El último ‘apparátchik’

Mentor político de Fidel y Raúl Castro, Alfredo Guevara (1925-2013) ejerció algún poder entre los hermanos. A pesar de su lealtad, fue humillado, públicamente, por el mayor de los dictadores.

Hace escasos tres meses, Alfredo Guevara declaraba que el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), fundado por él en 1959, era una institución obsoleta. “Yo diseñé la organización, pero digo, ‘esto no funciona más'”, aseguró a The New York Times. Apenas tres años atrás, el dictador Fidel Castro reconocía que el modelo cubano no funcionaba más: “El modelo cubano ya no funciona ni para nosotros”, dijo Castro a The Atlantic.

Esas afirmaciones debieron acompañarse por el desasosiego o por cierto complejo de culpa, pero de ello no hay noticias. En ambos casos, las declaraciones eran hechas a medios de comunicación de Estados Unidos y explicaban el fiasco en la gestión de un instituto de cine y de un país.

Acaba de morir Alfredo Guevara, quien tuvo poder suficiente para decidir qué se filmaba en Cuba, figura controversial toda su vida. Seguidamente a la firma de la ley 169 de creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), del 20 de marzo de 1959, Guevara pasó a controlar prácticamente toda la importación, exportación, la exhibición y la producción cinematográficas en el país.

La cercanía con Fidel y Raúl Castro desde los años 50, de quienes había sido mentor al aconsejarles la lectura de Marx y Lenin y llevarlos por el camino del marxismo, fue decisiva para su nombramiento al frente del Instituto. Pero en 1961, viendo que un grupo de muchachos, apoyados por el magacín Lunes de Revolución, habían realizado un cortometraje sobre la noche habanera, confisca la película y se arma uno de los más sonados episodios de censura en el país.

Durante medio siglo, muchos pormenores de la prohibición del cortometraje PM permanecían en una nebulosa, hasta la reciente publicación del libro El caso PM. Cine, poder y censura (Madrid, Colibrí, 2012) que desgrana paso a paso lo que fue sucediendo alrededor de ese filme de la discordia. Con la censura de PM, que dirigieron Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, Guevara destruía cualquier posibilidad de cine independiente.

Como autoridad central del nuevo organismo, cerró las puertas del Instituto a viejas figuras del cine prerrevolucionario, impidiendo que muchos profesionales pudieran seguir trabajando en el sector. Fue muy conocido su enfrentamiento con Ricardo Vigón, cofundador del Cine Club de La Habana (1948) y de la primera Cinemateca de Cuba (1951), de quien dijo no tenía los conocimientos suficientes para trabajar en la industria cinematográfica. A unos que ya colaboraban en el ICAIC, los expulsó; mientras que otros como Guillermo Cabrera Infante se marchaban por enfrentamientos con Guevara.

En un memorando que le escribió, Tomás Gutiérrez Alea (Titón) le criticaba a Guevara: “No puede haber variedad en nuestras obras si todas se deben ajustar al gusto de una sola persona”. El presidente del ICAIC llegó prácticamente a condenar el free cinema y la insolencia de todo aquel que lo cuestionara. Los enfrentamientos con Titón fueron célebres, y de ello da cuenta el libro Volver sobre mis pasos (La Habana, Unión, 2008), preparado por su viuda Mirta Ibarra y que contiene la correspondencia del cineasta.

Durante los momentos más crudos de represión a los homosexuales en las décadas de los 60 y 70, Guevara mantuvo una postura un tanto paradójica: protegió a todos los que estaban bajo su feudo, pero no se atrevió a criticar, ni en público ni en privado, las políticas homófobas y criminales de los dirigentes de la revolución cubana. Sin embargo, apoyó la censura más férrea que sufrió el escritor Virgilio Piñera y envió las cámaras del ICAIC a filmar la autoinculpación del poeta Heberto Padilla, después de su encarcelamiento.

Para que se tenga una noción de hasta donde llegó su cinismo, cito este párrafo en que Guevara habla del dramaturgo censurado: “si nos surgiera ahora un Virgilio Piñera que no tuviera esa historia, que no hubiera participado en Lunes, que no se dedicara a tratar de reclutar a los jóvenes intelectuales envenenándolos en sus relaciones y sus posiciones, o proponiéndoles planteamiento de determinadas posiciones ideológicas, y si no existiera ese pasado, y fuera un nuevo Virgilio Piñera el que naciera ahora, diría que eso sería harina de otro costal”.

Alfredo Guevara, en tanto presidente del ICAIC, dio el visto bueno para que se realizaran cuatro documentales de la ignominia durante el éxodo de Mariel (1980), todos bajo la batuta de Santiago Álvarez y Fidel Castro (y menciono ambos nombres porque ya para entonces el último pensaba por el primero), documentales de corte neoestalinista o neofascista si se quiere, que son una auténtica burla contra el pueblo cubano, y la inteligencia humana también.

Su primer mandato en el ICAIC no estuvo exento de polémica: además de la que hubo alrededor de PM (1961), le siguió la que sostuvo con el dirigente Blas Roca desde el periódico comunista Hoy (1963) a propósito de lo que se consideró como una exhibición de películas decadentes —La dolce vita, entre ellas— que Guevara defendía; y la última a raíz de la producción del filme Cecilia, que dirigió Humberto Solás en 1982 y que fue tan costosa, que le costó su reverendísimo puesto al presidente del ICAIC.

En su primera caída, Alfredo Guevara fue designado como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la UNESCO, y hasta allí fue con su séquito, no se sabe si para beneficiarle o joderle la vida a quién. Siguiendo las instrucciones de su Comandante en Jefe, Guevara permaneció en París hasta 1991, cuando le encomiendan volver al ICAIC y arreglar el desaguisado del filme Alicia en el pueblo de Maravillas, que provocó la destitución de Julio García Espinosa al frente del Instituto (y que por poco causa su cierre o su fusión con las fuerzas armadas o el instituto de televisión).

En una de sus más simpáticas entrevistas, a Castro le dio por hablar de cine. Dijo que le fascinaban las películas de Chaplin y de Cantinflas, y se paró ahí. Esas eran las películas favoritas del Comandante en Jefe, las que no hacían pensar mucho. No mencionó ninguna película cubana, para dolor del presidente del ICAIC.

El 24 de febrero de 1998, Castro hacía públicas sus desavenencias con el presidente del instituto de cine, antes de hablar horrores de la película Guantanamera, que para colmo no había visto: “No padezco del masoquismo de ver algunas de las cosas que con recursos de la Revolución y del pueblo se han creado y que no son un estímulo a la lucha, a la resistencia y al reconocimiento del mérito de tantos héroes anónimos como tiene este país”.

Alfredo Guevara tuvo que aguantar con estoicismo la humillación que Castro le había infligido en una de las sesiones de la Asamblea Nacional, en un discurso que fue transmitido en vivo y en directo para todo el país. Desde entonces, su salida del ICAIC había sido prevista, pero no estaba dispuesto a que aquello fuera interpretado como una destitución. En lo que parece ser su última súplica al dictador, Guevara le había pedido el puesto de presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que empezó a ocupar desde 1999.

Refugiado en esa comodidad, el viejo apparátchik empezó a recopilar y a publicar unos voluminosos libros de títulos impronunciables y cursis. Cuando se le creía sin poder, hace dos años, destituyó a todo el personal de la Oficina del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que lo acompañó en la organización del evento durante casi dos décadas.

Dio órdenes de no proyectar tal película o de no aceptar tal otra a competencia. Por problemas de comunicación, se despertó el sempiterno fantasma de la censura. Con mayor o menor razón, los realizadores afectados fueron ganando quorum hasta que el viejo apparátchik hizo su aparición en escena: “A mí hay que sacarme de aquí a cañonazos”, dijo. Pero este 19 de abril, su corazón dejó de funcionar.

Reacciones

Germán Puig, cofundador del Cine-Club de La Habana y de la primera Cinemateca de Cuba, dijo sobre Guevara: “Vivió creyendo que el fin justificaba los medios. Todo lo que se apartara de eso, le estorbaba. Al igual que Fidel Castro, creía que lo que hacía estaba bien hecho, aunque se equivocara. Se ha roto un cordón umbilical, porque Alfredo Guevara decía que yo era enemigo suyo. Él veía en mí a su alter-ego. Creía que tenía la misión de crear una industria cinematográfica, y la realidad prueba que en eso tenía razón”.

Fausto Canel, quien trabajó en el ICAIC hasta exiliarse en 1969, recuerda: “Fue un dirigente brillante que quiso hacer la cuadratura del círculo: quiso promover un cine de calidad y hasta crítico en un contexto marxista-leninista en el que creía. Pudo hacer lo que hizo en momentos en que el régimen cubano estaba en formación, pero en cuanto se convirtió en un régimen leninista, él tuvo que entrar por el aro. Cometió errores inmensos por razones de temperamento, metió la pata con la censura de PM. Ese fue un grave error que le cayó en sus espaldas y que Fidel Castro nunca le perdonó”.

“Se cuenta que Alfredo Guevara le ganó la presidencia de la FEU a Fidel Castro y entonces este se preguntó cómo era posible que ese hombre con frenillo y que no sabía hablar en público, podía ganarle. Y le ganó porque tenía el apoyo de la juventud comunista, que entonces tenía un entramado muy sólido. A partir de entonces, Fidel Castro se acercó a Guevara y le pidió que por favor le diera una mano con la educación de Raúl Castro, y es cuando consigue que inviten a Raúl a un congreso de las juventudes, organizado por la Internacional Comunista en Praga. Así fue cómo Alfredo se llevó a Raúl y lo empezó a meter en el mundo comunista. Luego fueron invitados a Moscú, regresaron en barco y se hicieron muy amigos”.

“Por esa época, Fidel Castro era un lector voraz de Benito Mussolini y de Primo de Rivera. El consejo de Alfredo fue: ‘léete a Marx y a Lenin que son los que tienen las cosas claras’…”

“Le parecía completamente estúpido perseguir a los homosexuales y sobre todo mandarlos para campos de concentración. Él era más inteligente que los imbéciles. Le gustaba estar rodeado por hombres bonitos. Él nunca se hubiera tirado contra el poder e hizo lo que pudo”.

Orlando Jiménez Leal, co-director de PM y del documental Conducta impropia, dice: “Alfredo Guevara quería ser poeta. Un día en una larga caminata en Madrid, mi amigo Roberto Fandiño me dijo: ‘Yo he sido el confesor de Alfredo Guevara’. Le pregunté que si era Père Lachaise y me dijo aun más, que él era el corrector de sus poemas”.

“Cuando llegamos a su casa, para probarme lo que decía, Fandiño sacó unos extraños manuscritos. Eran los poemas de Alfredo. Yo leí aquello con extrañeza y con pasión. Recuerdo que eran unos hermosos ripios, una mezcla de Luis Cernuda y Miguel Hernández en proporciones que no recuerdo. Había una extraña reiteración de las caracolas y el mar. ¿Qué extraño poder tenía este hombre? ¿Cómo pudo ganar tantas batallas prácticamente en solitario? ¿Qué intrigas palaciegas controlaba?”

“Lo cierto es que tenía un extraño ascendente sobre Fidel Castro que nadie hasta ahora podía entender. Fue un apparátchik aplicado, rebelde y sinuoso. Paseaba su saco sobre sus hombros como una especie de desafío a ese mundo machista que lo rodeaba. Tuvo la virtud de crear una industria de cine en Cuba. En realidad creó el aparato de propaganda más poderoso que tenía la revolución. Con él infectó con boberías ideológicas a medio mundo. Que descanse en paz”.

Publicado en Diario de Cuba

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Germán Puig, un rayo de luz

foto2-german-autant.jpgGermán Puig (1928), izquierda, junto al director francés Claude Autant-Lara, con quien Puig trabajó en L’auberge rouge. París, 1951. © Colección de Germán Puig

Germán Puig se resiste a ser fotografiado, se confiesa enemigo del protagonismo. Fundador en 1947 -junto a Ricardo Vigón- del Cine-Club de La Habana, transformado luego en Cinemateca de Cuba, ha vivido como nadie el arrebato del séptimo arte con que contagió a sus amigos, devenidos cineastas o escritores de renombre. Aunque vital para entender el mundo cinematográfico pre-revolucionario, ese legado suyo ha permanecido en una sombra pertinaz.

Después de medio siglo de olvido, el Ateneo de Madrid le rindió tributo este 10 de mayo, el primero que Puig recibe de una institución como fundador, en 1951, de aquella Cinemateca, que “naufragó en la política”, pero también en la miseria material y humana. Adelantados a los de su tiempo, Vigón y él fueron núcleo aglutinante en el fomento de la cultura cinematográfica. En aquella Habana republicana, estos pobres con alma, fieles devotos del cine, comenzaron con sus proyecciones en salas como la del Royal News y la del Colegio de Arquitectos.



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Aquel pasado de sombras fue inventariado por el profesor e investigador francés Emmanuel Vincenot, en su ensayo “Germán Puig, Ricardo Vigón y Henri Langlois, pioneros de la Cinemateca de Cuba”, con gran repercusión en la isla, donde varios críticos (Juan Antonio García Borrero, Luciano Castillo, y los jóvenes Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco) han incidido en la reescritura de algo que nos había sido escamoteado. El cine, en tanto fotografía, necesita de la luz. Igual sucede con la historia.

LA HISTORIA OLVIDADA DE UNA “VIEJA CINEMATECA”

Vigón y Puig comenzaron en 1947 sus andaduras de cinéfilos con el Cine-Club de La Habana. Néstor Almendros -al exiliarse en Cuba después de una década separado de su padre, el pedagogo republicano español Herminio Almendros-, se sorprendió con el entusiasmo con que aquellos jóvenes organizaban cine-debates y proyecciones. También él acabaría arrollado en igual entusiasmo, del que se contagiaron Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Rine Leal, Roberto Branly, Ramón Suárez y Rodolfo Santovenia, entre otros. Forjaron, como en una secta, una suerte de pacto secreto de que sus vidas estarían, necesariamente, ligadas al cine.

foto1-vigon-cabrera.jpg Sentados, a la izquierda, Ricardo Vigón (1928-1960), junto a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en el solar habanero donde vivía el escritor con su familia. Circa 1948. “Todo lo que sé de cine (…) se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar (…) porque es a él a quien debo más”. Guillermo Cabrera Infante: Un oficio del siglo XX © Fotografía de Germán Puig

Hacia 1951, el Cine-Club se vió involucrado en una corta y “problemática” unión con la recién creada Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, ligada al Partido Socialista Popular, de filiación comunista. Puig, que se encontraba en París estudiando cine, figuraba, sin saberlo, como firmante del manifiesto gestor de aquella sociedad.

Fue el propio fundador y director de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, que ya había facilitado el envío de filmes desde esa institución a La Habana, quien llevó a Puig al Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), que se celebró en Cambridge, Inglaterra, en 1951. Allí el Cine-Club de La Habana se transforma en Cinemateca de Cuba.

La entidad francesa solo podía enviar filmes en préstamo a instituciones análogas. El cambio nominal se tradujo en la redacción de unos estatutos que aseguraban como misión institucional, junto a la proyección de filmes, la necesidad de conservarlos y de disponer de un archivo de prensa, misiones que a la postre fueron imposibles for la falta de fondos, apoyo y de sede fija. La postura de Vigón y Puig fue la de permanecer al margen de cualquier avatar político y de que la Cinemateca de Cuba, inscrita legalmente en 1952, funcionara solo como institución cultural.

fotocoletiva.jpgEn la Bodeguita del Medio, circa 1955.  Tercero por la izquierda, Manuel Barbachano Ponche, en una visita suya a La Habana. A la derecha, desde el primer plano, Tomás Gutiérrez Alea, Jaime Soriano, Germán Puig y su esposa Adoración. © Colección de Germán Puig

Los celos por esas gestiones ya habían hecho mella en Manuel Valdés Rodríguez, que impartía cursos de apreciación cinematográfica en la Universidad de La Habana. El profesor, que había desatado una campaña de descrédito primero contra el Cine-Club y luego hacia la Cinemateca, llegó incluso a apoderarse de películas llegadas desde París destinadas a aquellos jóvenes, y les intentará boicotear los envíos del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA).

Cerrada desde noviembre de 1952, por dificultades de todo tipo, a finales de 1955 la Cinemateca anunció seis meses de clásicos del MOMA, que serían proyectados en la sala del Museo de Bellas Artes de La Habana, con apoyo del Instituto Nacional de Cultura. En mayo de 1956, debido a la represión de Fulgencio Batista, y ante “la toma de conciencia política” de algunos miembros que intentan secuestrar un filme, Cabrera Infante entre ellos, el Instituto de Cultura retira su apoyo y deben buscar una nueva sede, el Lyceum Lawn Tennis Club, donde acabarían los días de aquella institución pionera.

EXILIO, QUE ES EXCLUSIÓN

En 1957, Puig pidió ayuda a Langlois y volvió a trabajar con él en París. Comenzó así su definitivo exilio, “luego de la fragmentación de la Cinemateca debido a la actitud política de algunos de mis amigos, miembros de ella”.

Con el triunfo revolucionario y la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), Puig vio una posibilidad de reactivar aquella institución muerta por la política. A través de Raymundo Lazo, el embajador de Cuba ante la UNESCO, dirigió un memorándum en que informaba de la posibilidad de crear un centro audiovisual anexo a la Cinemateca, para lo cual contaba con apoyo francés. La respuesta fue el silencio.

A la par, en La Habana, Ricardo Vigón, que regresaba muy enfermo desde México después de trabajar con Luis Buñuel, recibió una negativa de colaboración del ICAIC. Tenía a Alfredo Guevara de “enemigo mortal declarado”. Vigón murió en 1960.

Lezama Lima dijo de él: “Vigón era tan juvenil como milenario. Había, como todos sabemos, recorrido muchos espacios, conocido muchos hombres. De todo eso había derivado una sabiduría amistosa (….) Al final, había rechazado mucho, se había quedado con poco. Ese poco es ahora el oro de su recuerdo”.

foto4-german-fandino.JPGEn Madrid, hacia 1974, Germán Puig (izquierda) junto al cineasta cubano Roberto Fandiño (1929-2009). © Fotografía de Hugo Regueiro Puig

Pronto, los nombres de Puig y Vigón comenzaron a ser los de un par de fantasmas. Dos hechos aislados, ocurridos en un mismo año, pusieron en envidencia los manejos del ICAIC para borrar aquel legado. En 1970, tuvo lugar en la Cinemateca Francesa, en París, una muestra por los ’10 años del cine cubano’, al que la revista Cinéma 70 (No.144) dedicó un dossier donde se afirmaba que la Cinemateca de Cuba fue fundada en 1960.

Dos cubanos que leyeron tal afirmación, Germán Puig y Julio Matas, exigieron una rectificación de la revista, cartas que aparecieron en el número 148. Matas, profesor de lenguas y literaturas hispánicas en la Universidad de Pittsburgh, decía que la Cinemateca de Cuba, de la que él formó parte, fue creada en 1951 gracias a Langlois y a la FIAF, y llamaba a Puig “el verdadero pionero”.

Entre tanto, Puig aseguraba: “Falta de ayuda y de apoyo, la Cinemateca de Cuba debió cerrar sus puertas en 1956 (bajo Batista), luego de haber mostrado una selección de las más importantes obras de la historia del cine, provenientes de la Cinemateca Francesa y del Museo de Arte Moderno de Nueva York”.

Y terminaba: “La dirección del ICAIC no ha tenido ningún escrúpulo en alterar hechos tan importantes de la historia de cine cubano. Ha encontrado más fácil beneficiarse atribuyéndoselos. ¿Por qué?”.

De cómo llegó a molestar la biografía de Puig habla el catálogo de la XII Semana Internacional de Cine de Color, que aconteció en Barcelona a finales de octubre de 1970. En una de las páginas centrales, en la lista del jurado internacional de ese certamen, aparecen los nombres de Vicente Aranda, Robert Balser, Simon Mizrahi y Mario Vargas Llosa, acompañados todos de sus respectivas síntesis biográficas; junto al de Germán Puig, solo hay un espacio en blanco.

Por intermedio de la Embajada de Cuba en Madrid, el ICAIC -que envió a competición el mediometraje documental ‘1868-1968’, de Bernabé Hernández-, hizo gestiones para que Puig no figurara en el jurado. Aunque su presencia fue ineludible, el festival barcelonés optó por suprimir aquella biografía incómoda.

Entronado como funcionario del poder y en un intento por denostar las dotes de bailarín del cineasta Tomás Gutiérrez Alea porque baila “al son de la música que toca el enemigo”, Alfredo Guevara se ocupó en calificar a “la vieja Cinemateca”, “a aquel viejo grupo”, como un “viejo sector que más o menos ha tenido una mala posición política”.

La desmemoria impuesta como tradición es uno de los síntomas más graves de cualquier totalitarismo. Hasta hace poco, la historia cubana recogía abundante información sobre los aportes de Valdés Rodríguez y de la sociedad Nuestro Tiempo en el fomento de la cultura cinematográfica; pero muy poca –llamativamente escasa- sobre el Cine-Club de La Habana o de aquella “vieja Cinemateca”.

foto5-german-manuel.JPGPuig (izquierda) junto al escritor argentino Manuel Puig (1932-1990), autor de Boquitas pintadas.   A pesar del apellido en común, no eran familia, pero fueron grandes hermanos. En Madrid, años 70. © Colección de Germán Puig

Decepcionado con tanta miseria humana alrededor del cine, Puig se adelantó en fotografiar cuerpos desnudos. En 1975, viviendo ya en el Madrid del tardofranquismo, de censores y mojigatos, descubrió en carne propia que, en toda dictadura, una disidencia artística es también una disidencia política. Bastaron unos “desnudos inocentes”, para que fuera expedientado por el Juzgado de Peligrosidad y Rehabitación Social por “favorecer la pornografía”, y puesto en caza y captura por declararse en rebeldía.

Una vez más, aquel hombre huyó a Francia. Allí fundó su sello editorial, Herman Puig Éditeur, con el que antologó varios libros con instantáneas del desnudo masculino, mucho antes que los editados por Taschen, luego tan famosos. En aquel París bohemio, Puig demostró que nunca fue un pornógrafo. En Barcelona, él sigue dando de sí, fotografiando y coleccionando sus imágenes de cuerpos desnudos, cuerpos que él va arrebatando al tiempo. Si él se pierde, búsquenlo en un rayo de luz.

© Manuel Zayas, 2010. Todos los derechos reservados.

entrevista: Germán Puig

german-puig-a-sus-22-anos.jpgGermán Puig, en París, a los 22 años. © Colección personal.

Cubaencuentro.com publica una entrevista mía a Germán Puig, fotógrafo precursor del desnudo masculino y fundador de la Cinemateca de Cuba.  Aparecen facsímiles de cartas de Henri Langlois, así como un cortometraje que le realicé en 2008, sobre una película suya nunca terminada, titulada El visitante, en la que trabajó Néstor Almendros como director de fotografía.


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