roberto, un compañero spagnolo de Universidad y que te digan cómo está y cuándo vuelve a casa.”

Gianni se las arregló para que pocos días después, inventando quién sabe qué pretextos relacionados con sus estudios, la familia no objetara su regreso a Roma. Al principio, la necesidad que tenían el uno del otro aplacaron las contradicciones y durante la tregua vivieron ratos felices.

Por aquellos días Calvert me pidió ayuda para que le alcanzara unos bombillos que almacenaba en una especie de barbacoa que había en el salón del apartamento. Insistió en traerme una escalera pero la rechacé: me subí en una silla y alcancé el sitio. Me preguntó por un pequeño frasco de barbitúricos que allí guardaba y cuando le aseguré que lo veía me explicó con toda naturalidad: “Son las pastillas con las que me voy a suicidar cuando llegue el momento.” Siguiéndole la corriente, le pregunté: “¿Y eso cuando será?” “No mientras mamá viva” –me respondió–. “No quisiera darle ese disgusto.”

No le creí. Hay personas que se cuidan de la indefensión pensando en la muerte como la gran protectora. Aún nombrándola “la iniquidad”, él mismo, al final de su cuento La ejecución, pone bajo su amparo al protagonista, Mayer: “tuvo, con más claridad que en ningún otro momento, la sensación de hallarse como una criatura pequeña e indefensa, en el vientre seguro, inmenso y fecundo de la iniquidad, perfectamente protegido –¡para siempre, se dijo, para siempre!– de todas las iniquidades posibles”. Pero, para la mayoría de estas personas esa actitud no representa más que el alivio que le proporciona a un cojo una muleta al andar y casi nunca llegan a encontrar una situación tan desesperada como para que consideren que vale la pena darle esa solución extrema.

En el caso de Calvert me parecía que gracias a su lucidez y a cierta sensualidad que no lograba asfixiar su carácter deprimido, no apelaría nunca a ella. Al final me demostró que aún siendo lúcido –para él tal vez era la lucidez mayor– se puede preferir la muerte a la vida, y que el suicidio no tiene por qué ser la respuesta a una situación desesperada. Él la vio, además, como una anticipación que le ahorraría los que suponía los peores momentos de la vida: la decadencia física, la enfermedad, la soledad… No llegó a saber nunca que el estado natural de la vejez es la felicidad.

A principios del verano se rompió la tregua pero, aún cuando las contradicciones eran constantes, se tomaron tanta piedad que las peleas terminaban en arranques incontenibles de ternura o en fuertes depresiones. En una ocasión quedamos en que yo pasaría a recogerlos por su apartamento para ir a ver un filme histórico que proyectaban en el Nuovo Olimpia, un pequeño cine, a escasas manzanas del apartamento, de intensa actividad homosexual y también cultural, por la calidad de las películas que exhibía. Cuando llegué, a la caída de la tarde, me encontré con Gianni que me esperaba para decirme que Calvert estaba con un ataque de depresión muy fuerte. Entré al cuarto y lo encontré tendido boca arriba, como un cadáver, con una sábana blanca cubriéndolo hasta el cuello. Él se contrajo al notar mi presencia y se puso en guardia esperando inútiles palabras de aliento. Yo me abstuve; me mantuve en silencio. Me senté a su lado y cuando bajó la guardia le pellizqué el dedo pulgar del pie y me puse a jugar con los otros. No lo esperaba. El estupor se convirtió en risa. Un rato después, bajamos a la tienda en lo que Gianni terminaba de ducharse y vestirse, pero al subir nos lo encontramos que yacía en la misma posición y cubierto con la misma sábana blanca en que antes estuvo Calvert. Sacó fuerzas sólo para decir: “Amore, andate voi. Io non posso, sono depresso”. (“Amor, vayan ustedes. Yo no puedo, estoy deprimido”). Para Gianni yo carecía de fórmulas.

El curso casi perdido de la Universidad por los desórdenes estudiantiles intentó normalizarse en el verano y el joven estudiante hizo el mejor de los esfuerzos para incorporarse y recuperar el tiempo perdido. Pero Calvert era un serio impedimento y para lograrlo debieron separarse. Gianni se fue a vivir a una pensión.

Como estaba previsto, en Junio me marché de Roma.

A fines de Julio, Calvert me escribe:

“Chato, ¿sabes que me has hecho una falta inmensa? He estado mucho mejor, todo parece ir aflojándose, liberándome yo de una obsesión que incluso llegó a hacerse aburrida, pero nos has hecho una falta terrible. Tú no sabes, yo que apenas te conocía cuando tocaste el timbre de la Via di Gesú e Maria por primera vez, lo que aprendí a quererte en Roma. Realmente, Roma sin ti no es Roma.”
“Gianni y yo parece que hallamos una fórmula bastante acertada; no vivimos juntos, eso me libera a mí de una tensión constante por su temperamento demasiado violento, y a él la sensación de hallarse comprometido demasiado pronto. Ha hecho cuatro exámenes muy brillantes y se va la semana que viene. Hemos estado juntos constantemente, de comiditas, compras y siesta, pero nos sentimos menos atados, y eso hará quizás que las cosas duren, aunque ya yo por mi parte le he dado a la Natura lo que me pide, y eso también me hace bien.”

Calvert lo amará hasta el último instante de su vida, pero ha tomado distancia. A partir de entonces seguirá formando parte de sus pasiones pero no de sus depresiones. Y Gianni, por su parte, tratará de cortar el cordón umbilical. Correponderá su amor, pero intentará liberarse –tal vez sin éxito– de una dependencia que a veces lo asfixia.

Apenas regresa Gianni junto a sus padres, Calvert se va solo de vacaciones a Pésaro y Venecia. “Escribí un capítulo bello en Pésaro, de la novela, que mañana trabajaré más y pasaré en limpio.” Se trata de Gianni, Gianni, una especie de exorcismo, sublimación y consagración de su amor por el joven, que escribe directamente en inglés, como si necesitara descontaminar su sentimiento de la inmediatez con que lo marcarían el español o el italiano y colocarlo en una región más neutra y pura.

Meses más tarde, en una crisis de aparente autorechazo, la entregará a las llamas y sólo se salvará el último capítulo, titulado Piazza Morgana, que hemos conocido a través de la magnífica traducción de Vicente Molina Foix. El tema es la entrega al amado a través de poseerlo totalmente cuando penetra en su sangre y recorre su cuerpo, degustando cada parte de él, sintiendo, a través de él, todo lo que él siente. “Estoy más tranquilo, la idea de Gianni no me abandona, creo que morirá conmigo; ojalá tenga el valor de llevarla hasta sus últimas consecuencias. Por lo menos será un destino aceptado, que nos eleva por encima del nivel del ganado que pasta hasta que vienen a buscarlo para la matanza.”

Confunde extrañamente “la idea de Gianni” con la idea del suicidio, que es la que podría llevar “hasta sus últimas consecuencias”, y la que lo elevaría, supone él, a la élite. Al joven no lo define como causa o razón de la acción sino como un altísimo objetivo a alcanzar, lo identifica con la idea de la muerte, de una muerte asumida. Es una treta para que ese objeto carísimo de su amor deje de ser un obstáculo. La cuenta regresiva ha comenzado.

Agosto fue un mes triste, mordido por la soledad.

“Tú escribías y no supe más de ti.” […]
“No me has dicho nada si has podido averiguar qué carajo le pasa a Guillermo:” (se refiere al escritor Guillermo Cabrera Infante, por quien sentía un gran afecto) “el colmo: le mando unas páginas de la novela y ni siquiera me contesta: por favor averigua esto”.
“El domingo salgo a Ginebra, trataré de no volver a Roma hasta enero. Si Gianni no está –y ya no estará más y si está nos hacemos un daño sin límites– no tiene objeto estar aquí. Quisiera llamarme Roberto Fandiño y ver en cada ser que pasa, en cada casa, un objeto de interés enorme; pero, ay, me llamo como tú sabes y no veo en este momento para qué estar aquí ni en ninguna otra parte.”

De regreso a Roma, en los primeros días de septiembre se va decantando su tristeza, se asientan sus ideas y se prepara para sufrir los rigores que siempre le depara Ginebra.

“No sé si Ginebra curará “la llaga”, más bien es ciudad que empeora todo por lo muerta que es, pero quizás por misterioso instinto de sobrevivir voy razonándolo todo: no podía ser de otra manera, Gianni no podía actuar de otro modo porque sus conflictos internos lo llevan a ser así, y yo otro tanto. De la evolución de esa llaga creo que dependen muchas cosas: una visión más profunda o más errada de la vida, un amor o un desamor mayor a los demás, o sea, puede ser creativa o destructiva, y por él, y por mí, yo quiero que sea creativa. Extraño ¿verdad? que un ser que para tantos pasa desapercibido entre la masa llegue a ser en un momento determinado la clave del futuro de otro.”
“Gracias a Dios, pasó la época de la amargura, (ni siquiera in mente), de la posesión y de la esperanza. Queda una oscura comprensión, que el tiempo irá ojalá haciendo clara, de las grandes presiones mentales que indudablemente deben actuar sobre él, y un deseo enorme de no empeorarlas.”
“Me gustaría tanto estar contigo en este momento, porque sin esfuerzo y sin tristeza te abrazaría y lloraría con una dulce pena y un profundo cariño por todos los goces y los sufrimientos del hombre, que son los míos y los tuyos y los de él y los de todos. Pero en el fondo, qué bueno ser así como soy, a pesar de que siempre he querido ser como tú, desde que te conocí. Creo que todo esto será creador, bueno, fecundo.”
“Me preocupa Gianni porque creo que su camino será más largo y más difícil que el nuestro. Pero nada podemos hacer para evitarlo; es su propio camino, su propio laberinto.”

No pudo cumplir su propósito de permanecer en Ginebra hasta enero, y en noviembre lo encontramos de nuevo en Roma en un sospechoso estado de serenidad.

El 8 de ese mes me escribe:

“Extrañamente, una relación que se caracterizaba por su dramatismo ha dejado de ser dramática, la de Gianni, y estamos sencillamente tranquilos, yo sobre todo. Se laureó con notas buenísimas, le aceptaron la tesis sobre Calvino, y ahora busca trabajo. No sé si porque yo anuncié mi intención de marcharme a Madrid en busca de una vida más vivible, lo cierto es que ha decidido quedarse aquí en Roma y todo está como si nada hubiese pasado. Como no espero nada, todo lo que llega está de lo más bien”.

Y un mes después, en diciembre 10:

“Gianni, como sabes, se laureó, lo llaman de todas partes para suplencias, es asesor de literatura inglesa de la revista Il Caffé, Einaudi le ha dado una prueba para traducir, otra colección de teatro le pide que cuide una edición. En fin, esa energía nerviosa, inmensa y agotadora se desvía hacia otros puntos. ¿Hasta cuándo durará tanta belleza? No lo sé y, francamente, no me preocupa. Estamos viendo films bellísimos de Pabst, Lang, Man Ray (de un surrealismo maravilloso), en el Film Studio. Un domingo hizo la maleta, anunciando que se marchaba. Yo tenía tanto sueño que le dije “cierra la puerta cuando te vayas, que hay cacos en el barrio”. Y me acosté a dormir. Cuando desperté roncaba a mi lado que daba gusto, deshecha la maleta. Ay, O´Neill, ay “Ligados”, ay Roberto Fandiño que lo ves todo…!”
“Por fin, no dejo la casa. La embellezco para cuando algún día vuelvas. Ahora estoy menos angustiado, Gianni me ayuda con los gastos.”

Este período será breve. Al fin, Gianni se marchará definitivamente. En febrero Calvert me confirma la decadencia de una relación que había empezado a hacerse monótona:

“Gianni te saluda; no, no te preocupes. Siempre nos vemos; hizo la maleta por quinta vez y se marchó por tercera vez; nos vemos a menudo pero en vivienda aparte; quizás esa era la dificultad; aunque no sé; te confieso que me fatiga mucho lo difícil de la relación y busco y hallo cosas ligeras sin complicaciones. Ve ahora a una médico –esto entre tú y yo exclusivamente– que parece ayudarlo. Por lo menos se graduó, trabaja, se paga la médico y la vida” […]
“Estate atento a la revista Insula que tiene un material mío, pero no la compres, es cara; no sé cuando saldrá. Il Caffé también publicará otra cosa mía y una traducción de Gianni del inglés al italiano, muy jocosa, que hizo entre ataques de complejos de inferioridad y crisis de desaliento, pero la hizo.”
“¿Cómo se llamaba aquella obra de O´Neill? ¿Ligados? Sí, esa misma.”.

Fue la última vez que me lo mencionó en sus cartas.

Gianni lo amó tanto como Calvert a él o tal vez más. Tres años después de la muerte del escritor debí viajar a Roma por cuestiones de trabajo. Por las noches salía a deambular y no perdía la esperanza de encontrármelo, y así ocurrió. En la Stazione Termini se concentraban jóvenes a fare la marchetta y, confundidos entre los numerosos viajeros, abundaban los hombres mayores que iban allí a contratar compañía y placer. Pero también frecuentaban otros de cualquier edad que se procuraban lo mismo sin que mediara entre ellos interés comercial. Una noche, por el largo pasillo, un Gianni envejecido apareció corriendo; estaba desencajado, flaco, sucio. Aunque lejos aún de los treinta, parecía tener los casi cuarenta y cinco que tenía Calvert cuando nos dejó. Pasó por mi lado sin verme. Casi grité su nombre, tanto para que no me ahogara la sorpresa como para llamar su atención.

Se volvió hacia mí y al advertir mi presencia reaccionó como si hubiésemos dejado de vernos la noche anterior, como si yo nunca me hubiera marchado y este encuentro fuera algo habitual. “Roberto,” –me dijo– “inseguo un uomo che sono sicuro sia Calvert. Lui mi fa queste cose: si fa vedere e poi fugge, ma questa volta non lo lascerò scappare. Ciao, caro, ciao.” (“Roberto, voy detrás de un hombre que estoy seguro que es Calvert. Él me hace estas cosas: se deja ver y luego huye, pero esta vez no lo dejaré escapar. Adiós, querido, adiós”). Me quedé estupefacto viéndolo alejarse detrás del desconocido. Un escalofrío me recorrió el espinazo. Nunca más supe de él.

Al salirse de su vida, Gianni dejó un vacío más grande aún que el que ya existía cuando vino a llenarlo. Mi buen amigo estaba ahora a la deriva, sin asideros, sin ilusión en lo que hacía, dejándose abatir por problemas que no eran, ni por asomo, tan graves como los que padecíamos la mayoría de los otros cubanos que habíamos abrazado el exilio por aquellos días.

En enero Seix Barral había publicado Notas de un simulador, pero eso tampoco llegaba a constituir un verdero estímulo. “Al fin leí las últimas pruebas de la novela. Fea portada, sin vida, un collage pálido y muerto; pensar lo que hizo Chago con los poquísimos elementos que tiene, pero tiene ah! imaginación.” (Se refiere a la edición de Memorias de una isla. Ediciones R, La Habana, 1964) “Menos mal que la contraportada es bella pues apareció al fin la foto que me hiciste en casa en Roma hace exactamente un año, donde me inspiro menos ESPANTO. Pasaba una mala época, pero salí muy bien.”

También se refiere a otros asuntos que le preocupaban por aquellos días:

“Bueno, díle a Ramoncito” (Ramón Suárez, el camarógrafo recién exiliado que me había acogido en su casa para evitar que yo durmiera en la calle) “que al fin resolví lo de la residencia en España. Y a ti también. Juan” (el pintor Juan Tapia Ruano, 1914-1980) “me mandó ayer la tarjeta. Lo de Roma creo que se resolverá pronto, y bien. Me siento un poco menos en el aire, aunque hace un mes que no me cae trabajo. Voy a tener que meterme un mes en Ginebra. Qué se le va a hacer. Entonces empezará a caerme trabajo y, claro, no estaré.”
“He empezado a traducir a Lawrence para Alianza Editorial; labor dura pero bella.”

En efecto, se fue a Ginebra y la soledad se le volvió más inmisericorde. Aumentó su desaliento y se ahondaron sus ideas sobre la vacuidad de la vida.
A fines de febrero muere su madre. (“¿Y eso cuándo será?” “No mientras mamá viva. No quisiera darle ese disgusto”.) Es a Emilio Castillo a quien le escribe apenas se entera de la noticia: “¿Sabes que quisiera mucho seguirla? Hace días que con gran calma, sabiendo ya lo que es la vida, le pido a Dios mi vida sin sentido a cambio de la serenidad y la dicha para tí, para Gianni, para todos a los que tanto quiero.” Ya todo lo enfila hacia la muerte.

Ante la proximidad del fin de contrato en Ginebra vuelve los ojos hacia mí:

“La noticia de que te vas a Ibiza a filmar me alegra por tratarse de tu trabajo y tu vida, y porque yo pensaba no ir a Madrid sino a Barcelona y luego a Mallorca, huyéndole a los gastos de Madrid, y tratando de descansar y coger un poco de sol. Ahora bien, no sé por qué yo siempre había tenido la fijación con Ibiza, por ser más salvaje, de modo que si tú estás allí el 10 díme dónde estarás y yo iré a estar contigo unos días si estás solo y aunque no lo estés porque no te molestaré” […] “se me ocurre una cosa ¿por qué no pasamos unos días juntos en Barcelona antes del 10 en una pensión de esas que tú conoces, baratas hasta morirse de baratas, gastando el mínimo como tú sabes?” […]
“Macho, tengo una extraña necesidad de verte. Será para que me infundas un poco de tu amor a la vida inmenso, del viejo vigor de los Fandiño y de la línea materna.”

Yo no fui capaz de medir la necesidad del amigo que buscaba una tabla de salvación a la que asirse porque ya se ahogaba sin fuerzas en un mar de desaliento. Ni siquiera contesté esa carta.

Del 18 de abril es la última que tuve de él.

“Sólo una líneas para repetirte lo que te decía en mi carta de hace dos semanas y pedirte que me contestes cuanto antes, pues si tú no vienes, no tiene ningún objeto irme a Ibiza.”
“El día 30 a las 9 p.m. pienso salir en el tren para Barcelona y llegar el 1 de mayo y alojarme en alguna pensión ultrabarata que tú conozcas y esperarte ahí. De ahí podemos ir juntos a Ibiza a menos que tú vayas directamente en avión desde Madrid, en cuyo caso díme en donde te hospedarás y yo te encontraré.”
“Machito, por favor, respóndeme a vuelta de correos si ya tienes las fechas y detalles.”

¿Cuál fue mi respuesta, incapaz entonces de advertir los gritos de socorro que se agolpaban detrás de sus palabras? Mi proyecto de trabajo en Ibiza se cayó. Seguramente le hice comprender –aún cuando yo mismo no estaba enteramente consciente de ello– que en aquel momento, tratando desesperadamente de sobrevivir en mi exilio recién estrenado, yo no podía entenderle ni atenderle. Treinta años después lloré al releer sus cartas. Tardé todo ese tiempo en enterarme de que tal vez, tal vez en aquella ocasión, pude haber hecho algo para evitar o al menos posponer el desenlace.

Se marchó a Barcelona y no fue a Mallorca ni a Ibiza como habría deseado. Tomó la decisión definitiva, la que tantas veces había imaginado, y ello le dio fuerzas para venir a Madrid a despedirse de los amigos, también de mí.

Aparte de las dos veces que nos vimos para comer en casa con sus íntimos, concertamos una reunión solos un mediodía en una cafetería de la calle de San Bernardo. Me pidió perdón por haberme acosado. Tampoco esta vez lo entendí. ¿Acosarme? ¿Cuándo? Ni siquiera sentí “como cuando un pan en la puerta del horno se nos quema”, que diría César Vallejo. Aunque eso era lo que estaba ocurriendo. Por el contrario, pensé: “Cosas suyas, su humildad sin límites.” ¿Hubiese cambiado algo las cosas si en ese momento le hubiese dicho, como debí decirle: “Sabes que eres mi hermano y te quiero mucho”? Era muy tarde ya.

Lo que ocurrió después es de todos conocido. Regresó a Roma, le pidió a la señora de la limpieza que no volviera hasta el lunes, se encerró en el apartamento y no salió más. Aquel mismo viernes de mediados de mayo o tal vez el sábado ¿tomó la escalera que me había ofrecido para subir a la barbacoa o, como hice yo cuando le alcancé los bombillos, consideró que era suficiente subirse en una silla? Vean ahora un plano general corto de la habitación. La única luz parte de la lámpara de la mesa de noche donde el hombre que entra, aséptico y meticuloso, coloca un vaso de agua y un frasco de pastillas. Se sienta al borde de la cama, toma el frasco con la mano izquierda y el vaso con la derecha. A golpes moderados va vertiendo en su boca las pastillas y se ayuda a tragarlas bebiendo pequeños sorbos de agua. Ahora deposita de nuevo el frasco, ya vacío, y el vaso con un poco de agua sobrante, en la mesa de noche. Está tranquilo, indiferente, tal vez un poco desencantado, pero seguro de sí mismo, de lo que hace. Se acomoda en el lecho en decúbito supino y se pone a esperar.

Ni siquiera pudo espiar su propio tránsito. Se había dormido.

“No es la muerte lo que me obsesiona,” –nos dice a través del personaje de Notas– “es la vida, el humilde y grandioso bien siempre amenazado, siempre perdido. Me intriga el momento en que se extingue para siempre; aún no he podido explicármelo, está más allá de toda comprensión. He tratado de sorprenderlo. Siempre se me escapa, es evasivo.”

Tampoco esta vez pudo. Cuando se dio cuenta ya era todo espíritu.

Este ensayo de Roberto Fandiño apareció en la Revista Hispano Cubana, No.5, Madrid, 1999, pp. 33-44.

Castro no se disculpa

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He leído con asombro la nota “Castro se disculpa por la homofobia de la revolución”, que firma Emilio de Benito (El País, 01/09/2010).  En este caso, la interpretación periodística de las palabras del dictador cubano, me resulta absurda y traída por los pelos.  En el titular se afirma con contundencia que, Castro “se disculpa”, mientras que en el lead informativo se dice que “no llega a pedir expresamente perdón, pero lo parece”.

Tratándose de una nota informativa, creo que no tiene cabida lo que parece o deje de parecer al periodista.  Si se leyera con detenimiento las palabras de Castro, publicadas originalmente en entrevista al diario mexicano La Jornada, se comprenderá que Castro asume esa responsabilidad, que llama “injusticia”, pero se justifica diciendo: “es cierto que en esos momentos no me podía ocupar de ese asunto… Me encontraba inmerso, principalmente, de la Crisis de Octubre, de la guerra, de las cuestiones políticas…”.

Por lo tanto, Castro asume esa responsabilidad, en la medida en la que, según él, se encontraba ocupado de cosas más importantes, que la persecución a los homosexuales. Habilidoso donde los haya, asegura que “personalmente, yo no tengo ese tipo de prejuicios” contra los homosexuales, mientras que se habla solamente de la persecución homófoba de los años sesenta, en la época de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

En las anteriores declaraciones de Fidel Castro sobre el tema de homofobia revolucionaria, él ha negado que realmente se hubiera producido tal persecución, y lo ha limitado a la existencia de la UMAP (1965-1968).  Recuérdese su esquiva declaración a Oliver Stone en el documental Looking for Fidel (2004) y del desmentido que da a Ignacio Ramonet, aparecido en el mamotreto Fidel Castro, biografía a dos voces, donde habla de “una supuesta persecución a los homosexuales”.

Pues bien, no es que Castro estuviera ajeno a la persecución a los homosexuales, ni que él no tuviera “ese tipo de prejuicios”, sino que él ha sido responsable directa y no indirectamente, como quiere hacer ver, de aquella persecución sistemática y valedor supremo de esos prejuicios.

Como dijo su amigo García Márquez, el peor enemigo de Fidel Castro es Fidel Castro mismo.  Aquí algunas perlas:

“Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permita considerarlo un verdadero revolucionario, un verdadero comunista…. seré sincero y diré que los homosexuales no deben ser permitidos en cargos donde puedan influenciar a los jóvenes”. Fidel Casto en declaraciones al periodista Lee Lockwood, que aparecen en el libro Castro’s Cuba, Cuba’s Castro (1965).

“En nuestra capital, en los últimos meses, le dio por presentarse un cierto fenomenito extraño, entre grupos de jovenzuelos, y algunos no tan jovenzuelos (…) que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas. Así, por ejemplo, les dio por comenzar a vivir de una manera extravagante, reunirse en determinadas calles de la ciudad, en la zona de la Rampa, frente al hotel Capri…”, discurso del 28 de septiembre de 1968 en la Plaza de la Revolución, que aparece citado en mi documental Seres extravagantes (2004).

Asimismo, Castro aplaudió y aprobó los acuerdos homófobos del I Congreso de Educación y Cultura (1971), en la llamada década gris; firmó, en calidad de Primer Ministro, la Ley 1267 (1974), sobre una llamada “justicia laboral”, que condenaba “la homosexualidad ostensible y otras conductas socialmente reprobables” en el campo de la enseñanza.

En 1980, durante el éxodo del Mariel, por el cual salieron del país más de 125.000 cubanos, Castro diseñó un plan de expulsión de homosexuales, presos y enfermos mentales.  La prensa cubana, bajo férreo control estatal, dio, otra vez más, muestras de homofobia institucional.

Y por si fuera poco, no es hasta 1997 que se elimina la referencia a la homosexualidad del Código Penal cubano (con el Decreto-Ley 175, del 17 de junio, que modifica el artículo 303 del Código Penal de 1987 en título y concepto). Sin embargo, en Cuba sigue vigente una absurda figura, la de peligrosidad pre-delictiva, según la cual cualquier juez puede dictar prisión o enviar a un hospital siquiátrico o a un campo de trabajo a cualquier persona “sospechosa” de cometer delito.

Fresa y chocolate (1993), de Tomás Gutiérrez Alea, fue según Alfredo Guevara, entonces presidente del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, una película de propaganda: “Fidel con este filme, asumido, y sin nada decir cerramos internacionalmente ese horrible momento que algunos llaman Capítulo y que prefiero llamar “inciso”, que fue la UMAP”.

Este extracto es parte de una carta de Alfredo Guevara a Fidel Castro, enviada el 23 de noviembre de 1993, según da cuenta Guevara en otra misiva a Raúl Castro (10 de enero de 1994). (Alfredo Guevara: ¿Y si fuera una huella?).

El subrayado de la expresión “y sin nada decir” es mío. En esa expresión, de no decir nada sobre el infierno que sufrieron muchos, miles, se escamotea una verdad que algún día deberá ser dilucidada judicialmente o, cuando menos, a través de la historia. El progreso en materia de derechos del colectivo GLBT en la isla, no puede dejar de lado la condena de la homofobia institucional de los líderes revolucionarios, ni por ende, un exhaustivo estudio de ese pasado negro de crímenes contra los homosexuales practicados por el castrismo, y que aparecen denunciados en ese maravilloso documental, Conducta impropia (1984), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal.

MANUEL ZAYAS
[Enviado a la sección de Cartas al director del diario El País].

Si se quiere ahondar más en el tema, consulte este documento.

ACTUALIZADO

Y Félix Luis Viera descubre en Cubaencuentro otro discurso homófobo del dictador.

El apartheid cultural cubano

Madrid, a 11 de marzo de 2010.

[Enviado hoy a los Embajadores de España, Noruega, Holanda, Francia, a los representantes de COSUDE y la UNESCO en La Habana y a la Presidencia del Gobierno español].

Su excelencia,

En la reciente 9na. Muestra de Jóvenes Realizadores realizada en La Habana, bajo el patrocinio del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), y con el apoyo de las Embajadas de España, Francia, Holanda y Noruega, de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE) y la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se impidió el acceso a salas de cine habaneras a varios bloggers independientes cubanos que el gobierno castrista considera “mercenarios” y “contrarrevolucionarios”.

El acto de impedir el acceso a una sala de cine alegando “derecho de admisión” ha empezado a ser usado por el Departamento de la Seguridad del Estado y los administradores de instituciones públicas cubanas (cines Charles Chaplin y 23 y 12, y anteriormente el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana) como un macabro juego de apartheid cultural y social, en flagrante violación de derechos que asegura la propia Constitución de la República de Cuba pero que no se cumplen (según el artículo 41, “todos los ciudadanos gozan de iguales derechos”, según el artículo 42, “la discriminación por motivo de raza, color de la piel, sexo, origen nacional, creencias religiosas y cualquier otra lesiva a la dignidad humana, está proscrita y es sancionada por la ley” y según el artículo 43, “el Estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, sin distinción de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana: disfrutan de los mismos balnearios, playas, parques, círculos sociales y demás centros de cultura, deportes, recreación y descanso”).

Visto que el gobierno cubano se empeña en poner en letra muerta el mismo texto constitucional, el primero que debe respetar, y por ser todo esto un acto de violación de los principios democráticos que enarbolan y deben cumplir las Embajadas europeas que apoyan esta Muestra de Jóvenes Realizadores, sería oportuno valorar futuros apoyos al ICAIC o a otras instituciones que impidan el acceso universal a la cultura.

Cordialmente,

Fdo. Manuel Zayas Martínez
Realizador cubano

Tres cartas de Nicolás Guillén Landrián

En los círculos de personas que lo conocían en Cuba y que habían perdido todo enlace con él, a Nicolás Guillén Landrián ya lo imaginaban muerto. En febrero de 2003 —gracias a Alejandro Ríos y a Lara Petusky Coger— conocí que el cineasta vivía en Miami y entré en contacto con él. Los encuentros fueron sólo a través del correo electrónico y duraron unos escasos tres meses.

Nicolasito todavía no sabía del cáncer que acabara con su vida, ni yo me imaginaba haciéndole un documental post mortem. Pero como sucedió con sus filmes, estrenados la mayoría casi treinta años después de terminados, en su vida todo pareció quedar postergado. Más que quererlo el destino, esa fue la determinación de los ilustres funcionarios de la cultura.

En 2002 y 2003, la Muestra de Jóvenes Realizadores que auspicia el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), estrenó la mayor parte de sus títulos dentro de la sección “Premios a la sombra”.

En el dossier de presentación, se aclara: “A la sombra (frase idiomática): bajo el amparo de// en la cárcel// oculto tras// en la penumbra// sin suerte, sin fortuna// permanecer oculto a pesar de// puesto a un lado// reservado”.

El descubrimiento sorprendió a no pocos entendidos. Desde entonces el nombre de Nicolás Guillén Landrián comenzó a resonar. Imagino que algún día figure en los catálogos del cine cubano.

Estas son las únicas tres cartas que se salvaron de aquel encuentro. Lamento ser tan poco minucioso en archivar toda la correspondencia, en no haber conservado las fechas.

I

Estimado Manuel:

Los documentales o mejor dicho los títulos de los documentales de los que envías una lista resulta incompleto. No sé si has querido sintetizar.

Los títulos son:

Homenaje a Picasso, El Morro, Un festival deportivo, En un barrio viejo, Ociel del Toa, Retornar a Baracoa, Plenaria campesina, Rita Montaner, Los del baile, Coffea Arábiga, Desde La Habana -1970- Recordar, Taller de Línea y 18, Un reportaje en el Puerto Pesquero y Nosotros en el Cuyaguateje que fue el último que yo hice. Además yo dudo que existan copias de Desde La Habana -1970- Recordar y de Rita Montaner, porque tengo entendido que no se copiaron, se quedaron en edición de imagen y sonido, re-recording[*], y El Son, del cual no pude ver ni los rushes[**].

Ojalá que logres un filme objetivo y ejemplar debido al tema.

Saludos,
Nicolás Guillén Landrián

II

Olvidé Patio Arenero y Congos reales debido a la premura con que me dirigí a ti hace unas horas. No tengo conflictos estéticos con ninguno de mis filmes. Todos los conflictos estéticos son resultado de los conflictos conceptuales. Yo quería ser un intérprete de mi realidad. Siempre estuve en el vórtice de la enajenación. El resultado cabal es cada filme terminado.

No pensaba en hacer cine antes de que existiera el ICAIC porque no tenía manera de lograr un resultado. Pero sí había hecho un corto sobre Zanja en La Habana en el cual fui acompañado por Françoise Sagan. No se editó. Una de las patrocinadoras de este filme fue mi madre, Adelina Landrián, que dio dinero y compró la máquina de editar —que no se usó; otra, la Juventud Católica de La Habana.

Me acerqué al ICAIC debido a que no tenía ninguna opción laboral en la década del 60. Busqué trabajo allí y me lo dieron. Comencé como asistente de producción y en unos años fui nominado director de cortometrajes.

Mi formación —apoyada en la obra de otros realizadores de la Escuela Documental: Alberto Roldán, Fernando Villaverde— me hizo optar por temas inmediatos y plausibles. Por esto todos mis documentales resultaron luego postergados.

Fui humillado y proscrito durante toda mi permanencia en el ICAIC y censuraron mi cine —decían— debido a mi comportamiento social.

Joris Ivens y Theodore Christensen fueron el encuentro de un lenguaje adecuado y superior que de ambos maestros era inherente. Aprendí mucho con ambos: sobre todo, a ser cariñoso con la gente, a actuar con cariño.

No tengo copia de Los del baile, de Nosotros en el Cuyaguateje, de Plenaria Campesina, de Un festival deportivo ni de Congos reales.

Saludos,
Nicolás Guillén Landrián

III

¿Te imaginas tú lo que fue para mí verme de pronto en los calabozos de Villa Marista? Viendo, según ellos, cuáles eran mis conflictos ideológicos, luego de haber obtenido la Espiga de Oro con Ociel del Toa.

Y no quedó allí. Me mandaron para una granja dos años; granja que era para personal dirigente que mantenía una conducta impropia. Ahí comenzó la esquizofrenia de nuevo, pero más aguda, que me llevó a ser tratado siquiátricamente por los médicos que había en la prisión. Ellos aconsejaron que fuese enviado a un centro donde pudiese ser atendido adecuadamente. A continuación, me montaron en un avión, descalzo, con el overol de la granja y por encima de los hombros un saco de listas que yo amaba mucho.

Me llevaron de Gerona a La Habana, donde fui internado en el Hospital Siquiátrico Militar que tenían ahí en Ciudad Libertad. De este lugar, luego de ser atendido por un siquiatra argentino, fui enviado bajo prisión domiciliaria a casa de mis padres, para que terminara de cumplir el tiempo que me restaba de la sanción, a la que fui sometido sin previo juicio alguno, sino por deliberación de un tribunal militar.

Luego me regresaron al ICAIC y el ICAIC me encargó un filme didáctico sobre la cosecha del café, teniendo en cuenta la jornada cafetalera que se iniciaba en Cuba en esos años en que yo había salido de prisión por conducta impropia de un personal dirigente. Y presto me dediqué a hacer un ameno documental —divulgativo más que didáctico, aunque es didáctico también— de todo lo que había tenido que ver con el café y el contexto en que me habían situado para hacer Coffea Arábiga.

Después de Coffea Arábiga, la folie[***]. No había manera de que pudiese hilvanar con sentido lógico, en imágenes cinematográficas para mí, la premura de los sesenta.

La paradoja es que no había un verdadero enfrentamiento político por mi parte, sino una anuencia muda y cómplice con todo aquel descalabro. Ya le dije, amigo, la folie.

Mi último re-recording fue el de un documental que titulé Nosotros en el Cuyaguateje.

He vivido en el ostracismo sesenta y cuatro años: desde que tengo uso de razón. Por el nombre y el apellido.

Imagínate tú que a los festivales internacionales que fueron mis filmes no asistí nunca porque no había conciencia en la dirección del ICAIC de que yo pudiese representar al cine cubano, ya que alguien se había atrevido a calificar —parece ser— mi cine como el cine de un afrancesado. Esto sucedió con En un barrio viejo y todos los responsables temerosos asintieron. En un barrio viejo tiene una mención en Cracovia, Polonia, una mención del jurado, y el premio a la opera prima en Toulouse, Francia. Así malcomencé y malterminé en la Industria de Cine Cubano. Por haber sido sometido a esto, pienso del ostracismo lo peor.

Saludos de Nicolás Guillén Landrián

Notas:

*re-recording (En inglés en el original. Traducción: mezcla de sonido).

**rushes (En inglés en el original. Traducción: copión, película positivada del negativo original).

***folie (En francés en el original. Traducción: Locura)

MANUEL ZAYAS

Publicado en Cubaencuentro.com