In the Park (1962)

Fotograma de In the Park (1962), de Orlando Jiménez Leal.

Fotograma de In the Park (1962), de Orlando Jiménez Leal.

Al poco tiempo de la censura en Cuba del documental PM, que realizó junto a Sabá Cabrera Infante, el director Orlando Jiménez Leal tomó el camino del exilio y aterrizó en Miami. Allí filmó In the Park, un filme que según sus palabras “retrata un domingo cualquiera en el Parque de las Palomas”.

“A través de unas imágenes que parecen distantes, de la soledad de los viejos y a pesar de la belleza del paisaje y de la alegría de los niños que juegan, se percibe la tristeza del destierro”, dice Jiménez Leal, quien accedió en esta entrevista a relatar su experiencia con “un cortometraje que cierra nuestro estado de ánimo y nuestra exaltación con el free cinema“.

Nunca antes estrenado, In the Park es una de esas pequeñas joyas en miniatura que esperan por su descubrimiento. Por cortesía del director del filme, DIARIO DE CUBA lo exhibe en calidad de estreno.

¿Cuándo y cómo se filmó In the Park? ¿Quiénes participaron en la producción?

Fue en la primavera de 1962, posiblemente marzo o abril. In the Park se filmó en el Bay Front Park de Miami, al que los cubanos de entonces llamaban el Parque de las Palomas.

Mi amigo el teatrista Juan Guerra y yo, acabados de salir de Cuba, tristes y sin un centavo en el bolsillo, vagábamos con nuestro surmernage por el parque con un extraño sentimiento de desarraigo, pensando en Cuba, tan lejos y a la vez tan cerca.

Armado de una hipersensibilidad especial, empecé a ver cosas que quizá en otra circunstancia hubieran pasado inadvertidas: cojos, viejitas maquilladas haciéndose fotos unas a otras, niños paralíticos, vendedores ambulantes y un negro, viejo y solo, tocando un nostálgico blues. Un día Juan me sugirió la idea de hacer un corto sobre el parque. Él fue mi asistente de dirección. No hubo nadie más.

En una entrevista anterior que te hice decías que una vez que terminaste ese corto documental te fuiste a Nueva York a intentar venderlo y que no pudiste, que era demasiado pretencioso. ¿Sigues considerándolo pretencioso?

Al terminar el corto, loco de contento con mi cargamento, me fui a Nueva York con la idea de venderlo allí. Yo tenía 20 años, era algo arrogante y acababa de descubrir Nueva York y la música barroca (aunque no necesariamente en ese orden).  Impetuoso, toqué todas las puertas.  A todos les gustaba, me hacían comentarios realmente elogiosos, pero no lo compraban… Hoy al ver las cosas con cierta distancia no creo que el corto fuera pretencioso. El pretencioso era yo, que creía que aquel pequeño filme de apenas 10 minutos, hecho casi sin recursos, de una manera modesta, podía ser considerado por las grandes empresas de televisión norteamericanas. Digamos que lo rechazaban con entusiasmo.

Realizado en 16 milímetros y con pocos recursos, hay una riqueza artesanal que no se ve en las grandes producciones, toda la fuerza visual emana de lo simple, de pequeñas escenas de la vida anónima. ¿Sentías una obsesión por contar lo efímero de la vida y las pequeñas escenas cotidianas?

Soy una persona muy curiosa.  En realidad siento una enorme curiosidad por la gente, pero a la vez soy tímido y no me gusta acercarme demasiado a las personas; la cámara oculta, el free cinema, te da la oportunidad de observar de lejos, de ser un voyeur. En Cuba, esa palabra, voyeur (rescabuchador), adquiere, además, unos tintes obscenos porque de alguna manera implica que con la mirada acaricias a alguien también. Esa gente que yo fotografié, inocentemente, una tarde en un parque, no tenía idea de que 54 años más tarde esas pequeñas escenas cotidianas, que tanto te gustan, iban a ser observadas por alguien como tú que ni siquiera había nacido; esas pequeñas representaciones efímeras, esos gestos, eran de gente actuando para mí.  Y no lo sabían. Lo curioso es que yo tampoco.

A diferencia de PM, que provocó un escándalo y fue prohibida y confiscada, In the Park se hizo enteramente en libertad y, sin embargo, nunca tuvo un estreno.  ¿Cuál lección de vida sacas de ambas experiencias cinematográficas, de por sí contradictorias?

Bueno, PM se filmó en un Estado policíaco. In the Park, por el contrario, se hizo en una sociedad abierta donde el individuo no tiene ninguna importancia colectiva y es exactamente eso: un individuo. ¿Qué lección saco de toda esta locura? Pues no te metas con la policía, porque a ella, como decía Raymond Chandler, no hay manera de decirle adiós.

Publicado en Diario de Cuba.

El último ‘apparátchik’

Mentor político de Fidel y Raúl Castro, Alfredo Guevara (1925-2013) ejerció algún poder entre los hermanos. A pesar de su lealtad, fue humillado, públicamente, por el mayor de los dictadores.

Hace escasos tres meses, Alfredo Guevara declaraba que el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), fundado por él en 1959, era una institución obsoleta. “Yo diseñé la organización, pero digo, ‘esto no funciona más'”, aseguró a The New York Times. Apenas tres años atrás, el dictador Fidel Castro reconocía que el modelo cubano no funcionaba más: “El modelo cubano ya no funciona ni para nosotros”, dijo Castro a The Atlantic.

Esas afirmaciones debieron acompañarse por el desasosiego o por cierto complejo de culpa, pero de ello no hay noticias. En ambos casos, las declaraciones eran hechas a medios de comunicación de Estados Unidos y explicaban el fiasco en la gestión de un instituto de cine y de un país.

Acaba de morir Alfredo Guevara, quien tuvo poder suficiente para decidir qué se filmaba en Cuba, figura controversial toda su vida. Seguidamente a la firma de la ley 169 de creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), del 20 de marzo de 1959, Guevara pasó a controlar prácticamente toda la importación, exportación, la exhibición y la producción cinematográficas en el país.

La cercanía con Fidel y Raúl Castro desde los años 50, de quienes había sido mentor al aconsejarles la lectura de Marx y Lenin y llevarlos por el camino del marxismo, fue decisiva para su nombramiento al frente del Instituto. Pero en 1961, viendo que un grupo de muchachos, apoyados por el magacín Lunes de Revolución, habían realizado un cortometraje sobre la noche habanera, confisca la película y se arma uno de los más sonados episodios de censura en el país.

Durante medio siglo, muchos pormenores de la prohibición del cortometraje PM permanecían en una nebulosa, hasta la reciente publicación del libro El caso PM. Cine, poder y censura (Madrid, Colibrí, 2012) que desgrana paso a paso lo que fue sucediendo alrededor de ese filme de la discordia. Con la censura de PM, que dirigieron Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, Guevara destruía cualquier posibilidad de cine independiente.

Como autoridad central del nuevo organismo, cerró las puertas del Instituto a viejas figuras del cine prerrevolucionario, impidiendo que muchos profesionales pudieran seguir trabajando en el sector. Fue muy conocido su enfrentamiento con Ricardo Vigón, cofundador del Cine Club de La Habana (1948) y de la primera Cinemateca de Cuba (1951), de quien dijo no tenía los conocimientos suficientes para trabajar en la industria cinematográfica. A unos que ya colaboraban en el ICAIC, los expulsó; mientras que otros como Guillermo Cabrera Infante se marchaban por enfrentamientos con Guevara.

En un memorando que le escribió, Tomás Gutiérrez Alea (Titón) le criticaba a Guevara: “No puede haber variedad en nuestras obras si todas se deben ajustar al gusto de una sola persona”. El presidente del ICAIC llegó prácticamente a condenar el free cinema y la insolencia de todo aquel que lo cuestionara. Los enfrentamientos con Titón fueron célebres, y de ello da cuenta el libro Volver sobre mis pasos (La Habana, Unión, 2008), preparado por su viuda Mirta Ibarra y que contiene la correspondencia del cineasta.

Durante los momentos más crudos de represión a los homosexuales en las décadas de los 60 y 70, Guevara mantuvo una postura un tanto paradójica: protegió a todos los que estaban bajo su feudo, pero no se atrevió a criticar, ni en público ni en privado, las políticas homófobas y criminales de los dirigentes de la revolución cubana. Sin embargo, apoyó la censura más férrea que sufrió el escritor Virgilio Piñera y envió las cámaras del ICAIC a filmar la autoinculpación del poeta Heberto Padilla, después de su encarcelamiento.

Para que se tenga una noción de hasta donde llegó su cinismo, cito este párrafo en que Guevara habla del dramaturgo censurado: “si nos surgiera ahora un Virgilio Piñera que no tuviera esa historia, que no hubiera participado en Lunes, que no se dedicara a tratar de reclutar a los jóvenes intelectuales envenenándolos en sus relaciones y sus posiciones, o proponiéndoles planteamiento de determinadas posiciones ideológicas, y si no existiera ese pasado, y fuera un nuevo Virgilio Piñera el que naciera ahora, diría que eso sería harina de otro costal”.

Alfredo Guevara, en tanto presidente del ICAIC, dio el visto bueno para que se realizaran cuatro documentales de la ignominia durante el éxodo de Mariel (1980), todos bajo la batuta de Santiago Álvarez y Fidel Castro (y menciono ambos nombres porque ya para entonces el último pensaba por el primero), documentales de corte neoestalinista o neofascista si se quiere, que son una auténtica burla contra el pueblo cubano, y la inteligencia humana también.

Su primer mandato en el ICAIC no estuvo exento de polémica: además de la que hubo alrededor de PM (1961), le siguió la que sostuvo con el dirigente Blas Roca desde el periódico comunista Hoy (1963) a propósito de lo que se consideró como una exhibición de películas decadentes —La dolce vita, entre ellas— que Guevara defendía; y la última a raíz de la producción del filme Cecilia, que dirigió Humberto Solás en 1982 y que fue tan costosa, que le costó su reverendísimo puesto al presidente del ICAIC.

En su primera caída, Alfredo Guevara fue designado como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la UNESCO, y hasta allí fue con su séquito, no se sabe si para beneficiarle o joderle la vida a quién. Siguiendo las instrucciones de su Comandante en Jefe, Guevara permaneció en París hasta 1991, cuando le encomiendan volver al ICAIC y arreglar el desaguisado del filme Alicia en el pueblo de Maravillas, que provocó la destitución de Julio García Espinosa al frente del Instituto (y que por poco causa su cierre o su fusión con las fuerzas armadas o el instituto de televisión).

En una de sus más simpáticas entrevistas, a Castro le dio por hablar de cine. Dijo que le fascinaban las películas de Chaplin y de Cantinflas, y se paró ahí. Esas eran las películas favoritas del Comandante en Jefe, las que no hacían pensar mucho. No mencionó ninguna película cubana, para dolor del presidente del ICAIC.

El 24 de febrero de 1998, Castro hacía públicas sus desavenencias con el presidente del instituto de cine, antes de hablar horrores de la película Guantanamera, que para colmo no había visto: “No padezco del masoquismo de ver algunas de las cosas que con recursos de la Revolución y del pueblo se han creado y que no son un estímulo a la lucha, a la resistencia y al reconocimiento del mérito de tantos héroes anónimos como tiene este país”.

Alfredo Guevara tuvo que aguantar con estoicismo la humillación que Castro le había infligido en una de las sesiones de la Asamblea Nacional, en un discurso que fue transmitido en vivo y en directo para todo el país. Desde entonces, su salida del ICAIC había sido prevista, pero no estaba dispuesto a que aquello fuera interpretado como una destitución. En lo que parece ser su última súplica al dictador, Guevara le había pedido el puesto de presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que empezó a ocupar desde 1999.

Refugiado en esa comodidad, el viejo apparátchik empezó a recopilar y a publicar unos voluminosos libros de títulos impronunciables y cursis. Cuando se le creía sin poder, hace dos años, destituyó a todo el personal de la Oficina del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que lo acompañó en la organización del evento durante casi dos décadas.

Dio órdenes de no proyectar tal película o de no aceptar tal otra a competencia. Por problemas de comunicación, se despertó el sempiterno fantasma de la censura. Con mayor o menor razón, los realizadores afectados fueron ganando quorum hasta que el viejo apparátchik hizo su aparición en escena: “A mí hay que sacarme de aquí a cañonazos”, dijo. Pero este 19 de abril, su corazón dejó de funcionar.

Reacciones

Germán Puig, cofundador del Cine-Club de La Habana y de la primera Cinemateca de Cuba, dijo sobre Guevara: “Vivió creyendo que el fin justificaba los medios. Todo lo que se apartara de eso, le estorbaba. Al igual que Fidel Castro, creía que lo que hacía estaba bien hecho, aunque se equivocara. Se ha roto un cordón umbilical, porque Alfredo Guevara decía que yo era enemigo suyo. Él veía en mí a su alter-ego. Creía que tenía la misión de crear una industria cinematográfica, y la realidad prueba que en eso tenía razón”.

Fausto Canel, quien trabajó en el ICAIC hasta exiliarse en 1969, recuerda: “Fue un dirigente brillante que quiso hacer la cuadratura del círculo: quiso promover un cine de calidad y hasta crítico en un contexto marxista-leninista en el que creía. Pudo hacer lo que hizo en momentos en que el régimen cubano estaba en formación, pero en cuanto se convirtió en un régimen leninista, él tuvo que entrar por el aro. Cometió errores inmensos por razones de temperamento, metió la pata con la censura de PM. Ese fue un grave error que le cayó en sus espaldas y que Fidel Castro nunca le perdonó”.

“Se cuenta que Alfredo Guevara le ganó la presidencia de la FEU a Fidel Castro y entonces este se preguntó cómo era posible que ese hombre con frenillo y que no sabía hablar en público, podía ganarle. Y le ganó porque tenía el apoyo de la juventud comunista, que entonces tenía un entramado muy sólido. A partir de entonces, Fidel Castro se acercó a Guevara y le pidió que por favor le diera una mano con la educación de Raúl Castro, y es cuando consigue que inviten a Raúl a un congreso de las juventudes, organizado por la Internacional Comunista en Praga. Así fue cómo Alfredo se llevó a Raúl y lo empezó a meter en el mundo comunista. Luego fueron invitados a Moscú, regresaron en barco y se hicieron muy amigos”.

“Por esa época, Fidel Castro era un lector voraz de Benito Mussolini y de Primo de Rivera. El consejo de Alfredo fue: ‘léete a Marx y a Lenin que son los que tienen las cosas claras’…”

“Le parecía completamente estúpido perseguir a los homosexuales y sobre todo mandarlos para campos de concentración. Él era más inteligente que los imbéciles. Le gustaba estar rodeado por hombres bonitos. Él nunca se hubiera tirado contra el poder e hizo lo que pudo”.

Orlando Jiménez Leal, co-director de PM y del documental Conducta impropia, dice: “Alfredo Guevara quería ser poeta. Un día en una larga caminata en Madrid, mi amigo Roberto Fandiño me dijo: ‘Yo he sido el confesor de Alfredo Guevara’. Le pregunté que si era Père Lachaise y me dijo aun más, que él era el corrector de sus poemas”.

“Cuando llegamos a su casa, para probarme lo que decía, Fandiño sacó unos extraños manuscritos. Eran los poemas de Alfredo. Yo leí aquello con extrañeza y con pasión. Recuerdo que eran unos hermosos ripios, una mezcla de Luis Cernuda y Miguel Hernández en proporciones que no recuerdo. Había una extraña reiteración de las caracolas y el mar. ¿Qué extraño poder tenía este hombre? ¿Cómo pudo ganar tantas batallas prácticamente en solitario? ¿Qué intrigas palaciegas controlaba?”

“Lo cierto es que tenía un extraño ascendente sobre Fidel Castro que nadie hasta ahora podía entender. Fue un apparátchik aplicado, rebelde y sinuoso. Paseaba su saco sobre sus hombros como una especie de desafío a ese mundo machista que lo rodeaba. Tuvo la virtud de crear una industria de cine en Cuba. En realidad creó el aparato de propaganda más poderoso que tenía la revolución. Con él infectó con boberías ideológicas a medio mundo. Que descanse en paz”.

Publicado en Diario de Cuba

Sobre el libro ‘El caso PM’

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El caso PM y las palabras censuradas de los intelectuales

Jorge Ignacio Pérez

MIAMI, 14 de diciembre de 2012, www.cubanet.org.- Muchos años después de que la denominada Revolución cubana cometiera el ridículo de censurar una película de 14 minutos que no hacía otra cosa que exponer el divertimento nocturno, la fiesta, la espontaneidad de un país cuya base fue y sigue siendo la música, salen a flote los pormenores del primer acto estalinista –o uno de los más sonados- contra la cultura nacional.

El caso PM (Pasado Meridiano) fue la prohibición por decreto de este cortometraje rodado por los entonces muy jóvenes Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, mediante actas que pueden leerse con asombro a la luz de hoy.

Las actas emitidas por el ICAIC, no obstante, no dejan de reconocer que la cinta PM está “técnicamente dotada de valores dignos de consideración”. En efecto, se trata de un documental filmado con la técnica de free cinema, atractiva para la época. Rodado además sin contar con el auspicio del instituto de cine gubernamental, lo cual debió molestar bastante a los comisarios políticos de entonces, que son los mismos de hoy.

Manuel Zayas, joven investigador cubano con residencia en los Estados Unidos, hurgó en esta parte de la triste historia cubana en los albores de aquella Revolución. Zayas ni siquiera había nacido cuando se rodó PM. Pero, como periodista, cineasta y crítico de cine, se dedicó a atar cabos sueltos. En efecto, todo parece indicar que la censura infantil y rabiosa de PM, dio pie a las famosas reuniones de la cúpula “revolucionaria” con intelectuales de los 60. Del debate en torno a la suspensión de PM salieron las respuestas de los intelectuales a la autocracia fidelista, que hoy por fin pueden ver la luz.

Acaba de presentarse en la Feria del Libro de Miami el libro El caso PM. Cine, poder y censura, editado por Colibrí, del cual has sido coordinador, junto con uno de los realizadores del mítico documental, Orlando Jiménez Leal. ¿Qué te movió a participar en este proyecto?

Tengo que empezar diciendo que este es un documental que me apasiona. Hay algo fresco y crudo en él, de retrato de otra época que yo no viví. El proyecto del libro surgió en una conversación con Orlando, hace como cuatro años, cuando llegamos a la conclusión de que no existía un texto que recopilara todo lo sucedido alrededor del affaire PM. Existían los testimonios dispersos de algunos protagonistas, pero nada más. Y lamentablemente la versión que finalmente parecía que iba a imponerse era la de los responsables de la censura, Alfredo Guevara entre ellos. Trabajando en el libro, me interesé por filmar esa historia, que será contada en un clásico documental de montaje.

El libro recoge textos de distinto aporte: el de Néstor Almendros en Bohemia, que tanto incomodó a Guevara y que provocara la expulsión de su autor de la revista; uno de Antonio José Ponte, en el que ensaya con gran deleite entre el caso de censura de El Mégano, bajo Batista, y el de PM, bajo Castro.

Aparecen dos textos en tono más de memoria -o si se quiere impresionistas- firmados por Fausto Canel y Orlando Jiménez Leal; un ensayo académico del investigador francés Emmanuel Vincenot, que desgrana todo lo que fue pasando alrededor de ese cortometraje de la discordia; y otros textos de distinto signo: el de Vicente Echerri, que revela cómo la palabra puede tener un fin opresor; el de Néstor Díaz de Villegas, que habla del filme como monumento funerario; el de Gerardo Muñoz, que analiza la actualidad de PM; el de Rafael Rojas que mira a La Habana desde Nueva York, a través del sondeo en las simpatías que aquella revolución provocó en un inicio en intelectuales y artistas de izquierda en EE.UU., en lo que se denominó grupo o generacion beat; y finalmente un texto mío, que se atreve a calificar esa censura como ilegal, solamente con acceder al texto de la ley usada para censurar el cortometraje.

En otro acápite, se rescatan las palabras de los intelectuales, es decir, de los que en las dos sesiones previas al discurso del Máximo Líder hablaron en la Biblioteca Nacional de La Habana, el 16 y 23 de junio de 1961. Como es sabido, estas palabras de los intelectuales todavía hoy permanecen censuradas en Cuba. Hace algunos años, la revista Encuentro de la Cultura Cubana publicó fragmentos de la primera sesión.

¿Qué importancia tienen esas palabras de los intelectuales para la comprensión de la historia de esa censura?

En el libro están recopilados fragmentos de las más importantes intervenciones de los intelectuales, en las dos reuniones previas al discurso de Castro, antes de que él definiera la política cultural de la revolución (“Dentro de la revolución todo, contra la Revolución ningún derecho”). Por fortuna, pudimos contar con un material único, las palabras originales de los detractores y los defensores de la película. Todo lo que se dijo allí sobre PM sale ahora publicado por primera vez.

Aparecen las intervenciones de Virgilio Piñera, interrumpido por Castro; las de Heberto Padilla, quejándose todo el tiempo de que no han invitado a los autores de la película; la de Mirta Aguirre mandando a no hablar del asunto, porque esas reuniones estaban dedicadas a otros temas; la de Tomás Gutiérrez Alea; la de Rine Leal diciendo que estaba aterrorizado; la de Osvaldo Dorticós preguntándose si no existía el derecho a prohibir la pornografía; y otra vez Padilla, mencionando que alguien se había atrevido a pedir el fusilamiento de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, los autores del documental.

Junto a las de Mirta Aguirre y otros más, están las intervenciones de Julio García Espinosa y la de Alfredo Guevara, principales defensores de la censura y detractores del magacín Lunes de Revolución, que había propiciado la producción de PM de manera independiente. Y están también las réplicas de Pablo Armando Fernández, hablando del historial de Lunes, y la de Guillermo Cabrera Infante, desmontando tanta infamia alrededor de esa censura, y en la que el autor de Un oficio del siglo XX lee un texto no publicado por la prensa oficial en el que Bob Taber salía en defensa del cortometraje.
Cabrera Infante va más allá y desgrana todo el absurdo de aquella censura y parece no dejar títere con cabeza: se burla del contenido de las actas redactadas desde el ICAIC prohibiendo el cortometraje, de Alfredo Guevara, quien llegara a comparar PM con el Mein Kampf  de Adolfo Hitler, y hasta ironiza con lo que le dijo el poeta Nicolás Guillén, quien había asegurado que PM le parecía “un vómito”.

Están también los parlamentos de Carlos Franqui y de Carlos Rafael Rodríguez, quien sale en defensa del tenebroso Stalin. Y un diálogo entre Franqui, Padilla y José Lezama Lima. Todo muy esclarecedor. Ya se verá por qué. Hay que decir que nunca las versiones taquigráficas del llamado gobierno revolucionario han resultado tan útiles. En aquella reunión, se dibujó el panorama de futuro que les reservaría la revolución cubana a las voces críticas. Allí están, avant la lettre, los nombres de los futuros censurados, los de los condenados al ostracismo.

¿Por qué no estuviste en la Feria de Miami, en la presentación?

No participé por razones ajenas a mi voluntad, según hice saber un mes antes de la presentación del libro. Lamentablemente, los ejemplares se quedaron retenidos en alguna aduana española o de EE.UU. En desagravio, se ha organizado otra presentación en Miami, esta vez en el Teatro Tower, este viernes 14 de diciembre, a las 6 de la tarde.

Encararte a las instituciones culturales cubanas, investigar sobre temas de censura, ocultamientos y manipulaciones de personajes tan siniestros y con tanto poder como Fidel Castro y Alfredo Guevara, todo esto te habrá cerrado las puertas para volver a la isla. ¿Temes alguna represalia contra ti?

No temo ninguna represalia, con lo cual quiero decir que desde hace tiempo dejé de tener miedo por lo que yo pueda decir o hacer, como ser libre.

Quienes se han mostrado muy temerosos de que se conozcan los recovecos de la censura de PM, son los propios responsables de la prohibición y los exégetas del dictador. Quien hurgue en aquellas palabras ocultas por más de medio siglo, se encontrará con la carta que enviara Virgilio Piñera a Nicolás Guillén, que fue firmada por cincuenta intelectuales y artistas, en protesta por la manipulación del ICAIC de la reunión de Casa de las Américas, previa a los encuentros de la Biblioteca Nacional.

Recientemente, Alfredo Guevara ha vuelto a saltar al ruedo en un documental de Rebeca Chávez, Luneta 1, otro intento de análisis de la política cultural de la revolución desde el oficialismo, en el que  por ser tan oficiales se atreven a sacar al deshielo fragmentos de las filmaciones de la autoinculpación de Heberto Padilla. Ahora Guevara insiste en que los hechos deben ser contados como en Rashomon, la película de Akira Kurosawa. En el documental de Chávez se vuelven a ignorar todas las otras versiones. Por ignorar, se olvidan hasta de mencionar que en la película de Kurosawa existía un crimen. En El caso PM, el libro que ahora se presenta, no se ignora nada.

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Orlando Jiménez Leal y Manuel Zayas (coord.): El caso PM. Cine, poder y censura. Editorial Colibrí, Madrid, 2012, 272 pp. Para comprarlo, pinche aquí.

Más información sobre el libro en:

El Nuevo Herald
Diario de Cuba

El hombre y la mujer en la intimidad


El sexólogo germano oriental Siegfried Schnabl (derecha) delante de la figura de una muñeca desnuda en el Museo Alemán de Higiene de Dresde (1996). Foto de DPA.

Desempolvando un testimonio

En 1979, la Editorial Científico-Técnica se apresuró a imprimir El hombre y la mujer en la intimidad, un texto sobre relaciones sexuales escrito por el psicólogo entonces germano-oriental Siegfried Schnabl, quien había sido invitado a ofrecer una conferencia en la Universidad de La Habana ese mismo año.

Schnabl era un autoproclamado investigador sexual que, tras publicar en 1969 su manual sobre la intimidad sexual entre el hombre y la mujer, se había convertido en el Consejero Sexual y Matrimonial más exitoso de la ya desaparecida República Democrática Alemana y aunque sus investigaciones sobre sexualidad fueron oficialmente prohibidas en 1973 por el gobierno de su país, se le permitió continuar como jefe de esta especialidad en la universidad Karl Marx Stadt en Chemnitz.

Entre las dieciocho ediciones que se hicieron de su manual estaba la cubana. A decir verdad, el libro no era más que un compendio banalizado y procesado para el socialismo real de las teorías y prácticas elaboradas desde 1957 por el matrimonio americano del ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson, seguidores de Kinsey que sentaron cátedra en este campo por muchos años. Con la prisa de preparar la edición para la visita del distinguido alemán, los editores descubrieron un poco tarde, que había un capítulo que trataba sobre la homosexualidad de una manera que no encajaba en los principios que regían una psicología dominada por principios ideológicos.

Quizá confiados en que Schnabl hasta hacía poco consideraba la homosexualidad como una enfermedad, a pesar de que desde 1973 la American Psychological Association la había desclasificado como psicopatología, los encargados de organizar la gira no revisaron bien el libro y para su consternada sorpresa se dieron cuenta de que, en ese capítulo, Schnabl presentaba la teoría del baño andrógeno, en pañales entonces, como explicación del homosexualismo sin connotaciones éticas o ideológicas. Simplificando los argumentos, esta teoría establecía que todos los embriones son inicialmente femeninos y muchos son sometidos a un baño andrógeno que determina el desarrollo del sexo masculino. Con los estudios genéticos todavía muy lejos de lo que son ahora, diferentes mezclas y visiones de esta teoría se sostenían para calificar la homosexualidad como un fenómeno natural. Por supuesto, la teoría, que ha evolucionado con el tiempo y con el desarrollo de la genética, estaba muy incompleta y llena de baches, pero lo importante es que representaba un desafío insólito para la dirigencia de la facultad de psicología cubana, ya que implicaba un apoyo científico a la normalidad biológica de la homosexualidad en un momento en el cual la homofobia era razón de Estado.

No se hicieron esperar los parches. Originalmente, el libro iba a ser distribuido a toda la población, pero en sus afanes remendones, las autoridades pertinentes determinaron que se vendería sólo a psicólogos y psiquiatras previa presentación de su identificación como tales. Recuerdo el día que fui a comprar mi ejemplar, ya que no vendían más de uno por cliente, en una librería de la calle Zanja, muy cerca del barrio chino. Le dije a la dependienta lo que quería y ésta, tras mirar sigilosamente a ambos lados, me pidió la identificación que de inmediato produje. Sacó una libreta y anotó mis datos lenta y cuidadosamente. Tras guardar la libreta y devolverme mi carnet, sacó un cartucho y se agachó tras el mostrador. Con trabajo manipuló para extraer un libro que estaba enterrado bajo un montón de revistas (lo supuse por el sonido, ya que nada se veía) y luego lo puso dentro del cartucho. Se irguió y me lo entregó mirando de nuevo a todas partes y advirtiéndome: “No lo saques aquí”.

El dichoso capítulo se convirtió en el tema del momento entre los psicólogos. Las autoridades de la facultad prepararon un almuerzo con Schnabl para ajustarle y advertirle los límites de su conferencia. El temita había que tocarlo de pasada. Aunque la mayoría de nosotros estábamos más interesados en preguntar sobre el uso de la prostitución para tratar la impotencia y la esterilidad sexual en un sistema socialista, elemento que manejaban con frecuencia Masters y Johnson y que Schnabl tímidamente reflejaba en su libro, la dirigencia del partido y de la juventud comunista repartieron entre varios de sus miembros una lista oportuna de preguntas que coparían la sesión una vez que Schnabl terminara su alocución, propósito que lograron y que interfirió con las pocas preguntas espontáneas que algunos intentaron hacer. Sin embargo, Schnabl, queriendo hacerse el simpático para aligerar el ambiente y romper el hielo que reinaba en el local, empezó su conferencia diciendo: “Ayer durante el almuerzo que me ofrecieron, me pareció que me miraban como si yo hubiera llegado dirigiendo un batallón de homosexuales que invadían por Playa Girón”. Hubo un silencio ensordecedor en el anfiteatro.

En 1982, Néstor Almendros me contactó para preguntarme si me interesaba ofrecer este relato para que formara parte del documental sobre la represión a los homosexuales en Cuba que entonces filmaba y que luego sería Conducta Impropia (1984). Accedí y unos meses más tarde Néstor vino al festival de cine que organiza la Ohio University en la pequeña y pintoresca Athens, situada en el este rural del estado de Ohio, a unos doscientos kilómetros de mi casa. Me pidió que fuera por allá para filmarme y entrevistarme, pero cuando aquello yo era pobre e indocumentado y el vehículo que manejaba no hubiera llegado ni a mitad del camino. Hablamos de la posibilidad de que él llegara a Cincinnati o de que nos acercáramos a medio camino, pero sus obligaciones con el festival se lo impidieron y el testimonio cayó en el olvido.

Roberto Madrigal, Cincinnati


Este texto de Roberto Madrigal se reproduce con autorización de su autor, que lo tiene publicado en su blog. La única edición en español del libro El hombre y la mujer en la intimidad es la cubana, de cuya traducción se ocupó Francisco Díaz Solar. La sexóloga germano-oriental Monika Krause, que trabajaba en el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), se encargó de la revisión técnica. En la polémica sostenida en The Village Voice, a raíz del estreno del documental Conducta impropia, el cineasta Tomás Gutiérrez Alea mencionó la publicación de este libro en Cuba y citó pasajes en los que el Dr. Schnabl hablaba del porqué la homosexualidad no podía entenderse como perversión. Schnabl iba más lejos y decía que los homosexuales, como todos los ciudadanos, tenían el derecho a ser valorados y reconocidos por sus logros y comportamiento. Sin embargo, como señalaron Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal en una carta publicada en The Village Voice, este experto en sexología de la Alemania comunista no escondía sus prejuicios contra los homosexuales cuando los describía, ridiculizándolos. Ejemplos en las páginas 329, 331, 332, 334. Todos los textos de la polémica en The Village Voice se pueden leer aquí. En Alemania, la homosexualidad fue penalizada según el artículo 175, también conocido como párrafo 175. Existe un excelente documental, Párrafo 175 (2000), de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, que testimonia el acoso y persecución de los homosexuales durante el Tercer Reich. Recomiendo vivamente también el documental La reina del condón (2007), de Silvana Ceschi y Reto Stamm, sobre la sexóloga Monika Krause.

The Village Voice on Improper Conduct

¡Cuba Sí, Macho No!
Persecution of Gays in a Leftist Land
By Richard Goldstein (The Village Voice, July 24, 1984)

Improper Conduct, the new film by Nestor Almendros and Orlando Jimenez Leal, is unlikely to usurp the box-office hegemony of Gremlins and Ghostbusters, but its impact within certain circles has been immense. Intentionally or not, it pits political progressives and gay liberationists against each other. The issue is sexual politics, and the battleground is Cuba.

Are homosexuals treated so differently in Cuba from the way they are in the United States?, a skeptical progressive at the media screening of Improper Conduct wanted to know. Before the filmmakers could respond, a man rose from the audience. “I am a Cuban homosexual,” he declared. “In Cuba, I cannot say it publicly. That is the difference.”
Marielitos in Florida: huddled “missies” yearning to breathe free

For gay Latinos and Latinas—that most silent minority—Improper Conduct is the cinematic equivalent of a thunderclap. It proclaims not only the existence of a Hispanic gay community, but its systematic persecution in a society once regarded as the great hope of humanistic socialism. From 1965 to 1967, the Cuban government engaged in what can only be called an antigay pogrom. While we were dancing around with flowers in our hair, they were rounding up locas—loosely, “queens”—for confinement in labor camps, alongside drug users, religious sectarians (especially Jehovah’s Witnesses), hippies, and artists suspected of subversive activities. The camps, known euphemistically as Military Units to Augment Production (UMAP), were supposed to rehabilitate their inmates, whose offenses could be summed up in the phrase from the Cuban penal code from which this film gets its name. Long hair, makeup, public lasciviousness—for men, this constituted “improper conduct,” a punishable offense.

It was a time of crisis in Cuban life, following hard on the Bay of Pigs invasion and a destabilization campaign by the CIA whose details—from the little we know about them—seem brutally surreal. And it lasted only two years. But even after Castro closed the UMAP camps in 1967 (following protests in Western Europe and in Cuba itself), the policy of incarcerating gays persisted. Discrimination was officially sanctioned by the National Congress on Education and Culture, which called in 1971 for the expulsion of “notorious” homosexuals from education and the arts. Open gays were purged from Cuban culture, where they had previously played a pervasive role. They were expelled from the universities and drummed out of the Party, since, as Fidel himself had declared (in a 1965 interview), “a deviation of that nature clashes with the concept we have of what a militant communist should be.”

Cuba’s obsession with homosexuality has haunted American progressives; gay and straight, ever since veterans of the Venceremos Brigade discovered that, though they were free to pick sugar cane, they were expected to remain silent about repression. So persistent were the entreaties of gay radicals that, in 1972, the brigade issued a directive calling homosexuality “a pathology which reflects leftover bourgeois decadence” and requiring Brigadistas to refrain from “imposing North American gay culture on the Cubans.”

These chestnuts are preserved in Allen Young’s book, Gays Under the Cuban Revolution, which may well have served as a blueprint for Improper Conduct (though it’s nowhere credited). Young was a gay Brigadista who started out “a full-fledged Cubaphile,” thrilled to be seen wearing the military uniform he’d received as a gift. He became estranged from Marxism in the process of coming out. The liberationist politics he’s embraced has its limitations, but it’s been invaluable in keeping alive the debate over Cuba’s values that has raged for nearly a decade in the radical American press. From Jump Cut to Win, leftists have painfully weighed the persecution of homosexuals against the evils of cultural imperialism, the latter offered—it so often is—as a smokescreen for any third world policy that looks barbaric to Western eyes.

But in 1980, the question of cultural imperialism became academic. That year, between 10,000 and 20,000 homosexuals left Cuba for these shores. Perhaps 15 per cent of those who took part in the Mariel flotilla were gay—the first time homosexuals as a self-conscious group chose emigration to achieve personal freedom. They were received ambivalently; most still live on permanent parole, since no acknowledged homosexual may be granted resident status or become an American citizen. But the fiercely articulated testimony of so many gay Cubans has made what was once an arcane dispute on the left into front-page news.

Improper Conduct is bound to do even more than that, for it presents the persecution of Cuba’s homosexuals as an emblem of communism’s failure. It’s an unprecedented emblem, one the contras of Miami would never have chosen to represent their fate. The last time the good citizens of Little Havana were asked to express themselves on the issue of gay rights, they backed Anita Bryant to the hilt. There are plenty of Cubans in this country who will allow that Castro did one good thing: he got rid of the homosexuals.

But Improper Conduct isn’t meant to stir a right-wing audience. It is aimed at progressives, and it makes its case interms no humanist can dismiss. We’ve been educated by our own gay rights movement, and by historic connections between that movement and the European left, to regard homosexuals as members of the noble fraternity of pariah groups. “There are no Jews in Cuba, but there are homosexuals,” Sartre once observed, and we understand exactly the signal he is sending. We have come to judge the worth of democratic societies by the fate of their minorities.

It’s a fair standard, and the basis of my own understanding of what it means to be gay. Despite Norman Podhoretz’s contention that sexual deviance is a marker for political subversion (we’re just so many swishing saboteurs to him), homosexuality has tempered my politics and altered my allegiances on the left. I began this piece with the image of a Cuban homosexual standing up to declare himself a symbol of the distinction between free and repressed societies because I feel myself implicated in that moment, much as I felt involved in this film.

Improper Conduct arouses that empathy the way left-wing documentaries always have. It personalizes history—even at the expense of objectivity—by heightening identification between the viewer and the victims of oppression. Almendros and Leal use this tradition to mount a critique of the left. Their film consists, for the most part, of passionate personal testimonies, warmly lit and intimately framed. The Sorrow and the Pity springs to mind, but Improper Conduct aspires to be something else. Ophuls’s film examines the impact of occupation on an entire French community; its moral dilemma involves the response of individuals to a repression visited on everyone. But Improper Conduct shows us people singled out by the state because elements of their identity are regarded prima facie as dangerous.

You can dismiss some of the suffering the film brings before us as the crocodile tears of a disenfranchised bourgeoisie; you can argue that some of these people were counterrevolutionaries, even CIA agents; but the evidence of persecution adds up to something damning because you can sense its systematic nature. For all that homosexuals have suffered on the silver screen, Improper Conduct is the first film to present gay people as social victims. For that reason, it’s a giant step toward our legitimization.

But there’s another agenda in this film, perhaps more central than its liberationist aims and surely more problematic. That agenda involves the delegitimization of the present Cuban government, a prospect we may well be forced to contend with if Reagan is reelected. To progressives in North America, who might be expected to oppose any overt or covert assault on the Cuban state, a film like Improper Conduct could be a powerful deterrent. It makes personal and “progressive” what right-wingers always say about Communist societies: that in the name of social justice, individual freedom ceases to exist. What right-wingers choose to ignore is the effect of this constriction on sexual identity. For Almendros and Leal, the persecution of homosexuals in Cuba is as significant as the suppression of Solidarity in Poland, and as revealing of communism’s monolithic face.

They offer us a politics of homophobia in which militarism is the prime mover, and they identify its emergence in Cuba as the cause of unremitting enmity between the government and its gay citizens. “I think we’re seeing an evolution in Communist culture toward a military ideal,” says Susan Sontag, in an interview that ties this film to its ideological moorings. “If homosexuals in such countries are identified with women, i.e., as weak elements, and the country’s ideology is focused on strength, and strength is associated with virility, then male homosexuals are viewed as a subversive element.” (Pace, Mr. Podhoretz.)

It’s an elegant explanation, but like most temptations of the flesh, it reduces the complexity of a cultural response to fantasy. The fantasy here is that there is a single explanation for homophobia, a unified field theory that will unravel the mystery of what is—like sexism itself—a phenomenon with divergent and contradictory roots. Any society straining to unify its people behind a single standard of behavior or system of belief will soon become obsessed with sexual heresies, not to mention political or religious ones. That doesn’t mean every authoritarian culture is homophobic or every homophobic culture authoritarian. The mechanisms of repression vary from society to society, and depend as much on cultural tradition as on political exigency. The “militarization of culture” in the Philippines has not produced the response it did in Cuba; gay life flourishes in Manila, and, for that matter, it survives unmolested in Johannesburg, where the traditions of Western democracy are applied quite selectively.

Perhaps Sontag would explain away these exceptions to her rule by invoking the odious distinction between authoritarian and totalitarian states. But what about East Germany, an orthodox Communist society where gay bars operate freely and sodomy laws were stricken from the books in 1968? Why are there no camps for homosexuals in Nicaragua? When Almendros was asked this question by the New York Native, he replied, in high Cuban style, that the Sandinistas “can’t go as fast as Cuba did because they don’t have men in power as smart as Castro.”

This is not to deny the trend toward sexual pluralism in capitalist societies or the tradition of compulsory heterosexuality in Communist states. It is only to insist that change is possible in either case, that homophobia is a dynamic element in many political systems, that democrats as well as dictators may be guilty of harboring murderous intentions toward queers. We would do well to remember the sex-panic of the ’50s, when several thousand gay Americans were purged from the civil service. There were no labor camps, but tens of thousands served time for improper conduct, American style. Much has changed, to be sure; but not irrevocably. This nation, which holds out such potential for personal freedom, also harbors a passion for control.

In the West, gay people typically find themselves torn between contradictory perceptions: they are simultaneously regarded as a sort of ethnic group, with fundamental rights of privacy and association, and as a renegade element that threatens the family and state. In Communist cultures, where the well-run state and the stable family have historically been synonymous with human rights, the idea of a tension between sexual and social imperatives seems subversive, alien. For Sontag, such cultural conditioning is beside the point. Ideology makes the state, and Marxist ideology is puritanical at the core. “I think one of the left’s weaknesses has been a difficulty in dealing with questions bearing on the moral and political aspects of sex,” she tells Almendros and Leal. “It’s a heritage, in a way, a `puritan’ one, that is deeply imbedded in the morals of the left. The discovery that homosexuals were being persecuted in Cuba shows, I think, how much the left needs to evolve.”

The left, the right, and the center, anyone who’s openly gay in America might observe. But Sontag has a specific ideological target in mind, and an agenda that must be met even at the expense of history. In fact, the gay rights movement is part of the legacy of left-wing politics. German Marxists of the early 20th century were the first to demand legislation to redress gay oppression. The founder of America’s first gay rights organization, the Mattachine Society, was a member of the Communist Party named Harry Hay.

To acknowledge that this liberationist tradition did not become ingrained in “scientific socialism” is one thing. One can trace the Communist rationale for homophobia back to Stalinist slanders about “the fascist perversion” and even further back to utterly loony assertions by old man Marx himself about “men of the rear” usurping power from “we men of the front end.” (Marx was referring obliquely to certain socialists of his time who were heterodox—and gay.) But to insist that the left is inherently, immutably homophobic is to sacrifice reality to realpolitic.

Is there another, less serviceable explanation for Cuba’s antigay pogrom? Why did Castro choose the Bulgarian solution of concentration camps and not the East German model of official tolerance? Several explanations have been advanced by defenders of the revolution who, while not seeking to excuse the UMAP camps, do attempt to place what happened during those years in the context of traditional Cuban culture. B. Ruby Rich, a film scholar who has traveled to Havana twice, points to the distinction in Caribbean societies between “private (expressive) and public (repressive) space.” The former, she argues, is broader and more permissive than in the United States, while the latter is narrower and more rigid. After the Bay of Pigs, Rich contends, the old system of “se dice nada, se hace todo” (“say nothing, do everything”) broke down. “In this climate of postinvasion paranoia, private space was invaded as never before.”

Nestor Almendros (left), Tomas Gutierrez Alea (right)

But Rich goes further to suggest a material basis for the persecution of homosexuals. In a monograph with Lourdes Arguelles, published this summer in the feminist journal Signs, she asserts that the CIA actively tried to organize a fifth column within the mob-dominated gay underground of Havana. “Young homosexuals seeking contact with `the community’ in the bars and famous cruising areas of La Rampa were thus introduced to a counterrevolutionary ideology and practice…. ” After the 1961 invasion, “realistic fears gave rise to paranoia, and (as in the McCarthy years here) anyone who was `different’ fell under suspicion. Homosexual bars and cruising areas were perceived, in some cases correctly, as centers of counterrevolutionary activities and began to be systematically treated as such.”

This begins to sound like the, language conservative revisionists resort to when justifying the excesses of the McCarthy years: we really were confronted by an international Communist conspiracy, some of the people we ruined really were traitors, and in any case, those willing to forgo their association with the left were safe. Rich is on firmer ground when she describes the dolce vita of old Havana. Her observations are a devastating critique of everything we’ve read and heard. Here, for example, is Allen Young’s apotheosis of those days: “There were the prostitutes, both male and female, flourishing their licenses, government-issued and carefully administered…. It was not unusual to be approached at gangplank by a young, sultry Latin whispering, ‘Exhibicione! Exhibicione? Ah, yes! Those were the dear gone days of `Superman,’ who gave several nightly exhibitions, 100 per cent sexual…. Prior to his ‘mounting,’ he would strut around the room allowing his audience to touch him—for a fee. 11uly, Cuba had a roaring economy in those days.”

In speaking of that picturesque milieu, Rich notes: “This sector was mostly controlled by American organized crime and members of an indigenous bourgeoisie directly linked to Batista’s political apparatus. It employed more than two hundred thousand workers…. If legal sanctions and official harassment were rare, this tolerance was due less to social acceptance than to overriding considerations of profit and the economic interests of the underworld…. ”

Rich hasn’t hesitated to make her sexual politics known to the Cubans. On her most recent trip to Havana to participate in a Latin American film festival last December, she delivered a paper called “The Aesthetics of Self-Determination,” which focused on North American gay cinema. The festival had already refused to screen a documentary about gay life in North America, and her frankly progay stance drew an ambivalent response. “The embarrassment was evident,” another critic who attended the festival recalls; several delegates walked out and there was no discussion afterward. (On the other hand, the Cuban press reported the speech.)

But in this country, Rich has chosen to place her solidarity with the Cuban revolution above gay politics. She asserts that many homosexuals who remain in Cuba have chosen patria over personal identity. “The revolution might not speak to the homosexual in them,” Rich writes, “but it continued to address other vital aspects of their being. They, in response, put the revolution—and Cuba—first, and put off sexual politics until later.”

Were Americans asked to defer their sexuality on patriotic grounds, progressives like Rich would be among the first to point out that such choices are painful and unnecessary; one can be a loyalist and a liberationist. But in a revolutionary society, Rich seems to say, the closet is an honorable retreat. “The absence of a gay public space [in Cuba today] means there are no lesbian or gay bars; yet there is a flourishing homosexual social scene…. This rich `salon’ society is particularly well suited to the expansive private sphere required by homosexuals…Some, such as Jorge, an artist, even contend that `for all the repression, there is more true sexuality for gays in Cuba.’ ”

Sex in the shadows may, indeed, be hot; but life in the shadows is something else again. Rich acknowledges the problem without advancing its solution. It takes a lapsed Marxist like Young to state in no uncertain terms that “Cuba denies its gay citizens the freedom of association and community.” Therein, camps or no, lies its ongoing shame.

So far, the Cuban government has offered only the most oblique response to Improper Conduct. Referring to “the incredible charge that the Cuban government represses homosexuals,” Granma, the Communist Party newspaper, remarked on June 11, “the lies are so grotesque that decorum prevents us from accepting that they be debated.”

But the allegations continue to sully Cuba’s reputation, especially in cultural circles. Just last week, Armando Hart, Cuba’s minister of culture, was confronted by a French journalist who had come to Havana for a festival of the visual arts. Hart reacted with consternation when asked how Cubans feel today about the era of UMAP camps. According to one writer who was present, he replied that Cuba’s enemies focus on “individual cases” in order to avoid acknowledging the revolution’s cultural achievements: its museums and galleries, its publishing and literacy campaigns. Hart said homosexuality was a social issue, not a political one; and he insisted that official discrimination did not exist in Cuba today.

So the silence persists, with Granma asserting that “the writers and artists of this country are not prepared to become ensnared in a gross controversy promoted and encouraged by the United States.” But last month, Cuba’s greatest resident filmmaker, Tomas Gutierrez Alea, was passing through New York, and we asked for his response. Alea’s most renowned film, Memories of Underdevelopment, poses some of the same questions that Improper Conduct does about individual alienation in a revolutionary society. For Alea, such alienation is at heart an aspect of class privilege, but at least he acknowledges the tension between self-consciousness and social solidarity.

Alea is hardly a surrogate for Fidel Castro. In agreeing to answer questions about Improper Conduct, he may have been taking a risk, professionally and personally. The personal seemed to weigh on his mind as he approached the tape recorder. Almendros had been a friend in Cuba; now they are politically estranged. And Alea has a daughter living in exile in New York. 1b watch him reenter that broken circle is to comprehend the pain that persists in Cuban intellectual life.

“I can tell you, honestly, I think this is a very superficial film,” Alea began. “It is a type of propaganda based on testimonies that might be proven to a point. I can make maybe 10 or 20 films like that, but if you don’t put them in a context, you are distorting reality because reality is much more complex.”

The context in which Alea placed Cuba’s antigay pogrom is a cultural one. He spoke of a historical tradition that predates the revolution by many centuries and has hardly been budged by it. “Cuba is a Catholic, traditional culture, still. You know, the Inquisition was very soft in Cuba. Only about six people were murdered, and you know why? Not because they were witches, but because they were homosexuals.”

Alea acknowledges that, at a certain point, the Cuban revolution “exploded as a reaction against homosexuals, very hard.” But he insists, “At this moment, there is no official repression. You don’t have to be a heterosexual to represent the country, to be an intellectual, to have public recognition. There is discrimination, and it can be very hard, but that is something you can fight against.” Alea claims he did fight, along with other revolutionary loyalists, against the UMAP camps of the ’60s and the antigay purges of the early ’70s. “We fought against that and it Boas overcome. And I feel it is ridiculous to come now with this film when the things it shows occurred 15 years ago.”

Why then, I asked, did so many gay people elect to leave in 1980, after the worst excesses of homophobia had supposedly been laid to rest? There are other Catholic cultures in the Caribbean, I pointed out, where homosexuals are evidently content to remain. Alea replied by citing special immigration waivers designed to encourage immigration from Cuba. “If the United States said that to other countries, even developed countries such as Italy, they would empty them.” As for Latin America, “It would not exist any more. It would be a desert.”

“This is a very rich country, very, very rich really. You show your wealth in your films, and they are everywhere. So the image of the United States is paradise for many people. lb Cuba, it is difficult to resist, because we are very poor. Really very poor.” For gay people, Alea suggests, the temptation to emigrate was especially strong because “there is a cultural situation that makes things difficult. It is not an official tenet, but many people discriminate against them. They hear there is, in San Francisco, a whole neighborhood of homosexuals, so they feel this is paradise for them.”

I wondered what Alea would make of the Marielito my lover and his roommates sponsored so he could be released from an internment camp in Florida. He called himself a “missy,” and there was no doubt about it. His sexuality transcended any distinction between public and private space; like the star of La Cage aux Folles, he was what he was. But he certainly was a Cuban, given to bouts of romantic melancholy and confusion about his reasons for being here. He was more than a little baffled by American gay life, with its lack of polarities. When his friends came to our parties, they didn’t know who to pick up: there were no machos or missies, and every butch threatened to become a femme.

He would pore over gay newspapers and magazines, not just to eyeball the hunks, but to gaze at treatises about gay rights, at pictures of Young Gay Professionals, at the very word “gay.” He would point it out in an article, and we would have to translate the whole thing, along with the day’s Bloomie’s ads. There was more than material lust behind this little ritual; there was something any American could respond to—an incarnation of the old rhetoric about huddled masses yearning to breathe free. I have not forgotten that rhetoric, and so I found myself engaged in a kind of futile debate with Alea, in which neither side seemed capable of conceding—or entirely denying—the other’s rectitude.

“You are judging us from here,” he said, “but you have to judge us in relation to other Latin American countries. I don’t want to talk like a propagandist, but these things are obvious. We have no problem of children without shoes, we have no problem of hungry people, we have no problem of education or health. And it is ridiculous to look at the problem of homosexuals, which I feel is a problem you have to fight against, and to put that in the first place. Because the first right you have to fight for is to exist.”

Why does it always seem that there are trade-offs between economic justice and personal freedom in a revolutionary society, I asked? Why can’t they co-exist?

“But I think there is another aspect to the problem that we cannot forget. We are militarized, I should say we would like to be, 100 per cent. Why? Nobody wants to be military, nobody wants to have that discipline, but we have no choice. If we did not militarize, you would swallow us in two or three hours.”

But this rationale is one any nation could use, and many have, to justify the worst barbarities. I suggest we look at the fate of homosexuals in Cuba as a symbol of what can happen to any alienated group in a revolutionary society.

“It is a symbol, but it is not the first issue. First you have to exist, and for that, you have to fight. In the middle of a battle, you cannot discuss aesthetics or homosexuality or anything. You have to pick up the gun and receive orders. It’s alienating to everything you want, but at certain moments, you have to eliminate one part of yourself to overcome a situa tion that is more important.”

Some things are inalienable.

“Yes, we can discuss that, but I think it is important to understand that we are threatened every day. And in this situation, our revolution is a miracle.”

Alea was speaking as a Marxist in the strongbox of international capitalism, a Cuban in the North American sphere of influence, a man who feared and probably envied the power of that empire. But there was a sense in which I feared and envied his power—as a heterosexual. This mutual perception of disadvantage gave us a kind of equity, but it didn’t help us understand each other’s priorities. For Alea, sexual freedom is a secondary issue, something that must bow to the need for material security. But for me, as a homosexual, sexual freedom is material security since it is the key to living an unencumbered life.

The fate of Cuba’s gay people—those who remain behind and those who might wish to return—is mired in that same perception gap. It is not just a cultural problem or an ideological one, but a political issue that can only be resolved, as part of a general settlement with the United States. Pvo decades of ostracism have taken their toll on Cuba. Defensive macho—with its cornered response to homosexuality—may have less to do with any 400- year-old tradition than with the anguish of contemporary politics. Improper Conduct hardly promotes the process of normalization that must accompany any meaningful critique. On the contrary, it feeds our most bellicose intentions and inflames the paranoia that prevents Cuba from coming to terms with its past and risking change.

An Illusion of Fairness, Almendros replies to Alea (fragments)
by Nestor Almendros (The Village Voice, August 14, 1984)

There have been four major periods of repression of gays in Cuba in the 25 years of this so-called “revolutionary” power. The first, in 1961, was called “Operation ‘P’ ” -it consisted of street raids and the victims were sent to camps in the Guanahacabibes peninsula. The second, from 1964 to 1969, is the period of the UMAP camps, and this is the period best documented in our film. The third period began in the 1970s, after the Congress of Education and Culture, with new harsh legislation, more street raids, and “rehabilitation” camps. The fourth period, in 1980, was a kind of Cuban “final solution” of the gay “problem” -the deportation of about  20,000 homosexuals from the port of Mariel to Florida. It was well known then that the best way to get an exit permit from Cuban authorities was a declaration of homosexuality…

[…]

When Alea declares that “in the middle of a battle you can´t discuss aesthetics or homosexuality or anything, you have to pick up your gun and receive orders,” one can hear an updated echo of the Stalinist rhetoric of the ’40s. No Marxist intellectual in the West today would dare to sustain such worn-out principles… Discuss aesthetics, discuss homosexuality.[…]

PRESS OF FREEDOM. A Column Open to Readers

¡Cuba Si, Almendros No!
by Tomas Gutierrez Alea (The Village Voice, October 2, 1984)

HAVANA—A few months ago, I saw the documentary Improper Conduct by Nestor Almendros and Orlando Jiménez. Richard Goldstein wanted to know my opinions about this film to publish them in The Village Voice. We met for an interview and some of my views were published in a long article titled “Cuba SI, Macho No!” (Voice, July 24). On August 14, a response by Nestor Almendros appeared in this publication which obliges me to clear up some things.

The first thing Almendros says is that I was obliged to attack the film “officially.” Frankly, I don’t understand the term. It is true that I felt obliged to attack the film, but only because of those principles for which I have been and am capable of giving my life. Perhaps this will be difficult for people like Almendros to understand, and for so many others who long ago disengaged themselves from those principles which once seemed to sustain their lives.

Improper Conduct is part of an official current of the U.S. policy toward Cuba. The film feeds that current of opinion, which is well orchestrated and well backed by the official media.

I find out, through Almendros, that “Comandante Castro did not approve of [my] last film,–Hasta cierto punto. It seems that Almendros is very well informed about what happens at the highest levels in Cuba. However, he also says that “following Castro’s lead, the Cuban critics had to attack Alea and this film, even though the film had won the first prize at the last Latin American Film Festival in Havana.” This is not completely true, for some critics attacked it and some defended it. Perhaps the latter did not find out about Castro’s opinion in time. Who knows…

No less puerile and ill-intentioned is his insistance that he can say, without fear of any kind, that he “very much admire(s) two or three of Alea’s films under Castro. On the other hand, Alea cannot say or write in Cuba that he liked the film El Super.” However, I have said so on more than one occasion. I have on hand a copy of an interview in Puerto Rico in which I say, among other things: “El Super seemed to me a very good movie; I would call it extraordinary, very revealing and very interesting … ” (VIVA, El Reportero, September 21, 1983).

This seems an appropriate occasion to explain that El Super is interesting because it offers a revealing picture of the Cuban exile community in New York: one of those Cuban families that abandoned their country after the triumph of the Revolution, taking advantage of the offer the U.S. government made to receive them “with open arms.” The parents don’t even manage to learn English, and they have to use their daughter as interpreter. It’s a pathetic case of loss of identity in which the parents try to save something by traveling to Miami, nearer to Cuba and more populated with Cubans. Presumably, the daughter’s fate will be to become a North American, but a fifth-class one.

When I met with Leon Ichaso in New York to see his other film, yet unfinished, with Rubén Blades as its protagonist, I realized that the hope one could see in El Super of a cinema that would authentically reflect the world of the U.S. Latins had been frustrated. Crossover is a melodrama that follows a worn pattern and that tries to use Blades’s songs as a hook.

Leon Ichaso told me that after they made El Super many people labeled them as procommunists and that because of this they had to be careful not to follow that road. The story is lamentable, but revealing.

And what can we say about the allusion Almendros makes to The Last Supper? That film has what Improper Conduct lacks: a historical focus on our reality. The Last Supper sheds light on the present because it’s a parable about hypocrisy and the utilization of the noblest principles to exploit one’s neighbor. Improper Conduct attempts to be a document through which one can get an “authentic” image of our reality here and now. But its lack of a sense of history and a social context determines its superficiality and turns the film into a revealing document about the human misery of its authors.

How can Almendros speak of Cuba “deploy(ing) its military forces around the world”? Can Cuba really carry out a policy of aggression towards other countries? Doesn’t this sound a bit exaggerated? If Almendros is so worried about the deployment of military forces, why hasn’t he protested against U.S. military intervention in so many other countries? Did he protest the recent intervention in Grenada? Has he said anything about the arms race unleashed by the current U.S. administration?

Why has Almendros, after so many years (he emigrated in 1961) and after traveling a road full of professional successes, lent himself to a dirty game of such dimensions? It’s significant that at this very moment, coinciding with an aggressive policy by the U.S. administration toward our country, some intellectuals (and some who can barely boast of this distinction) have thrown themselves into a “cultural” offensive against Cuba, in which great economic resources of strange origin come into play. It’s obvious that most of these people have nothing better to sell and that they try to make a career out of their anti-Cubanism. This is not exactly Almendros’s case—he already made a career and is legitimately well-placed in that world. However, in his film, almost all these characters are gathered, this time focusing their attacks against Cuba on the theme of homosexuality. Everything very well prepared. And very opportune for satisfying the needs of the master who has received them “with open arms” but who, at the same time, demands fidelity in exchange for a good reward.

Almendros knows very well that with half-truths one can fabricate the most infamous lies. He knows, for example, that the UMAP, the work camps where a great many homosexuals went to fulfill their military service, were an error and became a scandal that fortunately culminated in their disappearance and in a policy of rectification. The UMAP lasted from 1965 to 1967 (not from 1964 to 1969 as Almendros says). That is, their disappearance dates from 17 years ago. However, in Improper Conduct, the UMAP is talked about as if it were something that happened yesterday or something that is still in force. Almendros knows this isn’t true.

The image of our country that he offers us through a series of anecdotes which one must believe because they come backed by his prestige, is monstrously ridiculous. Almendros manipulates the best known cliches about Cuba, the most enormous lies, which from being repeated so often threaten to become the truth, as old Goebbels understood. The emotional impact and level of credibility transmitted by some of these testimonies are disturbing for those who, outside of Cuba, receive them without the information needed to be able to assess certain situations accurately. The lack of information about the socio-historical context in which a revolutionary process must be located is what allows Almendros to hit what is known in boxing as a “low blow,” and what moves us to judge his document as basically dishonest.

Any North American who has been to Cuba can give the lie to the ex-tourist guide who appears in this film and introduces himself as a kind of “shepherd” leading his flock of tourists only through those places they were allowed to observe. Unfortunately, it’s the American government that imposes obstacles so North Americans won’t travel to Cuba and see our reality with their own eyes. They, better than anyone, could say if their freedom of movement is limited here. They could confirm with their own eyes if it’s true that men with long hair or who walk a certain way are kept from moving about our streets. They would finally find an answer to many of the troubling questions the film provokes.

Is the so-called “homophobia” an invention of the Revolution? Doesn’t it exist in greater or lesser degree in the rest of the world, especially among Latin Americans? Incidentally, a great proportion of Miami’s Cuban community rejected Almendros’s film because they felt it suggested that the great majority of Cuban exiles are homosexuals. They felt their “manhood” was being questioned. But, how does one fight against such an injustice? In Cuba five years ago, the Ministry of Culture published a book called Man and Woman in Intimacy. Its author, Siegfried Schnabl, is a scientist, sexologist, clinical psychologist, and director of the Center for Sexual and Marriage Counseling of the Karl-Marx-Stadt (Democratic Republic of Germany). In this book, there’s a chapter devoted to homosexuality in which one can read the following:

“We have not included homosexuality among the perversions, since it does not exclude the community that reciprocally enriches and physically and psychologically satisfies two people. Besides, among homosexuals one can also find authentic love.”

“In terms of the affective life, homosexual relations are no different from relations between men and women.”

“The conventional arguments raised in support of the need to apply laws against homosexuals have been refuted by research for their lack of solidity.”

“Neither are justified such penalties and emotional prejudices that use high-sounding slogans like `vice against nature’ and `against the sensitivities of the people. What two adult persons do in private by mutual consent does not injure the moral norms of society and there can be no reason to proceed against it.”

“Homosexuals, like all citizens, have a right to be valued and recognized by their objective achievements and by their behavior.”

It’s important to point out that the above-cited opinions appear in a book published by the Cuban state with educational purposes. Which does not mean, of course, that the publication of a book. no matter how “official,” automatically makes a social phenomenon disappear which we have been carrying around for centuries and which has deep roots in our Catholic, Spanish past. But a book like this one, where the most advanced scientific opinions about homosexuality are expressed, constitutes a valuable fighting tool which the Cuban state places in the hands of those whose cause is that of the discriminated against, the marginal, those who suffer any kind of prejudice or oppression.

At one point in Richard Goldstein’s Voice interview I said that “in the middle of a battle, you cannot discuss aesthetics or homosexuality or anything.” That is, anything that does not have to do with the immediate need to defend yourself and attack the enemy. I hold that in the order of priorities the need to survive comes first. And for us, a small and poor country, this means an obvious need to arm and organize ourselves militarily to face the constant threat of a rich and powerful country that also happens to be one of our closest neighbors. This, obviously, sets limits on our capacity to solve other problems, which does not mean they’re not important or that we won’t face them within the measure of our strength.

We also discuss homosexuality and aesthetics and women’s issues and everything that affects and limits the full realization of a human being. But these are not problems that can be solved overnight. A perfectly just society, in which all human beings can fully realize themselves is not within our immediate reach. A communist society, paradise on earth, will be inhabited by better men and women than we in every sense. But it’s we, here and now, with all our defects; it’s us who are slowly building that more just society. There are no shortcuts in history. We are conscious that we have a long road to travel, a prolonged period of struggle against a powerful enemy and the traitors it shelters and nourishes.

When I read Almendros’s response to my interview, I can’t help feeling a certain sadness over those who left, those who abandoned the struggle because they lacked faith in our own resources for transforming this country, those who let themselves be seduced by the wealth and comfort that the old master offered them “with open arms.” Perhaps Almendros and people like him have not realized that their tired anti-Communist rhetoric is not going to afford them the moral alibi they need.

This is not the place to recount everything achieved in these 25 years of the Revolution, but I think there’s an exemplary statistic, revealing a true concern for human beings: in 1958, a year prior to the revolutionary victory, -child mortality was higher than 70 deaths per 1000 live births. In 1982, the figure came down to 17.3, the lowest in Latin America. Life expectancy went from 58 in 1958 to 73.5 in 1982. If we take into consideration the fact that half our doctors migrated to the U.S., along with a great many professionals and qualified technicians of every kind, leaving the country in a truly critical condition, it’s clear that we have taken a gigantic leap. This is certainly not the situation in other Latin American countries. I remember that the very day I saw Improper Conduct, the newspapers told of violent disturbances in the Dominican Republic, provoked by hungry masses who were raiding the markets. There have been similar reports from Brazil. In this context, Almendros’s film seems to me increasingly irrelevant—not to mention ridiculous. •Translated from the Spanish.

Unfinished Business
(The Village Voice, October 17-23, 1984)

Dear Editor:

Perhaps the most lamentable falsehoods in Tomas Gutiérrez Alea’s article [“Cuba Si, Almendros, No,” October 2] are to be found in his comments about the publication in Cuba of the “scientific” book Man and Woman in Their Intimacy (Editorial Cientificatecnica, Havana, 1979). This was a translation from the German from a text written by Siegfried Schnabl, director of the Center for Sexual and Marriage Counseling in communist [sic] Germany. Alea’s quotations are incomplete and totally out of context.

Following is an all-too-typical example of Schnabl’s condescending contempt for the male homosexual, omitted by Alea: “He often walks gracefully, with short steps, swaggering. Many have smooth long hair, soft skin, and relatively wide hips…. Homosexuals are very sensitive, are easily offended. They are exasperated, unbalanced, subject to influence, nervously unstable, and even neurotic.” (page 329)

Schnabl describes lesbians with equally unbridled prejudice: “Active lesbians are on the make, aggressively defending their lovers against competitors. Violent scenes of jealousy can take place among homosexual women.” (page 331)

But the German “scientist” does not stop here. He envisions futuristic Nazi-like solutions:”The premises for the development of homosexual instincts are constitutional or inborn, in other words, they are present in embryo, or fetal form.”(page 332)

Dr. Schnabl goes on to talk about prevention: “Experiments allow us to suppose that in the near future, high risk homosexuality can be ascertained (by embryologic testing) during the critical phase of cerebral differentiation of the fetus.” (page 334)

The most incongruous part of Alea’s boasting about this very “educational” book which “the Cuban state places in the hands of those whose cause is that of the discriminated-against” is the fact that this book is not for sale to the general public. This censorship spares only doctors, psychiatrists, and sociologists, who must, however, produce their professional credentials to purchase it. Incidentally, by an October, 1978 decree, all homosexual health care practitioners in Cuba (including doctors) were excluded from their profession.

Holding tight to the official line, Alea, in a halfhearted attempt at fairness, acknowledges the past “error” which was the UMAP camps of the ’60s, but conveniently fails to mention the rehabilitation camps which followed in the ’70s and continue today with homophobic legislation still in force. Nor does Alea comment on the deportation of about 20,000 homosexuals in 1980 with the Mariel boat lift. Moreover, he skips altogether the other main subject treated in our film which is the persecution of Cuban dissident writers and artists.

Knowing that his arguments are weak concerning artistic and personal freedom in Cuba, Alea tries to convince us—with impressive statistics—of the great social and economical advances under the Castro regime. These statistics are, however, furnished by the Cuban government alone and checked by nobody, since real inspection is not allowed. One day, as it happened after Stalin’s and Mao’s deaths, the failure of the Marxist experiment in the tropics will become all too apparent.

We do agree though with Alea that our film is a revealing document of its authors’ misery. Remembering Picasso’s comment to the German occupiers about his painting Guernica: “It was you who made it,” we could say that the real author of Improper Conduct is the Cuban government, whose misery also reaches Mr. Alea.

In the late ’40s, when we were very young in Havana, we founded the first film society, Cinemateca de Cuba, which showed classics. All of the members of the board eventually left in exile—all but Mr. Alea. He made his choice to submit and become an employee of the Cuban state, receiving a monthly salary to direct films, as well as to attack films made by his ex-friends.

—Nestor Almendros

—Orlando Jimenez-Leal

Manhattan

Editor’s note: Tomás Gutiérrez Alea was unavailable for comment at press time. His reply will appear in a future issue.

Publicado originalmente en el periódico neoyorquino The Village Voice, en las fechas indicadas. Estos textos aparecen reproducidos aquí. Archivado en la sección de Documentos de este blog. Por el interés que revisten, serán bienvenidas traducciones al español. Importante: el texto de Néstor Almendros, “An Illusion of Fairness”, publicado el 14 de agosto de 1984 en el mismo periódico, no está completo. Es una omisión que habrá de subsanarse. Aclaro que el de Tomás Gutiérrez Alea publicado en The Village Voice bajo el título “Cuba si, Almendros no!” es una traducción del original “La conducta propia de los traidores”, que apareció posteriormente en la revista Casa de las Américas, No.148, La Habana, ene-feb, 1985, pp.182-185. Por lo tanto, el texto de Gutiérrez Alea no precisa de traducción, sino la consulta del original. Para la traducción de las citas aparecidas en la carta titulada “Unfinished Business”, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, sería prudente la consulta del libro referenciado El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl, Ed. Científico-Técnica, La Habana, 1979.

Una controversia similar apareció en las páginas de The New York Native, con textos de Lourdes Argüelles y Ruby Rich (“The Easy Convenience of Cuban Homophobia”), Reinaldo Arenas (“The Closest Attention: Gays in Cuba”, trad. de Richard Sinkoff), René Cifuentes (“The Parameters of `Paradise'”, trad. de Richard Sinkoff). Aparecieron igualmente cartas de Ana María Simo, Reinaldo García Ramos, Allen Youg y de Argüelles y Rich. Intento localizar los textos.

Conducta impropia

Conducta impropia, 1984
Dir. Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal
35 mm. B/N y Color, 105’
Les films du Losange (Francia)

Han pasado más de dos décadas desde que los cineastas Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal entrevistaran a renombrados intelectuales del exilio cubano y a extranjeros sobre la represión y persecución del castrismo hacia quienes no encajaban en el modelo de “hombre nuevo”. Estos testimonios aparecieron en el documental Conducta impropia, que ganara, en 1984, el primer premio en el Festival Internacional de los Derechos del Hombre, de Estrasburgo.

Para que el horror expresado a viva voz no fuera nunca olvidado, los autores del documental decidieron publicar un libro bajo igual nombre, en el que se incluye el guión cinematográfico y material testimonial descartado en el montaje final de la película. Así, la denuncia oral pasó a ser denuncia escrita.

Han transcurrido más de dos décadas, y la mayoría de aquellos testimoniantes están muertos: Reinaldo Arenas, René Ariza, Severo Sarduy, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Susan Sontag, y hasta el mismo Almendros. Implacable, el tiempo ha confirmado la valía de Conducta impropia como lo que en lo más prístino es: un documento. Sin adornos ni artificios, la cámara busca una convención, la de las cabezas parlantes; demuestra en su mejor sentido su complicidad con las víctimas, dándoles voz. Nos hace testigos.

Como es lógico, este documental debió realizarse fuera de Cuba, es decir, en libertad. La única filmación en la isla fue la de una entrevista de un periodista francés a Fidel Castro. Hábil y en su demagogia habitual, el Comandante en Jefe adopta un tono como de confesión, pero sale muy mal parado. En el montaje, los autores incluyen material de archivos fílmicos que demuestran la naturaleza totalitaria de ese régimen hacia los homosexuales, los disidentes, los intelectuales no obedientes, y todo lo que se salga de los moldes. En resumen, el filme devela muchos crímenes cometidos bajo una misma causa, la de la revolución cubana.

Esta denuncia llegó a la pantalla cuando el castrismo festejaba su cuarto de siglo en el poder. Por primera vez, un filme realizado en el exilio socavaría con resonancia la eficiente propaganda de los documentales del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos. Los que quisieron, abrieron los ojos. En festivales de cine y periódicos de medio mundo, comenzó a sonar una pregunta: ¿por qué ese odio hacia los homosexuales, los escritores, y el pueblo cubano mismo?

Las preguntas que se hizo un espectador cualquiera, nunca se las pudo plantear un cubano en la isla, a menos que haya accedido a una copia del filme, de esas que han circulado clandestinamente. Esas preguntas tampoco nunca las planteó ningún periodista oficial. En consecuencia, se puede decir que todo de lo que habla Conducta impropia sigue siendo -a los ojos de los los que ostentan el poder en Cuba y que tienen, por tanto, capacidad de censura-, un asunto que merece el mayor secretismo. De ahí, que en la isla jamás se haya investigado a ciencia cierta, por ejemplo, qué ocurrió en aquellos campos de concentración, las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción; ni se mencionara quién o quiénes fueron responsables de ese y de otros y peores descalabros.

“De alguna manera, Fresa y Chocolate es una respuesta a Conducta impropia”, dijo Tomás Gutiérrez Alea. Y sin proponérselo, vista su animadversión hacia la película de Almendros, estaba diciendo que Conducta impropia fue pionera. En hablar cinematográficamente de la homosexualidad, y de la represión en Cuba.

Si bien el trato hacia los homosexuales ha ido cambiando allí, es en algo derivado de la denuncia que Almendros y Jiménez Leal hicieran. Alabo sus valentías.

Manuel Zayas
Madrid, marzo de 2008

Este texto apareció como postfacio al libro Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal (Egales, Madrid, 2008). El libro viene acompañado con un disco con el documental. Libro y DVD se pueden comprar aquí.

Una noche rigurosamente retratada

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“Pero he visto la música detenida en las caderas,/ he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas”. Son versos de Virgilio Piñera que intentaban, en parte, definirnos. Él ya había echado en falta la pobreza espiritual de una nación (“país mío tan pobre”, dijo) porque no sabía definir. Años después de aquel poema, unos jóvenes cineastas se propusieron escudriñar la vida nocturna habanera, retratando instantes de una noche en el alma de un país: la fiesta adueñándose de la vida, la gente como en trance, poseída por la música, el baile y el alcohol.

No hay dudas. En PM, el cortometraje de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, la gran protagonista es la noche. Poco se sabe de la suerte de las personas filmadas. Sus apariencias cuentan como gesto. Ha transcurrido medio siglo desde aquel documental de 14 minutos, y aquellas personas retratadas deben ya estar muertas. Es ley de vida, principio también de toda ejecución fotográfica. En nosotros, que solo podemos apreciar aquel espectáculo de los noctámbulos desde el presente, ellos cuentan como siluetas hurtadas a una lejana noche de 1961.

Lo que llegó después fue la prohibición y el escándalo. El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) censuró el documental por razones políticas. Alegó entonces que PM era “una pintura parcial de la vida nocturna habanera, que empobrece, desfigura y desvirtúa la actitud que mantiene el pueblo cubano contra los ataques arteros de la contrarrevolución a las órdenes del imperialismo yanqui”.

Alfredo Guevara, a la sazón presidente del Instituto de Cine, ha negado a posteriori que él haya sido el responsable de la censura de aquel cortometraje de la discordia. Sabiéndose heredero de la doctrina de los cínicos, Guevara dijo: “Yo no prohibí esa película, eso es mentira. Ellos se llevaron la película, se las entregué. Me negué a hacerme parte de esa película, a que la distribuyera el ICAIC. Ellos podían ponerla donde les diera su gana”.

Y contradiciéndose, añade: “Alguna gente, cuando maneja las cosas, a falta de suficiente información, cree que yo pude hacer lo de PM solo. Pero el PSP [Partido Socialista Popular] se metió también, y se metió Blas [Roca], y se metió Mirta [Aguirre]. La mejor prueba es que cuando… se produce la reunión de la Casa de las Américas, donde se discute el destino de PM, estoy ajeno. Es Mirta Aguirre y su equipo del PSP los que van allí y discuten…”

Sin embargo, fue el ICAIC, y no ninguna otra, la institución que prohibió “en uso de sus facultades”, “la exhibición de la película mencionada dentro del territorio nacional”.

La mirada de cierta historiografía cubana sobre aquella censura ha comenzado a apuntalarse en la versión más reciente de Guevara y, cosa rara, no en la versión oficial, en los comunicados del ICAIC sobre la prohibición del documental. Se intenta disfrazar la censura como un mero asunto de “distribución”.

Muchos historiadores del cine cubano también han relacionado la prohibición de PM con las circunstancias sociales del país en ese instante. Han interpretado la censura condicionada por esas circunstancias. Desde ese punto de vista, la censura se justifica (o explica) en esta lógica interpretativa. Puesto en una balanza, un documental de 14 minutos poco puede importar en relación con la suerte de un país. En la mentalidad del pastor, lo único definitorio ha sido el futuro de la revolución.

Pero las circunstancias que pesaron en la probibición fueron más de índole personal que social, y apuntan a Guevara como principal depredador del documental. Antes de erigirse en tal, ya él había arremetido contra el periódico Revolución y su suplemento literario Lunes, dirigidos por Carlos Franqui y por Guillermo Cabrera Infante, respectivamente, con quienes estaba enfrentado. En carta enviada al presidente Osvaldo Dorticós y al primer ministro Fidel Castro, Guevara criticó abiertamente a Lunes de Revolución.

Para colmo, el magacín literario tenía un programa televisivo, Lunes en Televisión, que se proponía empezar a producir cine. PM fue producido por ese programa, con dinero aportado por Guillermo Cabrera Infante. En la mentalidad del presidente del Instituto de Cine, ello representaba una suplantación de atribuciones que solo correspondía ejercer a su organismo, con vocación centralista.

Cuando los realizadores del cortometraje entregan una copia en el ICAIC con vistas a obtener el permiso de exhibición, Guevara vio su oportunidad de oro para ponerle freno a Lunes de Revolución, y ordenó la confiscación de la cinta. Se valió de la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas, adscrita al ICAIC, para negar cualquier posible exhibición futura al filme, previamente emitido en Lunes en Televisión.

Fundamento legal de la prohibición

Resulta extraño que nunca se haya reparado en el fundamento legal de aquella prohibición, la ley 589 del 7 de octubre de 1959, llamada de “Creación de la Comisión de Estudio y Clasificación de películas cinematográficas y disolución de la Comisión Revisora”.

En su séptimo por cuanto, dice:

“En riguroso acatamiento al artículo 47 de la Ley Fundamental de la República que declara interés del Estado la cultura en todas sus manifestaciones y libres la expresión artística, y la publicación de sus resultados, se hace necesario proveer para que tal regulación y clasificación no se convierta en un aparato de coacción o de censura que deforme la obra de arte, la haga inaccesible al público y rebaje las posibilidades de información y los derechos reales de nuestro pueblo.”

En su noveno por cuanto:

“El Gobierno Revolucionario reconoce la necesidad y la conveniencia de reunir las funciones reguladores de la cinematografía en un solo organismo que lo es el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, evitándose así las interferencias y contradicciones que pudieran ir en detrimento de las objetivos de éste.”

Y entre las funciones que se le atribuían a la Comisión, estaban:

“Garantizar el más absoluto respeto por la libertad creadora, la expresión de las ideas y el derecho a divulgar la obra cinematográfica y condenar toda forma de discriminación lesiva a este principio, ya en el orden filosófico, científico, o en la de la fe religiosa.” (Artículo 1.a.)

Y también:

“Estudiar y clasificar las películas que deban exhibirse en nuestro país, rechazando las de carácter pornográfico o las escenas que puedan claificarse de tales, y los films que sin análisis crítico ni intención artística alguna, se conviertan en apología del vicio y del crimen; y autorizando el resto de la producción según una escala de exhibición por edades, en atención a principios educacionales perfectamente claros y razonados.” (Artículo 1.d.)

Sobre cómo habrían de ser los debates de la Comisión, dice la ley:

“El estudio y discusión de cada película será libre aunque reglamentado en lo que respecta a turnos y tiempos. Los acuerdos de la Comisión serán adoptados por mayoría de votos y serán nulos en lo que contradigan los principios de respeto a la libertad creadora y estímulo a la calidad artística que por la presente Ley se garantizan.” (Artículo 5)

En las bases legales de la Comisión se hablaba de libertad creadora y de que todo acuerdo contrario a ese principio, invalidaba una resolución de censura. En ninguno de los tres documentos oficiales del ICAIC sobre la prohibición, se argumentó que la cinta fuera pornográfica, que no lo era, ni que constituyera una apología del vicio y del crimen, únicas razones válidas para censurar, según la ley.

PM era un cortometraje apolítico, cosa que no se le permitía al cine oficial. Sin embargo, en uno de los comunicados, se le adjudica a la Comisión un principio funcional que no le correspondía asumir, el de tener en cuenta las “características políticas”. Por lo tanto, la postura asumida por el ICAIC en la censura del documental podría interpretarse como contraria a la propia ley en que decía basarse, como un acto criminal.

Pero esto no era raro en una llamada revolución que se hizo, en principio, para reinstaurar la Constitución de 1940, y que una de sus primeras medidas fue emitir una Ley Fundamental que dejaba sin efecto a la Carta Magna.

Aunque la Ley Fundamental reconocía el derecho a la libertad de expresión y a la libertad artística, estando en vigor, en el temprano año de 1960, se acabó con la libertad de prensa en Cuba.

La violación de los principios legales sirve para constatar una forma extraña de proceder en el estadista, Fidel Castro, y en el presidente del Instituto de Cine, Alfredo Guevara, graduados ambos en Derecho, redactores ellos mismos de las leyes que luego incumplirán.

El modo de actuar de Guevara en el asunto PM, hace al cineasta Tomás Gutiérrez Alea renunciar al cargo de Consejero del Instituto. “No puede haber variedad en nuestras obras si todas se deben ajustar al gusto de una sola persona”, escribió Gutiérrez Alea en un memorando. A la par que le reconocía valores a la cinta, él consideraba inoportuna su exhibición.

Lo que vino después fue el miedo y la ratificación de la censura, que se convirtió en razón de Estado. La protesta de los intelectuales obligó al ICAIC a convocar una reunión en la Casa de las Américas. Allí el malestar fue evidente. El Instituto habló entonces de un apoyo unánime a la prohibición de PM, y decidió devolver la copia confiscada. Como no existía unanimidad alguna, debió intervenir el gobierno, que convocó a tres reuniones en la Biblioteca Nacional.

Ya en la clausura, Fidel Castro preguntó si se podría cuestionar el derecho de la revolución a decidir qué obra se debía exhibir y cuál no. Soltó una perorata y sus palabras se hicieron doctrina. Su discurso se ha impreso y reimpreso y hay hasta quienes elogian la retórica del entonces Primer Ministro. Castro reinterpretaba a Benito Mussolini. “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, dijo.

El miedo, en intelectuales y gobierno, fue recíproco. Temiendo en qué podría desembocar aquello, los jerarcas de la revolución impidieron que las palabras de los intelectuales fueran publicadas. El silenciamiento fue tal que no hubo cámara que registrara aquellas reuniones. Se grabó en audio las intervenciones. Solo trascendieron fragmentos de la del Máximo Líder.

Hacia 1976, cuando se proclama la llamada Constitución Socialista, a la libertad artística, asegurada en teoría —no en la práctica— por la Ley Fundamental, vigente hasta entonces, se le impusieron cotos textuales: “Es libre la creación artística, siempre que su contenido no sea contrario a la revolución”. Para dirimir qué está contra o es contrario a la revolución entraría en juego la policía cultural.

De la noche, rigurosamente retratada, PM salvó las siluetas de nuestros mejores noctámbulos. Y de las sombras, salieron los rostros de nuestros peores censores.

MANUEL ZAYAS

Publicado en Diario de Cuba.