In the Park (1962)

Fotograma de In the Park (1962), de Orlando Jiménez Leal.

Fotograma de In the Park (1962), de Orlando Jiménez Leal.

Al poco tiempo de la censura en Cuba del documental PM, que realizó junto a Sabá Cabrera Infante, el director Orlando Jiménez Leal tomó el camino del exilio y aterrizó en Miami. Allí filmó In the Park, un filme que según sus palabras “retrata un domingo cualquiera en el Parque de las Palomas”.

“A través de unas imágenes que parecen distantes, de la soledad de los viejos y a pesar de la belleza del paisaje y de la alegría de los niños que juegan, se percibe la tristeza del destierro”, dice Jiménez Leal, quien accedió en esta entrevista a relatar su experiencia con “un cortometraje que cierra nuestro estado de ánimo y nuestra exaltación con el free cinema“.

Nunca antes estrenado, In the Park es una de esas pequeñas joyas en miniatura que esperan por su descubrimiento. Por cortesía del director del filme, DIARIO DE CUBA lo exhibe en calidad de estreno.

¿Cuándo y cómo se filmó In the Park? ¿Quiénes participaron en la producción?

Fue en la primavera de 1962, posiblemente marzo o abril. In the Park se filmó en el Bay Front Park de Miami, al que los cubanos de entonces llamaban el Parque de las Palomas.

Mi amigo el teatrista Juan Guerra y yo, acabados de salir de Cuba, tristes y sin un centavo en el bolsillo, vagábamos con nuestro surmernage por el parque con un extraño sentimiento de desarraigo, pensando en Cuba, tan lejos y a la vez tan cerca.

Armado de una hipersensibilidad especial, empecé a ver cosas que quizá en otra circunstancia hubieran pasado inadvertidas: cojos, viejitas maquilladas haciéndose fotos unas a otras, niños paralíticos, vendedores ambulantes y un negro, viejo y solo, tocando un nostálgico blues. Un día Juan me sugirió la idea de hacer un corto sobre el parque. Él fue mi asistente de dirección. No hubo nadie más.

En una entrevista anterior que te hice decías que una vez que terminaste ese corto documental te fuiste a Nueva York a intentar venderlo y que no pudiste, que era demasiado pretencioso. ¿Sigues considerándolo pretencioso?

Al terminar el corto, loco de contento con mi cargamento, me fui a Nueva York con la idea de venderlo allí. Yo tenía 20 años, era algo arrogante y acababa de descubrir Nueva York y la música barroca (aunque no necesariamente en ese orden).  Impetuoso, toqué todas las puertas.  A todos les gustaba, me hacían comentarios realmente elogiosos, pero no lo compraban… Hoy al ver las cosas con cierta distancia no creo que el corto fuera pretencioso. El pretencioso era yo, que creía que aquel pequeño filme de apenas 10 minutos, hecho casi sin recursos, de una manera modesta, podía ser considerado por las grandes empresas de televisión norteamericanas. Digamos que lo rechazaban con entusiasmo.

Realizado en 16 milímetros y con pocos recursos, hay una riqueza artesanal que no se ve en las grandes producciones, toda la fuerza visual emana de lo simple, de pequeñas escenas de la vida anónima. ¿Sentías una obsesión por contar lo efímero de la vida y las pequeñas escenas cotidianas?

Soy una persona muy curiosa.  En realidad siento una enorme curiosidad por la gente, pero a la vez soy tímido y no me gusta acercarme demasiado a las personas; la cámara oculta, el free cinema, te da la oportunidad de observar de lejos, de ser un voyeur. En Cuba, esa palabra, voyeur (rescabuchador), adquiere, además, unos tintes obscenos porque de alguna manera implica que con la mirada acaricias a alguien también. Esa gente que yo fotografié, inocentemente, una tarde en un parque, no tenía idea de que 54 años más tarde esas pequeñas escenas cotidianas, que tanto te gustan, iban a ser observadas por alguien como tú que ni siquiera había nacido; esas pequeñas representaciones efímeras, esos gestos, eran de gente actuando para mí.  Y no lo sabían. Lo curioso es que yo tampoco.

A diferencia de PM, que provocó un escándalo y fue prohibida y confiscada, In the Park se hizo enteramente en libertad y, sin embargo, nunca tuvo un estreno.  ¿Cuál lección de vida sacas de ambas experiencias cinematográficas, de por sí contradictorias?

Bueno, PM se filmó en un Estado policíaco. In the Park, por el contrario, se hizo en una sociedad abierta donde el individuo no tiene ninguna importancia colectiva y es exactamente eso: un individuo. ¿Qué lección saco de toda esta locura? Pues no te metas con la policía, porque a ella, como decía Raymond Chandler, no hay manera de decirle adiós.

Publicado en Diario de Cuba.

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Una reliquia habanera en EastmanColor

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Fotograma de Carnaval.

Mientras La Habana bullía en sus carnavales de 1960, un equipo de jóvenes e inexpertos cineastas intentaban capturar la atmósfera festiva de la ciudad.

“Joe Massot consiguió que Alfredo Guevara, presidente del Instituto de Cine (ICAIC), le asignase la dirección de un documental sobre el carnaval.  El corto, de 20 minutos, se haría en coproducción con el Ayuntamiento de La Habana, con el objetivo de atraer turistas a Cuba”, recuerda Fausto Canel, su codirector.

Nacido en Nueva York e hijo de madre cubana, Massot formó parte del recién creado instituto de cine. Se fue de Cuba en 1961 y falleció en Londres en 2002.

“Con su enorme talento para engatusar, Massot consiguió que el presupuesto implicase filmar en 35 milímetros y en color, algo nunca visto en el ICAIC hasta ese momento. A mí me ofreció la realización, conservándose él la dirección de los actores que, de hecho, nunca habían actuado. La calle neoyorquina le había enseñado a Joe que la suerte no se espera, sino que se crea”, dice Canel.

Pero para entonces en Cuba no se podía procesar película fílmica a color y el negativo debió ser enviado al laboratorio Deluxe de Nueva York para su revelado. Conversamos sobre este tema con Fausto Canel.

Filmado en EastmanColor, con actores y unos créditos animados, y luego un estreno con alfombra roja, el documental parecía seguir los patrones de Hollywood más que los de un país que comenzaba a hacer cine revolucionario.  A la luz de los años, ¿qué representa ese documental para ti?

Representa precisamente eso, mi primera oportunidad de hacer cine con “todos los hierros”.  Habría que agregar que los créditos de Carnaval, dirigidos por Jesús de Armas, fueron el primer trabajo del Departamento de Animación del ICAIC, creado para la ocasión.  Al mismo tiempo, el ICAIC produjo Ritmos de Cuba, también en EastmanColor, dirigido por Néstor Almendros con la misma actitud de entretenimiento. Como dije antes, es difícil imaginar los vaivenes de la política cultural del ICAIC en aquel momento. Una de cal y otra de arena. Por si acaso.

El documental se estrenó en La Rampa para el 26 de julio de ese año, en exhibición especial, junto a otros seis cortos producidos por el ICAIC. Más tarde, su proyección en los cines del país ayudó a distraer a una población preocupada por las tensiones cada día mayores entre EEUU y Cuba. De hecho, las sanciones económicas impuestas por EEUU a finales de ese año dieron como resultado que el ICAIC nunca pudiese recuperar el negativo, ya que nunca pagó los gastos del laboratorio Deluxe en Nueva York. Solo se importaron tres primeras copias que de tanto ponerse en su momento ya no existen.

En una entrevista que diste a Lunes de Revolución decías que el documental tenía una doble función, turística y política, aunque yo no veo nada de eso. ¿Pudieras abundar en esos aspectos?

Es imposible para los que no vivieron la época imaginar los tumbos que daba la revolución cubana en aquellos primeros meses. Pensado para una distribución internacional, Carnaval intentaba estimular el turismo mermado por la mala propaganda que crearon los fusilamientos sin juicio a partidarios de [Fulgencio] Batista, lo cual en sí mismo era contrapropaganda política.

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Fotograma de Carnaval.

En tus textos has recordado todas las vicisitudes y trabas que ponía el ICAIC para que cineastas exiliados tuvieran acceso a su propia obra y has narrado cómo, por casualidad, Néstor Almendros vino a dar con una copia de Carnaval que estaba archivada en los laboratorios Deluxe en Nueva York. ¿Pudieras abundar en esto? ¿Por qué la copia del documental se quedó en Nueva York?

Ya señalé en otra parte la alegría en la voz de Néstor cuando una mañana de 1989 me llamó desde el laboratorio Deluxe, donde terminaba la corrección de luces del episodio de Martin Scorsese para New York Stories.

“Los recuperamos, Fausto, los recuperamos”, me decía lleno de entusiasmo desde la oficina del director del laboratorio.

Yo no entendía nada. “¿De qué hablas, qué recuperamos?”

Néstor trabajaba esa mañana en el laboratorio en Manhattan cuando el director se le había acercado y le había dicho: “Almendros, ¿sabe usted que en las bóvedas tenemos dos cortos cubanos?”.

“No”, le respondió Néstor. “¿Cuáles?”

El hombre consultó sus apuntes: “Ritmos de Cuba es uno, y el otro, Carnaval.”

Era realmente increíble.  No sabíamos que los negativos estuviesen todavía allí.

“Sí”, me contaría Néstor que le explicó el director del laboratorio. “Los revelamos y enviamos los rushes a La Habana y luego tiramos unas pocas copias… Pero el ICAIC nunca nos pagó y cuando se rompieron relaciones con la Isla y se instauró el embargo comercial, los negativos ya editados se quedaron en nuestras bóvedas… Desde entonces están ahí…”

“¿Y es posible que obtengamos una copia?”

“Mire, como directores tienen derecho a una copia en vídeo para su uso personal, pero me tienen que firman un acuerdo por el cual se comprometen, so pena de procesamiento judicial, a no comercializar los cortos.  Esas películas son propiedad del ICAIC y a ese organismo se las devolveremos cuando nos hayan pagado lo que nos deben.”

Al día siguiente, en el laboratorio, vimos Ritmos de Cuba y Carnaval por primera vez desde su estreno en el cine La Rampa,  en el verano de 1960, 29 años antes. Una impresión difícil de describir y que luego volví a sentir cuando tuve la oportunidad de ver de nuevo Desarraigo, Papeles son papeles, Torrens y El final, películas que he conseguido recuperar con los años.  Muchos años.  (Todos esos filmes se pueden ver en el sitio web de Fausto Canel.)

En contacto con un ejecutivo de Deluxe me comentaba que los archivos fílmicos que tenía ese laboratorio en Nueva York fueron trasladados a Hollywood y, preguntándole por el negativo de tu cortometraje, me aseguró que la copia no aparece.  De aparecer  el negativo y de pagar el ICAIC una factura que data de 55 años atrás, ¿crees que tu documental debería tener su revival?

Creo que más allá del valor cinematográfico que todavía pueda tener, el corto es una reliquia, una pieza de museo sobre una revolución que daba tumbos y vaivenes políticos. De ahí su existencia.  Es también una oportunidad de ver La Habana antes del derrumbe y a los habaneros gozando de una libertad que no les iba a durar mucho.

Publicado en Diario de Cuba.

entrevista: Antonio José Ponte

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Antonio José Ponte fotografiado por Orlando Jiménez Leal.

“Fidel Castro fue un buen lector de Mussolini”

Manuel Zayas

“Contra la revolución, nada. Ningún derecho”, dejó dicho Fidel Castro en 1961. La revolución estaba por encima de cualquier ley, de cualquier derecho. Era la asunción más cabal del totalitarismo. Fidel Castro arengaba a los intelectuales y asumía la censura como razón de Estado.

El escritor Antonio José Ponte habla en esta entrevista de los orígenes de la censura política sobre las artes dentro de un régimen que decía llamarse libertario.

En 1961, se produjo la censura de PM, dirigido por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. El ICAIC lo catalogó de “pintura parcial de la vida nocturna habanera”. ¿Qué representó esa censura?

Bueno, es un hito por muchas razones. PM marca el momento en que los comisarios políticos aparecen en escena, toman el mando, y hay un discurso de Fidel Castro, Palabras a los intelectuales, que se convierte en el discurso totémico de la política cultural cubana.

Dentro de ese discurso hay una fórmula (“dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”) que va a ser usada durante medio siglo, en distintas modulaciones, por distintas facciones también, con propósitos distintos. Esa va a ser la fórmula a la que atenerse siempre. Es la piedra de toque de toda política cultural dentro de Cuba. Y todo esto fue provocado por la pequeña pieza fílmica que es PM. Alrededor de PM se arremolinaron muchas razones para la censura.

Casi siempre que vemos, décadas más tarde, alguna pieza de escándalo, uno termina por preguntarse qué contiene para haber merecido tanto ruido. Pues parece desproporcionado el escándalo causado con lo que uno encuentra en ella. Con PM ocurre lo mismo. Podemos decir que constituyó la subversión del discurso militarista de ese momento, un discurso de espera de la invasión o de todo el país en armas. Pese al estado de alerta, todas esas personas filmadas desperdician su tiempo en bares, ajenas al peligro. Desperdician el tiempo en música, en alegría, en bebida, en alcohol. Son cuerpos hurtados a la milicia y a la militarización de ese momento.

Lo deja claro el Acuerdo del ICAIC sobre la prohibición del film PM. De algún modo se aprovechó el apartamiento de lo militar de toda esa gente para acusar a la obra. Porque el documental salió acusado de contrarrevolucionario, a pesar de que la fórmula de Fidel Castro ha intentado explicarse como portadora de una inclusividad muy grande. Sin embargo, ya desde ese mismo momento, desde el instante en que se pronunciaba aquel discurso, PM quedaba excluido.

La promesa de Fidel Castro de todo dentro de la Revolución es falsa desde el inicio. Palabras a los intelectuales crea un doble discurso. Por una parte, mecenazgo de la cultura por parte de las autoridades, discurso de lo inclusivo y de lo generoso, de todo cuanto pueden contener las nuevas instituciones culturales. Por otra parte, fundación de lo policial y represivo de esas instituciones.

Muchos de los artistas y escritores presentes en las reuniones de la Biblioteca Nacional temían la imposición del realismo socialista, de una doctrina artística dictada desde el Estado, ya que el Estado iba en camino a convertirse en el único mecenas. Y muchos de los miembros del Partido Comunista (entonces con otro nombre) temían que se reprodujera una especie de rebelión a la húngara.

Existían, también, guerras de capillas. PM estaba hecho desde Lunes de Revolución, tropezaba con las facciones lideradas por el Alfredo Guevara del instituto oficial de cine. Fue también una pelea entre lo institucional, la industria pesada del cine, y lo amateur, la guerrilla fílmica. El ICAIC, el instituto de cine oficial, pretendía administrar cuanto cine se hiciera, y PM era el tipo de obra suelta que no podía seguir produciéndose.

¿Qué efectos demoledores produjo la censura de este cortometraje?

Primero, hizo público entre los escritores el miedo existente. Está el famoso parlamento de Virgilio Piñera acerca del miedo, del mucho miedo que sentía. Era miedo a que quienes propiciaban la cultura (por esos años, Piñera agradeció públicamente el mecenazgo revolucionario) comenzaran a controlar la cultura y a coartarla y a restringirla.

La administración revolucionaria dedicaba una gran cantidad de recursos en beneficio de la cultura y de los intelectuales. Era el caso de una filantropía bastante grande por parte del Estado. Y, a partir de PM, ese mismo filántropo que tan maravilloso parecía, va a ser también el persecutor de escritores y artistas, y llegará a dictar qué puede hacerse y qué no.

Otro efecto notable, quizás no demasiado percibido en ese momento, es la complicidad establecida entre las autoridades y el gremio. Con el fin de censurar PM, Fidel Castro establece una complicidad con la audiencia y convierte a escritores y artistas, de algún modo, en censores también. Toda esta gente que sale esperanzada de las sesiones de la Biblioteca Nacional, todos los que se aferrarán a la fórmula que Fidel Castro ha pronunciado, terminarán por ser cómplices de la censura de PM, y del cierre de Lunes de Revolución y de todo lo que vendrá después.

En Cuba, se han hecho elogios de Palabras a los intelectuales. ¿Por qué los intelectuales orgánicos nunca han criticado esa vieja fórmula de Fidel Castro, contenida en el discurso, la que habla de “dentro de la revolución todo, contra la revolución, nada”?

Sí, en Cuba vuelven siempre a ese discurso como se vuelve al lugar del crimen. Desde hace unos años con la justificación de que ha sido una fórmula mal comprendida por malos comisarios, tergiversada por esos malos comisarios. Una fórmula que, de aplicarse prístinamente, haría funcionar la cultura nacional del mejor modo.

La fórmula extraída de Palabras a los intelectuales es una suerte de tótem. Un emblema que protege a la tribu y que la une, que le da origen, y de donde toma la tribu sus cualidades. En torno a Palabras a los intelectuales hay algo parecido a un culto mágico.

Esa dichosa fórmula es, en el fondo, mussoliniesca. Del Mussolini que, en La Scala de Milán, dijo el 28 de octubre de 1925 en un discurso: “Tutto nello Stato, niente al di fuori dello Stato, nulla contro lo Stato” (“Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”). Y Fidel Castro fue, por lo menos, un lector frecuente de Mussolini. Yo me atrevería a decir que fue un buen lector de Mussolini.

Es una fórmula —la de Fidel Castro— tramposa por falsamente benigna, por falsamente magnánima. Quienes se apasionan por ella, quienes la ven como último recurso, no se detienen a pensar (o no quieren pensar) en lo que sucedió gracias a esa fórmula en la última de las tres reuniones de la Biblioteca Nacional. Porque, mientras ese hombre uniformado que dejó  sobre la mesa su pistola en un gesto intimidatorio habla de inclusividad y de una suerte de reino feliz en donde todo cabe, destierra de ese reino ya, desde ese mismo instante, a dos jóvenes cineastas. Y no solo a ellos, sino a todo el grupo que ha hecho posible la película. Ya que poco después va a clausurarse el suplemento Lunes de Revolución.

Así que a quienes quieren conformarse con la hipótesis de que el mal ocurrido en la política cultural cubana del último medio siglo ha sido provocado por la mala aplicación, mala interpretación o incompresión de una frase de Fidel Castro, habría que hacerles notar que, desde el mismo momento en que Fidel Castro suelta tal frase, construye ya una política de represión y de censura.

Ese fue el primer cisma entre los dirigentes de la revolución y la intelectualidad cubana. ¿Se trata del mayor cisma que se ha producido en Cuba respecto a los intelectuales?

No. Creo que lo ocurrido en torno a Heberto Padilla fue un cisma mayor, con una influencia internacional muy grande.

Teatralmente hablando, considerando cómo la política se implementa en representaciones de poder que son muchas veces coreográficas, PM inicia la intervención pública en la que el gran seductor consigue la complicidad de los escritores. Pero diez años después, con el caso Padilla, ese teatro resulta más macabro todavía.

Lo más macabro que puedes encontrar alrededor de PM, es el diálogo de Virgilio Piñera y de Fidel Castro, que es un diálogo de comisario de la policía preguntándole a su interrogado por qué tiene miedo, a quién le teme. Una escena que va a convertirse diez años después en la autoinculpación de Padilla y la denuncia que Padilla hace de otros escritores: toda una parodia de los juicios moscovitas de los años treinta.

Lo ocurrido con PM es un aviso de quiebra, aunque mucha gente no se sintió avisada entonces.

Para colmo, el Máximo Líder censura el documental sin haberlo visto, según reconoce él mismo. ¿Qué piensas de ello?

Es sumamente escandaloso que reconozca que no ha visto PM. Aboga entonces por la censura de una obra que ni siquiera ha visto. Y a la que solo había que dedicarle catorce minutos.

Ese va a ser el inicio de una censura política hecha a ciegas, sin necesidad de muchas pruebas. Y, como se descubrirá luego, apenas te censuren una obra van a a censurarte las demás. Porque, más que censura sobre obras, se trata de censura sobre autores. Los comisarios intervienen sobre la intención del autor, quieren apoderarse de su psiquis.

De todos modos, no estoy seguro de que Fidel Castro no haya visto el cortometraje. A lo mejor esa fue otra de sus mentiras. Aunque hay un caso semejante, años después, cuando trató de censurar Guantanamera, de Tomás Gutiérrez Alea. Entonces quien había visto la película era Raúl Castro, en un hotel en París. Y Fidel Castro hablaba a partir de lo que su hermano menor le había contado.

Es como si un ciego dictara sobre el cine a partir de las observaciones que le alcanzan unos lazarillos cinematográficos… Pudo haber visto la película, pudo no haberla visto. Cualquiera de estas dos opciones no disminuye el escándalo.

 En el discurso, él dijo que se respetaba la libertad formal pero no la libertad de contenido. Eso después se incorporó en la primera Constitución Socialista de 1976, que se mantiene hasta el día de hoy. ¿De qué tipo de libertad hablaba Fidel Castro?

 No era más que una excusa en la cual se ven muy bien los prejuicios de las autoridades hacia los escritores. Le decían a éstos: “Déjennos a nosotros la política, déjennos el contenido, déjennos la realidad y dedíquense ustedes a la forma, a lo amanerado”.

Una división que establece perfectamente los roles de cada quien. A ustedes les dejamos lo espurio, lo accesorio, lo cosmético, y para nosotros queda lo esencial, el tronco de la política.

Es un anuncio de cuanto vendrá después, que es considerar la literatura y las artes como adorno del Estado. Las artes, entendidas así, dan forma al discurso político, agregan formas a una doctrina. O en otra variante, como prefieren los actuales comisarios, las artes se desentienden de toda política.

Orlando Jiménez Leal decía que, para él, PM es como un baile de fantasmas, que retrata el final de una época. ¿Cuál es tu opinión?

Es un cortometraje que me gusta mucho, que me asombra siempre. En verdad, ¿dónde ocurre? El cruce de la bahía —al inicio y al final— hace creer que se trata de un viaje mucho más extendido. Que no se trata solamente de una noche y una madrugada.

Lo comparé una vez —en mi libro La fiesta vigilada— con el viaje a Citerea, la isla de placeres. Pienso también en una variante de la literatura japonesa del siglo XVII, el ukiyo-zoshi o libros de la vida flotante. Una literatura de placeres, bares, barrios de linterna roja, prostíbulos, pero que habla también de la caducidad de la juventud y de la vida. (El mayor ukiyo-zoshi de la literatura cubana es, por supuesto, Tres tristes tigres.)

Hay un extraño poema habanero de principios del siglo XIX, de Manuel de Zequeira y Arango, que describe también —como PM— una ronda nocturna:  La Ronda. Un recorrido, no por bares, sino por postas militares. No por garitos, sino por garitas.  El poema cuenta una noche de tormenta en La Habana.  Quien habla en el poema pierde la luz de su farol y cree —”por teórica conjetura”— haber llegado al Muelle de Luz, que es el punto de desembarco y de embarque en el documental. Y, si Orlando Jiménez Leal habla de un baile de fantasmas, en el poema de Zequeira hay esqueletos, metamorfosis en animales, parafernalia pesadillesca.

PM es el fin de una época, es el fin de una ciudad, del modo de entender la ciudad. Esos bares van a estar cerrados muy pronto, esa vida pronto va a acabarse. Y, en el centro de la ronda, está el punto en el que siempre me concentro: ese vaso de la pareja que baila. El vaso que se bambolea, la cerveza botándose: para mí el centro hipnótico de toda la película.

El hecho de que en ella apenas haya transiciones (o no haya ninguna), y saltemos de la Avenida del Puerto a Marianao, permite suponer que la sumatoria de bares ha formado un largo pasillo. Lo cual es una sensación recurrente cuando se está de fiesta y de borrachera, y uno no recuerda haber salido de un bar en busca de otro, sino que juraría que todos los bares se comunicaban fluidamente.  Esta sensación está muy conseguida en PM. Así que es como atravesar el mar, caer en un túnel de bares sucesivos y salir a la canción de Vicentico Valdés —Una canción en la mañana— y al mar de nuevo.

Publicado en Diario de Cuba.

entrevista: Monika Krause

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Fotograma del documental La reinal del condón.

En el Punto G de la Revolución Cubana

Ileana Medina y Manuel Zayas

Directora del CENESEX antes que Mariela Castro, la sexóloga alemana Monika Krause opina sobre la homofobia cubana, la primera operación de cambio de sexo, la censura de literatura científica y otros temas.

Monika Krause tenía apenas veinte años cuando se enamoró de un cubano, capitán de la marina mercante, enviado a la ciudad portuaria de Rostock. Como ciudadana de la República Democrática Alemania (RDA), necesitó de una autorización para poder abandonar su país. “Cuando a finales de 1961 solicité el permiso de salida y el de poder casarme, me amenazaron con expulsarme de la universidad si insistía en mi propósito de ir a vivir en Cuba. Fue ‘mi capitán’ quien obtuvo los permisos”, dice.

Krause emprendió un viaje sin retorno. Cuando regresó en 1990, ya la RDA solo existía en el recuerdo. Había caído el Muro de Berlín, levantado poco tiempo antes de su partida, y las dos Alemanias se habían reunificado.

En Cuba, Krause ganaría fama como promotora de educación sexual, con programas en la televisión y la radio. A la par, enfrentó algunos escollos frente a la homofobia rampante de la jerarquía comunista. Hoy vive en un pequeño pueblo del norte de Alemania, Glücksburg, desde donde accedió a responder este cuestionario.

Monika Krause ha publicado dos libros sobre su experiencia cubana: Monika y la Revolución (Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife, 2002) y ¿Machismo? No, gracias (Ediciones Idea, Tenerife, 2007). El documental La reina del condón, de Silvana Ceschi y Reto Stamm, es un retrato testimonial de su vida.

¿Cuál es el balance que hace de su vida en un sistema comunista tropical? ¿Se vivía en Cuba mucho mejor o peor que en la Alemania comunista?

La primera fase de mi vida en Cuba la pasé en un estado de euforia, de expectativa, de ilusiones, de poder participar de algún modo en el proceso de cambios revolucionarios. Al mismo tiempo veía y sentía constantemente el desmejoramiento, la falta cada día más abrumadora de los productos alimentarios más elementales.

En pocas semanas —me remonto a los mediados del año 1962—, nuestra dieta diaria, invariablemente, constaba de arroz y frijoles, frijoles y arroz, arroz congrí. Conseguir un huevo equivalía a un premio en la lotería (el Combinado Avícola Nacional aun no existía).

Para aquellos que no disponían de contactos con familiares o amigos en el campo, la carestía de todo era la normalidad. Claro, el clima cubano —en comparación con el de Alemania— tiene muchas ventajas: no hace falta la calefacción, no se necesita ropa apropiada para cada estación del año, se puede vivir con muy pocas prendas de vestir.

Sin embargo, el transporte público adquirió características de servicio desconfiable. Escaseaban, o no existían ya, todo tipo de materiales de construcción para el mantenimiento de la vivienda. Mi primer hijo, nacido en febrero de 1963, tuvo que conformarse con que constantemente cambiara la composición de la leche (no había suficiente leche fresca, de forma que se la preparaba con leche en polvo, proveniente de diversas fuentes de importación).

La cantidad de pañales recibida por ‘la libreta’ no alcanzaba ni para comenzar. La falta de agua —por apagones o por rotura de la bomba de agua, que para repararse demoraba semanas, meses— me tenía al borde de la crisis: bajar tres pisos para llenar cubos, palanganas, cazuelas de agua de la cisterna y luego subirlos tres pisos —sin elevador— constituía una prueba de nervios casi insoportable. La tubería de gas estaba defectuosa y pasé un mes sin poder arreglarla.

¿Polvo de lavar? ¿Jabón de tocador y amarillo? Eran productos que aparecían de vez en cuando, pero nunca en cantidades suficientes. Durante mis casi 30 años en Cuba, la falta de agua, de gas, de alimentos, de prendas de vestir, de artículos electrodomésticos, de materiales imprescindibles para el mantenimiento de la vivienda, eran una constante.

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Boda de Monika Krause, 1962.  Cortesía de la entrevistada.

En la RDA, ya en este tiempo el racionamiento de los alimentos no existía. Nunca faltaban los productos alimentarios esenciales: había pan (de diversas variedades), leche fresca y los derivados de la leche —quesos, mantequilla— y carne —de res, de puerco y pollo—, embutidos variados, todo tipo de granos, arroz, aceite vegetal, frutas y vegetales de estación (no se conseguían grandes variedades, puesto que apenas se importaban del área “capitalista”). Pero nunca a un niño le faltó la leche o su comida, ni a los adultos tampoco.

Podían adquirirse materiales de construcción para el mantenimiento de las viviendas. El surtido era pobre, pero nadie ha tenido que verse en la imposibilidad de pintar la casa, de arreglar una pila de agua, de comprarse una cocina nueva o una lavadora.

Los círculos infantiles ofrecían la capacidad requerida para permitir a las madres trabajadoras la permanencia en sus puestos de trabajo. El sistema de transporte público  funcionaba, cumpliéndose los horarios puntualmente.

Sin embargo, la tensión, la imposibilidad en la RDA de expresar libremente criterios inconformes con la línea política, el miedo de contradecir, de desacatar, de no haber sabido guardar la apariencia, de no haber respetado “las reglas de juego” de una sociedad socialista, costaba muchos nervios portarse como una ciudadana “digna de ser estudiante en una universidad socialista”, admirar incondicionalmente al gran país hermano, la Unión Soviética.

Los cubanos —chistosos, ocurrentes, afables, hospitalarios, sobre todo los amigos nuestros— me brindaron una acogida muy agradable. Lo mismo sucedió luego con mis colegas, pero siempre hubo un ‘pero’. Me resultaba difícil aceptar la falta de constancia, la exageración, los frenos, los obstáculos, los problemas reales e inventados y el eterno: “¡Ya verás, todo esto se resolverá!” “Patria o muerte!”

Por un lado me fascinaba mi trabajo; por el otro, me desesperaba vivir constantemente las contradicciones a todos los niveles: entre las declaraciones, las disposiciones, los lineamientos y la implementación de los mismos.

Para regresar al inicio, a la pregunta de si en Cuba se vivía mucho mejor o peor que en Alemania, mi respuesta es: ni mejor ni peor, sino muy diferente. Y al final, cuando había decidido regresar definitivamente a Alemania, sencillamente estaban gastadas mis energías, después de haberle dedicado a Cuba casi treinta años de mi vida, los años más importantes, cuando mi rendimiento intelectual, mis fuerzas y también mi capacidad de soportar reveses, estaban al máximo. Ya no quería batallar como Don Quijote contra los molinos.

¿Cuándo comienza a colaborar con la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y cómo se involucra en el trabajo de educación sexual?

En 1970, depués de haber tenido que interrumpir varias veces mis estudios en la Universidad de La Habana, terminé ‘con broche de oro’ la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas. Casualmente, recibí la oferta de Vilma Espín, presidenta de la FMC, de trabajar en el departamento de relaciones exteriores de esa organización. Gustosamente acepté.

Primero, realizaba trabajos de traducción y de intérprete y poco a poco fui promovida a asumir responsabilidades de mayor importancia. A menudo fui solicitada, tanto por Vilma Espín como también por el Comité Central y por otros organismos, para servir de intérprete y/o traductora.

Fue Vilma Espín la que me encomendó la tarea de elaborar un Programa Nacional de Educación Sexual que abarcara también los aspectos de la orientación y terapia sexuales y la planificación familiar, en 1976.

Yo no tenía idea de cómo concebir tal programa. Para comenzar, Vilma me entregó un montón de libros guardados en la biblioteca de la FMC, la mayoría en inglés, otros en alemán y en francés. De alguna manera todos trataban de planificación familiar, de orientación de la pareja o de la capacitación de los jóvenes para la vida en pareja y el matrimonio, con criterios ideológicos y acercamientos muy variados.

Al comienzo me declaré incapaz de realizar el trabajo, pero Vilma me aseguró que en Cuba nadie estaba capacitado para implementar educación sexual, que utilizara mi sentido común, sacara de la lectura los aspectos que me parecían importantes y que al final nos reuniríamos ella y yo para diseñar un proyecto de programa.

Igualmente me aseguró que para la puesta en práctica del programa, yo recibiría la capacitación necesaria. Otro paso importante fue la búsqueda de experiencias principalmente en Suecia y en la RDA. Ambos países dieron aportes muy importantes. Con estos y los elementos útiles encontrados en la literatura, estructuramos el ‘Programa Multisectorial y Multidisciplinario de Educación Sexual’.

¿Cuáles fueron los principales objetivos de ese programa, quizás único de su tipo en el mundo, y cómo se evaluó?

Los objetivos principales de este programa se basan en los acuerdos de Naciones Unidas, en su Plan de Acción Mundial de 1975, así como en el Programa del UNFPA (Fondo de Población de Naciones Unidas), de 1976, en lo referente a la planificación familiar, a la necesidad de bajar los altos índices de embarazos en adolescentes, a la salud y los derechos reproductivos de la mujer, a la educación de la población para el logro de conocimientos, actitudes y conductas sexuales responsables.

Hicimos nuestra la definición de salud sexual de la Organización Mundial de Salud (OMS): “Salud sexual es el estado de bienestar físico, psíquico y social relacionado con la sexualidad”, etc.

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Junto al Máximo Líder en la inauguración de una escuela secundaria en el campo, 1972.  Cortesía de la entrevistada.

Igualmente, forman parte del Programa las resoluciones del II y III Congreso Nacional de la FMC y del Partido Comunista de Cuba (PCC), así como del Código de Familia, que hacen referencia explícitamente a la lucha por el pleno ejercicio de la igualdad de la mujer, a la educación sexual y para la familia, a la superación del machismo, a los derechos y deberes de madres y padres en la educación de sus hijos.

Comenzamos, pues, con la formación de un pequeño grupo de especialistas —médicos, psicólogos y pedagogos— para capacitarlos como sexólogos. Después estos mismos debían llevar la responsabilidad de multiplicadores. La meta era preparar a especialistas en todo el país para crear consultas de orientación y terapia sexuales y de planificación familiar.

Principalmente, con financiamiento del UNFPA contratamos a profesores de la RDA y de Suecia, más tarde también de América Latina, los cuales realizaron una serie de cursos intensivos para capacitar al ‘pie de cría’, los futuros sexólogos multiplicadores (entre ellos yo).

Durante los primeros años, los especialistas extranjeros apoyaron a nuestro todavía pequeño grupo de responsables de la formación de profesionales a lo largo y ancho del país. Después realizamos este trabajo sin esta ayuda.

Paralelamente, me dieron la responsabilidad de buscar literatura sobre sexualidad para especialistas (médicos, psicólogos, pedagogos, sociólogos y otros, cuya labor profesional tuviera que ver con la educación sexual, la orientación y terapia sexuales y con la planificación familiar), para niños y sus padres, para adolescentes y para adultos, con el objetivo de conseguir cobertura nacional con este tipo de medios informativos.

Esta tarea era responsabilidad mía en su totalidad. En relativo corto tiempo, conseguimos una base bibliográfica considerable, con un total de casi un millón de ejemplares.

La evaluación de este programa —a cargo mío— nos proporcionó por primera vez en la historia de Cuba información sobre los conocimientos, actitudes y prácticas sexuales de los adolescentes cubanos, así como sobre sus preocupaciones, problemas, intereses y dificultades.

La realización de investigaciones y de evaluaciones constituyó un aspecto importante. Sin embargo, la respuesta de los sectores de Educación Superior y de nivel preescolar y primario fue negativa. A menudo hemos tenido que buscar otras vías para realizar este trabajo.

Durante un curso de “Sexualidad humana” que tuve que impartir en varios centros habaneros y en Santiago de Cuba, a médicos del segundo año de especialización como médicos de familia, apliqué un cuestionario para indagar sobre sus conocimientos, actitudes y prácticas sexuales y sobre su capacitación real y creída en orientación y terapias sexuales y planificación familiar.

Los resultados evidenciaban que sus conocimientos, sus creencias, convicciones, actitudes machistas y terriblemente discriminatorias frente a la problemática de la homosexualidad se parecían mucho a los de los adolescentes, con el agravante de que como médicos se creían (91 % de los hombres, 65 % de las mujeres) capaces de orientar y de realizar terapia sexual.

Los resultados de encuestas, investigaciones y evaluaciones podrán encontrarlos en mi libro ¿Machismo? No, gracias. Cuba: sexualidad en la revolución, y en Monika y la Revolución relato los resultados.)

En 1984 se estrenó el filme Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, documental que denunció los crímenes del castrismo contra los homosexuales y que causó convulsión en las autoridades cubanas. En ese año, usted reconocía a la publicación Gay Community News, de Boston, que las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) “fue una cosa realmente triste en la historia de Cuba”. A la luz de los años y viendo que la homofobia revolucionaria no acabó con el cierre de aquellos campos de concentración, ¿cómo define usted el trato que el régimen cubano ha dispensado a los homosexuales?

La película refleja fielmente la situación de los homosexuales en Cuba y también el trato que el régimen cubano les ha dispensado. Pero quiero subrayar un aspecto: no es solamente la cúspide del poder la que ha manifestado actitudes y conductas de agresión, discriminación, humillación, desprestigio, desclasificación, odio, repulsa, condena frente a los homosexuales, sino que se trata de un fenómeno ampliamente difundido en la población cubana.

No dispongo de elementos suficientes para explicar este fenómeno. Sin embargo, el hecho de que los dirigentes máximos hayan actuado con agresividad, que hayan creado las UMAP, que hayan hecho declaraciones a la prensa nacional como internacional, que hayan creado leyes y resoluciones criminalizando a los homosexuales, que los hayan calificado de lumpen, parásitos, corruptores de menores y de la juventud, que hayan desencadenado verdaderas campañas contra los homosexuales, todo esto ha contribuido a que la población se sintiera invitada a seguir su ejemplo.

Especial importancia cobra en este sentido la Resolución aprobada por el I Congreso Nacional de Educación y Cultura (La Habana, 1971, firmada por los profesores J. A. Bustamante, psiquiatra, Abel Prieto —padre del actual Ministro de Cultura— y otros dos profesores muy conocidos, cuyos nombres no recuerdo), que trata sobre el fenómeno de la homosexualidad y las medidas a tomar al respecto.

No recuerdo ni el título exacto ni el número de la Resolución, pero me consta su existencia: Vilma Espín me la entregó (original) para guardarla en el archivo del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), cuando yo era su directora. El simple hecho de aprobar una Resolución cuya aplicación se exigió rigurosamente, de manera que adquiriera más fuerza que una ley, demuestra que la homofobia había permeado a la dirigencia política.

La Resolución era la demostración “científicamente fundamentada” de que la homosexualidad es una degeneración, una perversión sexual irreversible, una enfermedad incurable; decía que los homosexuales se caracterizan por ser débiles de carácter, fácilmente expuestos al chantaje, ejercen influencia peligrosa en niños y jóvenes, son personas en las que no se puede confiar.

La Resolución fue la licencia omnipotente para arremeter contra los homosexuales. Fue aplicada regularmente como instrumento para “depurar las filas del Partido y de la Juventud”, para mantener “limpios” los sectores de educación, medicina, psicología, o sea, todas aquellas ramas donde profesionales pudieran influir en niños y jóvenes. Los homosexuales no debían tampoco ocupar cargos de dirección, ni ser funcionarios.

Durante casi veinte años, la Resolución fue aplicada en las “asambleas de balance” del PCC, de la UJC, en centros de trabajo y de estudio. El Ministerio de Educación estableció que todos los alumnos —desde el nivel preescolar hasta el preuniversitario— que manifestaran una conducta sospechosa (varones, “amanerados”, niñas “marimachas”) se registraran como sospechosos de ser homosexuales en los expedientes escolares, de forma que el comportamiento, el desarrollo de cada niño cubano, quedara controlado y registrado rigurosamente.

El expediente no se le enseñaba a los padres, la mayoría no sabía de esta medida, pero lo cierto es que el expediente se ‘mudaba’ de centro escolar a centro escolar —si el niño en cuestión pasaba de la primaria a la secundaria, de allí al preuniversitario — el expediente lo acompañaba sin que el alumno o sus padres lo supieran.

Las “asambleas de depuración” de las filas del Partido y de la UJC, realizadas cada año, tuvieron como resultado una serie de suicidios, porque personas homosexuales o acusadas de serlo se vieron en una situación tan desesperante que optaron por matarse. Ayer estimados, queridos, admirados por sus conocimientos y su rendimiento, por su trabajo destacado, hoy quedaban como indignos, traidores, falsos, perversos, degenerados, solo porque la masa heterosexual no los aceptaba.

Solo desde finales de los 80 se han presentado algunos cambios en la dirección política respecto a la atención y el manejo del problema de la homosexualidad. Sin exagerar ni sobrevalorar el papel que he desempeñado al respecto, me atrevo a aseverar que he dado un aporte importante a que estos cambios se produjeran.

Ya en 1976, cuando estaba diseñando un programa de educación sexual y después de haber evaluado gran cantidad de información, principalmente sueca y alemana, se la presenté a Vilma Espín. Es el comienzo de sesiones de trabajo intensivas sobre homosexualidad, de debates muchas veces infructuosos, pero también exitosos.

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Monika Krause (al centro) junto a Vilma Espín.  Conferencia de la ONU, México, 1975.  Cortesía de la entrevistada.

Me di cuenta que los criterios negativos de Vilma Espín sobre la homosexualidad cambiaban paulatinamente. Cuando estábamos preparando la publicación de El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl, el capítulo décimo (“La homosexualidad en el hombre y en la mujer”) causó un impacto enorme.

La traducción bruta, sin haberse realizado aun las correcciones ni la revisión técnica, fue entregada a cierto número de funcionarios del Partido, del MINSAP, del MINED. Fue la primera vez que en Cuba se conoció un acercamiento muy diferente sobre la homosexualidad.

Por órdenes superiores —a la cabeza estaba Vilma Espín—, el capítulo fue reescrito, se le cambió gran parte, al final quedaba poco de lo escrito por Schnabl. Este tipo de ‘violaciones’ de obras con contenidos inaceptables para ‘la cúspide’ las he conocido una y otra vez en el decursar del período de preparación de literatura científica y científica-popular a mi cargo.

Ese libro fue editado en 1979 —100.000 ejemplares— y hubo una reimpresión en 1985 con igual número de ejemplares. En 1989 logramos la segunda edición cubana, con el capítulo décimo sin la intervención de la comisión de censura. Simplemente entregué a la imprenta el texto diciendo que estaba aprobado. En la hoja de créditos dice: “Revisión técnica: Dr. Sc. Med. Celestino Álvarez Lajonchere, Dra. Mónica Krause Peters (mis apellidos en Cuba), Dra. Stella Cerruti Basso”.

El libro ¿Piensas ya en el amor?, de H. Brückner, fue igualmente ‘violado’. Sobre todo el capítulo referente a la homosexualidad fue modificado tanto que apenas quedaba algo del autor. En una nota que redacté —sin el permiso de Vilma Espín— traté de dar a los lectores y sobre todo al autor una explicación del porqué de la intervención.

En la página de los créditos dice: “(…) para la versión cubana se ha reelaborado el capítulo 12 y se han hecho cambios y adaptaciones a otros capítulos, atendiendo a sugerencias y consideraciones de representantes del Grupo Nacional de Trabajo de Educación Sexual … y a la especial revisión de una comisión del Ministerio de Educación”. (Énfasis de la entrevistada.)

Yo tengo la impresión de que Vilma Espín actuaba de manera tan incongruente —hoy expresando criterios de aceptación de la homosexualidad como una característica sexual normal de una minoría, mañana dando marcha atrás, condenándolos con todas las denominaciones de antes— porque estaba presionada por algunos sectores como por ejemplo por los dirigentes máximos de Educación.

Los prejuicios, las ‘verdades absolutas’: “los homosexuales son perversos peligrosos que corrompen la sociedad” y “los homosexuales lo son por haber recibido una educación inapropiada en su infancia”, es decir, “la culpa la tienen los padres” y “hay que reeducarlos”, abundaban entre ellos.

Vilma Espín tuvo que enfrentarse a muros casi inquebrantables. No debe haber sido fácil para ella mantener su posición si la mayoría del Comité Central del Partido estaba en contra. Entiendo que ella habrá tenido que actuar con mucho cuidado para no sufrir el desprestigio.

Ella me instrumentalizó y yo permití que lo hiciera. Me fascinaba mi trabajo. Ella me había dado facultades y poderes que difícilmente haya recibido otra persona, pero tengo que admitir que este vaivén a menudo me ha decepcionado, mermó mis energías y a veces me daba miedo.

¿Qué instrucciones recibían los sexólogos para abordar el tema de la homosexualidad?

Las instrucciones eran claras y concisas: por orden de Vilma Espín yo debía aportar el máximo posible de información científicamente fundamentada, pero ella prohibió terminantemente la publicación. Pasaron años en este estado contradictorio.

¿Tenía usted posibilidad alguna de criticar abiertamente las leyes y reglamentos discriminatorios contra los homosexuales? Al respecto, ¿se tuvieron en cuenta alguna vez vuestras recomendaciones?

Yo violé la orden varias veces, porque no podía respetarla. La primera vez con la entrega —sin consulta previa a Vilma Espín— del manuscrito no censurado de la segunda edición de El hombre y la mujer en la intimidad. Vilma no se dio cuenta y no me pasó nada.

La segunda vez, ofrecí mi colaboración a Graciela Sánchez, de Puerto Rico, que realizó el documental sobre la homosexualidad en Cuba No porque lo diga Fidel Castro [1988], trabajo de grado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. No solo le presté los equipos del CENESEX, sino también tomé posición como directora del CENESEX, haciendo declaraciones, un llamado al cese de la discriminación, a la marginación, a la criminalización de los homosexuales.

No informé a Vilma Espín de mi transgresión. Ella conoció de mi falta porque el documental fue premiado como mejor trabajo de diploma y —de acuerdo con la costumbre de la Escuela de Cine de exhibir en los cines públicos de Cuba los trabajos premiados— se exhibió. En la primera exhibición se produjo un escándalo.

Se retiró de los cines, pero ya el impacto era un hecho. Vilma Espín estaba indignada, y a mí solo se me ocurrió responderle que yo no había violado la orden, tratándose de un trabajo de diploma y que no podía haber sabido que la película pasara por cines cubanos.

Su réplica: “No solo pasó por el cine cubano, sino que se proyectó en los EE UU, en Europa Occidental y en América Latina”.

Para mis adentros me puse muy contenta, pero al mismo tiempo sabía que no debía abusar de la paciencia y de la protección que me brindaba Vilma Espín. Esta película formó parte de nuestro material didáctico.  Es decir, fue enseñada a todos los participantes de cursos de postgrado. Y no solicité el permiso de Vilma Espín para hacerlo.

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Junto a Vilma Espín y una visitante extranjera, La Habana, 1984.  Cortesía de la entrevistada.

La tercera transgresión fue una entrevista que concedí a un periodista de la revista Alma Mater. Por supuesto que preguntó también sobre el tema prohibido. Le expliqué que no tenía autorización de hacer declaraciones públicas sobre el tema de la homosexualidad.

El periodista opinó que este artículo sería escrito por él y que debía ser publicado durante las vacaciones de verano —cuando la censura no se encuentra en su puesto. Manifestó que tendría mucha esperanza de que la publicación se realizara sin alteraciones.

Le repliqué que sin o con “censura” yo no tenía permiso de publicar nada sobre este tema. Su respuesta: “Déjeme el asunto en mis manos, que yo me responsabilizaré…”.

Yo seguí hablando —sin freno— y el artículo se publicó sin cambiar ni omitir nada respecto al tema prohibido. Si bien recuerdo: termino diciendo que, si la homosexualidad pudiera cambiarse recurriendo el (la) afectado(a) a la voluntad, en Cuba no habría ni un solo homosexual, pues ¿qué persona con dos dedos de frente aceptaría, voluntariamente, ser discriminada, vejada, excluida de la sociedad, degradada, humillada, si de su voluntad dependiera cambiar esta situación? ¡Nadie!

Esta vez la ira de Vilma Espín no tuvo límite. Mi explicación, mis pretextos, me sonaban ridículos a mí misma. La revista desapareció de los estanquillos en cuestión de minutos. Tuve la gran suerte de que el artículo desencadenara debates a todos los niveles de la UJC.

La dirección de la UJC solicitó a Fidel Castro una revisión de la vigencia de la Resolución y que les orientara cómo proceder. Fidel Castro pasó a Vilma Espín el asunto, con el encargo de procurar la solución. Y Vilma Espín me dio la orientación de elaborar, junto con el Dr. Álvarez Lajonchere, un documento de toma de posición. Esto sucedió en verano de 1990.

En septiembre del mismo año, Vilma Espín convocó una reunión con representantes del PCC, de la UJC, de los medios masivos de comunicación, del Ministerio de Educación, del Ministerio de Salud Pública, de la Facultad de Psicología (no recuerdo si participaron otros más). Se decidió iniciar un trabajo mancomunado en torno al tema de la homosexualidad.

Se responsabilizó al CENESEX —cuya directora era yo en aquel entonces— a apoyar a todos los ‘organismos afectados’, a elaborar documentos que sirvieran de base para el trabajo de publicación, de programas de educación, etc., y de vigilar el correcto cumplimiento de la labor. Sin embargo, Vilma Espín y el Ministerio de Educación mantuvieron una posición muy reservada y restrictiva, que solo cambió con mi sucesora Mariela Castro Espín.

La publicación del libro El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl ha sido definida como señal de que la homofobia institucional fue erradicada como política de Estado. Según tengo entendido, la distribución de ese libro estuvo limitada a profesionales de la salud y, si bien el autor subrayaba que la homosexualidad no constituía una enfermedad y que los homosexuales debían ser respetados como personas, en otras partes del libro se deslizaban párrafos homófobos. [i] En su opinión, ¿qué representó la publicación de ese libro en Cuba? ¿Quién velaba por este tipo de publicaciones? ¿Enfrentaron algún escollo?

No sé quién dijo que El hombre y la mujer en la intimidad haya significado el fin de la homofobia institucional, pues el solo hecho de que tratara ‘el tema prohibido’ no es suficiente para llegar a esta conclusión, máxime si se tiene en cuenta que el susodicho capítulo fue cambiado, censurado, y solo la segunda edición, de 1989, se publicó con el texto nuevo.

Es cierto que el libro —la primera edición de 1979— fue distribuido a profesionales de la salud, de educación, a estudiantes de medicina, psicología, pedagogía, sociología y a funcionarios. Esta medida fue necesaria porque en Cuba no había publicación alguna que tratara el tema de la sexualidad humana desde todos los puntos de vista.

El libro debía, en primer lugar, llenar un vacío, y debían tener acceso a él todos aquellos cuya labor profesional tuviera que ver, de algún modo, con la educación sexual y con la orientación y terapia sexuales.

El hecho de que de la imprenta desapareciera una paleta de libros que se vendieron a sobreprecio en el Parque Central de La Habana —¡y volaron! —, y el hecho de que en muchos lugares en la capital como también en provincias se vendieran sin ‘el cupón’, le dio al libro una característica casi clandestina que en realidad no tiene.

También quedó evidente que la población estaba necesitada de recibir información. Yo estaba al cargo de la búsqueda de literatura apropiada y Vilma Espín me responsabilizó con todos los trabajos correspondientes: negociación y coordinación con el Instituto del Libro (Editorial Científico-Técnica y Editorial Gente Nueva); velar permanentemente por el cumplimiento del cronograma; realizar el trabajo de revisión de las traducciones o traducir yo misma; realizar junto con el Dr. Lajonchere la revisión técnica y ayudar en la imprenta a elaborar las ilustraciones.

Vilma Espín velaba por todas las publicaciones sobre sexualidad y se reunía con personas que, de acuerdo con su criterio, debían dar sus opiniones al respecto —yo las llamo despectivamente ‘la censura’—, que constituían realmente los escollos más grandes.

No puedo responder el acápite de la pregunta con una cita literal de Schnabl, que debe encontrarse en la página 329, otra en la página 330, pues solo está a mi alcance el libro de la segunda edición, que solo tiene 314 páginas.

Es probable que Schnabl se haya expresado en una versión vieja de su obra de la manera que usted describe. No solo Vilma Espín fue capaz de revisar totalmente su actitud frente a la homosexualidad, también los sexólogos de otros países ‘modernos’ han tenido que cambiar sus criterios y sus actitudes.

En 1988 se practicó la primera operación de cambio de sexo en Cuba. ¿Cómo reaccionó el gobierno a esta operación? ¿Cuál era la posición del CENESEX sobre la transexualidad?

No fue hasta finales del 1983 que pude conocer el programa tal vez más sólido y consecuente de tratamiento del transexualismo: en Suecia, donde pude realizar un viaje de estudio, financiado por la SIDA (Swedish International Development Agency), se me permitió conocer todas las instituciones que participan en la implementación del programa de reasignación de género.

El Dr. Bengt Nylen, jefe del equipo de cirugía de reasignación de sexo en el Karolinska Hospital de Estocolmo se ofreció a realizar la intervención quirúrgica de transexuales cubanos y a capacitar a los cirujanos, sin cobrar. Solo solicitó poder pasar unos días de vacaciones en Cuba después de realizado el trabajo.

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Consejo Científico de la Asociación Mundial de Sexología, 1989.  Sentada, segunda desde la izquierda, Monika Krause.  Cortesía de la entrevistada.

Vilma Espín recibió toda la información con satisfacción y nos encargó al Dr. Lajonchere y a mí elaborar un proyecto de programa sobre el transexualismo.

En el momento indicado tratamos de contactar al Dr. Nylen, y recibimos la terrible noticia de que había fallecido, víctima de un accidente. Esta situación significó un gran paso para atrás, un freno de nuestra labor y un golpe fuerte para los candidatos a ser sometidos a la intervención quirúrgica.

Cuando en Cuba se produjo la primera intervención quirúrgica de reasignación de género, se estaba celebrando una reunión del Comité Nacional de la FMC —yo era también miembro del Comité— y alguien sacó a discusión la noticia de la intervención quirúrgica practicada por primera vez. Yo estaba una vez más en el banquillo de los acusados. “¿Cómo pudiste autorizar esto sin consulta previa?” —se me reprochó una y otra vez.

El asunto es que yo no sabía de la operación. Lo supe cuando ya estaba hecha. Conozco al cirujano, un urólogo muy competente. Pero el actuó sin coordinar el asunto conmigo ni con el Dr. Lajonchere. Tampoco él conoció el programa sueco que estábamos aplicando —en una versión adaptada— en Cuba. El desconocía que la cirugía debe ser el último paso, por lo menos debían pasar dos años de “vida en el rol del otro género”.

Esta etapa de dos años es sumamente necesaria, porque sirve para demostrar la condición de transexual del (la) afectado(a). La medida se debió también al hecho de que en Cuba, con la homofobia extremadamente agresiva, muchos homosexuales se declararon “transexuales”, porque la prensa había hecho declaraciones en el sentido de que los transexuales —a diferencia de los homosexuales— no son “desviados”, sino que nacieron con un sexo que es incompatible con el sexo psíquico y necesitan una reasignación quirúrgica.

La intervención quirúrgica debe ser el último paso porque es irreversible. Una vez quitado el pene y los testículos y fabricada una vagina artificial, no puede fabricarse un pene nuevo. Y si una persona supuestamente transexual no ha realizado la prueba más importante —que es vivir por lo menos dos años en su papel de persona del otro sexo, con el control y la evaluación de personal (psicólogo o psiquiatra) calificado—, existe el peligro de que su condición de transexual no quede demostrada.

En Cuba no encontramos condiciones idóneas para someter a los candidatos a la prueba descrita, que lleva implícita varias medidas: facilitarle una vivienda en otra provincia; facilitarle un trabajo en su nueva sede; mantener discreción absoluta, de forma que nadie en el nuevo entorno del candidato conozca de su problema; y facilitarle un tratamiento permanente con hormonas y las facilidades de realizar la epilación duradera.

El debate sobre la homosexualidad, la igualdad entre géneros o la no discriminación, sigue hoy activo en todas las sociedades, incluidas las europeas y las de democracia madura. ¿Cree usted que Cuba tiene algo que aportar al respecto?

Es cierto que el debate sobre la homosexualidad, la igualdad entre géneros o la no discriminación sigue ocupando espacios importantes en las agendas de muchos países. Según mis conocimientos, los países escandinavos reportan los mayores éxitos. En los países de la Unión Europea, el aspecto legal está resuelto —al igual que en Cuba—, pero la realización de los objetivos sucede a niveles diferentes.

Interesante para mí fue conocer los logros de España en los últimos veinte años, en cuanto a la igualdad, los derechos y la salud reproductiva de la mujer, la despenalización y los derechos de los homosexuales han alcanzado niveles impresionantes.

Rusia —país con una homofobia escandalosa— no reporta ningún cambio en lo tocante a la homosexualidad y tiene resultados muy pobres en lo referente a la igualdad, a la no discriminación. No voy a referirme a la situación en África, la India, los países de religión islámica, ni a América Latina, porque no pienso escribirle un libro, respondiendo a sus preguntas.

Es interesante saber que en la RDA, antes de caer el Muro en 1989, se quitó del Código Penal la ley que castigaba la homosexualidad. En la RFA esto sucedió dos años más tarde. También es interesante conocer que en gran cantidad de los Estados de EE UU la homosexualidad sigue siendo un delito.

Es posible que Cuba pueda aportar algo en lo que a igualdad de géneros, a la no discriminación y a la disminución de la homofobia se refiere, sobre todo en América Latina, pero no se crea que con discursos, cambios de leyes y con disposiciones pueda lograrse el fin de la homofobia. Y en Cuba, como en muchos países de América Latina y África, en Rusia (hay leyes violentas que castigan la homosexualidad ) y en muchos países europeos la homofobia está muy profundamente arraigada.

Para el logro de cambios son necesarios esfuerzos mancomunados de toda la sociedad, y el ejemplo vivo de los políticos tiene gran importancia.

En Alemania, el Ministro de Relaciones Exteriores es homosexual, numerosos parlamentarios lo son, el alcalde de Berlín lo es también. En los últimos veinte años se ha producido un cambio tremendo en la actitud de toda la población frente a la homosexualidad. Según la ley, los homosexuales pueden casarse, pueden adoptar niños, tienen los mismos derechos que los matrimonios heterosexuales. Y no existe ya la homofobia ni abierta ni encubierta que todavía se observaba hace treinta años.

Hay un ambiente muy franco al respecto: la prensa, la TV, el arte, todos los sectores participan. Difícilmente encontrará un maestro que se atreva a manifestar su homofobia —si la tuviera. No obstante, creo que la homofobia nunca desaparecerá del todo. Quedarán residuos y mucho depende del trabajo que realicen los homosexuales ellos mismos.

Para poder actuar necesitan, sin embargo, la autorización de formar asociaciones, o partidos, o como quiera llamárseles, que reciban el apoyo político y también el respaldo en cuestiones legales. En muchos países europeos, este trabajo de los homosexuales, por ejemplo, en asociaciones o en clubes o agrupaciones de interés, tiene una importancia enorme.

En Cuba no se permite este tipo de agrupación, no hay espacio legal ni el apoyo político, que se reduce a declaraciones, discursos, al cambio formal de alguna ley que está sobre el papel, que lo aguanta todo.

Me sorprendió leer en su libro autobiográfico Monika y la Revolución que en la década de los 80 muchas mujeres y hombres cubanos ni siquiera conocían la naturaleza del orgasmo femenino. Esto contrasta ampliamente con el imaginario de la cultura popular cubana: “machos” que se creen “máquinas sexuales” y mujeres con fama de “calientes” y liberadas. ¿Pone usted fin al tópico y al mito?

Efectivamente, muchas mujeres y hombres cubanos desconocían “la naturaleza del orgasmo femenino”. En miles de cartas recibidas, en mis programas radiales de debate “en vivo y directo” (Radio Rebelde) conocí esta situación.

A raíz de la publicación de En defensa del amor, de S. Schnabl, recibí no solo amenazas de hombres airados por haber “echado a perder” a sus mujeres, por haberles hablado de algo de cuya existencia (el orgasmo) ellas antes ni siquiera sabían, sino también se quejaron muchas mujeres.

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Monika Krause en 1961.  Cortesía de la entrevistada.

Ellas no querían que les metiera el diablo en el cuerpo, que estas cosas del orgasmo, del placer —tal vez era algo real en Alemania, pero en Cuba, por Dios— no sigas hablando estas tonterías: las mujeres tienen el deber de estar a la disposición de los hombres; ellos necesitan satisfacer su necesidad sexual, las mujeres tienen que estar a la disposición de ellos, sino ellos se enferman. Y no solo opinaban así mujeres de edad avanzada, no, jovencitas, alumnas de pre o de institutos tecnológicos.

En las consultas de pareja, de toda Cuba recibimos la confirmación de esta situación. Es cierto que los cubanos se consideran los machos omnipotentes, las máquinas sexuales que funcionan a toda hora, pero la calidad de este rendimiento para la pareja, o sea, para ambos, yo la sigo cuestionando. (Lo cual no quiere decir que todas las mujeres cubanas desconozcan o no hayan experimentado orgasmos.)

Es cierto también que en Cuba, en los últimos veinte años se ha observado un relajamiento de la ética y de la moral sexual, del nivel de responsabilidad en la pareja, un auge de la prostitución.

Yo no diría que estoy poniéndole fin al tópico y al mito, sino que debería hacerse una serie de investigaciones, de estudios, para poder encontrar respuestas relevantes a los muchos mitos y a las verdades a medias, así como a la situación real.

También es un hecho que, tanto en cartas como también en debates radiales, he recibido muchos mensajes de agradecimiento, de satisfacción por haberse editado en Cuba libros con información muy importante y valiosa, por haber publicado artículos, por haber hablado en debates y haber respondido preguntas “difíciles” por escrito o hablando en la radio.

En 2000, el CENESEX comenzó a ser dirigido por Mariela Castro Espín -hija de Raúl Castro y Vilma Espín- y cobró una importancia política inusitada, desconocida para centros de estudios semejantes en otros países. Un año después y siguiendo una directiva del Comité Central, a ese centro se le encomendó la tarea de desmentir las denuncias de persecución a los homosexuales, y de trabajar a favor de estos.
Como algo paradójico, el mismo régimen que los reprimió, acabó desarrollando políticas de Estado como la autorización de operaciones de cambio de sexo, jornadas contra la homofobia, un proyecto de ley para uniones civiles (todavía no aprobado), entre otras medidas… ¿Qué opina de la labor de Mariela Castro al frente del CENESEX y de esa operación de lavado de cara?

Mariela Castro es una mujer inteligente, posee una formación profesional sólida y ha lanzado a debate en ‘la cúspide’ la cuestión de la homosexualidad. Esto lo encuentro bien, pero —y aquí tenemos otra vez un pero— a la par de cambios de leyes y disposiciones y reglamentos, continúa la homofobia bajo los más diversos pretextos.

La homofobia está arraigada en la ‘cúspide’, y la población cubana se caracteriza por ser eminentemente homofóbica y se ha visto respaldada por los jefes en el poder durante decenios. Mariela tiene el respaldo del padre —que también ha desempeñado un papel importante en lo referido a la cuestión de la homosexualidad en las fuerzas armadas.

A cada recluta se le practicó no solo un examen médico sino también se le entregó un cuestionario, con el objetivo de asegurar el mantenimiento de la limpieza del ejército de homosexuales. Una vez encontrada la condición homosexual de un recluta, se le archivó para siempre, se le excluyó del servicio y se le dio un documento que tenía que enseñar obligatoriamente cada vez que solicitara un trabajo.

Este papel constituía la barrera más infranqueable en cualquier centro de trabajo. Al mismo tiempo estaba vigente la ley contra la vagancia. Al ‘vago’ que no trabajaba, se le castigaba; al homosexual se le castigaba doblemente, pues por ley no tenía acceso al trabajo y por ley tenía que trabajar. ¡El surrealismo cubano!

Volviendo al trabajo de Mariela, me parece que se están centrando las actividades, la labor del CENESEX, en la cuestión de la homosexualidad y de la transexualidad, como si Cuba no tuviera miles y miles de problemas que afectan a una gran parte de la población: el embarazo en la adolescente, el problema de las madres-niñas, el problema del aborto, el problema de la inestabilidad de la familia cubana, de los elevadísimos índices de divorcios, del relajamiento, de la promiscuidad, del alto índice de enfermedades de transmisión sexual, del SIDA, de la falta de responsabilidad, de los baches en el suministro de medios anticonceptivos, de la falta de continuidad en el trabajo de calificar a especialistas para el funcionamiento de los centros de orientación y terapia en todo el país, la falta de medios de información actualizada para especialistas…

La revista del CENESEX es excelente, pero ¿cuántas personas tienen acceso a ella? La internet ofrece posibilidades incontables para recibir información y para intercambiar experiencias, pero ¿cúantos profesionales tienen acceso? ¿Cuántos cubanos —viejos o jóvenes— tienen acceso?

Preocupante es también la situación referente a la prostitución. Niñas, mujeres profesionales, jóvenes, homosexuales, se están prostituyendo. Excepto reprimiendo, persiguiendo, encerrando a las (los) prostitutas(os), no veo otras medidas para erradicar este problema.

Efectivamente, la prostitución es otro de los temas sociales candentes en la sociedad actual cubana. ¿Cuáles cree que son las claves para entender el fenómeno de la prostitución en Cuba?

A mi entender, las claves para entender el fenómeno: falta de ingresos, falta de perspectivas no solo para los jóvenes sino también para las muchísimas personas desempleadas, incluso para muchas mujeres profesionales; a menudo, prostituirse con turistas extranjeros es el medio más fácil de conseguir “una lasquita de la torta”. Una economía, infraestructura desastrosas y destruidas —todo esto contribuye a que surja una sociedad enferma. Y para mí, la sociedad cubana está gravemente enferma.

Cuando se crea el CENESEX en 1989, usted se convierte en su primera directora; un año después sale de Cuba. ¿Cómo pudo regresar a Alemania?

Regresé a Alemania con mis dos hijos, aprovechando una conferencia internacional en Rostock, que me habían autorizado un año antes. Mi hijo mayor estaba trabajando en Nicaragua, viajando a La Habana con frecuencia. Tenía pasaporte de servicio, con permisos de entrada y salida no limitados. El problema era mi hijo menor: no tenía pasaporte ni pasaje ni documento alguno que le permitiese viajar al extranjero. Como nació en La Habana, no le sirvió para nada su pasaporte alemán, era preciso conseguirle un pasaporte cubano.

Aproveché las buenas relaciones con Vilma Espín a quien le pinté un drama familiar —mi madre de casi 80 años de edad, enferma y ya cerca de la muerte, había pedido ver a sus nietos antes de abandonar la tierra. (La verdad es que sí, mi madre ya estaba vieja y enferma, pero no tanto como para temer su fin. Y es verdad también que ella quería estar cerca de mí y de mis hijos).

Vilma prometió conseguirme los papeles necesarios y mi hermana, viviendo en aquel entonces en la RFA, me situó el  pasaje para el muchacho. A Vilma le dije que pensaba tomarme algunos días de vacaciones después de la conferencia y que mi hijo y yo regresaríamos a La Habana después. Fue la única y última vez que me vi en la necesidad de abusar de la buena voluntad de Vilma Espín. Claro, no tuve otra opción. No había alternativa.

¿Sigue al tanto de la evolución de las políticas sexuales y de género en Cuba en los últimos años?

Trato de mantenerme al tanto, aunque no de forma sistemática ni profunda. A fin de cuentas, le he dedicado a Cuba casi treinta años de mi vida, esto no se olvida ni se borra. Pero ya tengo 70 años y me tomo la libertad de disfrutar mi vida de jubilada.

¿Cree que algo ha ido avanzando frente al persistente machismo tropical?

Francamente, no sé qué decirle. Por un lado, Cuba tiene un Código de Familia como existen pocos o ninguno en el mundo. Pero —¡de nuevo!— la puesta en práctica está lejos, como de aquí a la luna.

¿Qué hace ahora Monika Krause? ¿Recuerda con nostalgia su época cubana, usted que trabajó tan cerca de las familias del poder?

Monika Krause vive ahora en un lugar paradisíaco, a orillas del Mar Báltico, en una ciudad que es la cuna de las casas reales de Europa. En un castillo, construido en medio de un lago, viven todavía hoy los integrantes de la familia real danesa, quienes, por ser bastante pobres, encargaron a la comunidad el mantenimiento del castillo, ofreciéndole a la ciudad el derecho de usar el edificio como museo y como escenario de actividades culturales diversas.

En cinco minutos de caminata estoy a la orilla del mar, en la playa. Lo único que limita el sentirse feliz en este rincón, es el clima. Hay muchos huracanes, muchos días de lluvia y oscuridad (de noviembre a marzo), pero también tenemos días de frío —como ahora, de 15 °C bajo cero—, sol, nieve: los niños patinando sobre los lagos congelados, las aves marinas sobre el fiordo de Flensburgo, que está totalmente cerrado.

Desde hace 13 años estoy nuevamente casada. Tengo un esposo maravilloso. Viajamos mucho. Sobre todo en la estación ‘fea’ del año, nos vamos a una de las Islas Canarias, dándole tiempo al invierno alemán a retirarse. Dedico mucho tiempo a la lectura —literatura especializada, las menos de las veces—: literatura contemporánea, nacional como internacional, donde ocupan un lugar cimero los Premios Nobel.

He descubierto una nueva ‘droga’: colecciono fósiles del Mar Báltico, del Mar del Norte, del Atlántico, y de todas las aguas que tengo el privilegio de visitar. Recuerdo a menudo mi época cubana, pero no con nostalgia, sino con el distanciamiento que permite la edad. Estoy viviendo la etapa más feliz de mi vida.

[i] Sobre los hombres homosexuales decía Schnabl: “Su andar suele ser gracioso: a pasitos cortos acompañados de contoneo. Muchos tienen el pelo suave y largo, la piel delicada y caderas relativamente anchas (…) Se considera que los homosexuales son muy sensibles, se ofenden con facilidad, son irritables, desequilibrados, fáciles de influir, nerviosamente inestables y hasta neuróticos” (pag. 329). Y sobre las lesbianas: “Las lesbianas activas conquistan y defienden a veces a su amante contra las competidoras, desplegando una gran agresividad en esto. Entre las mujeres homosexuales pueden darse violentas escenas de celos” (pag. 330).

Esta entrevista fue originalmente publicada en Diario de Cuba, el 24 de febrero de 2012.

entrevista: Jorge Valls

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Fotografía de Geandy Pavón.

“Esta es la playa de las ilusiones perdidas”

Manuel Zayas

Jorge Valls Arango pasó 20 años preso. 20 años y 40 días, para ser exactos.  El pasado otoño nos encontramos en casa de unos amigos del lado oeste del río que pone límite a la gran mole neoyorquina.  A medida que él hablaba uno se iba haciendo a la idea de un naufragio.  Hasta que lo definió:  “Esta es la playa de las ilusiones perdidas”.

A raíz del golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952, Valls se metió de lleno en una lucha incesante contra la dictadura.  Nacido el 2 de febrero de 1933 en Marianao, él estudiaba la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana cuando en 1955 participó en la fundación del Directorio Revolucionario con el líder estudiantil José Antonio Echeverría a la cabeza.

En esta entrevista, Jorge Valls ofrece su visión del frustrado asalto al Palacio Presidencial en 1957, en el cual participaron varios miembros del Directorio; y rememora el juicio seguido a su amigo Marcos Rodríguez, acusado de ser el delator de cuatro de aquellos revolucionarios que buscaron refugio en un apartamento situado en la calle Humboldt 7, en La Habana.  La policía de Batista masacró en aquel edificio a Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, Juan Pedro Carbó Serviá y José Machado.

Siete años después de aquellos sucesos, Marcos Rodríguez fue presentado como el gran traidor en un juicio público que tuvo mucho de purga y de espectáculo.  Fidel Castro aprovechó la oportunidad para limar asperezas entre las distintas formaciones revolucionarias y para consolidad su poder:  figuras claves del Partido Socialista serían por siempre defenestradas, enlodadas. Jorge Valls fue el único testigo que intentó defender la inocencia de su amigo Marquitos, fusilado en 1964.

A los pocos días de consumarse aquella condena a muerte, Valls fue sentenciado a 20 años de cárcel.  Por su liberación intercedieron el escritor inglés Graham Greene, que escribió una carta a Fidel Castro, así como el Pen Club de escritores franceses y los gobiernos de España, Venezuela, México y la Santa Sede. En prisión escribió el poemario Donde estoy no hay luz y está enrejado, que recibió el Premio de Poesía de Rotterdam en 1983.  Otros textos suyos son Mon enemi, mon frère, Veinte años y cuarenta días, sus memorias de la cárcel, y La paloma nocturna.  Valls falleció el 22 de octubre de 2015 en un hospicio de Miami.

Jorge, ¿cuándo empieza usted a tener conciencia política?

A mí me interesó la política siempre. Creo que desde niño. Yo estaba al tanto de quién salía, quién no salía, cuáles eran los partidos. La polis. Pero el 10 de marzo de 1952 yo caigo preso. El golpe de Estado de Batista sorprendió y perturbó a todo el mundo.

¿Por qué cae preso?

Porque intentamos forzar una huelga general.  Nosotros estábamos en la Universidad por la mañana.  Viene [Rolando] Masferrer y dice que va a traer armas para defender la Universidad.  Yo digo que con ese no se va a ninguna parte, que nos embarca.  Voy a almorzar y cuando paso como a la una o las dos (Masferrer vivía a dos cuadras de mi casa), me doy cuenta que ya Masferrer se ha entregado a Columbia.

Me detienen tratando de cerrar un comercio en la calle San Rafael.  Me llevan a la Tercera Estación.  Allí me dan mi primera tunda, me dejan en la celda, a medianoche me sacan para una segunda tunda. A un policía le caigo bien, y me lleva de comer y de beber. Al día siguiente me sacó. Cuando salgo, me encontré ya el mundo dividido.

Desde los años 20, la Universidad de La Habana gozaba de una autonomía que fue abolida con la llegada de Fidel Castro al poder.  ¿Esa autonomía ayudó a que ese fuera el centro neurálgico en la vida cubana de aquel entonces?

Claro.  Por eso la Universidad se convirtió en la colina sagrada, en el centro intelectual y sensible de Cuba. Todos los problemas de Cuba se discutían en la Universidad y la policía no entraba. Tú salías corriendo, te metías en la Universidad y la policía se tenía que quedar abajo. Se quedaba en San Lázaro. Y por la Universidad, aparte del profesorado y los alumnos, pasaron los mejores intelectuales de la época:  españoles, argentinos, peruanos.

El 26 de julio de 1953 Fidel Castro intentó asaltar el cuartel Moncada en Santiago de Cuba.  ¿Cómo recuerda aquello?

El Moncada tuvo que ver con gente hasta familia mía, pero política y estratégicamente nunca lo aplaudimos. Desde el punto de vista político, el Moncada no tiene sentido.  En esos días estaba por darse un atentado a Batista en Varadero.  En eso estaba implicado Fernando Aranda, que era muy cercano a mí.  Fidel era asiduo a la casa de Fernando Aranda, ahí prácticamente vivió, ahí le mantuvieron al hijo y a la mujer y a todo el mundo.  Y Blanca, la esposa de Fernando, tenía una fuerte devoción por Fidel.  Tenía una creencia en él. Fernando le contaba que cuando se va al atentado de Varadero, él no tiene a Fidel muy claro y le cuenta. Entonces él le dice:  “Si a mí lo que me interesara fuera mi poder y mi gloria personal, asaltaba un cuartelito en cualquier lugar y con lo que pase van a tener que contar conmigo después”. Fidel cogió y asaltó el Moncada.

¿Y qué sucede con el atentado a Batista en Varadero?

El atentado falla. Todos los magnicidios tienen una dosis de destino extraordinario.  Yo sé hasta de un atentado a Batista en que la bala no salió del fusil. Se le tiró. Fue en el cementerio de La Habana y cuando la persona disparó, la bala no salió. Entonces yo acabé con la superstición de que no, que el magnicidio no era posible.

¿Esto lo organizó Fernando Aranda por su cuenta?

Fernando Aranda dice eso y él está en la conspiración de Varadero.  Pero él no tiene mucha confianza en Fidel. Fidel va Oriente y ataca el Moncada, sin contar con la gente revolucionaria de Oriente. Tan así que cuando están asaltando el Moncada, la gente revolucionaria, Antonio Sagaró, que era muy cercano a mí, piensa que es un conflicto dentro de los propios soldados.

Según testimonios, Fidel Castro no disparó ni una bala en el Moncada, tuvo problemas con el carro, se perdieron otros integrantes del asalto…

No, el intento del asalto.  [Fidel Castro] Iba en el automóvil y todas esas cosas.  Pero estratégicamente, ¿quién toma el Moncada qué? El mito del [Movimiento] 26 de Julio es tomar el Moncada, entonces cae Santiago, si tomo Santiago, tomo la provincia de Oriente, y si tomo Oriente, llego hasta La Habana. Pero todo eso es el cuento de la lechera. Eso no tiene pies ni cabeza.  Por otra parte, si Batista donde está es en Varadero, donde hay que partirle el alma es Varadero, no en Santiago.

¿Cuál era entonces su percepción sobre Fidel Castro?

La mentalidad suya es fascista.  No es comunista ni remotamente.  O sea, en una discusión de ideas, sobre programas, tesis de sociedad, Fidel lo mismo hubiera sido de derechas, de izquierdas, que cualquier cosa. Ideología política él nunca tuvo, ni creo que la tendrá.  Un día se apareció en casa de Blanca del Valle con el Mein Kampf de Hitler y el abreviado de El Capital de Marx. Entonces, Blanca le dijo: “Bueno, tienes que definirte”.  “Yo no sé lo que tengo que ser, pero tengo que llegar de cualquier manera”. Ese llegar de cualquier manera nos resultaba repugnante.

¿Y usted se consideró alguna vez amigo suyo?

No. Yo conozco a Fidel, pero no puedo decir que tengo amistad con él.  Por ejemplo, Naty Revuelta… Ella dice que fui yo quien le presenté a Fidel.  Yo nunca me acuerdo de esa anécdota. Yo no voy a desmentir a Naty, que es amiga mía y nos conocíamos desde muchachos. Naty vivía en la calle 11 y 8, y yo vivía en 13 entre 6 y 8.  Naty era una gente maravillosa. Yo creo que en toda esta construcción histórica, porque al final acaba siendo historia, hay un tramo que tú no puedes distinguir nunca entre la realidad y la leyenda.  Como siempre hay algo que tú desconoces, ese espacio desconocido se llena con la leyenda. Yo no tengo la más mínima memoria de eso. Naty dice que sí, que estábamos en una reunión revolucionaria y que estaba Fidel y que yo se lo presenté.

¿Cuál fue el objetivo de crear el Directorio Revolucionario con José Antonio Echeverría? 

El Directorio Revolucionario se crea en 1955 cuando la lucha universitaria.   Estamos en un trabajo de unir a todos los grupos y de crear una dirección única.  Joe Westbrook tenía devoción por el Directorio del 30, una atracción histórica;  [Rafael García] Bárcena, también. Me acuerdo que Joe me dijo:  “Jorge, hay que crear el Directorio”.  Nos reunimos en el aula de la Escuela de Ciencias y se planteó eso.  Yo creía que se debía crear allí mismo. “Esto no puede ser así, esto es demasiado precipitado”, me dijeron.  Esta es la posición de Faure [Chomón]. Después salió el engendro que salió.  El manifiesto del Directorio que redacté yo decía eso: “No puede ser una organización más, tiene que ser el conjunto de la vanguardia revolucionaria”.

Yo creo que, desde 1952 en adelante, en Cuba ha habido un movimiento constante de derecha contra lo que fue el Partido Auténtico.  La Ortodoxia se convirtió en la guarida de toda la reacción.  Y el de Fidel era un movimiento, de entrada, casi ferozmente de derechas.  La idea del mundo obrero y campesino, eso no lo concebía el 26.  El 26 entendió que era Fidel y que había que seguir sencillamente lo que Fidel dijera.  Fidel se movía con una serie de acólitos en su adoración al caudillo, pero yo nunca recuerdo, salvo algún que otro artículo con demagogia, pero no recuerdo jamás en la vida tratar el tema campesino ni el tema obrero.  Ellos veían el mundo obrero y campesino como a los que había que darles una limosna para tenerlos al lado.  En cambio, el Partido Auténtico tenía una tradición en el mundo campesino, sobre todo la gente de [Ramón] Grau.

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Fotografía de Claudio Fuentes.

Varios miembros del Partido Auténtico junto a otros del Directorio participan en el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957.  ¿Cómo se involucró en todo esto?

El asalto a Palacio en su origen fue una conspiración militar con la que estableció relación Menelao Mora.  Yo era compañero del hijo y conocía a Menelao bastante, pero entonces este grupo militar dice que ellos estaban dispuestos a dar el golpe de Estado si les aseguran la muerte de Batista. Menelao decidió organizar la muerte de Batista, no como un atentado casual, sino como una operación de guerra. De ahí la idea de tomar Palacio y matar a Batista.

Hasta ahí había mucha gente comprometida con eso.  A la hora del cuajo, se rompieron las conexiones y buena parte de la gente se quedó fuera del asunto. Yo siempre he pensado que el asalto a Palacio falla precisamente por eso. Menelao era un tipo muy callado, muy hermético, muy valiente e inteligente, pero no soltaba prenda con nada.  Él mismo limpiaba las armas, él lo hacía todo.  Cuando llegó al grupo nuestro dijo:  “Bueno, esto es una acción suicida. ¿Cuántos están dispuestos?”. Nos sorteamos siete, yo estaba en eso. Entonces nos dijo: “¿Ustedes tienen lugar dónde acuartelarse?”

¿Quiénes eran los siete?

Ernesto Pérez Vidal, Fernando Soldevilla, Tirso Urdanivia… El caso es que teníamos una nave allá en la calle Xifré….  Teníamos una pistola por aquí, otra por allá, una cosa así. Se nos acuarteló y se nos dijo: “Bueno, les avisamos para entrar en combate”.  Empezó el combate.  Antes de eso a mí me habían dado la orden de buscar un arma allá en El Cerro. Yo voy a buscarla y cuando estoy por la Esquina de Tejas, uno me dice:  “Oye, pero tú ¿qué haces por aquí?” “Nada, lo que tengo que hacer.” “¿No sabes que están asaltando Palacio?” Yo tengo la idea de que me han dejado a mí fuera.  En aquella época, lo peor que le podía pasar a uno es que lo dejaran fuera de la acción.

Bueno, le salvaron la vida…

Hubiera sido bueno perderla.  Por lo menos sería gente ahora. El grupo entero había sido dejado fuera y la idea que tenemos es que estamos reservados, pues sabemos que hay dos acciones: la de Palacio y otra después, que puede ser [el cuartel de] Columbia. Esa noche yo la paso en casa de uno de los del grupo, en la calle San Lázaro. Después nos hemos quedado desconectados. Así se pierde una cantidad de armas en Marianao y después de eso lo primero que tienes que hacer es ver cómo te vas. Tienes que huir de la policía que te va a partir el alma, no te van a perdonar.

¿Cuándo se va a México?

Me voy a México casi seis meses antes de que caiga el poder en el 58.  Y me voy de esta manera:  caigo preso y me sueltan.  Entonces, yo que he estado clandestino tanto tiempo, creo que por una gestión del embajador de España, me ponen en libertad.  Me saca de presidio Rosa Ravelo, que me va a buscar como a las diez de la mañana allá al Príncipe, y me llevó fuera.  Tengo que hacer el papel de que estoy en libertad y que tengo que ser visto, pero yo sé que en cualquier momento aparezco con la boca llena de hormigas en el Parque Trillo.  Yo llevo a asilar a una gente y cuando me voy a ir, el canciller de México me dice: “Oye, ¿y tú qué? Tú sabes que te van a matar.  A ti no te van a llevar preso”.  Eso fue a las once y media del día.  Fui a casa, eché cuatro harapos en una maleta y a la una y pico estaba yo saliendo para México. Y México fue toda una experiencia.

Usted regresa a La Habana después de la huida de Batista, con el Gobierno revolucionario ya en el poder.  ¿Cómo encontró el país?

Ya habían cambiado muchas cosas, estaba la familia de por medio. Recuerdo que me van a buscar al aeropuerto y cuando llegamos a la casa todo el mundo está celebrando, y me quedo con la vieja en la cocina y le digo: “¿Para qué tanta celebración si lo que viene ahora es peor?”  Hay una cuestión: si tú estabas con Aureliano [Sánchez Arango], con [Carlos] Prío, Justo Carrillo, tú sabías que en algún momento tú ibas a la libertad, a la posibilidad de vivir. Con Fidel, no.

Poco tiempo después, a un amigo suyo, Marcos Rodríguez, lo llevan preso.  Lo acusan de  haber delatado a la policía de Batista el paradero de cuatro miembros del Directorio que participaron en las acciones armadas del 13 de marzo de 1957 contra la dictadura y que fueron masacrados en los sucesos de calle Humboldt 7.  ¿Cómo reacciona usted?

Cuando venimos de México, a Marcos lo detienen [por primera vez]. Yo voy a Columbia y hablo específicamente con Osmany Cienfuegos. Y le digo: “Quiero que esto se averigüe hasta el final”.  Me acuerdo que hay un policía [batistiano] que está preso que sabía de estos asuntos, entonces una amiga mía va a verlo, muy amiga de Marcos, y le llevó fotografías y él le dijo: “No, este no es”. Al amanecer ya lo habían fusilado.

Es decir, en un primer momento no puede probarse que Marcos Rodríguez fuera el delator de aquellos cuatro jóvenes revolucionarios y él se va al extranjero a estudiar gracias a una beca gestionada por el Partido Socialista Popular.

Sí. A Marcos le habían ofrecido una beca en Praga.  La última persona que habla con él es mi madre.  Marcos le dice a mi  madre: “Me han ofrecido la beca a Praga.  En Cuba, la madre de Joe no cree en mi inocencia, yo me voy para allá.  Pienso saltar a Francia cuando pueda”. Cuando llega, él se lía con la gente que va a hacer la Primavera de Praga después. Allí es donde lo cogen y a él lo cogen por el enredo ese. Lo traen a Cuba. Lo tienen tanto tiempo preso y después… Yo le estoy dando clases a una muchacha, que era amiga de una novia que tuvo Marcos. Por esta novia de Marcos sé que está detenido e incomunicado. Me empato con el padre. Él tampoco sabía nada. A Marcos lo tuvieron hermético todo el tiempo. Y cuando ya a Marcos lo presentan en público es un guiñapo humano. No podía sostenerse.  Algunos creen que él tuvo que ver con la delación. No tuvo posibilidad de delatar, porque ese apartamento estuvo bajo la custodia nuestra.

¿Quién formaba esa custodia?

El grupo mío era Fernando Soldevilla, Tirso Urdanivia…  El apartamento se alquiló para mí.  El apartamento se quemó.

¿Usted cree que la policía batistiana ya conocía de la existencia de ese apartamento?

Sí. Yo creí que había sido una equivocación, un error, y que la policía había seguido algún carro a la entrada y salida, porque cuando entregamos el apartamento sabíamos que aquello estaba muy difícil, pero fue mucha gente en una noche al apartamento. No tenía sentido aquello, fueron como seis o siete personas al apartamento, sabe Dios a qué. Al principio, pensé que era un error. Vigilaron un carro y cayeron allí. Después supe que había sido una delación porque la policía no violentó la puerta, entró con una llave.

¿Y es entonces que usted se presenta en el juicio? 

Conocemos los juicios de Cuba.  Cuando sabemos que él está detenido y lo van a presentar a juicio, yo me aparezco al tribunal y digo: “Yo voy a declarar aquí a cualquier precio”. Ese día me llevan preso a casa de Fidel. Fidel me interroga sobre mi estancia en México, mi conocimiento de Marcos en México.  Nada referente a lo que tenía que ver con la inocencia de Marcos. Cuando yo trato de meter esa baza, cortan el interrogatorio. Me sacan. Me llevan a la casa. Fidel es un interrogador policíaco. Él no te deja meter baza. Él te interroga como te interroga un policía, a ver por dónde te coge. Hubo una persona, un abogado, que dijo algo así: “La única declaración a favor y no se toma en cuenta”.

¿Con Osvaldo Dorticós tuvo algún tipo de contacto?

Yo fui a ver a Dorticós. Me acuerdo de una frase de Dorticós que me pareció repugnante: “No nos interesa la culpabilidad o inocencia de Marcos Rodríguez, sino las implicaciones políticas de este juicio”.

Desde que triunfa la revolución, Marta Jiménez, la viuda de Fructuoso Rodríguez, acusa a Marcos. ¿En qué se basaba la acusación? 

Jarabe de pisco de Faure [Chomón].  Ella no sabía nada de lo que había pasado ni cosa por estilo.  Insisten en Marcos. Cuando hay un muerto, la mejor manera de taparlo es con otro.  Si tú matas a una gente y después matas al que se supone que delató, cerraste el cuadro. Marcos no pudo físicamente haberlo hecho, yo hice esa investigación. La familia casi siempre forma el pensamiento por lo que tiene alrededor. Este es el caso de Marta. Yo no sé cómo piensa ahora, pero ella aceptó la versión que le dieron, porque la versión que le dieron eximía de sospecha a otra gente, que hubiera sido sospechosa.

En ese juicio, que fue televisado, usted fue el único testigo que defendió la inocencia de Marcos.  ¿En que se basó para defender su inocencia?

En el conocimiento que yo tenía de Marcos. Marcos era mi hermano, vivía en casa a veces. Y sabía perfectamente que aquello no era así. Minuto a minuto… Era imposible que Marcos lo hubiera hecho.

Usted quizá sea la única persona que cree en la inocencia de él.

No. Hay una persona que tiene escrita una versión que se ha despreciado siempre, que es Esteban Ventura [capitán de la policía batistiana y sicario]. Ventura tiene un libro en que habla de eso.

Sí, y menciona a Faure Chomón como delator…

Sí. Lo más probable. Yo no te puedo decir, no tengo la posibilidad de una afirmación completa como la tiene Ventura. Ahora, sí sé que Marcos no tiene nada que ver. Y que hubo mucho interés en matar a Marcos. Él cae preso en Checoslovaquia por conspiración con el grupo que va a hacer luego la Primavera de Praga. Lo mandan a Rusia y de allí a La Habana. Está incomunicado durante mucho rato. Marcos no era cómodo dentro de este medio. Primeramente porque era inteligente, culto, cosa no muy abundante en la época mía. En la época mía ser culto e inteligente en un varón era dudar de su virilidad. La energía viril se demostraba mientras más bruto fueras.

Precisamente ese fue uno de los temas que tocan en el juicio, donde se habla insistentemente de la supuesta homosexualidad de Marcos Rodríguez.  Fidel Castro alude a su debilidad de carácter y lo vinculan todo a un despecho contra los que se refugiaban en el apartamento de la calle Humboldt 7.

Nada de eso. Marcos estuvo enamorado de una amiga de mi hermana. Nunca llegó a nada con ella. No era homosexual. Prácticamente vivía en casa. Yo sabía de su vida y él de la mía. Después llegó la leyenda de embarrarlo, de convertirlo en homosexual, en delator, en esto y lo otro. Marcos hacía conspiración militar conmigo. Nunca se filtró un detalle.

Pero hay una confesión inculpatoria de Marcos Rodríguez…

Hay cuatro confesiones, creo. En Seguridad del Estado cualquiera confiesa que se comió a su abuela.  Si tú estás en Seguridad del Estado, no tienes contacto fuera de la Seguridad del Estado, no tienes posibilidad de abogado, ni de defensa, ni de ley, ni cosa por el estilo, tú acabas confesando que te comiste a tu abuela cruda. Hay un momento en que el grado, no es de acoso, es de desesperación, en que dices que sí a todo. Yo he estado preso más de una vez. Cuando tú estás en Seguridad del Estado, tú sabes que no hay nada, absolutamente nada en el cielo ni en la tierra que te pueda ayudar.

Una vez yo estaba en el G-2 de Santiago. Y al lado mío pusieron en una celda que tenía una reja encima a un individuo que viene del campo y que nunca había estado preso. Él se desespera. Trato de decirle algo, pero cuando el preso está así no le puedes decir nada, hay que dejar que se le pase. Que se le pase quiere decir que se ahorcó esa noche. Hay un momento en que el preso se desespera, no ve horizonte. Sabe que no hay horizonte. Y se ahorca. No es uno. Son muchos.

En el juicio, que se celebró después de tres años en prisión, salió a relucir que Marcos Rodríguez espiaba para el Partido Socialista Popular y se mencionan dos nombres claves de esa agrupación política: Joaquín Ordoqui y Edith García Buchaca, quienes lo habían acogido en su exilio en México.  

A final de año hay tanta gente de la dirigencia del Partido [Socialista Popular] presa.  Básicamente liquidan la cabeza del Partido.  Fidel nunca respetó al Partido. Para Fidel fue un cojinete, y lo utilizó, lo vapuleó, lo masticó y lo escupió.  El Gobierno cubano es retórico. Quiero decir, tú nunca puedes confiar en el discurso. Ellos te hacen un discurso muy bonito, pero después hacen lo contrario.  [Joaquín] Ordoqui era la gran cabeza del partido comunista.  Era una gente chévere. Y la Buchaca igual. Era gente en serio, comunista. Querían a Marcos mucho. Los dos eran tradicionales del partido comunista. Ordoqui se supone que haya sido el gendarme mayor del partido. Era gente inteligente, culta. Pero el partido se suma a Batista cuando yo estoy en contra [de Batista], se suma a Fidel cuando yo estoy en contra también. Yo vengo de otro horizonte.  En Cuba, el partido siempre fue hembra.  El partido nunca fue macho. Ellos siempre se arrimaron a alguien para ver cómo llegaban. Hubiera sido mejor quedarse solos, hubiera sido más respetable.

¿Cómo recibe la noticia del fusilamiento?

Estoy en la iglesia de Santa Teresa, en el Vedado. Llega un amigo, Silvino, que tenía contacto con un soldado de La Cabaña. Y me dijo: “Mataron a Marcos”. Ese era el clima de beligerancia, de que el que ganara la guerra tiene derecho de vida y hacienda sobre los demás. Así se hizo en Cuba. El que ganó la guerra, al que le tocó, le arrancó la cabeza, con causa o sin ella.

En 1964, a los pocos días de fusilado Marcos Rodríguez, a usted lo llevan preso. ¿Por qué?

Me acuerdo que cuando llego a la Seguridad me dicen: “Tú te has puesto en contra de nosotros, nosotros hemos decidido ponernos en contra tuya”.

¿Qué hacía usted?

Decía uno de la Seguridad que yo iba con una aguja hipodérmica inyectando a la gente contra el Gobierno. Yo estuve en contra de Fidel desde el primer momento. Yo nunca fui fidelista ni creía en esa bobería. Sigo pensando que el autenticismo fue la última expresión de democracia y libertad en Cuba.

¿De qué lo acusan, cuál es el delito que le imputan?

Conspiración y actividad contra los poderes del Estado.

Esa conspiración que usted llevaba a cabo, ¿contemplaba la lucha armada contra el nuevo régimen?

Sí.

¿Poseía armas?

En aquel momento no teníamos prácticamente nada. Teníamos alguna que otra pistola, pero no negábamos la lucha armada. El tema de la no lucha armada viene cuando la desproporción del poder es muy grande; es decir, ya cuando yo llevo tanto tiempo preso y han fracasado una serie de movimientos, ya entonces me doy cuenta que la lucha armada es una trampa. Al Gobierno le interesa que tú te alces, porque es la pelea de mono amarrado a león. Al Gobierno una denuncia, un tipo que le haga una huelga en la calle, sí le molesta porque es escándalo público. El Gobierno de Castro ha tenido la mejor publicidad y el prestigio mayor de la historia.  En el mundo moderno ha habido dos movimientos que han tenido un tremendo prestigio: uno es el nazismo, el otro, el castrismo.

A usted, ¿dónde le hacen el juicio?

En La Cabaña.

¿Qué tiempo duró el juicio?

Por la mañana y por la tarde y se acabó. A mí me dijeron: “Chico, aquí nada más hay dos posibilidades.  O condena larga o pena de muerte.  Prepárate para la pena de muerte”. Libré con 20 años.

¿Dónde cumplió prisión?

En La Cabaña, en la Isla [de Pinos], en El Príncipe, en Guanajay, en Boniato.

¿Cómo logró sobrevivir esos 20 años?

Día por día.  La prisión es nada más otro lugar donde estar. Tú haces tu vida allí. Hubo de todo en esos 20 años… Yo puedo vivir el tiempo que sea en el espacio que sea porque sencillamente… para mí el pensamiento era más importante. Uno se acostumbra a vivir donde lo ponen. No creo que uno escoja mucho eso. Yo no escogí nacer en Marianao. Yo caí ahí. El presidio lo escogí, pero no cuál de ellos. El peor trato era para los presos políticos. Requisas. Entradas a leña. El presidio es muy poco original.  Ahí hay solo dos posibilidades:  la jaula y entrada a leña.

¿Fue testigo de fusilamientos?

Auditivo, sí.  Desde la galera en que yo estaba no se veían los fusilamientos. Había un misterio… la audición. En el foso de La Cabaña hasta los pasos más leves tú los oyes. Vivíamos en una galera. Escuchábamos cuando se encendía la luz, cuando traían al preso, toda la parafernalia del fusilamiento, las últimas palabras del preso y, por último, la lechuza.  Había una lechuza que iba a por las carnazas del poste donde fusilaban o a la pared a arrancar las carnazas para comérselas.

¿Cómo lo ha acogido el exilio?

No necesariamente me ha entendido mucho. Y es lógico, ¿no? En última instancia, yo me defino como revolucionario. Ese es el punto de partida. El punto de partida de mi pensamiento es el conflicto entre la realidad inmediata impuesta y lo que yo considero que es lo que debe ser. Y ahí es donde viene la revolución. Pensaba que Cuba necesitaba un paso más. Pero todo sale como tiene que salir, no como uno quiere.

Esta es la playa de las ilusiones perdidas. En francés hay una palabra que a mí me gusta mucho para definir esta situación: l´épave. L´épave quiere decir lo que el mar bota. Esto es, en lengua marinera, lo que el mar arroja.

Publicado en Diario de Cuba.

‘Dire Straits’, nuevo libro de Fausto Canel

dire_straitsCon el libro Ni tiempo para pedir auxilio, el cineasta de origen cubano Fausto Canel reveló sus dotes narrativas con una historia que vivió y sufrió en carne propia: su secuestro por parte de la policía política de la Isla. Escrito en inglés a partir de lo que comenzó siendo un guión de cine, Canel vuelve a la carga con Dire Straits, su nuevo libro que, según él, es “una película en palabras”.

¿Qué es Dire Straits? ¿Qué cuenta?

Dire Straits es un intento de poner en evidencia, en el contexto de una historia de intriga y aventura, el regreso de la familia cubana como protagonista de la historia del país. Desde comienzos de la República, gracias a los inmigrantes españoles que se consolidaban en la isla gracias a su capacidad de trabajo y a sus contactos con sus familiares en España, la clase media comerciante se convirtió en el verdadero poder. Esa clase paralizó Cuba en los primeros días después de la caída de Batista para evitar los chanchullos que ya se cocinaban entre políticos de todas las tendencias y militares del antiguo régimen. Esa huelga general la convocó Fidel Castro para que el triunfo no se le fuese de las manos -y fue una lección que nunca olvidó. Por eso sus primeras medidas se encaminaron a la destrucción de la estructura de la familia, sobre la que estaba construida esa clase. Primero envió a los adolescentes a las montañas, lejos de sus padres, luego “al campo”. Finalmente nacionalizó y sacó a los comerciantes del país, no imaginando siquiera su espectacular regreso como clase económica en el sur de la Florida. Hoy el régimen necesita de Miami y la clase media cubana va, poco a poco, recuperando terreno. Sin que Dire Straits se ocupe directamente de visitas o de remesas, su tema es la familia cubana dividida que se reúne para detener una locura que no por espectacular deja de ser retrato de una situación política catastrófica.

¿Por qué un libro y no una película? ¿Y en inglés?

Esta historia la escribí como guión de cine, para Hollywood. Lo presenté a la Universal y me dijeron: “Esto es una película cubana y nosotros no hacemos películas cubanas”. Y tenían toda la razón: era un tema cubano. Entonces me dije: “Como nunca voy a poder realizar esta película, porque habría que rodarla en Cuba y en la isla no la puedo hacer por razones políticas, voy a tomar el guión y convertirlo en un relato escrito”. Prefiero no llamarlo novela. Es una película en palabras, no en imágenes. Un experimento que me interesa saber cómo funciona con el lector. Está escrito en inglés, porque el guión había sido escrito en ese idioma.

¿Cuándo se presenta y cómo se puede adquirir?

Se va a presentar en noviembre en la Feria del Libro de Miami, lo va a vender Books & Books, y también se puede encontrar, como Ni tiempo para pedir auxilio, mi libro anterior, en Amazon.com.

entrevista: Sergio Corrieri

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Sergio habla de Sergio

Manuel Zayas

No existe pérdida tajante ni rotunda. Eso lo sabe el actor, acostumbrado a las más provocativas muertes y renaceres. Su drama es querer; su destino, la perseverancia. Tales aseveraciones para haberlas sentido a fondo Sergio Corrieri, quien ha encarnado personajes emblemáticos y vitales en la cinematografía cubana: Sergio en Memorias del subdesarrollo y Alberto Delgado en El hombre de Maisinicú. Celebrado también en la televisión y el teatro, Corrieri, actualmente presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, devela en esta conversación, después de más de una década apartado de la cámara y la escena, algunos de los entresijos de la creación bajo las órdenes de Tomás Gutiérrez Alea y la necesidad de ser cómplice y hereje al unísono.

Al cabo de más de tres décadas, ¿cómo ve su interpretación de Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo?

Lo sigo viendo como un buen papel para un actor. Sergio es un personaje rico, con muchos matices y aristas, en quien, dentro de un plano de humor, se mezclan también consideraciones y preocupaciones profundas, propias de su momento, las circunstancias, de la problemática que le tocó vivir. La vigencia del personaje y de la película se debe a la del conflicto.

He encontrado públicos de Memorias... en Suecia, Chile y hasta en Estados Unidos, los cuales, de alguna manera, se sienten identificados con el dilema del personaje, que en un sentido más profundo y sintético es el de “ser o no ser”. Esta es una pregunta eterna. Viendo la película al cabo del tiempo, recuerdo que cuando se empezó a gestar y se pensó en mí para el personaje, tanto el director como yo consideramos que había, si no un obstáculo, una dificultad. Sergio debía tener 38 años y yo tenía en aquella fecha diez menos. Son diez años que están enmarcados en la plenitud de la vida, donde comúnmente -puede haber excepciones- se vive más intensamente, más vitalmente a razón de la misma edad. Pensamos que eso podía ser una dificultad, no solo física debido a mi juventud, sino espiritual. Creo que en muchas escenas eso esta solucionado, pero todavía hay algunas en que aparece esa diferencia.

¿Cómo fue seleccionado para ese papel?

La propuesta llegó a mí. Cuánto se hizo antes no lo sé a cabalidad. Titón tenía muchas relaciones con el grupo de Teatro Estudio, del cual yo era actor, y amistad con Vicente Revuelta, su director. Creo que entre los dos manejaron la idea de que yo pudiera hacerlo, porque incluso eso obligó al grupo a posponer algunos proyectos en los que yo estaba envuelto. El trío de Desnoes, Revuelta y Titón deben haber pensado en unos cuantos actores y al fin se me propuso a mí en 1967.

¿Cómo se identificó con el personaje?

En primer lugar, con la lectura de la novela, de la cual surge el guión. También tuve muchas conversaciones con Desnoes, quien resultaba material de estudio para mi papel, porque creo que la película tiene elementos autobiográficos… Nunca se lo dije, pero él se lo debe haber imaginado. Además, hubo mucha observación, diálogo y una relación muy estrecha y comunicativa con Titón. Lo otro era la realidad que expresa Memorias… -que no era ni ajena ni inventada, era la que existía a nuestro alrededor, la que habíamos vivido unos años antes, rica, contradictoria, convulsa-. Eran siete años nada más después del triunfo de la revolución. Lo que la película plantea estaba prácticamente en el ambiente, no había que hacer un pesquisaje histórico ni nada por el estilo. Eso a mí me entusiasmó mucho. Curiosamente por esta época tenía una crisis con el teatro, de inconformidad con lo que hacía. Sentía que estaba llegando al final de una etapa y la necesidad de probar a hacer otras cosas. Cuando se estrenó Memorias… tuvo sin dudas mucho éxito de crítica y público. Lo que más recuerdo de los comentarios era que la película arriesgaba.

¿Qué arriesgaba?

Sugerencias, juicios sobre nuestra realidad. Eso a la gente le gustaba mucho. A partir de Memorias… a mí se me abrieron sin dudas -más que nunca antes- muchas posibilidades en el cine y aparecieron propuestas. Sin embargo, ese efecto robusteció mi idea de buscar otro camino para el teatro que hacía. Es así que me voy a hacer el Grupo de Teatro Escambray en noviembre de 1968, en el mismo año que se estrenó la película. De cierta manera, quería para el teatro esa función participativa, dinamizadora de opiniones y de realidades muy concretas y vivas que estábamos viviendo, y encontraba que tenían en aquel momento un pálido reflejo en este medio.

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¿Cómo vio o sintió en aquel entonces a Sergio, como un revolucionario o como un misántropo?

Ninguna de las dos cosas. Sergio no es un revolucionario, por supuesto que no. Ni en las cosas de la realidad o de la vida que quiso cambiar, ni de la forma en que se planteaba hacerlo. Sergio se inscribe en la franja que está entre la media burguesía alta y la baja. Es dueño de una mueblería que le da para construirse un edificio de apartamento modesto, con cierta holgura en la vida. No es de ninguna manera un hombre de sociedad. Es un pequeño burgués que tiene inquietudes y ambiciones culturales, literarias, que hace gala de preocupaciones existenciales, sociales, a su alcance y su medida. Él tiene la suficiente lucidez como para darse cuenta que su clase no es culta, que es falsa, que cada día se americaniza más, cosa que detesta, tanto como el pragmatismo y la falsa cultura norteamericanos. Ve en Europa la cuna de la cultura, del pensamiento. Tiene cultura para rechazar lo falso que ve en su clase. Pero algo le falta para poder abrazar otra causa y tratar de luchar por ella. Por eso Sergio permanece en una tierra de nadie.

La escena con su mujer es muy reveladora, cuando le dice que está hecha por el maquillaje y la moda. Tiene una relación muy crítica con su familia y esposa, pero hasta ahí.
Mucha gente me ha preguntado a partir del final si Sergio se va o no del país. Está muy bien que el final sea así, abierto. Estoy seguro que en Cuba deben haber habido muchos Sergios, probablemente unos se fueron y otros se quedaron. Las dos cosas caben.

La crítica ha visto cierto parecido temático entre Fresa y chocolate y Memorias del subdesarrollo.

Tienen de común que son películas que arriesgan, que exploran la realidad, develan conflictos, que de alguna forma suscitan polémica y enfrentan contradicciones de la realidad.

¿Qué significa para usted haber sido protagonista de un clásico del cine latinoamericano y universal?

Por supuesto que cuando se estrenó no tenía la menor idea de que sería un clásico del cine universal, como lo es hoy. Nunca imaginé una película tan buena, que con mas de 30 años conserve tanta frescura, como me ha dicho un diplomático apasionado del cine. Su juicio no dejó de impresionarme. Poco a poco, el tiempo ha puesto las cosas en su lugar. Me siento muy honrado y satisfecho de haber contribuido a esa gran película.

Casi siempre las versiones fílmicas de una obra literaria acaban traicionando lo escrito. Desnoes dijo: “No comparto la indignación de tantos escritores que se sienten traicionados por el torpe director de cine. No niego la traición, me complace. (El director) ha objetivizado un mundo que yo tenía informe en la cabeza y todavía abstracto en el libro. Le ha sumado densidad social a los elementos subjetivos de un diario”. ¿Imaginó que Titón iba a plasmar el libro tal cual o que haría cambios?

Hay tres realidades. La novela es una realidad en sí misma, el guión, otro, y la puesta en escena y el resultado final es otro. Por supuesto que un buen guión leído es una base de garantía, pero nunca se tiene absoluta seguridad de que así sea. Conozco buenos guiones que no han resultado buenos filmes, hay también algunos que no parecían buenos y en la puesta eso ha sido superado. En Memorias… eso se cumple. Hay algo importante: Desnoes nunca estuvo aparte ni del guión ni de la realización. Asistía, aportaba, enriquecía, y tenía una relación muy fluida con Titón, como en la famosa escena de la Biblioteca Nacional en la que aparece en el debate.

Entre sus virtudes, Titón tenía una muy buena comunicación con los actores. No recuerdo que me dijera -salvo quizá en muy pocas ocasiones- haz esto así. Era más bien el tipo de director que ilumina, es decir, que te alumbra y prepara para que desarrolles una iniciativa.

O sea, que daba importancia a la improvisación.

Si los actores lo consiguen todo es mucho más fácil, porque el director tiene solo que seguir la interpretación y decidir. Toda la escena solitaria de Sergio en el apartamento -previa a la situación en que graba una conversación con su mujer, lo que hace con la ropa de ella, el abrigo, las medias, el dibujo, el creyón de labios- nació de esa manera, se fue creando sobre la marcha, en base a una improvisación que tenía un fundamento, un camino abierto. Estoy absolutamente de acuerdo en que la película enriquece a la novela, le da coherencia a muchas cosas dispersas. Eso ya estaba en el guión, y la puesta en escena lo superó.

¿Cómo se sentía actuando con tanta libertad?

Muy bien. Probablemente sea la forma de actuación que más me motive. Como se dice en Memorias… a veces es un poco aburrido los mismos personajes, los mismos gestos, las mismas palabras… Entonces, cuando hay posibilidad para eso, con objetivos claros y sin que exista un orden loco ni anárquico, lo que hay es que encontrar la manera de expresarlo.

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Desnoes teoriza sobre la construcción del texto en la misma novela. En el filme se oye que ese era un collage de imágenes. ¿Cómo ve la inserción de trazos documentales en Memorias…?

Lo siento como una mezcla feliz y nada frecuente. Memorias… le echa mano a todo, desde los muñequitos, la televisión, cámara oculta, documental, hasta un libro. Una de sus virtudes es esa, cómo toda una diversidad de formas, estilos y géneros se integraron armónicamente. He tenido la suerte de debatir el filme en varios escenarios. En 1999, la Asociación de Amistad con Cuba de Inglaterra programó una gira a la realizadora Estela Bravo y a mí por las principales universidades inglesas: Oxford, Cambridge, etc., donde existe un público enterado, profesorado y alumnos cultos. El debate fue sobre un documental de Estela y Memorias… Uno de los comentarios más frecuentes era ese precisamente, el modo de hacer, el estilo, cómo se combinaba de una forma muy coherente y hasta alegre, dijo alguien, todas estas formas de hacer, y todo, sin embargo, dentro de una unidad.

¿Qué recuerda de Gutiérrez Alea?

Lo que más recuerdo es su humor, podía ser irónico, incluso caústico. Pero a mi modo de ver, siempre constructivo, no hablo solo en un aspecto social sino hasta en el aspecto de las relaciones personales. El humor para Titón era también una manera de enseñar y de corregir amablemente algo que pensaba que no estaba bien.

¿Y de Edmundo Desnoes?

Su hermetismo. Después de Memorias… y que él salió de Cuba, lo he visto muy poco: una vez en Nueva York en 1984 y otra en Venezuela. En ambas ocasiones no nos dio tiempo a conversar, fueron solo saludos. Desnoes era bastante hermético, difícil en su apertura, en su comunicación. Que no quiere decir que no lo hiciera, pero él no era fácil en eso.

¿Por qué dejó la actuación?

Fue una decisión mía, a partir de una propuesta que en un momento determinado me pareció digna de ser aceptada. La propuesta fue en 1985 a partir de una decisión tomada, con la cual no tuve nada que ver, de renovar la dirección del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Se me propuso encargarme de la vicepresidencia que atendía la televisión. No hacía mucho que había tenido la experiencia de En silencio ha tenido que ser, la primera en el medio. Nunca fui actor de televisión. Ese serial tuvo mucha significación para mí. Me quedé asombrado, pues llevaba casi 30 años haciendo teatro y cine, pero nada comparable en la televisión. Tenía opiniones y juicios críticos sobre el medio, que no había sido remiso a expresarlos en los lugares apropiados. Entonces fue como si me dijeran “bueno, tú crees que la TV puede ser esto y esto, hazlo”. Fue una propuesta tentadora, y además sentía que podía hacer algo, en un medio del que nunca como en ese momento supe la importancia que tiene en el desarrollo cultural de un país. Es imposible hacer políticas culturales sin contar con la radio y la televisión. No puede haber ni Consejo ni Ministerio de Cultura si ellos no forman una parte importante de esa política cultural. Lo había vivido en el Escambray, cuando llegué allí en 1968 en muchos lugares no había ni corriente eléctrica. Se escuchaban radios con pilas, pero la TV no había hecho su aparición. Cuando eso empezó a cambiar, todo se convirtió en otra cosa. Montábamos una obra de teatro y cuando iban dos mil personas, era un éxito. Tuve razones para aceptar la propuesta. Y dejé la actuación.

¿Desearía volver a actuar alguna otra vez en teatro y cine?

Sí. En teatro no tanto. Me gustaría volver a trabajar como actor. A veces lo extraño, cuando veo un programa o una película que me entusiasman. Desearía hacerlo, pienso que se me quedaron muchas por decir como actor. Pero son chispazos, momentos. En realidad hemos vivido unos años tan frenéticos desde el punto de visto del trabajo, que no hay demasiado tiempo para la nostalgia.

¿Si Titón estuviera vivo y tuviera que filmar con él, qué papel escogería?

¡Diablos! Me gustaría hacer las Memorias… de los 90, que tendría que ser otra cosa, por supuesto…

¿Cómo sería?

¡Ah! Esa es una pregunta difícil… Creo que si te fijas, Memorias…, salvo en escenas de humor muy directas en boca del personaje, de reflexiones críticas sobre la realidad cubana, tiene en otros momentos lo tácito y fundamental, sin perder ese humor. Es muy sutil, sugerente, incluso profunda a la hora de analizar un fenómeno. La película trata de iluminar desde distintos puntos de vista, no solo con la opinión de Sergio, sino con las de otros personajes, busca otros elementos que puedan aportar luz al fenómeno que se analiza. A veces añoro eso, esa humildad, inteligencia de saber que en fenómenos complejos la develación de distintos puntos de vista contribuye a esclarecerlos y no a oscurecerlos. Y a veces veo en el cine cubano historias muy directas, impersonales, que devienen anecdóticas y no analíticas. En ese sentido hablaba de unas Memorias…de los 90, con una misión analítica.

¿Cuál sería el conflicto?

¿Cuál crees que sea el conflicto de los 90?

El problema económico en primer lugar, y luego la emigración.

Yo agregaría otro, los valores y la ética, que se desprenden de todo eso. Creo que las situaciones económicas se arreglan. Lenta, modestamente, se demuestra que hay una recuperación en la economía, no traducida todavía lo suficiente en la vida cotidiana de la gente. Eso se soluciona. Ahora, la repercusión de esos problemas económicos en la moral, la ética, la pérdida de valores, para mí es un problema muy complejo y delicado. Quizá ahí estaría un tema para las Memorias… de los 90.

Casualmente Titón en una de sus últimas entrevistas habló de esa perdida de valores.

¿Verdad? Bueno, es pura casualidad…

A la película se le cataloga fuera de Cuba lo mismo de propagandista que como disidente, igual como ha sucedido con su director. ¿No cree que esto se deba por la ambigüedad del protagonista?

No. Eso se debe básicamente, no en lo fundamental, porque es cubana. Porque el fenómeno Cuba tiene una serie de adherencias, de las cuales quisiéramos o no podernos desprender. En uno de esos debates en Inglaterra, una estudiante inglesa hizo una tesis donde compara dos filmes: Azúcar amargo, de León Ichazo, y Memorias… A ella le pareció increíble que alguien como León, quien supuestamente representa una posición de apertura, democrática, contra el dogmatismo, el sectarismo, el estalinismo, hizo un material cinematográfico que es absolutamente cuadrado, sectario, excluyente, cerrado. Mientras que Memorias… es todo lo contrario. Eso le llamó mucho la atención. Me pareció un juicio brillante. Para poder escapar de eso, se necesitó de una contrapartida. Memorias… es revolucionaria, no tengo la menor duda. Sin una revolución no existiría Memorias del subdesarrollo. Está animada de sentimientos revolucionarios entendidos como una meditación sobre una realidad compleja, contradictoria, difícil, a veces con sátira, con humor, pero con un aliento muy humano.

Sin embargo, me decía que Sergio no es un revolucionario.

No lo es. Sería una larva. Y él se queda en ese estado, porque no sabríamos decir que saldrá de ahí.

¿Cómo sería el Sergio de los 90?

No he escrito la película todavía. (Risas) Me gustaría mucho. Creo que nos hace mucha falta.

¿Qué otro papel desearía interpretar?

No tengo preferencia. Mi experiencia en la actuación fue sólo hasta 1985, y antes siempre di prioridad al teatro. Dejé de hacer cosas en cine por compromisos que tenía en aquel medio, sobre todo cuando estaba en el Escambray, lejos, como director del grupo y me sentía muy responsable de todo aquello. Muy al comienzo de esa etapa mía, Titón me ofreció un proyecto a partir de una representación que el vio, interesante, para hacerlo de conjunto. Era exactamente el proyecto del Grupo de Teatro Escambray: un artista de La Habana decide abandonarla y tener su experiencia artística en el campo. Pero había que escribir el guión, trabajarlo y nosotros solo estábamos empezando. El grupo era muy frágil, todo era interrogación. Le dije que para mí no era el momento, porque me hubiera obligado a desprenderme del grupo, en un momento en que no se podía. Fue un proyecto que se postergó y la vida lo complicó todo, cada uno se fue por sus propias cosas. Hasta ese momento de mi vida la opción era teatral y no cinematográfica. Para mí sería imposible ahora una labor teatral, una obra hay que ensayarla muchas veces, después se hace y luego queda en el repertorio. Mientras que al cine le puedes dedicar solo algunas semanas, quizá varios meses, y después queda la película. Ahora considero más viable hacer cine. No hay nada que prohíba que yo pueda hacerlo, incluso creo que para mi trabajo actual el tener un currículum artístico innegable me ha ayudado mucho más que cualquier otra cosa. Porque el arte y la cultura abren muchas puertas. Son algo muy nobles y la gente respeta eso. No hay ninguna prohibición, sino falta de tiempo, es decir, quizá ha sido también irresponsabilidad. Siempre me preocupa lo que dejo. Eso no es insalvable, es posible. En el trayecto de mis 14 películas, en la primera etapa los personajes que hice eran estudiantes buenos, positivos y así fueron muchos, quizá no se diferenciaban uno del otro, hasta que alguien se arriesgó en Desarraigo, que no es buena, para que interpretara a un intelectual muy a la onda del Sergio que vino luego. Después de Memorias… fueron los personajes duros, como el de El Hombre de Maisinicú. Hubiera hecho muchas más películas, pero ese trayecto es algo que el actor tiene que cuidar, porque a veces los directores por no correr riesgo buscan al actor que sicológicamente o por experiencias anteriores sabe que le da determinada cuerda. Hay que correr riesgos también.

¿Usted cree que fue canonizado después de Memorias…?
No. Lo que te quería decir es que el actor tiene que luchar contra una tendencia, sobre todo en una industria que empieza, cuando los directores también empiezan, donde correr riesgo es un poco difícil. El actor tiene que luchar contra la tendencia a que no lo encasillen. Tiene que probar que posee un espectro amplio como para poder hacer distintas cosas. ¿Qué papel? Ninguna preferencia, solo un papel y proyectos buenos.

¿Qué piensa de Fresa y chocolate?

No es la película que más me gusta de Titón. Es Memorias del subdesarrollo. La falsa modestia la dejo aparte, no tiene nada que ver conmigo. Otra de mis favoritas de Titón es La última cena.

Entonces, ¿está dispuesto a actuar de nuevo para el cine cubano?

¡Cómo no!

Publicado en la revista Cine Cubano, No. 152, La Habana, abril-junio, 2001, pp.42-53.

PS: Corrieri falleció en La Habana el 29 de febrero de 2008, cuando estaba a punto de cumplir 70 años. No volvió a actuar.