Juan Goytisolo ante el fantasma de Virgilio Piñera y la deriva autoritaria de la Revolución Cubana

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Fotografía de Peter Groth (Wikipedia)

“Fui de nuevo a Cuba con el Salón de Mayo en 1967, a la exposición organizada por Carlos Franqui. Puedo decir que durante mis dos primeros viajes a La Habana no me di cuenta de que existía esa persecución a los homosexuales, a pesar de que supe, posteriormente, que ya había habido antecendentes, casos aislados. Pero en 1967, mientras estaba en La Habana por tercera vez, fue que descubrí lo que ocurría realmente”.

“Tuve la visita de un gran escritor cubano, me refiero a Virgilio Piñera, escritor de una importancia grande como la de Alejo Carpentier o Lezama Lima, autor de cuentos, novelas, obras de teatro, etc. Virgilio me contó entonces todo lo que pasaba. Me habló de la existencia de la UMAP, me dijo que había más de setenta mil homosexuales encerrados en esos campos, que él mismo vivía bajo el terror de ser denunciado otra vez por el Comité de Defensa de la Revolución y ser arrestado. Me di cuenta de que tenía mucho miedo porque no quiso que habláramos en el cuarto del hotel ni en el vestíbulo. Él quería que camináramos por el jardín, pues estaríamos más seguros. Virgilio me dio una impresión tal de soledad, de alguien acorralado. Cuando lo vi partir, tan frágil, envejecido, marcado por la experiencia, verdaderamente fue algo que me trastornó, que me hizo pensar seriamente en la evolución de la Revolución y a tener dudas sobre ella”.

Juan Goytisolo, entrevistado para el documental Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal. Conducta impropia, Editorial Egales, Madrid, 2008, pp. 84-85.

“Marraquech, 7-2-08

Quiero asociarme de todo corazón al merecidísimo homenaje que la Filmoteca de Andalucía tributa a mi amigo Néstor Almendros. Excelente cineasta y persona de gran honestidad y lucidez, su desaparición conmovió a todos sus amigos.

Le conocí en La Habana, a fines de 1961 a través de su padre, don Herminio Almendros, conocido pedagogo republicano exiliado en la isla y fundador en 1959 de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. Desde entonces mantuvimos una estrecha amistad y nos vimos con frecuencia en París y Nueva York.

Néstor fue el primero en señalarme la deriva autoritaria de la Revolución que tanto a mí, como a muchos demócratas europeos y americanos, parecía colmar nuestros sueños. Cuando volví a Cuba en 1962, él acababa de exiliarse. Poco a poco, comprobé que sus advertencias no eran producto de un anticomunismo visceral sino de un análisis ponderado y sereno.

Le presté ayuda en sus difíciles comienzos en París y celebré su labor en los medios cinematográficos franceses. Tras su triunfo en los Oscars hollywoodenses, me contactó para que participara en el rodaje de Conducta impropia, junto a Susan Sontag y a otros amigos.

Recuerdo ahora mi visita a su estudio neoyorquino en el quicuagésimo aniversario de King Kong: nos fotografió a Reinaldo Arenas y a mí con el célebre gorila encaramado en el Empire State Building.

Meses antes de su fallecimiento, víctima del que Severo Sarduy llamara “monstruo de las dos sílabas”, me invitó a participar en un guión que preparaba sobre una novelita sobre los Abencerrajes granadinos. Tres meses después, la noticia de su muerte me llenó de tristeza. Él formaba parte, junto a Cabrera Infante y Severo Sarduy, del círculo de mis añorados amigos cubanos”.

Juan Goytisolo

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Sin rostro ni obituario: los muertos de las UMAP

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De izquierda a derecha:  Ramón Lamadrid, Alex Hernández, Juan Miguel García, Octavio y, agachado, Carlos Bidot.  25 de diciembre de 1965.  Foto cortesía de Alex Hernández.

Manuel Zayas

Al terminar el año 1965, Ramón Lamadrid parecía un muchacho alegre. El día de Navidad se reunió con sus amigos en el restaurante habanero 1830, en cuyos jardines se tomó las que serían sus últimas fotos. Un mes después, aquel joven de 18 años era un rebelde en fuga, escapado de un campo de concentración. Y como tal, recibía unos disparos en el vientre.

“Él fue el primer monaguillo de San Juan de Letrán. Yo entré allí en el 59 o 60 y él fue el que me enseñó a ayudar en misa”, me escribió su amigo Alex Hernández desde Miami. El muchacho “se ganaba la vida como mensajero de la farmacia Rojas, cuya dueña era Célida Rojas y estaba justo al lado de la bodega La Mascota, en [las calles] G y 17. Su bicicleta era parecida a la que sale en la película Pee Wee“.

“A Ramoncito le dispararon al salir de la casa de su madre en Marianao, el 24 de enero de 1966. Le tiraron y le agarraron el bajo vientre los jenízaros de la policía militar castrista porque se había fugado del campo de concentración de la UMAP en Camagüey unos días antes”. Malherido “lo llevaron al Hospital Naval, donde dos semanas después falleció. Las únicas que lo iban a ver allí fueron Dulce, Regina y Rosalía Álvarez”, quienes frecuentaban la iglesia de San Juan y eran vecinas de la farmacia donde el muchacho trabajaba.

Ramón Lamadrid fue uno de los 30.000 jóvenes cubanos considerados desafectos por el régimen que fueron enviados entre 1965 y 1968 a los campamentos de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

“Nunca conocí a la familia de Ramoncito ni fui a su casa ni supe donde vivía exactamente, pero estudiamos en la misma primaria de G entre 15 y 17, en lo que había sido la Escuela Baldor. Yo vivía por allí, en 17 entre F y G, con mis abuelos y padres hasta que en 1973 nos mudamos a México”, relata Hernández, quien no puede olvidar la historia del compañero muerto. “Lo enterraron en el panteón de Dulce María González-Lanuza, que en aquel tiempo era directora del catecismo en San Juan de Letrán.”

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De izquierda a derecha:  Octavio, Ramón Lamadrid, Alex Hernández, Juan Miguel García y Carlos Bidot.  25 de diciembre de 1965, en las afueras del restaurante 1830, La Habana.  Fotografía Archivo Cuba.

Según fuentes oficiosas, el saldo del horror de las UMAP dejó como resultado 72 muertes por torturas y ejecuciones, 180 suicidios y 507 personas enviadas a hospitales siquiátricos. El escritor Norberto Fuentes ha sido portavoz de esas cifras. El régimen cubano ha preferido, en cambio, mantener esos números en el mayor secreto.

Archivo Cuba, un proyecto de registro de víctimas de la represión del régimen cubano, tiene documentada la historia de Ramón Lamadrid entre nueve casos de ejecuciones extrajudiciales o deliberadas y de desapariciones relacionadas con las UMAP.

A sabiendas de que no han sido las únicas muertes que se sucedieron allí, el registro de los nombres de las víctimas, de sus historias o de alguna memoria gráfica, resulta una tarea difícil por la falta de libertad de prensa y la inexistencia de una justicia independiente en la Isla, a lo que se suma el secretismo del régimen cubano, que no ha permitido una investigación ni la apertura de sus archivos.

La historia de Ramón Lamadrid es solo un ejemplo del encubrimiento con que se han asociado las muertes violentas de las UMAP. De entre los escasos nueve casos documentados, el suyo es el único que se acompaña de memoria gráfica: unas fotografías facilitadas por un amigo constituyen la única fe de vida de cómo lucía aquel joven de 18 años en las lejanas navidades de 1965. En su ficha de Archivo Cuba se señala lo que parece ser otra incógnita: la causa de la muerte no aparece reflejada en su certificado de defunción.

‘Consejos de Guerra’

Un discurso pronunciado por Fidel Castro en la escalinata de la Universidad de La Habana el 13 de marzo de 1966 ya había puesto en alerta a la población cubana de la existencia de aquellos campamentos. El Máximo Líder se había explayado, amenazante.

Justo un mes después, la opinión pública resultaba tan desfavorable a las UMAP que el Gobierno echó a andar su maquinaria de propaganda, la prensa oficial, la única permitida en Cuba. Es así que en un mismo día, el 14 de abril de 1966, las ediciones de los periódicos El Mundo y Granma publicaron sendos reportajes a página completa sobre los campamentos.

Mientras elogiaba las bondades de las UMAP, el reportaje de Granma señalaba que los abusos cometidos allí fueron resueltos mediante Consejos de Guerra.

“Cuando comenzaron a llegar los primeros grupos que no eran nada buenos, algunos oficiales no tuvieron la paciencia necesaria ni la experiencia requerida y perdieron los estribos. Por esos motivos fueron sometidos a Consejo de Guerra, en algunos casos se les degradó y en otros se les expulsó de las Fuerzas Armadas”, escribió el periodista oficialista Luis Báez.

En el reportaje de Granma no se hablaba de la naturaleza de los abusos, ni de cuántos oficiales fueron sancionados con degradación o expulsión del Ejército. Ni se mencionaba siquiera el nombre de Ramón Lamadrid, muerto violentamente poco tiempo atrás. En aquel párrafo se le ponía inicio y fin a la crueldad de las UMAP: eso era lo que el periódico del partido único se permitía hablar de los crímenes cometidos en aquellos campos de concentración cubanos.

Más de tres décadas después, el profesor e investigador cubanoamericano Emilio Bejel escribiría en el libro Gay Cuban Nation: “Aunque no es fácil obtener documentación precisa, es conocido que inicialmente algunos reclutas fueron tratados tan inhumanamente que algunos oficiales responsables fueron luego ejecutados”. [“Although precise documentation is not easy to obtain, it is known that initially some recruits were treated so inhumanely that some of the officials responsible were later executed.”]

En septiembre de 2012, Bejel participó en un panel sobre la situación de los gays bajo Castro, organizado por la Biblioteca Pública de Nueva York. Intrigado por aquellas ejecuciones mencionadas por el profesor y conociendo el reportaje de Granma donde se decía que la única condena que tuvieron aquellos oficiales fue la expulsión o la degradación militar, me acerqué a preguntarle a Bejel cuáles eran sus fuentes. En su libro hacía hincapié en lo difícil de obtener documentación, pero a seguidas señalaba las ejecuciones como hecho “conocido”.

—¿Cómo supo de esas supuestas ejecuciones a los responsables? —pregunté.

—Yo no dije que todos los responsables fueran ejecutados. Solo algunos —me respondió, corrigiéndome de memoria.

—De los Consejos de Guerra mencionados en Granma no se dice eso. Se dice que los responsables de los abusos fueron degradados o expulsados del Ejército. ¿Dónde leyó usted que fueran ejecutados?

—No sé, figúrate. Es que es muy difícil obtener documentación. Envíame ese documento —y se despidió.

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Interior de un campamento.  Una de las  pocas imágenes de las UMAP que no pasó el filtro e la censura.  Fotografía de Paul Kidd.

Un corresponsal extranjero se cuela en un campamento

Hacia agosto de 1966, la existencia de aquellos campos de trabajo forzado era la comidilla entre diplomáticos y corresponsales extranjeros en La Habana. Solo la prensa oficial había informado escuetamente de los abusos, pero ya era vox pópuli que las injusticias no habían terminado con los Consejos de Guerra, ni con la expulsión de algunos militares al mando. El escritor inglés Graham Greene, que entonces visitaba la capital cubana, narraría sobre ello.

Pero el más intrépido de los corresponsales fue, sin dudas, Paul Kidd, quien aprovechó su credencial de periodista canadiense para viajar por toda Cuba y entrar a uno de los 200 campamentos de las UMAP “ubicado cerca del batey El Dos de Céspedes”, en Camagüey.

En un escrito, Kidd definiría esa experiencia como única para un periodista occidental, “la de poder seguir la pista de un campo de trabajo forzado escondido en un exuberante campo de azúcar en el centro de Cuba”.

Después de 12 días en el país, el corresponsal de Southam News Services era expulsado, supuestamente por haber fotografiado armamento antiaéreo en el malecón habanero y por fingir ser un diplomático canadiense, según el régimen cubano, que se cuidó en extremo de mencionar la visita clandestina de Kidd a un campamento de las UMAP.

En contacto con Judy Creighton, viuda de Paul Kidd, supe que él había muerto el 13 de febrero de 2002. “Como corresponsal extranjero para Southam News de Canadá, Paul viajó extensamente por Europa, el Medio Oriente y fue reportero en Washington y Naciones Unidas antes de ser enviado a Latinoamérica. Creo que amó esa designación de seis años como ninguna otra”, me escribió Creighton.

“Después que fue ordenada su salida de Cuba, viajó a México desde donde transmitió las fotografías a agencias de noticias de todo el mundo. Entiendo que recibieron amplia cobertura”, precisó la viuda de Kidd.

Y en efecto. El 9 de noviembre de 1966, la agencia de noticias United Press International (UPI) transmitía al mundo la primera noticia sobre los campamentos de las UMAP. El despacho, firmado por Paul Kidd, se hacía acompañar por fotografías de su autoría, “las primeras imágenes sin censurar tomadas dentro de uno de aquellos establecimientos”.

Una versión más completa de esa noticia circuló años después dentro de un artículo del mismo autor.

“Por trabajar un promedio de sesenta horas semanales —escribió— los confinados recibían 7 pesos al mes, apenas el precio de una comida medio decente en Cuba. Excepto cuando se esforzaban trabajando bajo la mirada de un guardia armado en un campo cercano, los confinados usualmente permanecían en el campamento por al menos seis meses. Supuestamente elegibles para una breve licencia después de noventa días, a pocos reclutas de las UMAP se les permitía visitar a sus familias hasta que hubieran estado en el campamento el doble de ese tiempo”.

Y anadió: “El sistema de disciplina era simple. Los confinados que no trabajaban, no recibían alimentación. Y a menos que su trabajo llegara a la norma asignada, no se les autorizaba salir. En el segundo domingo de cada mes, a los confinados se les permitía recibir visitas de sus familias, que podían traerles cigarrillos y otros pequeños artículos. Si un confinado no obedecía órdenes, esos objetos eran retenidos. Los informes de brutalidad física en los campamentos circulaban ampliamente en Cuba”.

El corresponsal resumió la existencia de las UMAP como una fuente de mano de obra casi esclava, hecha a la medida.

Paul Kidd recibió el Premio Maria Moors Cabot de 1966, que otorga la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. El PEN de escritores canadienses concede cada año un premio con su nombre, el Paul Kidd Courage Prize.

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Facsímil de una carta oficial enviada desde las Oficinas del Primer Ministro Fidel Castro.  Tomado del libro La UMAP: el gulag castrista, de Enrique Ros, Ed. Universal, Miami, 2004.

Verde Olivo y otros misterios

Después de que el corresponsal canadiense fuera expulsado, la revista Verde Olivo, órgano de propaganda del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, publicaba un reportaje elogiando las bondades de esos campamentos y reseñaba un acto que “desbarataba una vez más la sarta de mentiras echadas a rodar por los enemigos de la Revolución que trataban de presentarla como una institución de sometimiento”.

El singular acto consistió en la premiación a algunos “macheteros” de las UMAP con la entrega de “motocicletas, refrigeradores, radios y relojes”, además de la imposición de medallas a “cuadros de mando”. Este sería el tono de los próximos reportajes de la publicación militar cubana. En sus páginas tampoco habría espacio para las víctimas.

Escasa documentación oficial ha circulado sobre aquellos campos de trabajo forzado. Pero entre la que he encontrado, una que llama mi atención: una carta enviada desde las Oficinas del Primer Ministro en la que se le notifica a una madre que “se ha dispuesto dar cuenta de su petición al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias” a su solicitud de investigación por la muerte de su hijo.

Esa carta aparece reproducida en el libro La UMAP: el gulag castrista (Universal, Miami, 2004) de Enrique Ros, y documenta lo que parece ser otro caso de muerte misteriosa: la de Cayetano Berto Rafael Ramírez Rodríguez, un joven de “débil complexión”, que fue ubicado en el campamento de las UMAP de “entronque de Cunagua”, y que fue “castigado reiteradamente por el sargento Biscet”. “Bajo fuerte afección nerviosa fue trasladado al Central Pina y de allí al hospital Psiquiátrico de Camagüey, donde murió.”

“Nunca el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias respondió a la solicitud de la madre de Berto Rafael”, dice una nota de Ros al pie del facsímil de la carta oficial fechada el 20 de octubre de 1967 y que lleva la firma de Celia Sánchez, ayudante de Fidel Castro.

Esos nombres de muertos son los que ninguno de los hermanos Castro quiere pronunciar. Tampoco Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual, quien había prometido una investigación a fondo de aquellos crímenes.

Publicado en Diario de Cuba.

entrevista: Monika Krause

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Fotograma del documental La reinal del condón.

En el Punto G de la Revolución Cubana

Ileana Medina y Manuel Zayas

Directora del CENESEX antes que Mariela Castro, la sexóloga alemana Monika Krause opina sobre la homofobia cubana, la primera operación de cambio de sexo, la censura de literatura científica y otros temas.

Monika Krause tenía apenas veinte años cuando se enamoró de un cubano, capitán de la marina mercante, enviado a la ciudad portuaria de Rostock. Como ciudadana de la República Democrática Alemania (RDA), necesitó de una autorización para poder abandonar su país. “Cuando a finales de 1961 solicité el permiso de salida y el de poder casarme, me amenazaron con expulsarme de la universidad si insistía en mi propósito de ir a vivir en Cuba. Fue ‘mi capitán’ quien obtuvo los permisos”, dice.

Krause emprendió un viaje sin retorno. Cuando regresó en 1990, ya la RDA solo existía en el recuerdo. Había caído el Muro de Berlín, levantado poco tiempo antes de su partida, y las dos Alemanias se habían reunificado.

En Cuba, Krause ganaría fama como promotora de educación sexual, con programas en la televisión y la radio. A la par, enfrentó algunos escollos frente a la homofobia rampante de la jerarquía comunista. Hoy vive en un pequeño pueblo del norte de Alemania, Glücksburg, desde donde accedió a responder este cuestionario.

Monika Krause ha publicado dos libros sobre su experiencia cubana: Monika y la Revolución (Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife, 2002) y ¿Machismo? No, gracias (Ediciones Idea, Tenerife, 2007). El documental La reina del condón, de Silvana Ceschi y Reto Stamm, es un retrato testimonial de su vida.

¿Cuál es el balance que hace de su vida en un sistema comunista tropical? ¿Se vivía en Cuba mucho mejor o peor que en la Alemania comunista?

La primera fase de mi vida en Cuba la pasé en un estado de euforia, de expectativa, de ilusiones, de poder participar de algún modo en el proceso de cambios revolucionarios. Al mismo tiempo veía y sentía constantemente el desmejoramiento, la falta cada día más abrumadora de los productos alimentarios más elementales.

En pocas semanas —me remonto a los mediados del año 1962—, nuestra dieta diaria, invariablemente, constaba de arroz y frijoles, frijoles y arroz, arroz congrí. Conseguir un huevo equivalía a un premio en la lotería (el Combinado Avícola Nacional aun no existía).

Para aquellos que no disponían de contactos con familiares o amigos en el campo, la carestía de todo era la normalidad. Claro, el clima cubano —en comparación con el de Alemania— tiene muchas ventajas: no hace falta la calefacción, no se necesita ropa apropiada para cada estación del año, se puede vivir con muy pocas prendas de vestir.

Sin embargo, el transporte público adquirió características de servicio desconfiable. Escaseaban, o no existían ya, todo tipo de materiales de construcción para el mantenimiento de la vivienda. Mi primer hijo, nacido en febrero de 1963, tuvo que conformarse con que constantemente cambiara la composición de la leche (no había suficiente leche fresca, de forma que se la preparaba con leche en polvo, proveniente de diversas fuentes de importación).

La cantidad de pañales recibida por ‘la libreta’ no alcanzaba ni para comenzar. La falta de agua —por apagones o por rotura de la bomba de agua, que para repararse demoraba semanas, meses— me tenía al borde de la crisis: bajar tres pisos para llenar cubos, palanganas, cazuelas de agua de la cisterna y luego subirlos tres pisos —sin elevador— constituía una prueba de nervios casi insoportable. La tubería de gas estaba defectuosa y pasé un mes sin poder arreglarla.

¿Polvo de lavar? ¿Jabón de tocador y amarillo? Eran productos que aparecían de vez en cuando, pero nunca en cantidades suficientes. Durante mis casi 30 años en Cuba, la falta de agua, de gas, de alimentos, de prendas de vestir, de artículos electrodomésticos, de materiales imprescindibles para el mantenimiento de la vivienda, eran una constante.

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Boda de Monika Krause, 1962.  Cortesía de la entrevistada.

En la RDA, ya en este tiempo el racionamiento de los alimentos no existía. Nunca faltaban los productos alimentarios esenciales: había pan (de diversas variedades), leche fresca y los derivados de la leche —quesos, mantequilla— y carne —de res, de puerco y pollo—, embutidos variados, todo tipo de granos, arroz, aceite vegetal, frutas y vegetales de estación (no se conseguían grandes variedades, puesto que apenas se importaban del área “capitalista”). Pero nunca a un niño le faltó la leche o su comida, ni a los adultos tampoco.

Podían adquirirse materiales de construcción para el mantenimiento de las viviendas. El surtido era pobre, pero nadie ha tenido que verse en la imposibilidad de pintar la casa, de arreglar una pila de agua, de comprarse una cocina nueva o una lavadora.

Los círculos infantiles ofrecían la capacidad requerida para permitir a las madres trabajadoras la permanencia en sus puestos de trabajo. El sistema de transporte público  funcionaba, cumpliéndose los horarios puntualmente.

Sin embargo, la tensión, la imposibilidad en la RDA de expresar libremente criterios inconformes con la línea política, el miedo de contradecir, de desacatar, de no haber sabido guardar la apariencia, de no haber respetado “las reglas de juego” de una sociedad socialista, costaba muchos nervios portarse como una ciudadana “digna de ser estudiante en una universidad socialista”, admirar incondicionalmente al gran país hermano, la Unión Soviética.

Los cubanos —chistosos, ocurrentes, afables, hospitalarios, sobre todo los amigos nuestros— me brindaron una acogida muy agradable. Lo mismo sucedió luego con mis colegas, pero siempre hubo un ‘pero’. Me resultaba difícil aceptar la falta de constancia, la exageración, los frenos, los obstáculos, los problemas reales e inventados y el eterno: “¡Ya verás, todo esto se resolverá!” “Patria o muerte!”

Por un lado me fascinaba mi trabajo; por el otro, me desesperaba vivir constantemente las contradicciones a todos los niveles: entre las declaraciones, las disposiciones, los lineamientos y la implementación de los mismos.

Para regresar al inicio, a la pregunta de si en Cuba se vivía mucho mejor o peor que en Alemania, mi respuesta es: ni mejor ni peor, sino muy diferente. Y al final, cuando había decidido regresar definitivamente a Alemania, sencillamente estaban gastadas mis energías, después de haberle dedicado a Cuba casi treinta años de mi vida, los años más importantes, cuando mi rendimiento intelectual, mis fuerzas y también mi capacidad de soportar reveses, estaban al máximo. Ya no quería batallar como Don Quijote contra los molinos.

¿Cuándo comienza a colaborar con la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y cómo se involucra en el trabajo de educación sexual?

En 1970, depués de haber tenido que interrumpir varias veces mis estudios en la Universidad de La Habana, terminé ‘con broche de oro’ la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas. Casualmente, recibí la oferta de Vilma Espín, presidenta de la FMC, de trabajar en el departamento de relaciones exteriores de esa organización. Gustosamente acepté.

Primero, realizaba trabajos de traducción y de intérprete y poco a poco fui promovida a asumir responsabilidades de mayor importancia. A menudo fui solicitada, tanto por Vilma Espín como también por el Comité Central y por otros organismos, para servir de intérprete y/o traductora.

Fue Vilma Espín la que me encomendó la tarea de elaborar un Programa Nacional de Educación Sexual que abarcara también los aspectos de la orientación y terapia sexuales y la planificación familiar, en 1976.

Yo no tenía idea de cómo concebir tal programa. Para comenzar, Vilma me entregó un montón de libros guardados en la biblioteca de la FMC, la mayoría en inglés, otros en alemán y en francés. De alguna manera todos trataban de planificación familiar, de orientación de la pareja o de la capacitación de los jóvenes para la vida en pareja y el matrimonio, con criterios ideológicos y acercamientos muy variados.

Al comienzo me declaré incapaz de realizar el trabajo, pero Vilma me aseguró que en Cuba nadie estaba capacitado para implementar educación sexual, que utilizara mi sentido común, sacara de la lectura los aspectos que me parecían importantes y que al final nos reuniríamos ella y yo para diseñar un proyecto de programa.

Igualmente me aseguró que para la puesta en práctica del programa, yo recibiría la capacitación necesaria. Otro paso importante fue la búsqueda de experiencias principalmente en Suecia y en la RDA. Ambos países dieron aportes muy importantes. Con estos y los elementos útiles encontrados en la literatura, estructuramos el ‘Programa Multisectorial y Multidisciplinario de Educación Sexual’.

¿Cuáles fueron los principales objetivos de ese programa, quizás único de su tipo en el mundo, y cómo se evaluó?

Los objetivos principales de este programa se basan en los acuerdos de Naciones Unidas, en su Plan de Acción Mundial de 1975, así como en el Programa del UNFPA (Fondo de Población de Naciones Unidas), de 1976, en lo referente a la planificación familiar, a la necesidad de bajar los altos índices de embarazos en adolescentes, a la salud y los derechos reproductivos de la mujer, a la educación de la población para el logro de conocimientos, actitudes y conductas sexuales responsables.

Hicimos nuestra la definición de salud sexual de la Organización Mundial de Salud (OMS): “Salud sexual es el estado de bienestar físico, psíquico y social relacionado con la sexualidad”, etc.

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Junto al Máximo Líder en la inauguración de una escuela secundaria en el campo, 1972.  Cortesía de la entrevistada.

Igualmente, forman parte del Programa las resoluciones del II y III Congreso Nacional de la FMC y del Partido Comunista de Cuba (PCC), así como del Código de Familia, que hacen referencia explícitamente a la lucha por el pleno ejercicio de la igualdad de la mujer, a la educación sexual y para la familia, a la superación del machismo, a los derechos y deberes de madres y padres en la educación de sus hijos.

Comenzamos, pues, con la formación de un pequeño grupo de especialistas —médicos, psicólogos y pedagogos— para capacitarlos como sexólogos. Después estos mismos debían llevar la responsabilidad de multiplicadores. La meta era preparar a especialistas en todo el país para crear consultas de orientación y terapia sexuales y de planificación familiar.

Principalmente, con financiamiento del UNFPA contratamos a profesores de la RDA y de Suecia, más tarde también de América Latina, los cuales realizaron una serie de cursos intensivos para capacitar al ‘pie de cría’, los futuros sexólogos multiplicadores (entre ellos yo).

Durante los primeros años, los especialistas extranjeros apoyaron a nuestro todavía pequeño grupo de responsables de la formación de profesionales a lo largo y ancho del país. Después realizamos este trabajo sin esta ayuda.

Paralelamente, me dieron la responsabilidad de buscar literatura sobre sexualidad para especialistas (médicos, psicólogos, pedagogos, sociólogos y otros, cuya labor profesional tuviera que ver con la educación sexual, la orientación y terapia sexuales y con la planificación familiar), para niños y sus padres, para adolescentes y para adultos, con el objetivo de conseguir cobertura nacional con este tipo de medios informativos.

Esta tarea era responsabilidad mía en su totalidad. En relativo corto tiempo, conseguimos una base bibliográfica considerable, con un total de casi un millón de ejemplares.

La evaluación de este programa —a cargo mío— nos proporcionó por primera vez en la historia de Cuba información sobre los conocimientos, actitudes y prácticas sexuales de los adolescentes cubanos, así como sobre sus preocupaciones, problemas, intereses y dificultades.

La realización de investigaciones y de evaluaciones constituyó un aspecto importante. Sin embargo, la respuesta de los sectores de Educación Superior y de nivel preescolar y primario fue negativa. A menudo hemos tenido que buscar otras vías para realizar este trabajo.

Durante un curso de “Sexualidad humana” que tuve que impartir en varios centros habaneros y en Santiago de Cuba, a médicos del segundo año de especialización como médicos de familia, apliqué un cuestionario para indagar sobre sus conocimientos, actitudes y prácticas sexuales y sobre su capacitación real y creída en orientación y terapias sexuales y planificación familiar.

Los resultados evidenciaban que sus conocimientos, sus creencias, convicciones, actitudes machistas y terriblemente discriminatorias frente a la problemática de la homosexualidad se parecían mucho a los de los adolescentes, con el agravante de que como médicos se creían (91 % de los hombres, 65 % de las mujeres) capaces de orientar y de realizar terapia sexual.

Los resultados de encuestas, investigaciones y evaluaciones podrán encontrarlos en mi libro ¿Machismo? No, gracias. Cuba: sexualidad en la revolución, y en Monika y la Revolución relato los resultados.)

En 1984 se estrenó el filme Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, documental que denunció los crímenes del castrismo contra los homosexuales y que causó convulsión en las autoridades cubanas. En ese año, usted reconocía a la publicación Gay Community News, de Boston, que las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) “fue una cosa realmente triste en la historia de Cuba”. A la luz de los años y viendo que la homofobia revolucionaria no acabó con el cierre de aquellos campos de concentración, ¿cómo define usted el trato que el régimen cubano ha dispensado a los homosexuales?

La película refleja fielmente la situación de los homosexuales en Cuba y también el trato que el régimen cubano les ha dispensado. Pero quiero subrayar un aspecto: no es solamente la cúspide del poder la que ha manifestado actitudes y conductas de agresión, discriminación, humillación, desprestigio, desclasificación, odio, repulsa, condena frente a los homosexuales, sino que se trata de un fenómeno ampliamente difundido en la población cubana.

No dispongo de elementos suficientes para explicar este fenómeno. Sin embargo, el hecho de que los dirigentes máximos hayan actuado con agresividad, que hayan creado las UMAP, que hayan hecho declaraciones a la prensa nacional como internacional, que hayan creado leyes y resoluciones criminalizando a los homosexuales, que los hayan calificado de lumpen, parásitos, corruptores de menores y de la juventud, que hayan desencadenado verdaderas campañas contra los homosexuales, todo esto ha contribuido a que la población se sintiera invitada a seguir su ejemplo.

Especial importancia cobra en este sentido la Resolución aprobada por el I Congreso Nacional de Educación y Cultura (La Habana, 1971, firmada por los profesores J. A. Bustamante, psiquiatra, Abel Prieto —padre del actual Ministro de Cultura— y otros dos profesores muy conocidos, cuyos nombres no recuerdo), que trata sobre el fenómeno de la homosexualidad y las medidas a tomar al respecto.

No recuerdo ni el título exacto ni el número de la Resolución, pero me consta su existencia: Vilma Espín me la entregó (original) para guardarla en el archivo del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), cuando yo era su directora. El simple hecho de aprobar una Resolución cuya aplicación se exigió rigurosamente, de manera que adquiriera más fuerza que una ley, demuestra que la homofobia había permeado a la dirigencia política.

La Resolución era la demostración “científicamente fundamentada” de que la homosexualidad es una degeneración, una perversión sexual irreversible, una enfermedad incurable; decía que los homosexuales se caracterizan por ser débiles de carácter, fácilmente expuestos al chantaje, ejercen influencia peligrosa en niños y jóvenes, son personas en las que no se puede confiar.

La Resolución fue la licencia omnipotente para arremeter contra los homosexuales. Fue aplicada regularmente como instrumento para “depurar las filas del Partido y de la Juventud”, para mantener “limpios” los sectores de educación, medicina, psicología, o sea, todas aquellas ramas donde profesionales pudieran influir en niños y jóvenes. Los homosexuales no debían tampoco ocupar cargos de dirección, ni ser funcionarios.

Durante casi veinte años, la Resolución fue aplicada en las “asambleas de balance” del PCC, de la UJC, en centros de trabajo y de estudio. El Ministerio de Educación estableció que todos los alumnos —desde el nivel preescolar hasta el preuniversitario— que manifestaran una conducta sospechosa (varones, “amanerados”, niñas “marimachas”) se registraran como sospechosos de ser homosexuales en los expedientes escolares, de forma que el comportamiento, el desarrollo de cada niño cubano, quedara controlado y registrado rigurosamente.

El expediente no se le enseñaba a los padres, la mayoría no sabía de esta medida, pero lo cierto es que el expediente se ‘mudaba’ de centro escolar a centro escolar —si el niño en cuestión pasaba de la primaria a la secundaria, de allí al preuniversitario — el expediente lo acompañaba sin que el alumno o sus padres lo supieran.

Las “asambleas de depuración” de las filas del Partido y de la UJC, realizadas cada año, tuvieron como resultado una serie de suicidios, porque personas homosexuales o acusadas de serlo se vieron en una situación tan desesperante que optaron por matarse. Ayer estimados, queridos, admirados por sus conocimientos y su rendimiento, por su trabajo destacado, hoy quedaban como indignos, traidores, falsos, perversos, degenerados, solo porque la masa heterosexual no los aceptaba.

Solo desde finales de los 80 se han presentado algunos cambios en la dirección política respecto a la atención y el manejo del problema de la homosexualidad. Sin exagerar ni sobrevalorar el papel que he desempeñado al respecto, me atrevo a aseverar que he dado un aporte importante a que estos cambios se produjeran.

Ya en 1976, cuando estaba diseñando un programa de educación sexual y después de haber evaluado gran cantidad de información, principalmente sueca y alemana, se la presenté a Vilma Espín. Es el comienzo de sesiones de trabajo intensivas sobre homosexualidad, de debates muchas veces infructuosos, pero también exitosos.

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Monika Krause (al centro) junto a Vilma Espín.  Conferencia de la ONU, México, 1975.  Cortesía de la entrevistada.

Me di cuenta que los criterios negativos de Vilma Espín sobre la homosexualidad cambiaban paulatinamente. Cuando estábamos preparando la publicación de El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl, el capítulo décimo (“La homosexualidad en el hombre y en la mujer”) causó un impacto enorme.

La traducción bruta, sin haberse realizado aun las correcciones ni la revisión técnica, fue entregada a cierto número de funcionarios del Partido, del MINSAP, del MINED. Fue la primera vez que en Cuba se conoció un acercamiento muy diferente sobre la homosexualidad.

Por órdenes superiores —a la cabeza estaba Vilma Espín—, el capítulo fue reescrito, se le cambió gran parte, al final quedaba poco de lo escrito por Schnabl. Este tipo de ‘violaciones’ de obras con contenidos inaceptables para ‘la cúspide’ las he conocido una y otra vez en el decursar del período de preparación de literatura científica y científica-popular a mi cargo.

Ese libro fue editado en 1979 —100.000 ejemplares— y hubo una reimpresión en 1985 con igual número de ejemplares. En 1989 logramos la segunda edición cubana, con el capítulo décimo sin la intervención de la comisión de censura. Simplemente entregué a la imprenta el texto diciendo que estaba aprobado. En la hoja de créditos dice: “Revisión técnica: Dr. Sc. Med. Celestino Álvarez Lajonchere, Dra. Mónica Krause Peters (mis apellidos en Cuba), Dra. Stella Cerruti Basso”.

El libro ¿Piensas ya en el amor?, de H. Brückner, fue igualmente ‘violado’. Sobre todo el capítulo referente a la homosexualidad fue modificado tanto que apenas quedaba algo del autor. En una nota que redacté —sin el permiso de Vilma Espín— traté de dar a los lectores y sobre todo al autor una explicación del porqué de la intervención.

En la página de los créditos dice: “(…) para la versión cubana se ha reelaborado el capítulo 12 y se han hecho cambios y adaptaciones a otros capítulos, atendiendo a sugerencias y consideraciones de representantes del Grupo Nacional de Trabajo de Educación Sexual … y a la especial revisión de una comisión del Ministerio de Educación”. (Énfasis de la entrevistada.)

Yo tengo la impresión de que Vilma Espín actuaba de manera tan incongruente —hoy expresando criterios de aceptación de la homosexualidad como una característica sexual normal de una minoría, mañana dando marcha atrás, condenándolos con todas las denominaciones de antes— porque estaba presionada por algunos sectores como por ejemplo por los dirigentes máximos de Educación.

Los prejuicios, las ‘verdades absolutas’: “los homosexuales son perversos peligrosos que corrompen la sociedad” y “los homosexuales lo son por haber recibido una educación inapropiada en su infancia”, es decir, “la culpa la tienen los padres” y “hay que reeducarlos”, abundaban entre ellos.

Vilma Espín tuvo que enfrentarse a muros casi inquebrantables. No debe haber sido fácil para ella mantener su posición si la mayoría del Comité Central del Partido estaba en contra. Entiendo que ella habrá tenido que actuar con mucho cuidado para no sufrir el desprestigio.

Ella me instrumentalizó y yo permití que lo hiciera. Me fascinaba mi trabajo. Ella me había dado facultades y poderes que difícilmente haya recibido otra persona, pero tengo que admitir que este vaivén a menudo me ha decepcionado, mermó mis energías y a veces me daba miedo.

¿Qué instrucciones recibían los sexólogos para abordar el tema de la homosexualidad?

Las instrucciones eran claras y concisas: por orden de Vilma Espín yo debía aportar el máximo posible de información científicamente fundamentada, pero ella prohibió terminantemente la publicación. Pasaron años en este estado contradictorio.

¿Tenía usted posibilidad alguna de criticar abiertamente las leyes y reglamentos discriminatorios contra los homosexuales? Al respecto, ¿se tuvieron en cuenta alguna vez vuestras recomendaciones?

Yo violé la orden varias veces, porque no podía respetarla. La primera vez con la entrega —sin consulta previa a Vilma Espín— del manuscrito no censurado de la segunda edición de El hombre y la mujer en la intimidad. Vilma no se dio cuenta y no me pasó nada.

La segunda vez, ofrecí mi colaboración a Graciela Sánchez, de Puerto Rico, que realizó el documental sobre la homosexualidad en Cuba No porque lo diga Fidel Castro [1988], trabajo de grado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. No solo le presté los equipos del CENESEX, sino también tomé posición como directora del CENESEX, haciendo declaraciones, un llamado al cese de la discriminación, a la marginación, a la criminalización de los homosexuales.

No informé a Vilma Espín de mi transgresión. Ella conoció de mi falta porque el documental fue premiado como mejor trabajo de diploma y —de acuerdo con la costumbre de la Escuela de Cine de exhibir en los cines públicos de Cuba los trabajos premiados— se exhibió. En la primera exhibición se produjo un escándalo.

Se retiró de los cines, pero ya el impacto era un hecho. Vilma Espín estaba indignada, y a mí solo se me ocurrió responderle que yo no había violado la orden, tratándose de un trabajo de diploma y que no podía haber sabido que la película pasara por cines cubanos.

Su réplica: “No solo pasó por el cine cubano, sino que se proyectó en los EE UU, en Europa Occidental y en América Latina”.

Para mis adentros me puse muy contenta, pero al mismo tiempo sabía que no debía abusar de la paciencia y de la protección que me brindaba Vilma Espín. Esta película formó parte de nuestro material didáctico.  Es decir, fue enseñada a todos los participantes de cursos de postgrado. Y no solicité el permiso de Vilma Espín para hacerlo.

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Junto a Vilma Espín y una visitante extranjera, La Habana, 1984.  Cortesía de la entrevistada.

La tercera transgresión fue una entrevista que concedí a un periodista de la revista Alma Mater. Por supuesto que preguntó también sobre el tema prohibido. Le expliqué que no tenía autorización de hacer declaraciones públicas sobre el tema de la homosexualidad.

El periodista opinó que este artículo sería escrito por él y que debía ser publicado durante las vacaciones de verano —cuando la censura no se encuentra en su puesto. Manifestó que tendría mucha esperanza de que la publicación se realizara sin alteraciones.

Le repliqué que sin o con “censura” yo no tenía permiso de publicar nada sobre este tema. Su respuesta: “Déjeme el asunto en mis manos, que yo me responsabilizaré…”.

Yo seguí hablando —sin freno— y el artículo se publicó sin cambiar ni omitir nada respecto al tema prohibido. Si bien recuerdo: termino diciendo que, si la homosexualidad pudiera cambiarse recurriendo el (la) afectado(a) a la voluntad, en Cuba no habría ni un solo homosexual, pues ¿qué persona con dos dedos de frente aceptaría, voluntariamente, ser discriminada, vejada, excluida de la sociedad, degradada, humillada, si de su voluntad dependiera cambiar esta situación? ¡Nadie!

Esta vez la ira de Vilma Espín no tuvo límite. Mi explicación, mis pretextos, me sonaban ridículos a mí misma. La revista desapareció de los estanquillos en cuestión de minutos. Tuve la gran suerte de que el artículo desencadenara debates a todos los niveles de la UJC.

La dirección de la UJC solicitó a Fidel Castro una revisión de la vigencia de la Resolución y que les orientara cómo proceder. Fidel Castro pasó a Vilma Espín el asunto, con el encargo de procurar la solución. Y Vilma Espín me dio la orientación de elaborar, junto con el Dr. Álvarez Lajonchere, un documento de toma de posición. Esto sucedió en verano de 1990.

En septiembre del mismo año, Vilma Espín convocó una reunión con representantes del PCC, de la UJC, de los medios masivos de comunicación, del Ministerio de Educación, del Ministerio de Salud Pública, de la Facultad de Psicología (no recuerdo si participaron otros más). Se decidió iniciar un trabajo mancomunado en torno al tema de la homosexualidad.

Se responsabilizó al CENESEX —cuya directora era yo en aquel entonces— a apoyar a todos los ‘organismos afectados’, a elaborar documentos que sirvieran de base para el trabajo de publicación, de programas de educación, etc., y de vigilar el correcto cumplimiento de la labor. Sin embargo, Vilma Espín y el Ministerio de Educación mantuvieron una posición muy reservada y restrictiva, que solo cambió con mi sucesora Mariela Castro Espín.

La publicación del libro El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl ha sido definida como señal de que la homofobia institucional fue erradicada como política de Estado. Según tengo entendido, la distribución de ese libro estuvo limitada a profesionales de la salud y, si bien el autor subrayaba que la homosexualidad no constituía una enfermedad y que los homosexuales debían ser respetados como personas, en otras partes del libro se deslizaban párrafos homófobos. [i] En su opinión, ¿qué representó la publicación de ese libro en Cuba? ¿Quién velaba por este tipo de publicaciones? ¿Enfrentaron algún escollo?

No sé quién dijo que El hombre y la mujer en la intimidad haya significado el fin de la homofobia institucional, pues el solo hecho de que tratara ‘el tema prohibido’ no es suficiente para llegar a esta conclusión, máxime si se tiene en cuenta que el susodicho capítulo fue cambiado, censurado, y solo la segunda edición, de 1989, se publicó con el texto nuevo.

Es cierto que el libro —la primera edición de 1979— fue distribuido a profesionales de la salud, de educación, a estudiantes de medicina, psicología, pedagogía, sociología y a funcionarios. Esta medida fue necesaria porque en Cuba no había publicación alguna que tratara el tema de la sexualidad humana desde todos los puntos de vista.

El libro debía, en primer lugar, llenar un vacío, y debían tener acceso a él todos aquellos cuya labor profesional tuviera que ver, de algún modo, con la educación sexual y con la orientación y terapia sexuales.

El hecho de que de la imprenta desapareciera una paleta de libros que se vendieron a sobreprecio en el Parque Central de La Habana —¡y volaron! —, y el hecho de que en muchos lugares en la capital como también en provincias se vendieran sin ‘el cupón’, le dio al libro una característica casi clandestina que en realidad no tiene.

También quedó evidente que la población estaba necesitada de recibir información. Yo estaba al cargo de la búsqueda de literatura apropiada y Vilma Espín me responsabilizó con todos los trabajos correspondientes: negociación y coordinación con el Instituto del Libro (Editorial Científico-Técnica y Editorial Gente Nueva); velar permanentemente por el cumplimiento del cronograma; realizar el trabajo de revisión de las traducciones o traducir yo misma; realizar junto con el Dr. Lajonchere la revisión técnica y ayudar en la imprenta a elaborar las ilustraciones.

Vilma Espín velaba por todas las publicaciones sobre sexualidad y se reunía con personas que, de acuerdo con su criterio, debían dar sus opiniones al respecto —yo las llamo despectivamente ‘la censura’—, que constituían realmente los escollos más grandes.

No puedo responder el acápite de la pregunta con una cita literal de Schnabl, que debe encontrarse en la página 329, otra en la página 330, pues solo está a mi alcance el libro de la segunda edición, que solo tiene 314 páginas.

Es probable que Schnabl se haya expresado en una versión vieja de su obra de la manera que usted describe. No solo Vilma Espín fue capaz de revisar totalmente su actitud frente a la homosexualidad, también los sexólogos de otros países ‘modernos’ han tenido que cambiar sus criterios y sus actitudes.

En 1988 se practicó la primera operación de cambio de sexo en Cuba. ¿Cómo reaccionó el gobierno a esta operación? ¿Cuál era la posición del CENESEX sobre la transexualidad?

No fue hasta finales del 1983 que pude conocer el programa tal vez más sólido y consecuente de tratamiento del transexualismo: en Suecia, donde pude realizar un viaje de estudio, financiado por la SIDA (Swedish International Development Agency), se me permitió conocer todas las instituciones que participan en la implementación del programa de reasignación de género.

El Dr. Bengt Nylen, jefe del equipo de cirugía de reasignación de sexo en el Karolinska Hospital de Estocolmo se ofreció a realizar la intervención quirúrgica de transexuales cubanos y a capacitar a los cirujanos, sin cobrar. Solo solicitó poder pasar unos días de vacaciones en Cuba después de realizado el trabajo.

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Consejo Científico de la Asociación Mundial de Sexología, 1989.  Sentada, segunda desde la izquierda, Monika Krause.  Cortesía de la entrevistada.

Vilma Espín recibió toda la información con satisfacción y nos encargó al Dr. Lajonchere y a mí elaborar un proyecto de programa sobre el transexualismo.

En el momento indicado tratamos de contactar al Dr. Nylen, y recibimos la terrible noticia de que había fallecido, víctima de un accidente. Esta situación significó un gran paso para atrás, un freno de nuestra labor y un golpe fuerte para los candidatos a ser sometidos a la intervención quirúrgica.

Cuando en Cuba se produjo la primera intervención quirúrgica de reasignación de género, se estaba celebrando una reunión del Comité Nacional de la FMC —yo era también miembro del Comité— y alguien sacó a discusión la noticia de la intervención quirúrgica practicada por primera vez. Yo estaba una vez más en el banquillo de los acusados. “¿Cómo pudiste autorizar esto sin consulta previa?” —se me reprochó una y otra vez.

El asunto es que yo no sabía de la operación. Lo supe cuando ya estaba hecha. Conozco al cirujano, un urólogo muy competente. Pero el actuó sin coordinar el asunto conmigo ni con el Dr. Lajonchere. Tampoco él conoció el programa sueco que estábamos aplicando —en una versión adaptada— en Cuba. El desconocía que la cirugía debe ser el último paso, por lo menos debían pasar dos años de “vida en el rol del otro género”.

Esta etapa de dos años es sumamente necesaria, porque sirve para demostrar la condición de transexual del (la) afectado(a). La medida se debió también al hecho de que en Cuba, con la homofobia extremadamente agresiva, muchos homosexuales se declararon “transexuales”, porque la prensa había hecho declaraciones en el sentido de que los transexuales —a diferencia de los homosexuales— no son “desviados”, sino que nacieron con un sexo que es incompatible con el sexo psíquico y necesitan una reasignación quirúrgica.

La intervención quirúrgica debe ser el último paso porque es irreversible. Una vez quitado el pene y los testículos y fabricada una vagina artificial, no puede fabricarse un pene nuevo. Y si una persona supuestamente transexual no ha realizado la prueba más importante —que es vivir por lo menos dos años en su papel de persona del otro sexo, con el control y la evaluación de personal (psicólogo o psiquiatra) calificado—, existe el peligro de que su condición de transexual no quede demostrada.

En Cuba no encontramos condiciones idóneas para someter a los candidatos a la prueba descrita, que lleva implícita varias medidas: facilitarle una vivienda en otra provincia; facilitarle un trabajo en su nueva sede; mantener discreción absoluta, de forma que nadie en el nuevo entorno del candidato conozca de su problema; y facilitarle un tratamiento permanente con hormonas y las facilidades de realizar la epilación duradera.

El debate sobre la homosexualidad, la igualdad entre géneros o la no discriminación, sigue hoy activo en todas las sociedades, incluidas las europeas y las de democracia madura. ¿Cree usted que Cuba tiene algo que aportar al respecto?

Es cierto que el debate sobre la homosexualidad, la igualdad entre géneros o la no discriminación sigue ocupando espacios importantes en las agendas de muchos países. Según mis conocimientos, los países escandinavos reportan los mayores éxitos. En los países de la Unión Europea, el aspecto legal está resuelto —al igual que en Cuba—, pero la realización de los objetivos sucede a niveles diferentes.

Interesante para mí fue conocer los logros de España en los últimos veinte años, en cuanto a la igualdad, los derechos y la salud reproductiva de la mujer, la despenalización y los derechos de los homosexuales han alcanzado niveles impresionantes.

Rusia —país con una homofobia escandalosa— no reporta ningún cambio en lo tocante a la homosexualidad y tiene resultados muy pobres en lo referente a la igualdad, a la no discriminación. No voy a referirme a la situación en África, la India, los países de religión islámica, ni a América Latina, porque no pienso escribirle un libro, respondiendo a sus preguntas.

Es interesante saber que en la RDA, antes de caer el Muro en 1989, se quitó del Código Penal la ley que castigaba la homosexualidad. En la RFA esto sucedió dos años más tarde. También es interesante conocer que en gran cantidad de los Estados de EE UU la homosexualidad sigue siendo un delito.

Es posible que Cuba pueda aportar algo en lo que a igualdad de géneros, a la no discriminación y a la disminución de la homofobia se refiere, sobre todo en América Latina, pero no se crea que con discursos, cambios de leyes y con disposiciones pueda lograrse el fin de la homofobia. Y en Cuba, como en muchos países de América Latina y África, en Rusia (hay leyes violentas que castigan la homosexualidad ) y en muchos países europeos la homofobia está muy profundamente arraigada.

Para el logro de cambios son necesarios esfuerzos mancomunados de toda la sociedad, y el ejemplo vivo de los políticos tiene gran importancia.

En Alemania, el Ministro de Relaciones Exteriores es homosexual, numerosos parlamentarios lo son, el alcalde de Berlín lo es también. En los últimos veinte años se ha producido un cambio tremendo en la actitud de toda la población frente a la homosexualidad. Según la ley, los homosexuales pueden casarse, pueden adoptar niños, tienen los mismos derechos que los matrimonios heterosexuales. Y no existe ya la homofobia ni abierta ni encubierta que todavía se observaba hace treinta años.

Hay un ambiente muy franco al respecto: la prensa, la TV, el arte, todos los sectores participan. Difícilmente encontrará un maestro que se atreva a manifestar su homofobia —si la tuviera. No obstante, creo que la homofobia nunca desaparecerá del todo. Quedarán residuos y mucho depende del trabajo que realicen los homosexuales ellos mismos.

Para poder actuar necesitan, sin embargo, la autorización de formar asociaciones, o partidos, o como quiera llamárseles, que reciban el apoyo político y también el respaldo en cuestiones legales. En muchos países europeos, este trabajo de los homosexuales, por ejemplo, en asociaciones o en clubes o agrupaciones de interés, tiene una importancia enorme.

En Cuba no se permite este tipo de agrupación, no hay espacio legal ni el apoyo político, que se reduce a declaraciones, discursos, al cambio formal de alguna ley que está sobre el papel, que lo aguanta todo.

Me sorprendió leer en su libro autobiográfico Monika y la Revolución que en la década de los 80 muchas mujeres y hombres cubanos ni siquiera conocían la naturaleza del orgasmo femenino. Esto contrasta ampliamente con el imaginario de la cultura popular cubana: “machos” que se creen “máquinas sexuales” y mujeres con fama de “calientes” y liberadas. ¿Pone usted fin al tópico y al mito?

Efectivamente, muchas mujeres y hombres cubanos desconocían “la naturaleza del orgasmo femenino”. En miles de cartas recibidas, en mis programas radiales de debate “en vivo y directo” (Radio Rebelde) conocí esta situación.

A raíz de la publicación de En defensa del amor, de S. Schnabl, recibí no solo amenazas de hombres airados por haber “echado a perder” a sus mujeres, por haberles hablado de algo de cuya existencia (el orgasmo) ellas antes ni siquiera sabían, sino también se quejaron muchas mujeres.

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Monika Krause en 1961.  Cortesía de la entrevistada.

Ellas no querían que les metiera el diablo en el cuerpo, que estas cosas del orgasmo, del placer —tal vez era algo real en Alemania, pero en Cuba, por Dios— no sigas hablando estas tonterías: las mujeres tienen el deber de estar a la disposición de los hombres; ellos necesitan satisfacer su necesidad sexual, las mujeres tienen que estar a la disposición de ellos, sino ellos se enferman. Y no solo opinaban así mujeres de edad avanzada, no, jovencitas, alumnas de pre o de institutos tecnológicos.

En las consultas de pareja, de toda Cuba recibimos la confirmación de esta situación. Es cierto que los cubanos se consideran los machos omnipotentes, las máquinas sexuales que funcionan a toda hora, pero la calidad de este rendimiento para la pareja, o sea, para ambos, yo la sigo cuestionando. (Lo cual no quiere decir que todas las mujeres cubanas desconozcan o no hayan experimentado orgasmos.)

Es cierto también que en Cuba, en los últimos veinte años se ha observado un relajamiento de la ética y de la moral sexual, del nivel de responsabilidad en la pareja, un auge de la prostitución.

Yo no diría que estoy poniéndole fin al tópico y al mito, sino que debería hacerse una serie de investigaciones, de estudios, para poder encontrar respuestas relevantes a los muchos mitos y a las verdades a medias, así como a la situación real.

También es un hecho que, tanto en cartas como también en debates radiales, he recibido muchos mensajes de agradecimiento, de satisfacción por haberse editado en Cuba libros con información muy importante y valiosa, por haber publicado artículos, por haber hablado en debates y haber respondido preguntas “difíciles” por escrito o hablando en la radio.

En 2000, el CENESEX comenzó a ser dirigido por Mariela Castro Espín -hija de Raúl Castro y Vilma Espín- y cobró una importancia política inusitada, desconocida para centros de estudios semejantes en otros países. Un año después y siguiendo una directiva del Comité Central, a ese centro se le encomendó la tarea de desmentir las denuncias de persecución a los homosexuales, y de trabajar a favor de estos.
Como algo paradójico, el mismo régimen que los reprimió, acabó desarrollando políticas de Estado como la autorización de operaciones de cambio de sexo, jornadas contra la homofobia, un proyecto de ley para uniones civiles (todavía no aprobado), entre otras medidas… ¿Qué opina de la labor de Mariela Castro al frente del CENESEX y de esa operación de lavado de cara?

Mariela Castro es una mujer inteligente, posee una formación profesional sólida y ha lanzado a debate en ‘la cúspide’ la cuestión de la homosexualidad. Esto lo encuentro bien, pero —y aquí tenemos otra vez un pero— a la par de cambios de leyes y disposiciones y reglamentos, continúa la homofobia bajo los más diversos pretextos.

La homofobia está arraigada en la ‘cúspide’, y la población cubana se caracteriza por ser eminentemente homofóbica y se ha visto respaldada por los jefes en el poder durante decenios. Mariela tiene el respaldo del padre —que también ha desempeñado un papel importante en lo referido a la cuestión de la homosexualidad en las fuerzas armadas.

A cada recluta se le practicó no solo un examen médico sino también se le entregó un cuestionario, con el objetivo de asegurar el mantenimiento de la limpieza del ejército de homosexuales. Una vez encontrada la condición homosexual de un recluta, se le archivó para siempre, se le excluyó del servicio y se le dio un documento que tenía que enseñar obligatoriamente cada vez que solicitara un trabajo.

Este papel constituía la barrera más infranqueable en cualquier centro de trabajo. Al mismo tiempo estaba vigente la ley contra la vagancia. Al ‘vago’ que no trabajaba, se le castigaba; al homosexual se le castigaba doblemente, pues por ley no tenía acceso al trabajo y por ley tenía que trabajar. ¡El surrealismo cubano!

Volviendo al trabajo de Mariela, me parece que se están centrando las actividades, la labor del CENESEX, en la cuestión de la homosexualidad y de la transexualidad, como si Cuba no tuviera miles y miles de problemas que afectan a una gran parte de la población: el embarazo en la adolescente, el problema de las madres-niñas, el problema del aborto, el problema de la inestabilidad de la familia cubana, de los elevadísimos índices de divorcios, del relajamiento, de la promiscuidad, del alto índice de enfermedades de transmisión sexual, del SIDA, de la falta de responsabilidad, de los baches en el suministro de medios anticonceptivos, de la falta de continuidad en el trabajo de calificar a especialistas para el funcionamiento de los centros de orientación y terapia en todo el país, la falta de medios de información actualizada para especialistas…

La revista del CENESEX es excelente, pero ¿cuántas personas tienen acceso a ella? La internet ofrece posibilidades incontables para recibir información y para intercambiar experiencias, pero ¿cúantos profesionales tienen acceso? ¿Cuántos cubanos —viejos o jóvenes— tienen acceso?

Preocupante es también la situación referente a la prostitución. Niñas, mujeres profesionales, jóvenes, homosexuales, se están prostituyendo. Excepto reprimiendo, persiguiendo, encerrando a las (los) prostitutas(os), no veo otras medidas para erradicar este problema.

Efectivamente, la prostitución es otro de los temas sociales candentes en la sociedad actual cubana. ¿Cuáles cree que son las claves para entender el fenómeno de la prostitución en Cuba?

A mi entender, las claves para entender el fenómeno: falta de ingresos, falta de perspectivas no solo para los jóvenes sino también para las muchísimas personas desempleadas, incluso para muchas mujeres profesionales; a menudo, prostituirse con turistas extranjeros es el medio más fácil de conseguir “una lasquita de la torta”. Una economía, infraestructura desastrosas y destruidas —todo esto contribuye a que surja una sociedad enferma. Y para mí, la sociedad cubana está gravemente enferma.

Cuando se crea el CENESEX en 1989, usted se convierte en su primera directora; un año después sale de Cuba. ¿Cómo pudo regresar a Alemania?

Regresé a Alemania con mis dos hijos, aprovechando una conferencia internacional en Rostock, que me habían autorizado un año antes. Mi hijo mayor estaba trabajando en Nicaragua, viajando a La Habana con frecuencia. Tenía pasaporte de servicio, con permisos de entrada y salida no limitados. El problema era mi hijo menor: no tenía pasaporte ni pasaje ni documento alguno que le permitiese viajar al extranjero. Como nació en La Habana, no le sirvió para nada su pasaporte alemán, era preciso conseguirle un pasaporte cubano.

Aproveché las buenas relaciones con Vilma Espín a quien le pinté un drama familiar —mi madre de casi 80 años de edad, enferma y ya cerca de la muerte, había pedido ver a sus nietos antes de abandonar la tierra. (La verdad es que sí, mi madre ya estaba vieja y enferma, pero no tanto como para temer su fin. Y es verdad también que ella quería estar cerca de mí y de mis hijos).

Vilma prometió conseguirme los papeles necesarios y mi hermana, viviendo en aquel entonces en la RFA, me situó el  pasaje para el muchacho. A Vilma le dije que pensaba tomarme algunos días de vacaciones después de la conferencia y que mi hijo y yo regresaríamos a La Habana después. Fue la única y última vez que me vi en la necesidad de abusar de la buena voluntad de Vilma Espín. Claro, no tuve otra opción. No había alternativa.

¿Sigue al tanto de la evolución de las políticas sexuales y de género en Cuba en los últimos años?

Trato de mantenerme al tanto, aunque no de forma sistemática ni profunda. A fin de cuentas, le he dedicado a Cuba casi treinta años de mi vida, esto no se olvida ni se borra. Pero ya tengo 70 años y me tomo la libertad de disfrutar mi vida de jubilada.

¿Cree que algo ha ido avanzando frente al persistente machismo tropical?

Francamente, no sé qué decirle. Por un lado, Cuba tiene un Código de Familia como existen pocos o ninguno en el mundo. Pero —¡de nuevo!— la puesta en práctica está lejos, como de aquí a la luna.

¿Qué hace ahora Monika Krause? ¿Recuerda con nostalgia su época cubana, usted que trabajó tan cerca de las familias del poder?

Monika Krause vive ahora en un lugar paradisíaco, a orillas del Mar Báltico, en una ciudad que es la cuna de las casas reales de Europa. En un castillo, construido en medio de un lago, viven todavía hoy los integrantes de la familia real danesa, quienes, por ser bastante pobres, encargaron a la comunidad el mantenimiento del castillo, ofreciéndole a la ciudad el derecho de usar el edificio como museo y como escenario de actividades culturales diversas.

En cinco minutos de caminata estoy a la orilla del mar, en la playa. Lo único que limita el sentirse feliz en este rincón, es el clima. Hay muchos huracanes, muchos días de lluvia y oscuridad (de noviembre a marzo), pero también tenemos días de frío —como ahora, de 15 °C bajo cero—, sol, nieve: los niños patinando sobre los lagos congelados, las aves marinas sobre el fiordo de Flensburgo, que está totalmente cerrado.

Desde hace 13 años estoy nuevamente casada. Tengo un esposo maravilloso. Viajamos mucho. Sobre todo en la estación ‘fea’ del año, nos vamos a una de las Islas Canarias, dándole tiempo al invierno alemán a retirarse. Dedico mucho tiempo a la lectura —literatura especializada, las menos de las veces—: literatura contemporánea, nacional como internacional, donde ocupan un lugar cimero los Premios Nobel.

He descubierto una nueva ‘droga’: colecciono fósiles del Mar Báltico, del Mar del Norte, del Atlántico, y de todas las aguas que tengo el privilegio de visitar. Recuerdo a menudo mi época cubana, pero no con nostalgia, sino con el distanciamiento que permite la edad. Estoy viviendo la etapa más feliz de mi vida.

[i] Sobre los hombres homosexuales decía Schnabl: “Su andar suele ser gracioso: a pasitos cortos acompañados de contoneo. Muchos tienen el pelo suave y largo, la piel delicada y caderas relativamente anchas (…) Se considera que los homosexuales son muy sensibles, se ofenden con facilidad, son irritables, desequilibrados, fáciles de influir, nerviosamente inestables y hasta neuróticos” (pag. 329). Y sobre las lesbianas: “Las lesbianas activas conquistan y defienden a veces a su amante contra las competidoras, desplegando una gran agresividad en esto. Entre las mujeres homosexuales pueden darse violentas escenas de celos” (pag. 330).

Esta entrevista fue originalmente publicada en Diario de Cuba, el 24 de febrero de 2012.

El hombre y la mujer en la intimidad


El sexólogo germano oriental Siegfried Schnabl (derecha) delante de la figura de una muñeca desnuda en el Museo Alemán de Higiene de Dresde (1996). Foto de DPA.

Desempolvando un testimonio

En 1979, la Editorial Científico-Técnica se apresuró a imprimir El hombre y la mujer en la intimidad, un texto sobre relaciones sexuales escrito por el psicólogo entonces germano-oriental Siegfried Schnabl, quien había sido invitado a ofrecer una conferencia en la Universidad de La Habana ese mismo año.

Schnabl era un autoproclamado investigador sexual que, tras publicar en 1969 su manual sobre la intimidad sexual entre el hombre y la mujer, se había convertido en el Consejero Sexual y Matrimonial más exitoso de la ya desaparecida República Democrática Alemana y aunque sus investigaciones sobre sexualidad fueron oficialmente prohibidas en 1973 por el gobierno de su país, se le permitió continuar como jefe de esta especialidad en la universidad Karl Marx Stadt en Chemnitz.

Entre las dieciocho ediciones que se hicieron de su manual estaba la cubana. A decir verdad, el libro no era más que un compendio banalizado y procesado para el socialismo real de las teorías y prácticas elaboradas desde 1957 por el matrimonio americano del ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson, seguidores de Kinsey que sentaron cátedra en este campo por muchos años. Con la prisa de preparar la edición para la visita del distinguido alemán, los editores descubrieron un poco tarde, que había un capítulo que trataba sobre la homosexualidad de una manera que no encajaba en los principios que regían una psicología dominada por principios ideológicos.

Quizá confiados en que Schnabl hasta hacía poco consideraba la homosexualidad como una enfermedad, a pesar de que desde 1973 la American Psychological Association la había desclasificado como psicopatología, los encargados de organizar la gira no revisaron bien el libro y para su consternada sorpresa se dieron cuenta de que, en ese capítulo, Schnabl presentaba la teoría del baño andrógeno, en pañales entonces, como explicación del homosexualismo sin connotaciones éticas o ideológicas. Simplificando los argumentos, esta teoría establecía que todos los embriones son inicialmente femeninos y muchos son sometidos a un baño andrógeno que determina el desarrollo del sexo masculino. Con los estudios genéticos todavía muy lejos de lo que son ahora, diferentes mezclas y visiones de esta teoría se sostenían para calificar la homosexualidad como un fenómeno natural. Por supuesto, la teoría, que ha evolucionado con el tiempo y con el desarrollo de la genética, estaba muy incompleta y llena de baches, pero lo importante es que representaba un desafío insólito para la dirigencia de la facultad de psicología cubana, ya que implicaba un apoyo científico a la normalidad biológica de la homosexualidad en un momento en el cual la homofobia era razón de Estado.

No se hicieron esperar los parches. Originalmente, el libro iba a ser distribuido a toda la población, pero en sus afanes remendones, las autoridades pertinentes determinaron que se vendería sólo a psicólogos y psiquiatras previa presentación de su identificación como tales. Recuerdo el día que fui a comprar mi ejemplar, ya que no vendían más de uno por cliente, en una librería de la calle Zanja, muy cerca del barrio chino. Le dije a la dependienta lo que quería y ésta, tras mirar sigilosamente a ambos lados, me pidió la identificación que de inmediato produje. Sacó una libreta y anotó mis datos lenta y cuidadosamente. Tras guardar la libreta y devolverme mi carnet, sacó un cartucho y se agachó tras el mostrador. Con trabajo manipuló para extraer un libro que estaba enterrado bajo un montón de revistas (lo supuse por el sonido, ya que nada se veía) y luego lo puso dentro del cartucho. Se irguió y me lo entregó mirando de nuevo a todas partes y advirtiéndome: “No lo saques aquí”.

El dichoso capítulo se convirtió en el tema del momento entre los psicólogos. Las autoridades de la facultad prepararon un almuerzo con Schnabl para ajustarle y advertirle los límites de su conferencia. El temita había que tocarlo de pasada. Aunque la mayoría de nosotros estábamos más interesados en preguntar sobre el uso de la prostitución para tratar la impotencia y la esterilidad sexual en un sistema socialista, elemento que manejaban con frecuencia Masters y Johnson y que Schnabl tímidamente reflejaba en su libro, la dirigencia del partido y de la juventud comunista repartieron entre varios de sus miembros una lista oportuna de preguntas que coparían la sesión una vez que Schnabl terminara su alocución, propósito que lograron y que interfirió con las pocas preguntas espontáneas que algunos intentaron hacer. Sin embargo, Schnabl, queriendo hacerse el simpático para aligerar el ambiente y romper el hielo que reinaba en el local, empezó su conferencia diciendo: “Ayer durante el almuerzo que me ofrecieron, me pareció que me miraban como si yo hubiera llegado dirigiendo un batallón de homosexuales que invadían por Playa Girón”. Hubo un silencio ensordecedor en el anfiteatro.

En 1982, Néstor Almendros me contactó para preguntarme si me interesaba ofrecer este relato para que formara parte del documental sobre la represión a los homosexuales en Cuba que entonces filmaba y que luego sería Conducta Impropia (1984). Accedí y unos meses más tarde Néstor vino al festival de cine que organiza la Ohio University en la pequeña y pintoresca Athens, situada en el este rural del estado de Ohio, a unos doscientos kilómetros de mi casa. Me pidió que fuera por allá para filmarme y entrevistarme, pero cuando aquello yo era pobre e indocumentado y el vehículo que manejaba no hubiera llegado ni a mitad del camino. Hablamos de la posibilidad de que él llegara a Cincinnati o de que nos acercáramos a medio camino, pero sus obligaciones con el festival se lo impidieron y el testimonio cayó en el olvido.

Roberto Madrigal, Cincinnati


Este texto de Roberto Madrigal se reproduce con autorización de su autor, que lo tiene publicado en su blog. La única edición en español del libro El hombre y la mujer en la intimidad es la cubana, de cuya traducción se ocupó Francisco Díaz Solar. La sexóloga germano-oriental Monika Krause, que trabajaba en el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), se encargó de la revisión técnica. En la polémica sostenida en The Village Voice, a raíz del estreno del documental Conducta impropia, el cineasta Tomás Gutiérrez Alea mencionó la publicación de este libro en Cuba y citó pasajes en los que el Dr. Schnabl hablaba del porqué la homosexualidad no podía entenderse como perversión. Schnabl iba más lejos y decía que los homosexuales, como todos los ciudadanos, tenían el derecho a ser valorados y reconocidos por sus logros y comportamiento. Sin embargo, como señalaron Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal en una carta publicada en The Village Voice, este experto en sexología de la Alemania comunista no escondía sus prejuicios contra los homosexuales cuando los describía, ridiculizándolos. Ejemplos en las páginas 329, 331, 332, 334. Todos los textos de la polémica en The Village Voice se pueden leer aquí. En Alemania, la homosexualidad fue penalizada según el artículo 175, también conocido como párrafo 175. Existe un excelente documental, Párrafo 175 (2000), de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, que testimonia el acoso y persecución de los homosexuales durante el Tercer Reich. Recomiendo vivamente también el documental La reina del condón (2007), de Silvana Ceschi y Reto Stamm, sobre la sexóloga Monika Krause.

The Village Voice on Improper Conduct

¡Cuba Sí, Macho No!
Persecution of Gays in a Leftist Land
By Richard Goldstein (The Village Voice, July 24, 1984)

Improper Conduct, the new film by Nestor Almendros and Orlando Jimenez Leal, is unlikely to usurp the box-office hegemony of Gremlins and Ghostbusters, but its impact within certain circles has been immense. Intentionally or not, it pits political progressives and gay liberationists against each other. The issue is sexual politics, and the battleground is Cuba.

Are homosexuals treated so differently in Cuba from the way they are in the United States?, a skeptical progressive at the media screening of Improper Conduct wanted to know. Before the filmmakers could respond, a man rose from the audience. “I am a Cuban homosexual,” he declared. “In Cuba, I cannot say it publicly. That is the difference.”
Marielitos in Florida: huddled “missies” yearning to breathe free

For gay Latinos and Latinas—that most silent minority—Improper Conduct is the cinematic equivalent of a thunderclap. It proclaims not only the existence of a Hispanic gay community, but its systematic persecution in a society once regarded as the great hope of humanistic socialism. From 1965 to 1967, the Cuban government engaged in what can only be called an antigay pogrom. While we were dancing around with flowers in our hair, they were rounding up locas—loosely, “queens”—for confinement in labor camps, alongside drug users, religious sectarians (especially Jehovah’s Witnesses), hippies, and artists suspected of subversive activities. The camps, known euphemistically as Military Units to Augment Production (UMAP), were supposed to rehabilitate their inmates, whose offenses could be summed up in the phrase from the Cuban penal code from which this film gets its name. Long hair, makeup, public lasciviousness—for men, this constituted “improper conduct,” a punishable offense.

It was a time of crisis in Cuban life, following hard on the Bay of Pigs invasion and a destabilization campaign by the CIA whose details—from the little we know about them—seem brutally surreal. And it lasted only two years. But even after Castro closed the UMAP camps in 1967 (following protests in Western Europe and in Cuba itself), the policy of incarcerating gays persisted. Discrimination was officially sanctioned by the National Congress on Education and Culture, which called in 1971 for the expulsion of “notorious” homosexuals from education and the arts. Open gays were purged from Cuban culture, where they had previously played a pervasive role. They were expelled from the universities and drummed out of the Party, since, as Fidel himself had declared (in a 1965 interview), “a deviation of that nature clashes with the concept we have of what a militant communist should be.”

Cuba’s obsession with homosexuality has haunted American progressives; gay and straight, ever since veterans of the Venceremos Brigade discovered that, though they were free to pick sugar cane, they were expected to remain silent about repression. So persistent were the entreaties of gay radicals that, in 1972, the brigade issued a directive calling homosexuality “a pathology which reflects leftover bourgeois decadence” and requiring Brigadistas to refrain from “imposing North American gay culture on the Cubans.”

These chestnuts are preserved in Allen Young’s book, Gays Under the Cuban Revolution, which may well have served as a blueprint for Improper Conduct (though it’s nowhere credited). Young was a gay Brigadista who started out “a full-fledged Cubaphile,” thrilled to be seen wearing the military uniform he’d received as a gift. He became estranged from Marxism in the process of coming out. The liberationist politics he’s embraced has its limitations, but it’s been invaluable in keeping alive the debate over Cuba’s values that has raged for nearly a decade in the radical American press. From Jump Cut to Win, leftists have painfully weighed the persecution of homosexuals against the evils of cultural imperialism, the latter offered—it so often is—as a smokescreen for any third world policy that looks barbaric to Western eyes.

But in 1980, the question of cultural imperialism became academic. That year, between 10,000 and 20,000 homosexuals left Cuba for these shores. Perhaps 15 per cent of those who took part in the Mariel flotilla were gay—the first time homosexuals as a self-conscious group chose emigration to achieve personal freedom. They were received ambivalently; most still live on permanent parole, since no acknowledged homosexual may be granted resident status or become an American citizen. But the fiercely articulated testimony of so many gay Cubans has made what was once an arcane dispute on the left into front-page news.

Improper Conduct is bound to do even more than that, for it presents the persecution of Cuba’s homosexuals as an emblem of communism’s failure. It’s an unprecedented emblem, one the contras of Miami would never have chosen to represent their fate. The last time the good citizens of Little Havana were asked to express themselves on the issue of gay rights, they backed Anita Bryant to the hilt. There are plenty of Cubans in this country who will allow that Castro did one good thing: he got rid of the homosexuals.

But Improper Conduct isn’t meant to stir a right-wing audience. It is aimed at progressives, and it makes its case interms no humanist can dismiss. We’ve been educated by our own gay rights movement, and by historic connections between that movement and the European left, to regard homosexuals as members of the noble fraternity of pariah groups. “There are no Jews in Cuba, but there are homosexuals,” Sartre once observed, and we understand exactly the signal he is sending. We have come to judge the worth of democratic societies by the fate of their minorities.

It’s a fair standard, and the basis of my own understanding of what it means to be gay. Despite Norman Podhoretz’s contention that sexual deviance is a marker for political subversion (we’re just so many swishing saboteurs to him), homosexuality has tempered my politics and altered my allegiances on the left. I began this piece with the image of a Cuban homosexual standing up to declare himself a symbol of the distinction between free and repressed societies because I feel myself implicated in that moment, much as I felt involved in this film.

Improper Conduct arouses that empathy the way left-wing documentaries always have. It personalizes history—even at the expense of objectivity—by heightening identification between the viewer and the victims of oppression. Almendros and Leal use this tradition to mount a critique of the left. Their film consists, for the most part, of passionate personal testimonies, warmly lit and intimately framed. The Sorrow and the Pity springs to mind, but Improper Conduct aspires to be something else. Ophuls’s film examines the impact of occupation on an entire French community; its moral dilemma involves the response of individuals to a repression visited on everyone. But Improper Conduct shows us people singled out by the state because elements of their identity are regarded prima facie as dangerous.

You can dismiss some of the suffering the film brings before us as the crocodile tears of a disenfranchised bourgeoisie; you can argue that some of these people were counterrevolutionaries, even CIA agents; but the evidence of persecution adds up to something damning because you can sense its systematic nature. For all that homosexuals have suffered on the silver screen, Improper Conduct is the first film to present gay people as social victims. For that reason, it’s a giant step toward our legitimization.

But there’s another agenda in this film, perhaps more central than its liberationist aims and surely more problematic. That agenda involves the delegitimization of the present Cuban government, a prospect we may well be forced to contend with if Reagan is reelected. To progressives in North America, who might be expected to oppose any overt or covert assault on the Cuban state, a film like Improper Conduct could be a powerful deterrent. It makes personal and “progressive” what right-wingers always say about Communist societies: that in the name of social justice, individual freedom ceases to exist. What right-wingers choose to ignore is the effect of this constriction on sexual identity. For Almendros and Leal, the persecution of homosexuals in Cuba is as significant as the suppression of Solidarity in Poland, and as revealing of communism’s monolithic face.

They offer us a politics of homophobia in which militarism is the prime mover, and they identify its emergence in Cuba as the cause of unremitting enmity between the government and its gay citizens. “I think we’re seeing an evolution in Communist culture toward a military ideal,” says Susan Sontag, in an interview that ties this film to its ideological moorings. “If homosexuals in such countries are identified with women, i.e., as weak elements, and the country’s ideology is focused on strength, and strength is associated with virility, then male homosexuals are viewed as a subversive element.” (Pace, Mr. Podhoretz.)

It’s an elegant explanation, but like most temptations of the flesh, it reduces the complexity of a cultural response to fantasy. The fantasy here is that there is a single explanation for homophobia, a unified field theory that will unravel the mystery of what is—like sexism itself—a phenomenon with divergent and contradictory roots. Any society straining to unify its people behind a single standard of behavior or system of belief will soon become obsessed with sexual heresies, not to mention political or religious ones. That doesn’t mean every authoritarian culture is homophobic or every homophobic culture authoritarian. The mechanisms of repression vary from society to society, and depend as much on cultural tradition as on political exigency. The “militarization of culture” in the Philippines has not produced the response it did in Cuba; gay life flourishes in Manila, and, for that matter, it survives unmolested in Johannesburg, where the traditions of Western democracy are applied quite selectively.

Perhaps Sontag would explain away these exceptions to her rule by invoking the odious distinction between authoritarian and totalitarian states. But what about East Germany, an orthodox Communist society where gay bars operate freely and sodomy laws were stricken from the books in 1968? Why are there no camps for homosexuals in Nicaragua? When Almendros was asked this question by the New York Native, he replied, in high Cuban style, that the Sandinistas “can’t go as fast as Cuba did because they don’t have men in power as smart as Castro.”

This is not to deny the trend toward sexual pluralism in capitalist societies or the tradition of compulsory heterosexuality in Communist states. It is only to insist that change is possible in either case, that homophobia is a dynamic element in many political systems, that democrats as well as dictators may be guilty of harboring murderous intentions toward queers. We would do well to remember the sex-panic of the ’50s, when several thousand gay Americans were purged from the civil service. There were no labor camps, but tens of thousands served time for improper conduct, American style. Much has changed, to be sure; but not irrevocably. This nation, which holds out such potential for personal freedom, also harbors a passion for control.

In the West, gay people typically find themselves torn between contradictory perceptions: they are simultaneously regarded as a sort of ethnic group, with fundamental rights of privacy and association, and as a renegade element that threatens the family and state. In Communist cultures, where the well-run state and the stable family have historically been synonymous with human rights, the idea of a tension between sexual and social imperatives seems subversive, alien. For Sontag, such cultural conditioning is beside the point. Ideology makes the state, and Marxist ideology is puritanical at the core. “I think one of the left’s weaknesses has been a difficulty in dealing with questions bearing on the moral and political aspects of sex,” she tells Almendros and Leal. “It’s a heritage, in a way, a `puritan’ one, that is deeply imbedded in the morals of the left. The discovery that homosexuals were being persecuted in Cuba shows, I think, how much the left needs to evolve.”

The left, the right, and the center, anyone who’s openly gay in America might observe. But Sontag has a specific ideological target in mind, and an agenda that must be met even at the expense of history. In fact, the gay rights movement is part of the legacy of left-wing politics. German Marxists of the early 20th century were the first to demand legislation to redress gay oppression. The founder of America’s first gay rights organization, the Mattachine Society, was a member of the Communist Party named Harry Hay.

To acknowledge that this liberationist tradition did not become ingrained in “scientific socialism” is one thing. One can trace the Communist rationale for homophobia back to Stalinist slanders about “the fascist perversion” and even further back to utterly loony assertions by old man Marx himself about “men of the rear” usurping power from “we men of the front end.” (Marx was referring obliquely to certain socialists of his time who were heterodox—and gay.) But to insist that the left is inherently, immutably homophobic is to sacrifice reality to realpolitic.

Is there another, less serviceable explanation for Cuba’s antigay pogrom? Why did Castro choose the Bulgarian solution of concentration camps and not the East German model of official tolerance? Several explanations have been advanced by defenders of the revolution who, while not seeking to excuse the UMAP camps, do attempt to place what happened during those years in the context of traditional Cuban culture. B. Ruby Rich, a film scholar who has traveled to Havana twice, points to the distinction in Caribbean societies between “private (expressive) and public (repressive) space.” The former, she argues, is broader and more permissive than in the United States, while the latter is narrower and more rigid. After the Bay of Pigs, Rich contends, the old system of “se dice nada, se hace todo” (“say nothing, do everything”) broke down. “In this climate of postinvasion paranoia, private space was invaded as never before.”

Nestor Almendros (left), Tomas Gutierrez Alea (right)

But Rich goes further to suggest a material basis for the persecution of homosexuals. In a monograph with Lourdes Arguelles, published this summer in the feminist journal Signs, she asserts that the CIA actively tried to organize a fifth column within the mob-dominated gay underground of Havana. “Young homosexuals seeking contact with `the community’ in the bars and famous cruising areas of La Rampa were thus introduced to a counterrevolutionary ideology and practice…. ” After the 1961 invasion, “realistic fears gave rise to paranoia, and (as in the McCarthy years here) anyone who was `different’ fell under suspicion. Homosexual bars and cruising areas were perceived, in some cases correctly, as centers of counterrevolutionary activities and began to be systematically treated as such.”

This begins to sound like the, language conservative revisionists resort to when justifying the excesses of the McCarthy years: we really were confronted by an international Communist conspiracy, some of the people we ruined really were traitors, and in any case, those willing to forgo their association with the left were safe. Rich is on firmer ground when she describes the dolce vita of old Havana. Her observations are a devastating critique of everything we’ve read and heard. Here, for example, is Allen Young’s apotheosis of those days: “There were the prostitutes, both male and female, flourishing their licenses, government-issued and carefully administered…. It was not unusual to be approached at gangplank by a young, sultry Latin whispering, ‘Exhibicione! Exhibicione? Ah, yes! Those were the dear gone days of `Superman,’ who gave several nightly exhibitions, 100 per cent sexual…. Prior to his ‘mounting,’ he would strut around the room allowing his audience to touch him—for a fee. 11uly, Cuba had a roaring economy in those days.”

In speaking of that picturesque milieu, Rich notes: “This sector was mostly controlled by American organized crime and members of an indigenous bourgeoisie directly linked to Batista’s political apparatus. It employed more than two hundred thousand workers…. If legal sanctions and official harassment were rare, this tolerance was due less to social acceptance than to overriding considerations of profit and the economic interests of the underworld…. ”

Rich hasn’t hesitated to make her sexual politics known to the Cubans. On her most recent trip to Havana to participate in a Latin American film festival last December, she delivered a paper called “The Aesthetics of Self-Determination,” which focused on North American gay cinema. The festival had already refused to screen a documentary about gay life in North America, and her frankly progay stance drew an ambivalent response. “The embarrassment was evident,” another critic who attended the festival recalls; several delegates walked out and there was no discussion afterward. (On the other hand, the Cuban press reported the speech.)

But in this country, Rich has chosen to place her solidarity with the Cuban revolution above gay politics. She asserts that many homosexuals who remain in Cuba have chosen patria over personal identity. “The revolution might not speak to the homosexual in them,” Rich writes, “but it continued to address other vital aspects of their being. They, in response, put the revolution—and Cuba—first, and put off sexual politics until later.”

Were Americans asked to defer their sexuality on patriotic grounds, progressives like Rich would be among the first to point out that such choices are painful and unnecessary; one can be a loyalist and a liberationist. But in a revolutionary society, Rich seems to say, the closet is an honorable retreat. “The absence of a gay public space [in Cuba today] means there are no lesbian or gay bars; yet there is a flourishing homosexual social scene…. This rich `salon’ society is particularly well suited to the expansive private sphere required by homosexuals…Some, such as Jorge, an artist, even contend that `for all the repression, there is more true sexuality for gays in Cuba.’ ”

Sex in the shadows may, indeed, be hot; but life in the shadows is something else again. Rich acknowledges the problem without advancing its solution. It takes a lapsed Marxist like Young to state in no uncertain terms that “Cuba denies its gay citizens the freedom of association and community.” Therein, camps or no, lies its ongoing shame.

So far, the Cuban government has offered only the most oblique response to Improper Conduct. Referring to “the incredible charge that the Cuban government represses homosexuals,” Granma, the Communist Party newspaper, remarked on June 11, “the lies are so grotesque that decorum prevents us from accepting that they be debated.”

But the allegations continue to sully Cuba’s reputation, especially in cultural circles. Just last week, Armando Hart, Cuba’s minister of culture, was confronted by a French journalist who had come to Havana for a festival of the visual arts. Hart reacted with consternation when asked how Cubans feel today about the era of UMAP camps. According to one writer who was present, he replied that Cuba’s enemies focus on “individual cases” in order to avoid acknowledging the revolution’s cultural achievements: its museums and galleries, its publishing and literacy campaigns. Hart said homosexuality was a social issue, not a political one; and he insisted that official discrimination did not exist in Cuba today.

So the silence persists, with Granma asserting that “the writers and artists of this country are not prepared to become ensnared in a gross controversy promoted and encouraged by the United States.” But last month, Cuba’s greatest resident filmmaker, Tomas Gutierrez Alea, was passing through New York, and we asked for his response. Alea’s most renowned film, Memories of Underdevelopment, poses some of the same questions that Improper Conduct does about individual alienation in a revolutionary society. For Alea, such alienation is at heart an aspect of class privilege, but at least he acknowledges the tension between self-consciousness and social solidarity.

Alea is hardly a surrogate for Fidel Castro. In agreeing to answer questions about Improper Conduct, he may have been taking a risk, professionally and personally. The personal seemed to weigh on his mind as he approached the tape recorder. Almendros had been a friend in Cuba; now they are politically estranged. And Alea has a daughter living in exile in New York. 1b watch him reenter that broken circle is to comprehend the pain that persists in Cuban intellectual life.

“I can tell you, honestly, I think this is a very superficial film,” Alea began. “It is a type of propaganda based on testimonies that might be proven to a point. I can make maybe 10 or 20 films like that, but if you don’t put them in a context, you are distorting reality because reality is much more complex.”

The context in which Alea placed Cuba’s antigay pogrom is a cultural one. He spoke of a historical tradition that predates the revolution by many centuries and has hardly been budged by it. “Cuba is a Catholic, traditional culture, still. You know, the Inquisition was very soft in Cuba. Only about six people were murdered, and you know why? Not because they were witches, but because they were homosexuals.”

Alea acknowledges that, at a certain point, the Cuban revolution “exploded as a reaction against homosexuals, very hard.” But he insists, “At this moment, there is no official repression. You don’t have to be a heterosexual to represent the country, to be an intellectual, to have public recognition. There is discrimination, and it can be very hard, but that is something you can fight against.” Alea claims he did fight, along with other revolutionary loyalists, against the UMAP camps of the ’60s and the antigay purges of the early ’70s. “We fought against that and it Boas overcome. And I feel it is ridiculous to come now with this film when the things it shows occurred 15 years ago.”

Why then, I asked, did so many gay people elect to leave in 1980, after the worst excesses of homophobia had supposedly been laid to rest? There are other Catholic cultures in the Caribbean, I pointed out, where homosexuals are evidently content to remain. Alea replied by citing special immigration waivers designed to encourage immigration from Cuba. “If the United States said that to other countries, even developed countries such as Italy, they would empty them.” As for Latin America, “It would not exist any more. It would be a desert.”

“This is a very rich country, very, very rich really. You show your wealth in your films, and they are everywhere. So the image of the United States is paradise for many people. lb Cuba, it is difficult to resist, because we are very poor. Really very poor.” For gay people, Alea suggests, the temptation to emigrate was especially strong because “there is a cultural situation that makes things difficult. It is not an official tenet, but many people discriminate against them. They hear there is, in San Francisco, a whole neighborhood of homosexuals, so they feel this is paradise for them.”

I wondered what Alea would make of the Marielito my lover and his roommates sponsored so he could be released from an internment camp in Florida. He called himself a “missy,” and there was no doubt about it. His sexuality transcended any distinction between public and private space; like the star of La Cage aux Folles, he was what he was. But he certainly was a Cuban, given to bouts of romantic melancholy and confusion about his reasons for being here. He was more than a little baffled by American gay life, with its lack of polarities. When his friends came to our parties, they didn’t know who to pick up: there were no machos or missies, and every butch threatened to become a femme.

He would pore over gay newspapers and magazines, not just to eyeball the hunks, but to gaze at treatises about gay rights, at pictures of Young Gay Professionals, at the very word “gay.” He would point it out in an article, and we would have to translate the whole thing, along with the day’s Bloomie’s ads. There was more than material lust behind this little ritual; there was something any American could respond to—an incarnation of the old rhetoric about huddled masses yearning to breathe free. I have not forgotten that rhetoric, and so I found myself engaged in a kind of futile debate with Alea, in which neither side seemed capable of conceding—or entirely denying—the other’s rectitude.

“You are judging us from here,” he said, “but you have to judge us in relation to other Latin American countries. I don’t want to talk like a propagandist, but these things are obvious. We have no problem of children without shoes, we have no problem of hungry people, we have no problem of education or health. And it is ridiculous to look at the problem of homosexuals, which I feel is a problem you have to fight against, and to put that in the first place. Because the first right you have to fight for is to exist.”

Why does it always seem that there are trade-offs between economic justice and personal freedom in a revolutionary society, I asked? Why can’t they co-exist?

“But I think there is another aspect to the problem that we cannot forget. We are militarized, I should say we would like to be, 100 per cent. Why? Nobody wants to be military, nobody wants to have that discipline, but we have no choice. If we did not militarize, you would swallow us in two or three hours.”

But this rationale is one any nation could use, and many have, to justify the worst barbarities. I suggest we look at the fate of homosexuals in Cuba as a symbol of what can happen to any alienated group in a revolutionary society.

“It is a symbol, but it is not the first issue. First you have to exist, and for that, you have to fight. In the middle of a battle, you cannot discuss aesthetics or homosexuality or anything. You have to pick up the gun and receive orders. It’s alienating to everything you want, but at certain moments, you have to eliminate one part of yourself to overcome a situa tion that is more important.”

Some things are inalienable.

“Yes, we can discuss that, but I think it is important to understand that we are threatened every day. And in this situation, our revolution is a miracle.”

Alea was speaking as a Marxist in the strongbox of international capitalism, a Cuban in the North American sphere of influence, a man who feared and probably envied the power of that empire. But there was a sense in which I feared and envied his power—as a heterosexual. This mutual perception of disadvantage gave us a kind of equity, but it didn’t help us understand each other’s priorities. For Alea, sexual freedom is a secondary issue, something that must bow to the need for material security. But for me, as a homosexual, sexual freedom is material security since it is the key to living an unencumbered life.

The fate of Cuba’s gay people—those who remain behind and those who might wish to return—is mired in that same perception gap. It is not just a cultural problem or an ideological one, but a political issue that can only be resolved, as part of a general settlement with the United States. Pvo decades of ostracism have taken their toll on Cuba. Defensive macho—with its cornered response to homosexuality—may have less to do with any 400- year-old tradition than with the anguish of contemporary politics. Improper Conduct hardly promotes the process of normalization that must accompany any meaningful critique. On the contrary, it feeds our most bellicose intentions and inflames the paranoia that prevents Cuba from coming to terms with its past and risking change.

An Illusion of Fairness, Almendros replies to Alea (fragments)
by Nestor Almendros (The Village Voice, August 14, 1984)

There have been four major periods of repression of gays in Cuba in the 25 years of this so-called “revolutionary” power. The first, in 1961, was called “Operation ‘P’ ” -it consisted of street raids and the victims were sent to camps in the Guanahacabibes peninsula. The second, from 1964 to 1969, is the period of the UMAP camps, and this is the period best documented in our film. The third period began in the 1970s, after the Congress of Education and Culture, with new harsh legislation, more street raids, and “rehabilitation” camps. The fourth period, in 1980, was a kind of Cuban “final solution” of the gay “problem” -the deportation of about  20,000 homosexuals from the port of Mariel to Florida. It was well known then that the best way to get an exit permit from Cuban authorities was a declaration of homosexuality…

[…]

When Alea declares that “in the middle of a battle you can´t discuss aesthetics or homosexuality or anything, you have to pick up your gun and receive orders,” one can hear an updated echo of the Stalinist rhetoric of the ’40s. No Marxist intellectual in the West today would dare to sustain such worn-out principles… Discuss aesthetics, discuss homosexuality.[…]

PRESS OF FREEDOM. A Column Open to Readers

¡Cuba Si, Almendros No!
by Tomas Gutierrez Alea (The Village Voice, October 2, 1984)

HAVANA—A few months ago, I saw the documentary Improper Conduct by Nestor Almendros and Orlando Jiménez. Richard Goldstein wanted to know my opinions about this film to publish them in The Village Voice. We met for an interview and some of my views were published in a long article titled “Cuba SI, Macho No!” (Voice, July 24). On August 14, a response by Nestor Almendros appeared in this publication which obliges me to clear up some things.

The first thing Almendros says is that I was obliged to attack the film “officially.” Frankly, I don’t understand the term. It is true that I felt obliged to attack the film, but only because of those principles for which I have been and am capable of giving my life. Perhaps this will be difficult for people like Almendros to understand, and for so many others who long ago disengaged themselves from those principles which once seemed to sustain their lives.

Improper Conduct is part of an official current of the U.S. policy toward Cuba. The film feeds that current of opinion, which is well orchestrated and well backed by the official media.

I find out, through Almendros, that “Comandante Castro did not approve of [my] last film,–Hasta cierto punto. It seems that Almendros is very well informed about what happens at the highest levels in Cuba. However, he also says that “following Castro’s lead, the Cuban critics had to attack Alea and this film, even though the film had won the first prize at the last Latin American Film Festival in Havana.” This is not completely true, for some critics attacked it and some defended it. Perhaps the latter did not find out about Castro’s opinion in time. Who knows…

No less puerile and ill-intentioned is his insistance that he can say, without fear of any kind, that he “very much admire(s) two or three of Alea’s films under Castro. On the other hand, Alea cannot say or write in Cuba that he liked the film El Super.” However, I have said so on more than one occasion. I have on hand a copy of an interview in Puerto Rico in which I say, among other things: “El Super seemed to me a very good movie; I would call it extraordinary, very revealing and very interesting … ” (VIVA, El Reportero, September 21, 1983).

This seems an appropriate occasion to explain that El Super is interesting because it offers a revealing picture of the Cuban exile community in New York: one of those Cuban families that abandoned their country after the triumph of the Revolution, taking advantage of the offer the U.S. government made to receive them “with open arms.” The parents don’t even manage to learn English, and they have to use their daughter as interpreter. It’s a pathetic case of loss of identity in which the parents try to save something by traveling to Miami, nearer to Cuba and more populated with Cubans. Presumably, the daughter’s fate will be to become a North American, but a fifth-class one.

When I met with Leon Ichaso in New York to see his other film, yet unfinished, with Rubén Blades as its protagonist, I realized that the hope one could see in El Super of a cinema that would authentically reflect the world of the U.S. Latins had been frustrated. Crossover is a melodrama that follows a worn pattern and that tries to use Blades’s songs as a hook.

Leon Ichaso told me that after they made El Super many people labeled them as procommunists and that because of this they had to be careful not to follow that road. The story is lamentable, but revealing.

And what can we say about the allusion Almendros makes to The Last Supper? That film has what Improper Conduct lacks: a historical focus on our reality. The Last Supper sheds light on the present because it’s a parable about hypocrisy and the utilization of the noblest principles to exploit one’s neighbor. Improper Conduct attempts to be a document through which one can get an “authentic” image of our reality here and now. But its lack of a sense of history and a social context determines its superficiality and turns the film into a revealing document about the human misery of its authors.

How can Almendros speak of Cuba “deploy(ing) its military forces around the world”? Can Cuba really carry out a policy of aggression towards other countries? Doesn’t this sound a bit exaggerated? If Almendros is so worried about the deployment of military forces, why hasn’t he protested against U.S. military intervention in so many other countries? Did he protest the recent intervention in Grenada? Has he said anything about the arms race unleashed by the current U.S. administration?

Why has Almendros, after so many years (he emigrated in 1961) and after traveling a road full of professional successes, lent himself to a dirty game of such dimensions? It’s significant that at this very moment, coinciding with an aggressive policy by the U.S. administration toward our country, some intellectuals (and some who can barely boast of this distinction) have thrown themselves into a “cultural” offensive against Cuba, in which great economic resources of strange origin come into play. It’s obvious that most of these people have nothing better to sell and that they try to make a career out of their anti-Cubanism. This is not exactly Almendros’s case—he already made a career and is legitimately well-placed in that world. However, in his film, almost all these characters are gathered, this time focusing their attacks against Cuba on the theme of homosexuality. Everything very well prepared. And very opportune for satisfying the needs of the master who has received them “with open arms” but who, at the same time, demands fidelity in exchange for a good reward.

Almendros knows very well that with half-truths one can fabricate the most infamous lies. He knows, for example, that the UMAP, the work camps where a great many homosexuals went to fulfill their military service, were an error and became a scandal that fortunately culminated in their disappearance and in a policy of rectification. The UMAP lasted from 1965 to 1967 (not from 1964 to 1969 as Almendros says). That is, their disappearance dates from 17 years ago. However, in Improper Conduct, the UMAP is talked about as if it were something that happened yesterday or something that is still in force. Almendros knows this isn’t true.

The image of our country that he offers us through a series of anecdotes which one must believe because they come backed by his prestige, is monstrously ridiculous. Almendros manipulates the best known cliches about Cuba, the most enormous lies, which from being repeated so often threaten to become the truth, as old Goebbels understood. The emotional impact and level of credibility transmitted by some of these testimonies are disturbing for those who, outside of Cuba, receive them without the information needed to be able to assess certain situations accurately. The lack of information about the socio-historical context in which a revolutionary process must be located is what allows Almendros to hit what is known in boxing as a “low blow,” and what moves us to judge his document as basically dishonest.

Any North American who has been to Cuba can give the lie to the ex-tourist guide who appears in this film and introduces himself as a kind of “shepherd” leading his flock of tourists only through those places they were allowed to observe. Unfortunately, it’s the American government that imposes obstacles so North Americans won’t travel to Cuba and see our reality with their own eyes. They, better than anyone, could say if their freedom of movement is limited here. They could confirm with their own eyes if it’s true that men with long hair or who walk a certain way are kept from moving about our streets. They would finally find an answer to many of the troubling questions the film provokes.

Is the so-called “homophobia” an invention of the Revolution? Doesn’t it exist in greater or lesser degree in the rest of the world, especially among Latin Americans? Incidentally, a great proportion of Miami’s Cuban community rejected Almendros’s film because they felt it suggested that the great majority of Cuban exiles are homosexuals. They felt their “manhood” was being questioned. But, how does one fight against such an injustice? In Cuba five years ago, the Ministry of Culture published a book called Man and Woman in Intimacy. Its author, Siegfried Schnabl, is a scientist, sexologist, clinical psychologist, and director of the Center for Sexual and Marriage Counseling of the Karl-Marx-Stadt (Democratic Republic of Germany). In this book, there’s a chapter devoted to homosexuality in which one can read the following:

“We have not included homosexuality among the perversions, since it does not exclude the community that reciprocally enriches and physically and psychologically satisfies two people. Besides, among homosexuals one can also find authentic love.”

“In terms of the affective life, homosexual relations are no different from relations between men and women.”

“The conventional arguments raised in support of the need to apply laws against homosexuals have been refuted by research for their lack of solidity.”

“Neither are justified such penalties and emotional prejudices that use high-sounding slogans like `vice against nature’ and `against the sensitivities of the people. What two adult persons do in private by mutual consent does not injure the moral norms of society and there can be no reason to proceed against it.”

“Homosexuals, like all citizens, have a right to be valued and recognized by their objective achievements and by their behavior.”

It’s important to point out that the above-cited opinions appear in a book published by the Cuban state with educational purposes. Which does not mean, of course, that the publication of a book. no matter how “official,” automatically makes a social phenomenon disappear which we have been carrying around for centuries and which has deep roots in our Catholic, Spanish past. But a book like this one, where the most advanced scientific opinions about homosexuality are expressed, constitutes a valuable fighting tool which the Cuban state places in the hands of those whose cause is that of the discriminated against, the marginal, those who suffer any kind of prejudice or oppression.

At one point in Richard Goldstein’s Voice interview I said that “in the middle of a battle, you cannot discuss aesthetics or homosexuality or anything.” That is, anything that does not have to do with the immediate need to defend yourself and attack the enemy. I hold that in the order of priorities the need to survive comes first. And for us, a small and poor country, this means an obvious need to arm and organize ourselves militarily to face the constant threat of a rich and powerful country that also happens to be one of our closest neighbors. This, obviously, sets limits on our capacity to solve other problems, which does not mean they’re not important or that we won’t face them within the measure of our strength.

We also discuss homosexuality and aesthetics and women’s issues and everything that affects and limits the full realization of a human being. But these are not problems that can be solved overnight. A perfectly just society, in which all human beings can fully realize themselves is not within our immediate reach. A communist society, paradise on earth, will be inhabited by better men and women than we in every sense. But it’s we, here and now, with all our defects; it’s us who are slowly building that more just society. There are no shortcuts in history. We are conscious that we have a long road to travel, a prolonged period of struggle against a powerful enemy and the traitors it shelters and nourishes.

When I read Almendros’s response to my interview, I can’t help feeling a certain sadness over those who left, those who abandoned the struggle because they lacked faith in our own resources for transforming this country, those who let themselves be seduced by the wealth and comfort that the old master offered them “with open arms.” Perhaps Almendros and people like him have not realized that their tired anti-Communist rhetoric is not going to afford them the moral alibi they need.

This is not the place to recount everything achieved in these 25 years of the Revolution, but I think there’s an exemplary statistic, revealing a true concern for human beings: in 1958, a year prior to the revolutionary victory, -child mortality was higher than 70 deaths per 1000 live births. In 1982, the figure came down to 17.3, the lowest in Latin America. Life expectancy went from 58 in 1958 to 73.5 in 1982. If we take into consideration the fact that half our doctors migrated to the U.S., along with a great many professionals and qualified technicians of every kind, leaving the country in a truly critical condition, it’s clear that we have taken a gigantic leap. This is certainly not the situation in other Latin American countries. I remember that the very day I saw Improper Conduct, the newspapers told of violent disturbances in the Dominican Republic, provoked by hungry masses who were raiding the markets. There have been similar reports from Brazil. In this context, Almendros’s film seems to me increasingly irrelevant—not to mention ridiculous. •Translated from the Spanish.

Unfinished Business
(The Village Voice, October 17-23, 1984)

Dear Editor:

Perhaps the most lamentable falsehoods in Tomas Gutiérrez Alea’s article [“Cuba Si, Almendros, No,” October 2] are to be found in his comments about the publication in Cuba of the “scientific” book Man and Woman in Their Intimacy (Editorial Cientificatecnica, Havana, 1979). This was a translation from the German from a text written by Siegfried Schnabl, director of the Center for Sexual and Marriage Counseling in communist [sic] Germany. Alea’s quotations are incomplete and totally out of context.

Following is an all-too-typical example of Schnabl’s condescending contempt for the male homosexual, omitted by Alea: “He often walks gracefully, with short steps, swaggering. Many have smooth long hair, soft skin, and relatively wide hips…. Homosexuals are very sensitive, are easily offended. They are exasperated, unbalanced, subject to influence, nervously unstable, and even neurotic.” (page 329)

Schnabl describes lesbians with equally unbridled prejudice: “Active lesbians are on the make, aggressively defending their lovers against competitors. Violent scenes of jealousy can take place among homosexual women.” (page 331)

But the German “scientist” does not stop here. He envisions futuristic Nazi-like solutions:”The premises for the development of homosexual instincts are constitutional or inborn, in other words, they are present in embryo, or fetal form.”(page 332)

Dr. Schnabl goes on to talk about prevention: “Experiments allow us to suppose that in the near future, high risk homosexuality can be ascertained (by embryologic testing) during the critical phase of cerebral differentiation of the fetus.” (page 334)

The most incongruous part of Alea’s boasting about this very “educational” book which “the Cuban state places in the hands of those whose cause is that of the discriminated-against” is the fact that this book is not for sale to the general public. This censorship spares only doctors, psychiatrists, and sociologists, who must, however, produce their professional credentials to purchase it. Incidentally, by an October, 1978 decree, all homosexual health care practitioners in Cuba (including doctors) were excluded from their profession.

Holding tight to the official line, Alea, in a halfhearted attempt at fairness, acknowledges the past “error” which was the UMAP camps of the ’60s, but conveniently fails to mention the rehabilitation camps which followed in the ’70s and continue today with homophobic legislation still in force. Nor does Alea comment on the deportation of about 20,000 homosexuals in 1980 with the Mariel boat lift. Moreover, he skips altogether the other main subject treated in our film which is the persecution of Cuban dissident writers and artists.

Knowing that his arguments are weak concerning artistic and personal freedom in Cuba, Alea tries to convince us—with impressive statistics—of the great social and economical advances under the Castro regime. These statistics are, however, furnished by the Cuban government alone and checked by nobody, since real inspection is not allowed. One day, as it happened after Stalin’s and Mao’s deaths, the failure of the Marxist experiment in the tropics will become all too apparent.

We do agree though with Alea that our film is a revealing document of its authors’ misery. Remembering Picasso’s comment to the German occupiers about his painting Guernica: “It was you who made it,” we could say that the real author of Improper Conduct is the Cuban government, whose misery also reaches Mr. Alea.

In the late ’40s, when we were very young in Havana, we founded the first film society, Cinemateca de Cuba, which showed classics. All of the members of the board eventually left in exile—all but Mr. Alea. He made his choice to submit and become an employee of the Cuban state, receiving a monthly salary to direct films, as well as to attack films made by his ex-friends.

—Nestor Almendros

—Orlando Jimenez-Leal

Manhattan

Editor’s note: Tomás Gutiérrez Alea was unavailable for comment at press time. His reply will appear in a future issue.

Publicado originalmente en el periódico neoyorquino The Village Voice, en las fechas indicadas. Estos textos aparecen reproducidos aquí. Archivado en la sección de Documentos de este blog. Por el interés que revisten, serán bienvenidas traducciones al español. Importante: el texto de Néstor Almendros, “An Illusion of Fairness”, publicado el 14 de agosto de 1984 en el mismo periódico, no está completo. Es una omisión que habrá de subsanarse. Aclaro que el de Tomás Gutiérrez Alea publicado en The Village Voice bajo el título “Cuba si, Almendros no!” es una traducción del original “La conducta propia de los traidores”, que apareció posteriormente en la revista Casa de las Américas, No.148, La Habana, ene-feb, 1985, pp.182-185. Por lo tanto, el texto de Gutiérrez Alea no precisa de traducción, sino la consulta del original. Para la traducción de las citas aparecidas en la carta titulada “Unfinished Business”, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, sería prudente la consulta del libro referenciado El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl, Ed. Científico-Técnica, La Habana, 1979.

Una controversia similar apareció en las páginas de The New York Native, con textos de Lourdes Argüelles y Ruby Rich (“The Easy Convenience of Cuban Homophobia”), Reinaldo Arenas (“The Closest Attention: Gays in Cuba”, trad. de Richard Sinkoff), René Cifuentes (“The Parameters of `Paradise'”, trad. de Richard Sinkoff). Aparecieron igualmente cartas de Ana María Simo, Reinaldo García Ramos, Allen Youg y de Argüelles y Rich. Intento localizar los textos.

Castro no se disculpa

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He leído con asombro la nota “Castro se disculpa por la homofobia de la revolución”, que firma Emilio de Benito (El País, 01/09/2010).  En este caso, la interpretación periodística de las palabras del dictador cubano, me resulta absurda y traída por los pelos.  En el titular se afirma con contundencia que, Castro “se disculpa”, mientras que en el lead informativo se dice que “no llega a pedir expresamente perdón, pero lo parece”.

Tratándose de una nota informativa, creo que no tiene cabida lo que parece o deje de parecer al periodista.  Si se leyera con detenimiento las palabras de Castro, publicadas originalmente en entrevista al diario mexicano La Jornada, se comprenderá que Castro asume esa responsabilidad, que llama “injusticia”, pero se justifica diciendo: “es cierto que en esos momentos no me podía ocupar de ese asunto… Me encontraba inmerso, principalmente, de la Crisis de Octubre, de la guerra, de las cuestiones políticas…”.

Por lo tanto, Castro asume esa responsabilidad, en la medida en la que, según él, se encontraba ocupado de cosas más importantes, que la persecución a los homosexuales. Habilidoso donde los haya, asegura que “personalmente, yo no tengo ese tipo de prejuicios” contra los homosexuales, mientras que se habla solamente de la persecución homófoba de los años sesenta, en la época de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

En las anteriores declaraciones de Fidel Castro sobre el tema de homofobia revolucionaria, él ha negado que realmente se hubiera producido tal persecución, y lo ha limitado a la existencia de la UMAP (1965-1968).  Recuérdese su esquiva declaración a Oliver Stone en el documental Looking for Fidel (2004) y del desmentido que da a Ignacio Ramonet, aparecido en el mamotreto Fidel Castro, biografía a dos voces, donde habla de “una supuesta persecución a los homosexuales”.

Pues bien, no es que Castro estuviera ajeno a la persecución a los homosexuales, ni que él no tuviera “ese tipo de prejuicios”, sino que él ha sido responsable directa y no indirectamente, como quiere hacer ver, de aquella persecución sistemática y valedor supremo de esos prejuicios.

Como dijo su amigo García Márquez, el peor enemigo de Fidel Castro es Fidel Castro mismo.  Aquí algunas perlas:

“Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permita considerarlo un verdadero revolucionario, un verdadero comunista…. seré sincero y diré que los homosexuales no deben ser permitidos en cargos donde puedan influenciar a los jóvenes”. Fidel Casto en declaraciones al periodista Lee Lockwood, que aparecen en el libro Castro’s Cuba, Cuba’s Castro (1965).

“En nuestra capital, en los últimos meses, le dio por presentarse un cierto fenomenito extraño, entre grupos de jovenzuelos, y algunos no tan jovenzuelos (…) que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas. Así, por ejemplo, les dio por comenzar a vivir de una manera extravagante, reunirse en determinadas calles de la ciudad, en la zona de la Rampa, frente al hotel Capri…”, discurso del 28 de septiembre de 1968 en la Plaza de la Revolución, que aparece citado en mi documental Seres extravagantes (2004).

Asimismo, Castro aplaudió y aprobó los acuerdos homófobos del I Congreso de Educación y Cultura (1971), en la llamada década gris; firmó, en calidad de Primer Ministro, la Ley 1267 (1974), sobre una llamada “justicia laboral”, que condenaba “la homosexualidad ostensible y otras conductas socialmente reprobables” en el campo de la enseñanza.

En 1980, durante el éxodo del Mariel, por el cual salieron del país más de 125.000 cubanos, Castro diseñó un plan de expulsión de homosexuales, presos y enfermos mentales.  La prensa cubana, bajo férreo control estatal, dio, otra vez más, muestras de homofobia institucional.

Y por si fuera poco, no es hasta 1997 que se elimina la referencia a la homosexualidad del Código Penal cubano (con el Decreto-Ley 175, del 17 de junio, que modifica el artículo 303 del Código Penal de 1987 en título y concepto). Sin embargo, en Cuba sigue vigente una absurda figura, la de peligrosidad pre-delictiva, según la cual cualquier juez puede dictar prisión o enviar a un hospital siquiátrico o a un campo de trabajo a cualquier persona “sospechosa” de cometer delito.

Fresa y chocolate (1993), de Tomás Gutiérrez Alea, fue según Alfredo Guevara, entonces presidente del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, una película de propaganda: “Fidel con este filme, asumido, y sin nada decir cerramos internacionalmente ese horrible momento que algunos llaman Capítulo y que prefiero llamar “inciso”, que fue la UMAP”.

Este extracto es parte de una carta de Alfredo Guevara a Fidel Castro, enviada el 23 de noviembre de 1993, según da cuenta Guevara en otra misiva a Raúl Castro (10 de enero de 1994). (Alfredo Guevara: ¿Y si fuera una huella?).

El subrayado de la expresión “y sin nada decir” es mío. En esa expresión, de no decir nada sobre el infierno que sufrieron muchos, miles, se escamotea una verdad que algún día deberá ser dilucidada judicialmente o, cuando menos, a través de la historia. El progreso en materia de derechos del colectivo GLBT en la isla, no puede dejar de lado la condena de la homofobia institucional de los líderes revolucionarios, ni por ende, un exhaustivo estudio de ese pasado negro de crímenes contra los homosexuales practicados por el castrismo, y que aparecen denunciados en ese maravilloso documental, Conducta impropia (1984), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal.

MANUEL ZAYAS
[Enviado a la sección de Cartas al director del diario El País].

Si se quiere ahondar más en el tema, consulte este documento.

ACTUALIZADO

Y Félix Luis Viera descubre en Cubaencuentro otro discurso homófobo del dictador.