entrevista: Sergio Corrieri

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Sergio habla de Sergio

Manuel Zayas

No existe pérdida tajante ni rotunda. Eso lo sabe el actor, acostumbrado a las más provocativas muertes y renaceres. Su drama es querer; su destino, la perseverancia. Tales aseveraciones para haberlas sentido a fondo Sergio Corrieri, quien ha encarnado personajes emblemáticos y vitales en la cinematografía cubana: Sergio en Memorias del subdesarrollo y Alberto Delgado en El hombre de Maisinicú. Celebrado también en la televisión y el teatro, Corrieri, actualmente presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, devela en esta conversación, después de más de una década apartado de la cámara y la escena, algunos de los entresijos de la creación bajo las órdenes de Tomás Gutiérrez Alea y la necesidad de ser cómplice y hereje al unísono.

Al cabo de más de tres décadas, ¿cómo ve su interpretación de Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo?

Lo sigo viendo como un buen papel para un actor. Sergio es un personaje rico, con muchos matices y aristas, en quien, dentro de un plano de humor, se mezclan también consideraciones y preocupaciones profundas, propias de su momento, las circunstancias, de la problemática que le tocó vivir. La vigencia del personaje y de la película se debe a la del conflicto.

He encontrado públicos de Memorias... en Suecia, Chile y hasta en Estados Unidos, los cuales, de alguna manera, se sienten identificados con el dilema del personaje, que en un sentido más profundo y sintético es el de “ser o no ser”. Esta es una pregunta eterna. Viendo la película al cabo del tiempo, recuerdo que cuando se empezó a gestar y se pensó en mí para el personaje, tanto el director como yo consideramos que había, si no un obstáculo, una dificultad. Sergio debía tener 38 años y yo tenía en aquella fecha diez menos. Son diez años que están enmarcados en la plenitud de la vida, donde comúnmente -puede haber excepciones- se vive más intensamente, más vitalmente a razón de la misma edad. Pensamos que eso podía ser una dificultad, no solo física debido a mi juventud, sino espiritual. Creo que en muchas escenas eso esta solucionado, pero todavía hay algunas en que aparece esa diferencia.

¿Cómo fue seleccionado para ese papel?

La propuesta llegó a mí. Cuánto se hizo antes no lo sé a cabalidad. Titón tenía muchas relaciones con el grupo de Teatro Estudio, del cual yo era actor, y amistad con Vicente Revuelta, su director. Creo que entre los dos manejaron la idea de que yo pudiera hacerlo, porque incluso eso obligó al grupo a posponer algunos proyectos en los que yo estaba envuelto. El trío de Desnoes, Revuelta y Titón deben haber pensado en unos cuantos actores y al fin se me propuso a mí en 1967.

¿Cómo se identificó con el personaje?

En primer lugar, con la lectura de la novela, de la cual surge el guión. También tuve muchas conversaciones con Desnoes, quien resultaba material de estudio para mi papel, porque creo que la película tiene elementos autobiográficos… Nunca se lo dije, pero él se lo debe haber imaginado. Además, hubo mucha observación, diálogo y una relación muy estrecha y comunicativa con Titón. Lo otro era la realidad que expresa Memorias… -que no era ni ajena ni inventada, era la que existía a nuestro alrededor, la que habíamos vivido unos años antes, rica, contradictoria, convulsa-. Eran siete años nada más después del triunfo de la revolución. Lo que la película plantea estaba prácticamente en el ambiente, no había que hacer un pesquisaje histórico ni nada por el estilo. Eso a mí me entusiasmó mucho. Curiosamente por esta época tenía una crisis con el teatro, de inconformidad con lo que hacía. Sentía que estaba llegando al final de una etapa y la necesidad de probar a hacer otras cosas. Cuando se estrenó Memorias… tuvo sin dudas mucho éxito de crítica y público. Lo que más recuerdo de los comentarios era que la película arriesgaba.

¿Qué arriesgaba?

Sugerencias, juicios sobre nuestra realidad. Eso a la gente le gustaba mucho. A partir de Memorias… a mí se me abrieron sin dudas -más que nunca antes- muchas posibilidades en el cine y aparecieron propuestas. Sin embargo, ese efecto robusteció mi idea de buscar otro camino para el teatro que hacía. Es así que me voy a hacer el Grupo de Teatro Escambray en noviembre de 1968, en el mismo año que se estrenó la película. De cierta manera, quería para el teatro esa función participativa, dinamizadora de opiniones y de realidades muy concretas y vivas que estábamos viviendo, y encontraba que tenían en aquel momento un pálido reflejo en este medio.

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¿Cómo vio o sintió en aquel entonces a Sergio, como un revolucionario o como un misántropo?

Ninguna de las dos cosas. Sergio no es un revolucionario, por supuesto que no. Ni en las cosas de la realidad o de la vida que quiso cambiar, ni de la forma en que se planteaba hacerlo. Sergio se inscribe en la franja que está entre la media burguesía alta y la baja. Es dueño de una mueblería que le da para construirse un edificio de apartamento modesto, con cierta holgura en la vida. No es de ninguna manera un hombre de sociedad. Es un pequeño burgués que tiene inquietudes y ambiciones culturales, literarias, que hace gala de preocupaciones existenciales, sociales, a su alcance y su medida. Él tiene la suficiente lucidez como para darse cuenta que su clase no es culta, que es falsa, que cada día se americaniza más, cosa que detesta, tanto como el pragmatismo y la falsa cultura norteamericanos. Ve en Europa la cuna de la cultura, del pensamiento. Tiene cultura para rechazar lo falso que ve en su clase. Pero algo le falta para poder abrazar otra causa y tratar de luchar por ella. Por eso Sergio permanece en una tierra de nadie.

La escena con su mujer es muy reveladora, cuando le dice que está hecha por el maquillaje y la moda. Tiene una relación muy crítica con su familia y esposa, pero hasta ahí.
Mucha gente me ha preguntado a partir del final si Sergio se va o no del país. Está muy bien que el final sea así, abierto. Estoy seguro que en Cuba deben haber habido muchos Sergios, probablemente unos se fueron y otros se quedaron. Las dos cosas caben.

La crítica ha visto cierto parecido temático entre Fresa y chocolate y Memorias del subdesarrollo.

Tienen de común que son películas que arriesgan, que exploran la realidad, develan conflictos, que de alguna forma suscitan polémica y enfrentan contradicciones de la realidad.

¿Qué significa para usted haber sido protagonista de un clásico del cine latinoamericano y universal?

Por supuesto que cuando se estrenó no tenía la menor idea de que sería un clásico del cine universal, como lo es hoy. Nunca imaginé una película tan buena, que con mas de 30 años conserve tanta frescura, como me ha dicho un diplomático apasionado del cine. Su juicio no dejó de impresionarme. Poco a poco, el tiempo ha puesto las cosas en su lugar. Me siento muy honrado y satisfecho de haber contribuido a esa gran película.

Casi siempre las versiones fílmicas de una obra literaria acaban traicionando lo escrito. Desnoes dijo: “No comparto la indignación de tantos escritores que se sienten traicionados por el torpe director de cine. No niego la traición, me complace. (El director) ha objetivizado un mundo que yo tenía informe en la cabeza y todavía abstracto en el libro. Le ha sumado densidad social a los elementos subjetivos de un diario”. ¿Imaginó que Titón iba a plasmar el libro tal cual o que haría cambios?

Hay tres realidades. La novela es una realidad en sí misma, el guión, otro, y la puesta en escena y el resultado final es otro. Por supuesto que un buen guión leído es una base de garantía, pero nunca se tiene absoluta seguridad de que así sea. Conozco buenos guiones que no han resultado buenos filmes, hay también algunos que no parecían buenos y en la puesta eso ha sido superado. En Memorias… eso se cumple. Hay algo importante: Desnoes nunca estuvo aparte ni del guión ni de la realización. Asistía, aportaba, enriquecía, y tenía una relación muy fluida con Titón, como en la famosa escena de la Biblioteca Nacional en la que aparece en el debate.

Entre sus virtudes, Titón tenía una muy buena comunicación con los actores. No recuerdo que me dijera -salvo quizá en muy pocas ocasiones- haz esto así. Era más bien el tipo de director que ilumina, es decir, que te alumbra y prepara para que desarrolles una iniciativa.

O sea, que daba importancia a la improvisación.

Si los actores lo consiguen todo es mucho más fácil, porque el director tiene solo que seguir la interpretación y decidir. Toda la escena solitaria de Sergio en el apartamento -previa a la situación en que graba una conversación con su mujer, lo que hace con la ropa de ella, el abrigo, las medias, el dibujo, el creyón de labios- nació de esa manera, se fue creando sobre la marcha, en base a una improvisación que tenía un fundamento, un camino abierto. Estoy absolutamente de acuerdo en que la película enriquece a la novela, le da coherencia a muchas cosas dispersas. Eso ya estaba en el guión, y la puesta en escena lo superó.

¿Cómo se sentía actuando con tanta libertad?

Muy bien. Probablemente sea la forma de actuación que más me motive. Como se dice en Memorias… a veces es un poco aburrido los mismos personajes, los mismos gestos, las mismas palabras… Entonces, cuando hay posibilidad para eso, con objetivos claros y sin que exista un orden loco ni anárquico, lo que hay es que encontrar la manera de expresarlo.

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Desnoes teoriza sobre la construcción del texto en la misma novela. En el filme se oye que ese era un collage de imágenes. ¿Cómo ve la inserción de trazos documentales en Memorias…?

Lo siento como una mezcla feliz y nada frecuente. Memorias… le echa mano a todo, desde los muñequitos, la televisión, cámara oculta, documental, hasta un libro. Una de sus virtudes es esa, cómo toda una diversidad de formas, estilos y géneros se integraron armónicamente. He tenido la suerte de debatir el filme en varios escenarios. En 1999, la Asociación de Amistad con Cuba de Inglaterra programó una gira a la realizadora Estela Bravo y a mí por las principales universidades inglesas: Oxford, Cambridge, etc., donde existe un público enterado, profesorado y alumnos cultos. El debate fue sobre un documental de Estela y Memorias… Uno de los comentarios más frecuentes era ese precisamente, el modo de hacer, el estilo, cómo se combinaba de una forma muy coherente y hasta alegre, dijo alguien, todas estas formas de hacer, y todo, sin embargo, dentro de una unidad.

¿Qué recuerda de Gutiérrez Alea?

Lo que más recuerdo es su humor, podía ser irónico, incluso caústico. Pero a mi modo de ver, siempre constructivo, no hablo solo en un aspecto social sino hasta en el aspecto de las relaciones personales. El humor para Titón era también una manera de enseñar y de corregir amablemente algo que pensaba que no estaba bien.

¿Y de Edmundo Desnoes?

Su hermetismo. Después de Memorias… y que él salió de Cuba, lo he visto muy poco: una vez en Nueva York en 1984 y otra en Venezuela. En ambas ocasiones no nos dio tiempo a conversar, fueron solo saludos. Desnoes era bastante hermético, difícil en su apertura, en su comunicación. Que no quiere decir que no lo hiciera, pero él no era fácil en eso.

¿Por qué dejó la actuación?

Fue una decisión mía, a partir de una propuesta que en un momento determinado me pareció digna de ser aceptada. La propuesta fue en 1985 a partir de una decisión tomada, con la cual no tuve nada que ver, de renovar la dirección del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Se me propuso encargarme de la vicepresidencia que atendía la televisión. No hacía mucho que había tenido la experiencia de En silencio ha tenido que ser, la primera en el medio. Nunca fui actor de televisión. Ese serial tuvo mucha significación para mí. Me quedé asombrado, pues llevaba casi 30 años haciendo teatro y cine, pero nada comparable en la televisión. Tenía opiniones y juicios críticos sobre el medio, que no había sido remiso a expresarlos en los lugares apropiados. Entonces fue como si me dijeran “bueno, tú crees que la TV puede ser esto y esto, hazlo”. Fue una propuesta tentadora, y además sentía que podía hacer algo, en un medio del que nunca como en ese momento supe la importancia que tiene en el desarrollo cultural de un país. Es imposible hacer políticas culturales sin contar con la radio y la televisión. No puede haber ni Consejo ni Ministerio de Cultura si ellos no forman una parte importante de esa política cultural. Lo había vivido en el Escambray, cuando llegué allí en 1968 en muchos lugares no había ni corriente eléctrica. Se escuchaban radios con pilas, pero la TV no había hecho su aparición. Cuando eso empezó a cambiar, todo se convirtió en otra cosa. Montábamos una obra de teatro y cuando iban dos mil personas, era un éxito. Tuve razones para aceptar la propuesta. Y dejé la actuación.

¿Desearía volver a actuar alguna otra vez en teatro y cine?

Sí. En teatro no tanto. Me gustaría volver a trabajar como actor. A veces lo extraño, cuando veo un programa o una película que me entusiasman. Desearía hacerlo, pienso que se me quedaron muchas por decir como actor. Pero son chispazos, momentos. En realidad hemos vivido unos años tan frenéticos desde el punto de visto del trabajo, que no hay demasiado tiempo para la nostalgia.

¿Si Titón estuviera vivo y tuviera que filmar con él, qué papel escogería?

¡Diablos! Me gustaría hacer las Memorias… de los 90, que tendría que ser otra cosa, por supuesto…

¿Cómo sería?

¡Ah! Esa es una pregunta difícil… Creo que si te fijas, Memorias…, salvo en escenas de humor muy directas en boca del personaje, de reflexiones críticas sobre la realidad cubana, tiene en otros momentos lo tácito y fundamental, sin perder ese humor. Es muy sutil, sugerente, incluso profunda a la hora de analizar un fenómeno. La película trata de iluminar desde distintos puntos de vista, no solo con la opinión de Sergio, sino con las de otros personajes, busca otros elementos que puedan aportar luz al fenómeno que se analiza. A veces añoro eso, esa humildad, inteligencia de saber que en fenómenos complejos la develación de distintos puntos de vista contribuye a esclarecerlos y no a oscurecerlos. Y a veces veo en el cine cubano historias muy directas, impersonales, que devienen anecdóticas y no analíticas. En ese sentido hablaba de unas Memorias…de los 90, con una misión analítica.

¿Cuál sería el conflicto?

¿Cuál crees que sea el conflicto de los 90?

El problema económico en primer lugar, y luego la emigración.

Yo agregaría otro, los valores y la ética, que se desprenden de todo eso. Creo que las situaciones económicas se arreglan. Lenta, modestamente, se demuestra que hay una recuperación en la economía, no traducida todavía lo suficiente en la vida cotidiana de la gente. Eso se soluciona. Ahora, la repercusión de esos problemas económicos en la moral, la ética, la pérdida de valores, para mí es un problema muy complejo y delicado. Quizá ahí estaría un tema para las Memorias… de los 90.

Casualmente Titón en una de sus últimas entrevistas habló de esa perdida de valores.

¿Verdad? Bueno, es pura casualidad…

A la película se le cataloga fuera de Cuba lo mismo de propagandista que como disidente, igual como ha sucedido con su director. ¿No cree que esto se deba por la ambigüedad del protagonista?

No. Eso se debe básicamente, no en lo fundamental, porque es cubana. Porque el fenómeno Cuba tiene una serie de adherencias, de las cuales quisiéramos o no podernos desprender. En uno de esos debates en Inglaterra, una estudiante inglesa hizo una tesis donde compara dos filmes: Azúcar amargo, de León Ichazo, y Memorias… A ella le pareció increíble que alguien como León, quien supuestamente representa una posición de apertura, democrática, contra el dogmatismo, el sectarismo, el estalinismo, hizo un material cinematográfico que es absolutamente cuadrado, sectario, excluyente, cerrado. Mientras que Memorias… es todo lo contrario. Eso le llamó mucho la atención. Me pareció un juicio brillante. Para poder escapar de eso, se necesitó de una contrapartida. Memorias… es revolucionaria, no tengo la menor duda. Sin una revolución no existiría Memorias del subdesarrollo. Está animada de sentimientos revolucionarios entendidos como una meditación sobre una realidad compleja, contradictoria, difícil, a veces con sátira, con humor, pero con un aliento muy humano.

Sin embargo, me decía que Sergio no es un revolucionario.

No lo es. Sería una larva. Y él se queda en ese estado, porque no sabríamos decir que saldrá de ahí.

¿Cómo sería el Sergio de los 90?

No he escrito la película todavía. (Risas) Me gustaría mucho. Creo que nos hace mucha falta.

¿Qué otro papel desearía interpretar?

No tengo preferencia. Mi experiencia en la actuación fue sólo hasta 1985, y antes siempre di prioridad al teatro. Dejé de hacer cosas en cine por compromisos que tenía en aquel medio, sobre todo cuando estaba en el Escambray, lejos, como director del grupo y me sentía muy responsable de todo aquello. Muy al comienzo de esa etapa mía, Titón me ofreció un proyecto a partir de una representación que el vio, interesante, para hacerlo de conjunto. Era exactamente el proyecto del Grupo de Teatro Escambray: un artista de La Habana decide abandonarla y tener su experiencia artística en el campo. Pero había que escribir el guión, trabajarlo y nosotros solo estábamos empezando. El grupo era muy frágil, todo era interrogación. Le dije que para mí no era el momento, porque me hubiera obligado a desprenderme del grupo, en un momento en que no se podía. Fue un proyecto que se postergó y la vida lo complicó todo, cada uno se fue por sus propias cosas. Hasta ese momento de mi vida la opción era teatral y no cinematográfica. Para mí sería imposible ahora una labor teatral, una obra hay que ensayarla muchas veces, después se hace y luego queda en el repertorio. Mientras que al cine le puedes dedicar solo algunas semanas, quizá varios meses, y después queda la película. Ahora considero más viable hacer cine. No hay nada que prohíba que yo pueda hacerlo, incluso creo que para mi trabajo actual el tener un currículum artístico innegable me ha ayudado mucho más que cualquier otra cosa. Porque el arte y la cultura abren muchas puertas. Son algo muy nobles y la gente respeta eso. No hay ninguna prohibición, sino falta de tiempo, es decir, quizá ha sido también irresponsabilidad. Siempre me preocupa lo que dejo. Eso no es insalvable, es posible. En el trayecto de mis 14 películas, en la primera etapa los personajes que hice eran estudiantes buenos, positivos y así fueron muchos, quizá no se diferenciaban uno del otro, hasta que alguien se arriesgó en Desarraigo, que no es buena, para que interpretara a un intelectual muy a la onda del Sergio que vino luego. Después de Memorias… fueron los personajes duros, como el de El Hombre de Maisinicú. Hubiera hecho muchas más películas, pero ese trayecto es algo que el actor tiene que cuidar, porque a veces los directores por no correr riesgo buscan al actor que sicológicamente o por experiencias anteriores sabe que le da determinada cuerda. Hay que correr riesgos también.

¿Usted cree que fue canonizado después de Memorias…?
No. Lo que te quería decir es que el actor tiene que luchar contra una tendencia, sobre todo en una industria que empieza, cuando los directores también empiezan, donde correr riesgo es un poco difícil. El actor tiene que luchar contra la tendencia a que no lo encasillen. Tiene que probar que posee un espectro amplio como para poder hacer distintas cosas. ¿Qué papel? Ninguna preferencia, solo un papel y proyectos buenos.

¿Qué piensa de Fresa y chocolate?

No es la película que más me gusta de Titón. Es Memorias del subdesarrollo. La falsa modestia la dejo aparte, no tiene nada que ver conmigo. Otra de mis favoritas de Titón es La última cena.

Entonces, ¿está dispuesto a actuar de nuevo para el cine cubano?

¡Cómo no!

Publicado en la revista Cine Cubano, No. 152, La Habana, abril-junio, 2001, pp.42-53.

PS: Corrieri falleció en La Habana el 29 de febrero de 2008, cuando estaba a punto de cumplir 70 años. No volvió a actuar.

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El hombre y la mujer en la intimidad


El sexólogo germano oriental Siegfried Schnabl (derecha) delante de la figura de una muñeca desnuda en el Museo Alemán de Higiene de Dresde (1996). Foto de DPA.

Desempolvando un testimonio

En 1979, la Editorial Científico-Técnica se apresuró a imprimir El hombre y la mujer en la intimidad, un texto sobre relaciones sexuales escrito por el psicólogo entonces germano-oriental Siegfried Schnabl, quien había sido invitado a ofrecer una conferencia en la Universidad de La Habana ese mismo año.

Schnabl era un autoproclamado investigador sexual que, tras publicar en 1969 su manual sobre la intimidad sexual entre el hombre y la mujer, se había convertido en el Consejero Sexual y Matrimonial más exitoso de la ya desaparecida República Democrática Alemana y aunque sus investigaciones sobre sexualidad fueron oficialmente prohibidas en 1973 por el gobierno de su país, se le permitió continuar como jefe de esta especialidad en la universidad Karl Marx Stadt en Chemnitz.

Entre las dieciocho ediciones que se hicieron de su manual estaba la cubana. A decir verdad, el libro no era más que un compendio banalizado y procesado para el socialismo real de las teorías y prácticas elaboradas desde 1957 por el matrimonio americano del ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson, seguidores de Kinsey que sentaron cátedra en este campo por muchos años. Con la prisa de preparar la edición para la visita del distinguido alemán, los editores descubrieron un poco tarde, que había un capítulo que trataba sobre la homosexualidad de una manera que no encajaba en los principios que regían una psicología dominada por principios ideológicos.

Quizá confiados en que Schnabl hasta hacía poco consideraba la homosexualidad como una enfermedad, a pesar de que desde 1973 la American Psychological Association la había desclasificado como psicopatología, los encargados de organizar la gira no revisaron bien el libro y para su consternada sorpresa se dieron cuenta de que, en ese capítulo, Schnabl presentaba la teoría del baño andrógeno, en pañales entonces, como explicación del homosexualismo sin connotaciones éticas o ideológicas. Simplificando los argumentos, esta teoría establecía que todos los embriones son inicialmente femeninos y muchos son sometidos a un baño andrógeno que determina el desarrollo del sexo masculino. Con los estudios genéticos todavía muy lejos de lo que son ahora, diferentes mezclas y visiones de esta teoría se sostenían para calificar la homosexualidad como un fenómeno natural. Por supuesto, la teoría, que ha evolucionado con el tiempo y con el desarrollo de la genética, estaba muy incompleta y llena de baches, pero lo importante es que representaba un desafío insólito para la dirigencia de la facultad de psicología cubana, ya que implicaba un apoyo científico a la normalidad biológica de la homosexualidad en un momento en el cual la homofobia era razón de Estado.

No se hicieron esperar los parches. Originalmente, el libro iba a ser distribuido a toda la población, pero en sus afanes remendones, las autoridades pertinentes determinaron que se vendería sólo a psicólogos y psiquiatras previa presentación de su identificación como tales. Recuerdo el día que fui a comprar mi ejemplar, ya que no vendían más de uno por cliente, en una librería de la calle Zanja, muy cerca del barrio chino. Le dije a la dependienta lo que quería y ésta, tras mirar sigilosamente a ambos lados, me pidió la identificación que de inmediato produje. Sacó una libreta y anotó mis datos lenta y cuidadosamente. Tras guardar la libreta y devolverme mi carnet, sacó un cartucho y se agachó tras el mostrador. Con trabajo manipuló para extraer un libro que estaba enterrado bajo un montón de revistas (lo supuse por el sonido, ya que nada se veía) y luego lo puso dentro del cartucho. Se irguió y me lo entregó mirando de nuevo a todas partes y advirtiéndome: “No lo saques aquí”.

El dichoso capítulo se convirtió en el tema del momento entre los psicólogos. Las autoridades de la facultad prepararon un almuerzo con Schnabl para ajustarle y advertirle los límites de su conferencia. El temita había que tocarlo de pasada. Aunque la mayoría de nosotros estábamos más interesados en preguntar sobre el uso de la prostitución para tratar la impotencia y la esterilidad sexual en un sistema socialista, elemento que manejaban con frecuencia Masters y Johnson y que Schnabl tímidamente reflejaba en su libro, la dirigencia del partido y de la juventud comunista repartieron entre varios de sus miembros una lista oportuna de preguntas que coparían la sesión una vez que Schnabl terminara su alocución, propósito que lograron y que interfirió con las pocas preguntas espontáneas que algunos intentaron hacer. Sin embargo, Schnabl, queriendo hacerse el simpático para aligerar el ambiente y romper el hielo que reinaba en el local, empezó su conferencia diciendo: “Ayer durante el almuerzo que me ofrecieron, me pareció que me miraban como si yo hubiera llegado dirigiendo un batallón de homosexuales que invadían por Playa Girón”. Hubo un silencio ensordecedor en el anfiteatro.

En 1982, Néstor Almendros me contactó para preguntarme si me interesaba ofrecer este relato para que formara parte del documental sobre la represión a los homosexuales en Cuba que entonces filmaba y que luego sería Conducta Impropia (1984). Accedí y unos meses más tarde Néstor vino al festival de cine que organiza la Ohio University en la pequeña y pintoresca Athens, situada en el este rural del estado de Ohio, a unos doscientos kilómetros de mi casa. Me pidió que fuera por allá para filmarme y entrevistarme, pero cuando aquello yo era pobre e indocumentado y el vehículo que manejaba no hubiera llegado ni a mitad del camino. Hablamos de la posibilidad de que él llegara a Cincinnati o de que nos acercáramos a medio camino, pero sus obligaciones con el festival se lo impidieron y el testimonio cayó en el olvido.

Roberto Madrigal, Cincinnati


Este texto de Roberto Madrigal se reproduce con autorización de su autor, que lo tiene publicado en su blog. La única edición en español del libro El hombre y la mujer en la intimidad es la cubana, de cuya traducción se ocupó Francisco Díaz Solar. La sexóloga germano-oriental Monika Krause, que trabajaba en el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), se encargó de la revisión técnica. En la polémica sostenida en The Village Voice, a raíz del estreno del documental Conducta impropia, el cineasta Tomás Gutiérrez Alea mencionó la publicación de este libro en Cuba y citó pasajes en los que el Dr. Schnabl hablaba del porqué la homosexualidad no podía entenderse como perversión. Schnabl iba más lejos y decía que los homosexuales, como todos los ciudadanos, tenían el derecho a ser valorados y reconocidos por sus logros y comportamiento. Sin embargo, como señalaron Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal en una carta publicada en The Village Voice, este experto en sexología de la Alemania comunista no escondía sus prejuicios contra los homosexuales cuando los describía, ridiculizándolos. Ejemplos en las páginas 329, 331, 332, 334. Todos los textos de la polémica en The Village Voice se pueden leer aquí. En Alemania, la homosexualidad fue penalizada según el artículo 175, también conocido como párrafo 175. Existe un excelente documental, Párrafo 175 (2000), de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, que testimonia el acoso y persecución de los homosexuales durante el Tercer Reich. Recomiendo vivamente también el documental La reina del condón (2007), de Silvana Ceschi y Reto Stamm, sobre la sexóloga Monika Krause.

The Village Voice on Improper Conduct

¡Cuba Sí, Macho No!
Persecution of Gays in a Leftist Land
By Richard Goldstein (The Village Voice, July 24, 1984)

Improper Conduct, the new film by Nestor Almendros and Orlando Jimenez Leal, is unlikely to usurp the box-office hegemony of Gremlins and Ghostbusters, but its impact within certain circles has been immense. Intentionally or not, it pits political progressives and gay liberationists against each other. The issue is sexual politics, and the battleground is Cuba.

Are homosexuals treated so differently in Cuba from the way they are in the United States?, a skeptical progressive at the media screening of Improper Conduct wanted to know. Before the filmmakers could respond, a man rose from the audience. “I am a Cuban homosexual,” he declared. “In Cuba, I cannot say it publicly. That is the difference.”
Marielitos in Florida: huddled “missies” yearning to breathe free

For gay Latinos and Latinas—that most silent minority—Improper Conduct is the cinematic equivalent of a thunderclap. It proclaims not only the existence of a Hispanic gay community, but its systematic persecution in a society once regarded as the great hope of humanistic socialism. From 1965 to 1967, the Cuban government engaged in what can only be called an antigay pogrom. While we were dancing around with flowers in our hair, they were rounding up locas—loosely, “queens”—for confinement in labor camps, alongside drug users, religious sectarians (especially Jehovah’s Witnesses), hippies, and artists suspected of subversive activities. The camps, known euphemistically as Military Units to Augment Production (UMAP), were supposed to rehabilitate their inmates, whose offenses could be summed up in the phrase from the Cuban penal code from which this film gets its name. Long hair, makeup, public lasciviousness—for men, this constituted “improper conduct,” a punishable offense.

It was a time of crisis in Cuban life, following hard on the Bay of Pigs invasion and a destabilization campaign by the CIA whose details—from the little we know about them—seem brutally surreal. And it lasted only two years. But even after Castro closed the UMAP camps in 1967 (following protests in Western Europe and in Cuba itself), the policy of incarcerating gays persisted. Discrimination was officially sanctioned by the National Congress on Education and Culture, which called in 1971 for the expulsion of “notorious” homosexuals from education and the arts. Open gays were purged from Cuban culture, where they had previously played a pervasive role. They were expelled from the universities and drummed out of the Party, since, as Fidel himself had declared (in a 1965 interview), “a deviation of that nature clashes with the concept we have of what a militant communist should be.”

Cuba’s obsession with homosexuality has haunted American progressives; gay and straight, ever since veterans of the Venceremos Brigade discovered that, though they were free to pick sugar cane, they were expected to remain silent about repression. So persistent were the entreaties of gay radicals that, in 1972, the brigade issued a directive calling homosexuality “a pathology which reflects leftover bourgeois decadence” and requiring Brigadistas to refrain from “imposing North American gay culture on the Cubans.”

These chestnuts are preserved in Allen Young’s book, Gays Under the Cuban Revolution, which may well have served as a blueprint for Improper Conduct (though it’s nowhere credited). Young was a gay Brigadista who started out “a full-fledged Cubaphile,” thrilled to be seen wearing the military uniform he’d received as a gift. He became estranged from Marxism in the process of coming out. The liberationist politics he’s embraced has its limitations, but it’s been invaluable in keeping alive the debate over Cuba’s values that has raged for nearly a decade in the radical American press. From Jump Cut to Win, leftists have painfully weighed the persecution of homosexuals against the evils of cultural imperialism, the latter offered—it so often is—as a smokescreen for any third world policy that looks barbaric to Western eyes.

But in 1980, the question of cultural imperialism became academic. That year, between 10,000 and 20,000 homosexuals left Cuba for these shores. Perhaps 15 per cent of those who took part in the Mariel flotilla were gay—the first time homosexuals as a self-conscious group chose emigration to achieve personal freedom. They were received ambivalently; most still live on permanent parole, since no acknowledged homosexual may be granted resident status or become an American citizen. But the fiercely articulated testimony of so many gay Cubans has made what was once an arcane dispute on the left into front-page news.

Improper Conduct is bound to do even more than that, for it presents the persecution of Cuba’s homosexuals as an emblem of communism’s failure. It’s an unprecedented emblem, one the contras of Miami would never have chosen to represent their fate. The last time the good citizens of Little Havana were asked to express themselves on the issue of gay rights, they backed Anita Bryant to the hilt. There are plenty of Cubans in this country who will allow that Castro did one good thing: he got rid of the homosexuals.

But Improper Conduct isn’t meant to stir a right-wing audience. It is aimed at progressives, and it makes its case interms no humanist can dismiss. We’ve been educated by our own gay rights movement, and by historic connections between that movement and the European left, to regard homosexuals as members of the noble fraternity of pariah groups. “There are no Jews in Cuba, but there are homosexuals,” Sartre once observed, and we understand exactly the signal he is sending. We have come to judge the worth of democratic societies by the fate of their minorities.

It’s a fair standard, and the basis of my own understanding of what it means to be gay. Despite Norman Podhoretz’s contention that sexual deviance is a marker for political subversion (we’re just so many swishing saboteurs to him), homosexuality has tempered my politics and altered my allegiances on the left. I began this piece with the image of a Cuban homosexual standing up to declare himself a symbol of the distinction between free and repressed societies because I feel myself implicated in that moment, much as I felt involved in this film.

Improper Conduct arouses that empathy the way left-wing documentaries always have. It personalizes history—even at the expense of objectivity—by heightening identification between the viewer and the victims of oppression. Almendros and Leal use this tradition to mount a critique of the left. Their film consists, for the most part, of passionate personal testimonies, warmly lit and intimately framed. The Sorrow and the Pity springs to mind, but Improper Conduct aspires to be something else. Ophuls’s film examines the impact of occupation on an entire French community; its moral dilemma involves the response of individuals to a repression visited on everyone. But Improper Conduct shows us people singled out by the state because elements of their identity are regarded prima facie as dangerous.

You can dismiss some of the suffering the film brings before us as the crocodile tears of a disenfranchised bourgeoisie; you can argue that some of these people were counterrevolutionaries, even CIA agents; but the evidence of persecution adds up to something damning because you can sense its systematic nature. For all that homosexuals have suffered on the silver screen, Improper Conduct is the first film to present gay people as social victims. For that reason, it’s a giant step toward our legitimization.

But there’s another agenda in this film, perhaps more central than its liberationist aims and surely more problematic. That agenda involves the delegitimization of the present Cuban government, a prospect we may well be forced to contend with if Reagan is reelected. To progressives in North America, who might be expected to oppose any overt or covert assault on the Cuban state, a film like Improper Conduct could be a powerful deterrent. It makes personal and “progressive” what right-wingers always say about Communist societies: that in the name of social justice, individual freedom ceases to exist. What right-wingers choose to ignore is the effect of this constriction on sexual identity. For Almendros and Leal, the persecution of homosexuals in Cuba is as significant as the suppression of Solidarity in Poland, and as revealing of communism’s monolithic face.

They offer us a politics of homophobia in which militarism is the prime mover, and they identify its emergence in Cuba as the cause of unremitting enmity between the government and its gay citizens. “I think we’re seeing an evolution in Communist culture toward a military ideal,” says Susan Sontag, in an interview that ties this film to its ideological moorings. “If homosexuals in such countries are identified with women, i.e., as weak elements, and the country’s ideology is focused on strength, and strength is associated with virility, then male homosexuals are viewed as a subversive element.” (Pace, Mr. Podhoretz.)

It’s an elegant explanation, but like most temptations of the flesh, it reduces the complexity of a cultural response to fantasy. The fantasy here is that there is a single explanation for homophobia, a unified field theory that will unravel the mystery of what is—like sexism itself—a phenomenon with divergent and contradictory roots. Any society straining to unify its people behind a single standard of behavior or system of belief will soon become obsessed with sexual heresies, not to mention political or religious ones. That doesn’t mean every authoritarian culture is homophobic or every homophobic culture authoritarian. The mechanisms of repression vary from society to society, and depend as much on cultural tradition as on political exigency. The “militarization of culture” in the Philippines has not produced the response it did in Cuba; gay life flourishes in Manila, and, for that matter, it survives unmolested in Johannesburg, where the traditions of Western democracy are applied quite selectively.

Perhaps Sontag would explain away these exceptions to her rule by invoking the odious distinction between authoritarian and totalitarian states. But what about East Germany, an orthodox Communist society where gay bars operate freely and sodomy laws were stricken from the books in 1968? Why are there no camps for homosexuals in Nicaragua? When Almendros was asked this question by the New York Native, he replied, in high Cuban style, that the Sandinistas “can’t go as fast as Cuba did because they don’t have men in power as smart as Castro.”

This is not to deny the trend toward sexual pluralism in capitalist societies or the tradition of compulsory heterosexuality in Communist states. It is only to insist that change is possible in either case, that homophobia is a dynamic element in many political systems, that democrats as well as dictators may be guilty of harboring murderous intentions toward queers. We would do well to remember the sex-panic of the ’50s, when several thousand gay Americans were purged from the civil service. There were no labor camps, but tens of thousands served time for improper conduct, American style. Much has changed, to be sure; but not irrevocably. This nation, which holds out such potential for personal freedom, also harbors a passion for control.

In the West, gay people typically find themselves torn between contradictory perceptions: they are simultaneously regarded as a sort of ethnic group, with fundamental rights of privacy and association, and as a renegade element that threatens the family and state. In Communist cultures, where the well-run state and the stable family have historically been synonymous with human rights, the idea of a tension between sexual and social imperatives seems subversive, alien. For Sontag, such cultural conditioning is beside the point. Ideology makes the state, and Marxist ideology is puritanical at the core. “I think one of the left’s weaknesses has been a difficulty in dealing with questions bearing on the moral and political aspects of sex,” she tells Almendros and Leal. “It’s a heritage, in a way, a `puritan’ one, that is deeply imbedded in the morals of the left. The discovery that homosexuals were being persecuted in Cuba shows, I think, how much the left needs to evolve.”

The left, the right, and the center, anyone who’s openly gay in America might observe. But Sontag has a specific ideological target in mind, and an agenda that must be met even at the expense of history. In fact, the gay rights movement is part of the legacy of left-wing politics. German Marxists of the early 20th century were the first to demand legislation to redress gay oppression. The founder of America’s first gay rights organization, the Mattachine Society, was a member of the Communist Party named Harry Hay.

To acknowledge that this liberationist tradition did not become ingrained in “scientific socialism” is one thing. One can trace the Communist rationale for homophobia back to Stalinist slanders about “the fascist perversion” and even further back to utterly loony assertions by old man Marx himself about “men of the rear” usurping power from “we men of the front end.” (Marx was referring obliquely to certain socialists of his time who were heterodox—and gay.) But to insist that the left is inherently, immutably homophobic is to sacrifice reality to realpolitic.

Is there another, less serviceable explanation for Cuba’s antigay pogrom? Why did Castro choose the Bulgarian solution of concentration camps and not the East German model of official tolerance? Several explanations have been advanced by defenders of the revolution who, while not seeking to excuse the UMAP camps, do attempt to place what happened during those years in the context of traditional Cuban culture. B. Ruby Rich, a film scholar who has traveled to Havana twice, points to the distinction in Caribbean societies between “private (expressive) and public (repressive) space.” The former, she argues, is broader and more permissive than in the United States, while the latter is narrower and more rigid. After the Bay of Pigs, Rich contends, the old system of “se dice nada, se hace todo” (“say nothing, do everything”) broke down. “In this climate of postinvasion paranoia, private space was invaded as never before.”

Nestor Almendros (left), Tomas Gutierrez Alea (right)

But Rich goes further to suggest a material basis for the persecution of homosexuals. In a monograph with Lourdes Arguelles, published this summer in the feminist journal Signs, she asserts that the CIA actively tried to organize a fifth column within the mob-dominated gay underground of Havana. “Young homosexuals seeking contact with `the community’ in the bars and famous cruising areas of La Rampa were thus introduced to a counterrevolutionary ideology and practice…. ” After the 1961 invasion, “realistic fears gave rise to paranoia, and (as in the McCarthy years here) anyone who was `different’ fell under suspicion. Homosexual bars and cruising areas were perceived, in some cases correctly, as centers of counterrevolutionary activities and began to be systematically treated as such.”

This begins to sound like the, language conservative revisionists resort to when justifying the excesses of the McCarthy years: we really were confronted by an international Communist conspiracy, some of the people we ruined really were traitors, and in any case, those willing to forgo their association with the left were safe. Rich is on firmer ground when she describes the dolce vita of old Havana. Her observations are a devastating critique of everything we’ve read and heard. Here, for example, is Allen Young’s apotheosis of those days: “There were the prostitutes, both male and female, flourishing their licenses, government-issued and carefully administered…. It was not unusual to be approached at gangplank by a young, sultry Latin whispering, ‘Exhibicione! Exhibicione? Ah, yes! Those were the dear gone days of `Superman,’ who gave several nightly exhibitions, 100 per cent sexual…. Prior to his ‘mounting,’ he would strut around the room allowing his audience to touch him—for a fee. 11uly, Cuba had a roaring economy in those days.”

In speaking of that picturesque milieu, Rich notes: “This sector was mostly controlled by American organized crime and members of an indigenous bourgeoisie directly linked to Batista’s political apparatus. It employed more than two hundred thousand workers…. If legal sanctions and official harassment were rare, this tolerance was due less to social acceptance than to overriding considerations of profit and the economic interests of the underworld…. ”

Rich hasn’t hesitated to make her sexual politics known to the Cubans. On her most recent trip to Havana to participate in a Latin American film festival last December, she delivered a paper called “The Aesthetics of Self-Determination,” which focused on North American gay cinema. The festival had already refused to screen a documentary about gay life in North America, and her frankly progay stance drew an ambivalent response. “The embarrassment was evident,” another critic who attended the festival recalls; several delegates walked out and there was no discussion afterward. (On the other hand, the Cuban press reported the speech.)

But in this country, Rich has chosen to place her solidarity with the Cuban revolution above gay politics. She asserts that many homosexuals who remain in Cuba have chosen patria over personal identity. “The revolution might not speak to the homosexual in them,” Rich writes, “but it continued to address other vital aspects of their being. They, in response, put the revolution—and Cuba—first, and put off sexual politics until later.”

Were Americans asked to defer their sexuality on patriotic grounds, progressives like Rich would be among the first to point out that such choices are painful and unnecessary; one can be a loyalist and a liberationist. But in a revolutionary society, Rich seems to say, the closet is an honorable retreat. “The absence of a gay public space [in Cuba today] means there are no lesbian or gay bars; yet there is a flourishing homosexual social scene…. This rich `salon’ society is particularly well suited to the expansive private sphere required by homosexuals…Some, such as Jorge, an artist, even contend that `for all the repression, there is more true sexuality for gays in Cuba.’ ”

Sex in the shadows may, indeed, be hot; but life in the shadows is something else again. Rich acknowledges the problem without advancing its solution. It takes a lapsed Marxist like Young to state in no uncertain terms that “Cuba denies its gay citizens the freedom of association and community.” Therein, camps or no, lies its ongoing shame.

So far, the Cuban government has offered only the most oblique response to Improper Conduct. Referring to “the incredible charge that the Cuban government represses homosexuals,” Granma, the Communist Party newspaper, remarked on June 11, “the lies are so grotesque that decorum prevents us from accepting that they be debated.”

But the allegations continue to sully Cuba’s reputation, especially in cultural circles. Just last week, Armando Hart, Cuba’s minister of culture, was confronted by a French journalist who had come to Havana for a festival of the visual arts. Hart reacted with consternation when asked how Cubans feel today about the era of UMAP camps. According to one writer who was present, he replied that Cuba’s enemies focus on “individual cases” in order to avoid acknowledging the revolution’s cultural achievements: its museums and galleries, its publishing and literacy campaigns. Hart said homosexuality was a social issue, not a political one; and he insisted that official discrimination did not exist in Cuba today.

So the silence persists, with Granma asserting that “the writers and artists of this country are not prepared to become ensnared in a gross controversy promoted and encouraged by the United States.” But last month, Cuba’s greatest resident filmmaker, Tomas Gutierrez Alea, was passing through New York, and we asked for his response. Alea’s most renowned film, Memories of Underdevelopment, poses some of the same questions that Improper Conduct does about individual alienation in a revolutionary society. For Alea, such alienation is at heart an aspect of class privilege, but at least he acknowledges the tension between self-consciousness and social solidarity.

Alea is hardly a surrogate for Fidel Castro. In agreeing to answer questions about Improper Conduct, he may have been taking a risk, professionally and personally. The personal seemed to weigh on his mind as he approached the tape recorder. Almendros had been a friend in Cuba; now they are politically estranged. And Alea has a daughter living in exile in New York. 1b watch him reenter that broken circle is to comprehend the pain that persists in Cuban intellectual life.

“I can tell you, honestly, I think this is a very superficial film,” Alea began. “It is a type of propaganda based on testimonies that might be proven to a point. I can make maybe 10 or 20 films like that, but if you don’t put them in a context, you are distorting reality because reality is much more complex.”

The context in which Alea placed Cuba’s antigay pogrom is a cultural one. He spoke of a historical tradition that predates the revolution by many centuries and has hardly been budged by it. “Cuba is a Catholic, traditional culture, still. You know, the Inquisition was very soft in Cuba. Only about six people were murdered, and you know why? Not because they were witches, but because they were homosexuals.”

Alea acknowledges that, at a certain point, the Cuban revolution “exploded as a reaction against homosexuals, very hard.” But he insists, “At this moment, there is no official repression. You don’t have to be a heterosexual to represent the country, to be an intellectual, to have public recognition. There is discrimination, and it can be very hard, but that is something you can fight against.” Alea claims he did fight, along with other revolutionary loyalists, against the UMAP camps of the ’60s and the antigay purges of the early ’70s. “We fought against that and it Boas overcome. And I feel it is ridiculous to come now with this film when the things it shows occurred 15 years ago.”

Why then, I asked, did so many gay people elect to leave in 1980, after the worst excesses of homophobia had supposedly been laid to rest? There are other Catholic cultures in the Caribbean, I pointed out, where homosexuals are evidently content to remain. Alea replied by citing special immigration waivers designed to encourage immigration from Cuba. “If the United States said that to other countries, even developed countries such as Italy, they would empty them.” As for Latin America, “It would not exist any more. It would be a desert.”

“This is a very rich country, very, very rich really. You show your wealth in your films, and they are everywhere. So the image of the United States is paradise for many people. lb Cuba, it is difficult to resist, because we are very poor. Really very poor.” For gay people, Alea suggests, the temptation to emigrate was especially strong because “there is a cultural situation that makes things difficult. It is not an official tenet, but many people discriminate against them. They hear there is, in San Francisco, a whole neighborhood of homosexuals, so they feel this is paradise for them.”

I wondered what Alea would make of the Marielito my lover and his roommates sponsored so he could be released from an internment camp in Florida. He called himself a “missy,” and there was no doubt about it. His sexuality transcended any distinction between public and private space; like the star of La Cage aux Folles, he was what he was. But he certainly was a Cuban, given to bouts of romantic melancholy and confusion about his reasons for being here. He was more than a little baffled by American gay life, with its lack of polarities. When his friends came to our parties, they didn’t know who to pick up: there were no machos or missies, and every butch threatened to become a femme.

He would pore over gay newspapers and magazines, not just to eyeball the hunks, but to gaze at treatises about gay rights, at pictures of Young Gay Professionals, at the very word “gay.” He would point it out in an article, and we would have to translate the whole thing, along with the day’s Bloomie’s ads. There was more than material lust behind this little ritual; there was something any American could respond to—an incarnation of the old rhetoric about huddled masses yearning to breathe free. I have not forgotten that rhetoric, and so I found myself engaged in a kind of futile debate with Alea, in which neither side seemed capable of conceding—or entirely denying—the other’s rectitude.

“You are judging us from here,” he said, “but you have to judge us in relation to other Latin American countries. I don’t want to talk like a propagandist, but these things are obvious. We have no problem of children without shoes, we have no problem of hungry people, we have no problem of education or health. And it is ridiculous to look at the problem of homosexuals, which I feel is a problem you have to fight against, and to put that in the first place. Because the first right you have to fight for is to exist.”

Why does it always seem that there are trade-offs between economic justice and personal freedom in a revolutionary society, I asked? Why can’t they co-exist?

“But I think there is another aspect to the problem that we cannot forget. We are militarized, I should say we would like to be, 100 per cent. Why? Nobody wants to be military, nobody wants to have that discipline, but we have no choice. If we did not militarize, you would swallow us in two or three hours.”

But this rationale is one any nation could use, and many have, to justify the worst barbarities. I suggest we look at the fate of homosexuals in Cuba as a symbol of what can happen to any alienated group in a revolutionary society.

“It is a symbol, but it is not the first issue. First you have to exist, and for that, you have to fight. In the middle of a battle, you cannot discuss aesthetics or homosexuality or anything. You have to pick up the gun and receive orders. It’s alienating to everything you want, but at certain moments, you have to eliminate one part of yourself to overcome a situa tion that is more important.”

Some things are inalienable.

“Yes, we can discuss that, but I think it is important to understand that we are threatened every day. And in this situation, our revolution is a miracle.”

Alea was speaking as a Marxist in the strongbox of international capitalism, a Cuban in the North American sphere of influence, a man who feared and probably envied the power of that empire. But there was a sense in which I feared and envied his power—as a heterosexual. This mutual perception of disadvantage gave us a kind of equity, but it didn’t help us understand each other’s priorities. For Alea, sexual freedom is a secondary issue, something that must bow to the need for material security. But for me, as a homosexual, sexual freedom is material security since it is the key to living an unencumbered life.

The fate of Cuba’s gay people—those who remain behind and those who might wish to return—is mired in that same perception gap. It is not just a cultural problem or an ideological one, but a political issue that can only be resolved, as part of a general settlement with the United States. Pvo decades of ostracism have taken their toll on Cuba. Defensive macho—with its cornered response to homosexuality—may have less to do with any 400- year-old tradition than with the anguish of contemporary politics. Improper Conduct hardly promotes the process of normalization that must accompany any meaningful critique. On the contrary, it feeds our most bellicose intentions and inflames the paranoia that prevents Cuba from coming to terms with its past and risking change.

An Illusion of Fairness, Almendros replies to Alea (fragments)
by Nestor Almendros (The Village Voice, August 14, 1984)

There have been four major periods of repression of gays in Cuba in the 25 years of this so-called “revolutionary” power. The first, in 1961, was called “Operation ‘P’ ” -it consisted of street raids and the victims were sent to camps in the Guanahacabibes peninsula. The second, from 1964 to 1969, is the period of the UMAP camps, and this is the period best documented in our film. The third period began in the 1970s, after the Congress of Education and Culture, with new harsh legislation, more street raids, and “rehabilitation” camps. The fourth period, in 1980, was a kind of Cuban “final solution” of the gay “problem” -the deportation of about  20,000 homosexuals from the port of Mariel to Florida. It was well known then that the best way to get an exit permit from Cuban authorities was a declaration of homosexuality…

[…]

When Alea declares that “in the middle of a battle you can´t discuss aesthetics or homosexuality or anything, you have to pick up your gun and receive orders,” one can hear an updated echo of the Stalinist rhetoric of the ’40s. No Marxist intellectual in the West today would dare to sustain such worn-out principles… Discuss aesthetics, discuss homosexuality.[…]

PRESS OF FREEDOM. A Column Open to Readers

¡Cuba Si, Almendros No!
by Tomas Gutierrez Alea (The Village Voice, October 2, 1984)

HAVANA—A few months ago, I saw the documentary Improper Conduct by Nestor Almendros and Orlando Jiménez. Richard Goldstein wanted to know my opinions about this film to publish them in The Village Voice. We met for an interview and some of my views were published in a long article titled “Cuba SI, Macho No!” (Voice, July 24). On August 14, a response by Nestor Almendros appeared in this publication which obliges me to clear up some things.

The first thing Almendros says is that I was obliged to attack the film “officially.” Frankly, I don’t understand the term. It is true that I felt obliged to attack the film, but only because of those principles for which I have been and am capable of giving my life. Perhaps this will be difficult for people like Almendros to understand, and for so many others who long ago disengaged themselves from those principles which once seemed to sustain their lives.

Improper Conduct is part of an official current of the U.S. policy toward Cuba. The film feeds that current of opinion, which is well orchestrated and well backed by the official media.

I find out, through Almendros, that “Comandante Castro did not approve of [my] last film,–Hasta cierto punto. It seems that Almendros is very well informed about what happens at the highest levels in Cuba. However, he also says that “following Castro’s lead, the Cuban critics had to attack Alea and this film, even though the film had won the first prize at the last Latin American Film Festival in Havana.” This is not completely true, for some critics attacked it and some defended it. Perhaps the latter did not find out about Castro’s opinion in time. Who knows…

No less puerile and ill-intentioned is his insistance that he can say, without fear of any kind, that he “very much admire(s) two or three of Alea’s films under Castro. On the other hand, Alea cannot say or write in Cuba that he liked the film El Super.” However, I have said so on more than one occasion. I have on hand a copy of an interview in Puerto Rico in which I say, among other things: “El Super seemed to me a very good movie; I would call it extraordinary, very revealing and very interesting … ” (VIVA, El Reportero, September 21, 1983).

This seems an appropriate occasion to explain that El Super is interesting because it offers a revealing picture of the Cuban exile community in New York: one of those Cuban families that abandoned their country after the triumph of the Revolution, taking advantage of the offer the U.S. government made to receive them “with open arms.” The parents don’t even manage to learn English, and they have to use their daughter as interpreter. It’s a pathetic case of loss of identity in which the parents try to save something by traveling to Miami, nearer to Cuba and more populated with Cubans. Presumably, the daughter’s fate will be to become a North American, but a fifth-class one.

When I met with Leon Ichaso in New York to see his other film, yet unfinished, with Rubén Blades as its protagonist, I realized that the hope one could see in El Super of a cinema that would authentically reflect the world of the U.S. Latins had been frustrated. Crossover is a melodrama that follows a worn pattern and that tries to use Blades’s songs as a hook.

Leon Ichaso told me that after they made El Super many people labeled them as procommunists and that because of this they had to be careful not to follow that road. The story is lamentable, but revealing.

And what can we say about the allusion Almendros makes to The Last Supper? That film has what Improper Conduct lacks: a historical focus on our reality. The Last Supper sheds light on the present because it’s a parable about hypocrisy and the utilization of the noblest principles to exploit one’s neighbor. Improper Conduct attempts to be a document through which one can get an “authentic” image of our reality here and now. But its lack of a sense of history and a social context determines its superficiality and turns the film into a revealing document about the human misery of its authors.

How can Almendros speak of Cuba “deploy(ing) its military forces around the world”? Can Cuba really carry out a policy of aggression towards other countries? Doesn’t this sound a bit exaggerated? If Almendros is so worried about the deployment of military forces, why hasn’t he protested against U.S. military intervention in so many other countries? Did he protest the recent intervention in Grenada? Has he said anything about the arms race unleashed by the current U.S. administration?

Why has Almendros, after so many years (he emigrated in 1961) and after traveling a road full of professional successes, lent himself to a dirty game of such dimensions? It’s significant that at this very moment, coinciding with an aggressive policy by the U.S. administration toward our country, some intellectuals (and some who can barely boast of this distinction) have thrown themselves into a “cultural” offensive against Cuba, in which great economic resources of strange origin come into play. It’s obvious that most of these people have nothing better to sell and that they try to make a career out of their anti-Cubanism. This is not exactly Almendros’s case—he already made a career and is legitimately well-placed in that world. However, in his film, almost all these characters are gathered, this time focusing their attacks against Cuba on the theme of homosexuality. Everything very well prepared. And very opportune for satisfying the needs of the master who has received them “with open arms” but who, at the same time, demands fidelity in exchange for a good reward.

Almendros knows very well that with half-truths one can fabricate the most infamous lies. He knows, for example, that the UMAP, the work camps where a great many homosexuals went to fulfill their military service, were an error and became a scandal that fortunately culminated in their disappearance and in a policy of rectification. The UMAP lasted from 1965 to 1967 (not from 1964 to 1969 as Almendros says). That is, their disappearance dates from 17 years ago. However, in Improper Conduct, the UMAP is talked about as if it were something that happened yesterday or something that is still in force. Almendros knows this isn’t true.

The image of our country that he offers us through a series of anecdotes which one must believe because they come backed by his prestige, is monstrously ridiculous. Almendros manipulates the best known cliches about Cuba, the most enormous lies, which from being repeated so often threaten to become the truth, as old Goebbels understood. The emotional impact and level of credibility transmitted by some of these testimonies are disturbing for those who, outside of Cuba, receive them without the information needed to be able to assess certain situations accurately. The lack of information about the socio-historical context in which a revolutionary process must be located is what allows Almendros to hit what is known in boxing as a “low blow,” and what moves us to judge his document as basically dishonest.

Any North American who has been to Cuba can give the lie to the ex-tourist guide who appears in this film and introduces himself as a kind of “shepherd” leading his flock of tourists only through those places they were allowed to observe. Unfortunately, it’s the American government that imposes obstacles so North Americans won’t travel to Cuba and see our reality with their own eyes. They, better than anyone, could say if their freedom of movement is limited here. They could confirm with their own eyes if it’s true that men with long hair or who walk a certain way are kept from moving about our streets. They would finally find an answer to many of the troubling questions the film provokes.

Is the so-called “homophobia” an invention of the Revolution? Doesn’t it exist in greater or lesser degree in the rest of the world, especially among Latin Americans? Incidentally, a great proportion of Miami’s Cuban community rejected Almendros’s film because they felt it suggested that the great majority of Cuban exiles are homosexuals. They felt their “manhood” was being questioned. But, how does one fight against such an injustice? In Cuba five years ago, the Ministry of Culture published a book called Man and Woman in Intimacy. Its author, Siegfried Schnabl, is a scientist, sexologist, clinical psychologist, and director of the Center for Sexual and Marriage Counseling of the Karl-Marx-Stadt (Democratic Republic of Germany). In this book, there’s a chapter devoted to homosexuality in which one can read the following:

“We have not included homosexuality among the perversions, since it does not exclude the community that reciprocally enriches and physically and psychologically satisfies two people. Besides, among homosexuals one can also find authentic love.”

“In terms of the affective life, homosexual relations are no different from relations between men and women.”

“The conventional arguments raised in support of the need to apply laws against homosexuals have been refuted by research for their lack of solidity.”

“Neither are justified such penalties and emotional prejudices that use high-sounding slogans like `vice against nature’ and `against the sensitivities of the people. What two adult persons do in private by mutual consent does not injure the moral norms of society and there can be no reason to proceed against it.”

“Homosexuals, like all citizens, have a right to be valued and recognized by their objective achievements and by their behavior.”

It’s important to point out that the above-cited opinions appear in a book published by the Cuban state with educational purposes. Which does not mean, of course, that the publication of a book. no matter how “official,” automatically makes a social phenomenon disappear which we have been carrying around for centuries and which has deep roots in our Catholic, Spanish past. But a book like this one, where the most advanced scientific opinions about homosexuality are expressed, constitutes a valuable fighting tool which the Cuban state places in the hands of those whose cause is that of the discriminated against, the marginal, those who suffer any kind of prejudice or oppression.

At one point in Richard Goldstein’s Voice interview I said that “in the middle of a battle, you cannot discuss aesthetics or homosexuality or anything.” That is, anything that does not have to do with the immediate need to defend yourself and attack the enemy. I hold that in the order of priorities the need to survive comes first. And for us, a small and poor country, this means an obvious need to arm and organize ourselves militarily to face the constant threat of a rich and powerful country that also happens to be one of our closest neighbors. This, obviously, sets limits on our capacity to solve other problems, which does not mean they’re not important or that we won’t face them within the measure of our strength.

We also discuss homosexuality and aesthetics and women’s issues and everything that affects and limits the full realization of a human being. But these are not problems that can be solved overnight. A perfectly just society, in which all human beings can fully realize themselves is not within our immediate reach. A communist society, paradise on earth, will be inhabited by better men and women than we in every sense. But it’s we, here and now, with all our defects; it’s us who are slowly building that more just society. There are no shortcuts in history. We are conscious that we have a long road to travel, a prolonged period of struggle against a powerful enemy and the traitors it shelters and nourishes.

When I read Almendros’s response to my interview, I can’t help feeling a certain sadness over those who left, those who abandoned the struggle because they lacked faith in our own resources for transforming this country, those who let themselves be seduced by the wealth and comfort that the old master offered them “with open arms.” Perhaps Almendros and people like him have not realized that their tired anti-Communist rhetoric is not going to afford them the moral alibi they need.

This is not the place to recount everything achieved in these 25 years of the Revolution, but I think there’s an exemplary statistic, revealing a true concern for human beings: in 1958, a year prior to the revolutionary victory, -child mortality was higher than 70 deaths per 1000 live births. In 1982, the figure came down to 17.3, the lowest in Latin America. Life expectancy went from 58 in 1958 to 73.5 in 1982. If we take into consideration the fact that half our doctors migrated to the U.S., along with a great many professionals and qualified technicians of every kind, leaving the country in a truly critical condition, it’s clear that we have taken a gigantic leap. This is certainly not the situation in other Latin American countries. I remember that the very day I saw Improper Conduct, the newspapers told of violent disturbances in the Dominican Republic, provoked by hungry masses who were raiding the markets. There have been similar reports from Brazil. In this context, Almendros’s film seems to me increasingly irrelevant—not to mention ridiculous. •Translated from the Spanish.

Unfinished Business
(The Village Voice, October 17-23, 1984)

Dear Editor:

Perhaps the most lamentable falsehoods in Tomas Gutiérrez Alea’s article [“Cuba Si, Almendros, No,” October 2] are to be found in his comments about the publication in Cuba of the “scientific” book Man and Woman in Their Intimacy (Editorial Cientificatecnica, Havana, 1979). This was a translation from the German from a text written by Siegfried Schnabl, director of the Center for Sexual and Marriage Counseling in communist [sic] Germany. Alea’s quotations are incomplete and totally out of context.

Following is an all-too-typical example of Schnabl’s condescending contempt for the male homosexual, omitted by Alea: “He often walks gracefully, with short steps, swaggering. Many have smooth long hair, soft skin, and relatively wide hips…. Homosexuals are very sensitive, are easily offended. They are exasperated, unbalanced, subject to influence, nervously unstable, and even neurotic.” (page 329)

Schnabl describes lesbians with equally unbridled prejudice: “Active lesbians are on the make, aggressively defending their lovers against competitors. Violent scenes of jealousy can take place among homosexual women.” (page 331)

But the German “scientist” does not stop here. He envisions futuristic Nazi-like solutions:”The premises for the development of homosexual instincts are constitutional or inborn, in other words, they are present in embryo, or fetal form.”(page 332)

Dr. Schnabl goes on to talk about prevention: “Experiments allow us to suppose that in the near future, high risk homosexuality can be ascertained (by embryologic testing) during the critical phase of cerebral differentiation of the fetus.” (page 334)

The most incongruous part of Alea’s boasting about this very “educational” book which “the Cuban state places in the hands of those whose cause is that of the discriminated-against” is the fact that this book is not for sale to the general public. This censorship spares only doctors, psychiatrists, and sociologists, who must, however, produce their professional credentials to purchase it. Incidentally, by an October, 1978 decree, all homosexual health care practitioners in Cuba (including doctors) were excluded from their profession.

Holding tight to the official line, Alea, in a halfhearted attempt at fairness, acknowledges the past “error” which was the UMAP camps of the ’60s, but conveniently fails to mention the rehabilitation camps which followed in the ’70s and continue today with homophobic legislation still in force. Nor does Alea comment on the deportation of about 20,000 homosexuals in 1980 with the Mariel boat lift. Moreover, he skips altogether the other main subject treated in our film which is the persecution of Cuban dissident writers and artists.

Knowing that his arguments are weak concerning artistic and personal freedom in Cuba, Alea tries to convince us—with impressive statistics—of the great social and economical advances under the Castro regime. These statistics are, however, furnished by the Cuban government alone and checked by nobody, since real inspection is not allowed. One day, as it happened after Stalin’s and Mao’s deaths, the failure of the Marxist experiment in the tropics will become all too apparent.

We do agree though with Alea that our film is a revealing document of its authors’ misery. Remembering Picasso’s comment to the German occupiers about his painting Guernica: “It was you who made it,” we could say that the real author of Improper Conduct is the Cuban government, whose misery also reaches Mr. Alea.

In the late ’40s, when we were very young in Havana, we founded the first film society, Cinemateca de Cuba, which showed classics. All of the members of the board eventually left in exile—all but Mr. Alea. He made his choice to submit and become an employee of the Cuban state, receiving a monthly salary to direct films, as well as to attack films made by his ex-friends.

—Nestor Almendros

—Orlando Jimenez-Leal

Manhattan

Editor’s note: Tomás Gutiérrez Alea was unavailable for comment at press time. His reply will appear in a future issue.

Publicado originalmente en el periódico neoyorquino The Village Voice, en las fechas indicadas. Estos textos aparecen reproducidos aquí. Archivado en la sección de Documentos de este blog. Por el interés que revisten, serán bienvenidas traducciones al español. Importante: el texto de Néstor Almendros, “An Illusion of Fairness”, publicado el 14 de agosto de 1984 en el mismo periódico, no está completo. Es una omisión que habrá de subsanarse. Aclaro que el de Tomás Gutiérrez Alea publicado en The Village Voice bajo el título “Cuba si, Almendros no!” es una traducción del original “La conducta propia de los traidores”, que apareció posteriormente en la revista Casa de las Américas, No.148, La Habana, ene-feb, 1985, pp.182-185. Por lo tanto, el texto de Gutiérrez Alea no precisa de traducción, sino la consulta del original. Para la traducción de las citas aparecidas en la carta titulada “Unfinished Business”, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, sería prudente la consulta del libro referenciado El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl, Ed. Científico-Técnica, La Habana, 1979.

Una controversia similar apareció en las páginas de The New York Native, con textos de Lourdes Argüelles y Ruby Rich (“The Easy Convenience of Cuban Homophobia”), Reinaldo Arenas (“The Closest Attention: Gays in Cuba”, trad. de Richard Sinkoff), René Cifuentes (“The Parameters of `Paradise'”, trad. de Richard Sinkoff). Aparecieron igualmente cartas de Ana María Simo, Reinaldo García Ramos, Allen Youg y de Argüelles y Rich. Intento localizar los textos.

Germán Puig, un rayo de luz

foto2-german-autant.jpgGermán Puig (1928), izquierda, junto al director francés Claude Autant-Lara, con quien Puig trabajó en L’auberge rouge. París, 1951. © Colección de Germán Puig

Germán Puig se resiste a ser fotografiado, se confiesa enemigo del protagonismo. Fundador en 1947 -junto a Ricardo Vigón- del Cine-Club de La Habana, transformado luego en Cinemateca de Cuba, ha vivido como nadie el arrebato del séptimo arte con que contagió a sus amigos, devenidos cineastas o escritores de renombre. Aunque vital para entender el mundo cinematográfico pre-revolucionario, ese legado suyo ha permanecido en una sombra pertinaz.

Después de medio siglo de olvido, el Ateneo de Madrid le rindió tributo este 10 de mayo, el primero que Puig recibe de una institución como fundador, en 1951, de aquella Cinemateca, que “naufragó en la política”, pero también en la miseria material y humana. Adelantados a los de su tiempo, Vigón y él fueron núcleo aglutinante en el fomento de la cultura cinematográfica. En aquella Habana republicana, estos pobres con alma, fieles devotos del cine, comenzaron con sus proyecciones en salas como la del Royal News y la del Colegio de Arquitectos.



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Aquel pasado de sombras fue inventariado por el profesor e investigador francés Emmanuel Vincenot, en su ensayo “Germán Puig, Ricardo Vigón y Henri Langlois, pioneros de la Cinemateca de Cuba”, con gran repercusión en la isla, donde varios críticos (Juan Antonio García Borrero, Luciano Castillo, y los jóvenes Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco) han incidido en la reescritura de algo que nos había sido escamoteado. El cine, en tanto fotografía, necesita de la luz. Igual sucede con la historia.

LA HISTORIA OLVIDADA DE UNA “VIEJA CINEMATECA”

Vigón y Puig comenzaron en 1947 sus andaduras de cinéfilos con el Cine-Club de La Habana. Néstor Almendros -al exiliarse en Cuba después de una década separado de su padre, el pedagogo republicano español Herminio Almendros-, se sorprendió con el entusiasmo con que aquellos jóvenes organizaban cine-debates y proyecciones. También él acabaría arrollado en igual entusiasmo, del que se contagiaron Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Rine Leal, Roberto Branly, Ramón Suárez y Rodolfo Santovenia, entre otros. Forjaron, como en una secta, una suerte de pacto secreto de que sus vidas estarían, necesariamente, ligadas al cine.

foto1-vigon-cabrera.jpg Sentados, a la izquierda, Ricardo Vigón (1928-1960), junto a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en el solar habanero donde vivía el escritor con su familia. Circa 1948. “Todo lo que sé de cine (…) se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar (…) porque es a él a quien debo más”. Guillermo Cabrera Infante: Un oficio del siglo XX © Fotografía de Germán Puig

Hacia 1951, el Cine-Club se vió involucrado en una corta y “problemática” unión con la recién creada Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, ligada al Partido Socialista Popular, de filiación comunista. Puig, que se encontraba en París estudiando cine, figuraba, sin saberlo, como firmante del manifiesto gestor de aquella sociedad.

Fue el propio fundador y director de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, que ya había facilitado el envío de filmes desde esa institución a La Habana, quien llevó a Puig al Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), que se celebró en Cambridge, Inglaterra, en 1951. Allí el Cine-Club de La Habana se transforma en Cinemateca de Cuba.

La entidad francesa solo podía enviar filmes en préstamo a instituciones análogas. El cambio nominal se tradujo en la redacción de unos estatutos que aseguraban como misión institucional, junto a la proyección de filmes, la necesidad de conservarlos y de disponer de un archivo de prensa, misiones que a la postre fueron imposibles for la falta de fondos, apoyo y de sede fija. La postura de Vigón y Puig fue la de permanecer al margen de cualquier avatar político y de que la Cinemateca de Cuba, inscrita legalmente en 1952, funcionara solo como institución cultural.

fotocoletiva.jpgEn la Bodeguita del Medio, circa 1955.  Tercero por la izquierda, Manuel Barbachano Ponche, en una visita suya a La Habana. A la derecha, desde el primer plano, Tomás Gutiérrez Alea, Jaime Soriano, Germán Puig y su esposa Adoración. © Colección de Germán Puig

Los celos por esas gestiones ya habían hecho mella en Manuel Valdés Rodríguez, que impartía cursos de apreciación cinematográfica en la Universidad de La Habana. El profesor, que había desatado una campaña de descrédito primero contra el Cine-Club y luego hacia la Cinemateca, llegó incluso a apoderarse de películas llegadas desde París destinadas a aquellos jóvenes, y les intentará boicotear los envíos del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA).

Cerrada desde noviembre de 1952, por dificultades de todo tipo, a finales de 1955 la Cinemateca anunció seis meses de clásicos del MOMA, que serían proyectados en la sala del Museo de Bellas Artes de La Habana, con apoyo del Instituto Nacional de Cultura. En mayo de 1956, debido a la represión de Fulgencio Batista, y ante “la toma de conciencia política” de algunos miembros que intentan secuestrar un filme, Cabrera Infante entre ellos, el Instituto de Cultura retira su apoyo y deben buscar una nueva sede, el Lyceum Lawn Tennis Club, donde acabarían los días de aquella institución pionera.

EXILIO, QUE ES EXCLUSIÓN

En 1957, Puig pidió ayuda a Langlois y volvió a trabajar con él en París. Comenzó así su definitivo exilio, “luego de la fragmentación de la Cinemateca debido a la actitud política de algunos de mis amigos, miembros de ella”.

Con el triunfo revolucionario y la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), Puig vio una posibilidad de reactivar aquella institución muerta por la política. A través de Raymundo Lazo, el embajador de Cuba ante la UNESCO, dirigió un memorándum en que informaba de la posibilidad de crear un centro audiovisual anexo a la Cinemateca, para lo cual contaba con apoyo francés. La respuesta fue el silencio.

A la par, en La Habana, Ricardo Vigón, que regresaba muy enfermo desde México después de trabajar con Luis Buñuel, recibió una negativa de colaboración del ICAIC. Tenía a Alfredo Guevara de “enemigo mortal declarado”. Vigón murió en 1960.

Lezama Lima dijo de él: “Vigón era tan juvenil como milenario. Había, como todos sabemos, recorrido muchos espacios, conocido muchos hombres. De todo eso había derivado una sabiduría amistosa (….) Al final, había rechazado mucho, se había quedado con poco. Ese poco es ahora el oro de su recuerdo”.

foto4-german-fandino.JPGEn Madrid, hacia 1974, Germán Puig (izquierda) junto al cineasta cubano Roberto Fandiño (1929-2009). © Fotografía de Hugo Regueiro Puig

Pronto, los nombres de Puig y Vigón comenzaron a ser los de un par de fantasmas. Dos hechos aislados, ocurridos en un mismo año, pusieron en envidencia los manejos del ICAIC para borrar aquel legado. En 1970, tuvo lugar en la Cinemateca Francesa, en París, una muestra por los ’10 años del cine cubano’, al que la revista Cinéma 70 (No.144) dedicó un dossier donde se afirmaba que la Cinemateca de Cuba fue fundada en 1960.

Dos cubanos que leyeron tal afirmación, Germán Puig y Julio Matas, exigieron una rectificación de la revista, cartas que aparecieron en el número 148. Matas, profesor de lenguas y literaturas hispánicas en la Universidad de Pittsburgh, decía que la Cinemateca de Cuba, de la que él formó parte, fue creada en 1951 gracias a Langlois y a la FIAF, y llamaba a Puig “el verdadero pionero”.

Entre tanto, Puig aseguraba: “Falta de ayuda y de apoyo, la Cinemateca de Cuba debió cerrar sus puertas en 1956 (bajo Batista), luego de haber mostrado una selección de las más importantes obras de la historia del cine, provenientes de la Cinemateca Francesa y del Museo de Arte Moderno de Nueva York”.

Y terminaba: “La dirección del ICAIC no ha tenido ningún escrúpulo en alterar hechos tan importantes de la historia de cine cubano. Ha encontrado más fácil beneficiarse atribuyéndoselos. ¿Por qué?”.

De cómo llegó a molestar la biografía de Puig habla el catálogo de la XII Semana Internacional de Cine de Color, que aconteció en Barcelona a finales de octubre de 1970. En una de las páginas centrales, en la lista del jurado internacional de ese certamen, aparecen los nombres de Vicente Aranda, Robert Balser, Simon Mizrahi y Mario Vargas Llosa, acompañados todos de sus respectivas síntesis biográficas; junto al de Germán Puig, solo hay un espacio en blanco.

Por intermedio de la Embajada de Cuba en Madrid, el ICAIC -que envió a competición el mediometraje documental ‘1868-1968’, de Bernabé Hernández-, hizo gestiones para que Puig no figurara en el jurado. Aunque su presencia fue ineludible, el festival barcelonés optó por suprimir aquella biografía incómoda.

Entronado como funcionario del poder y en un intento por denostar las dotes de bailarín del cineasta Tomás Gutiérrez Alea porque baila “al son de la música que toca el enemigo”, Alfredo Guevara se ocupó en calificar a “la vieja Cinemateca”, “a aquel viejo grupo”, como un “viejo sector que más o menos ha tenido una mala posición política”.

La desmemoria impuesta como tradición es uno de los síntomas más graves de cualquier totalitarismo. Hasta hace poco, la historia cubana recogía abundante información sobre los aportes de Valdés Rodríguez y de la sociedad Nuestro Tiempo en el fomento de la cultura cinematográfica; pero muy poca –llamativamente escasa- sobre el Cine-Club de La Habana o de aquella “vieja Cinemateca”.

foto5-german-manuel.JPGPuig (izquierda) junto al escritor argentino Manuel Puig (1932-1990), autor de Boquitas pintadas.   A pesar del apellido en común, no eran familia, pero fueron grandes hermanos. En Madrid, años 70. © Colección de Germán Puig

Decepcionado con tanta miseria humana alrededor del cine, Puig se adelantó en fotografiar cuerpos desnudos. En 1975, viviendo ya en el Madrid del tardofranquismo, de censores y mojigatos, descubrió en carne propia que, en toda dictadura, una disidencia artística es también una disidencia política. Bastaron unos “desnudos inocentes”, para que fuera expedientado por el Juzgado de Peligrosidad y Rehabitación Social por “favorecer la pornografía”, y puesto en caza y captura por declararse en rebeldía.

Una vez más, aquel hombre huyó a Francia. Allí fundó su sello editorial, Herman Puig Éditeur, con el que antologó varios libros con instantáneas del desnudo masculino, mucho antes que los editados por Taschen, luego tan famosos. En aquel París bohemio, Puig demostró que nunca fue un pornógrafo. En Barcelona, él sigue dando de sí, fotografiando y coleccionando sus imágenes de cuerpos desnudos, cuerpos que él va arrebatando al tiempo. Si él se pierde, búsquenlo en un rayo de luz.

© Manuel Zayas, 2010. Todos los derechos reservados.

Polémica (V)

El desarrollo de la memoria, otras palabras de Titón

El 16 de junio de 1961, en una primera sesión que hubo en la Biblioteca Nacional, y antes de que Fidel Castro pronunciara sus famosas y fatídicas Palabras a los intelectuales, Tomás Gutiérrez Alea dijo:

“Yo quisiera previamente concretarme un poco sobre el caso de -no voy a extenderme mucho- PM. Quizás se hayan cometido errores en el estilo de tratar este asunto. Ahora, yo creo que ha quedado bastante claro (no sé si es necesario aclararlo más), que no se trata eminentemente de una película contrarrevolucionaria, pero que sí se trata de una película que, al tocar un aspecto de la realidad, no lo toca en una forma debida y, por lo tanto, dice una mentira de la manera más hipócrita que se puede decir, que es ocultando una parte de la verdad. […] Yo creo que eso está bien aclarado. Está bien aclarado que nuestra situación hoy es crítica, y que estamos rodeados de enemigos, y que, por lo tanto, aun cuando esa película tenga valores artísticos (que no tenemos que negárselos) y tenga valores como documento, es inoportuna. Inoportuna exhibición, y sería realmente malo, realmente muy malo, que esa película fuera a caer en manos de gente que fuera a utilizarla contra nosotros. Estaríamos dándole un arma al enemigo, cosa que no hay por qué hacer ahora”.

En: Encuentro de la Cultura Cubana, No.43, invierno de 2006/2007, p.169.

Polémica (IV)

La función del historiador

Juan Antonio García Borrero, en su artículo “Todavía Pasado Meridiano“, se pregunta:

“¿Cuál ha de ser la actitud del historiador ante esta multiplicidad de fuentes que hoy comentan el hecho histórico? ¿Se puede aspirar a lograr cierta cuota de “objetividad” en medio de tantas remembranzas donde resulta imposible aparcar las vivencias personales? ¿Será posible superar la tendencia de pensar los hechos en términos “trascendentalistas”, para intentar capturar la trágica inocencia del devenir?”

“Creo que lo único que puede defender el historiador en medio de esas circunstancias es el distanciamiento crítico. Por supuesto que esto le acarreará no pocos obstáculos y enemigos, en tanto se trata de encontrar un punto de vista que vaya más allá de lo opinable, incluyendo “la opinión oficial” y su reverso. El desafío, en esos casos, está en mantener los ojos abiertos a todo lo que asome a la esfera pública, pero sin olvidar que muchas de esas evocaciones estarán marcadas por el subjetivismo: nunca podrán ser iguales las versiones de Alfredo Guevara o Julio García Espinosa sobre “PM”, o las de Orlando Jiménez Leal, Fausto Canel, o Len Zayas”.

“De cualquier forma, al historiador le quedan otras herramientas, como puede ser el cotejo documental. Lo que pasa es que, entre nosotros, esa documentación va apareciendo de manera fragmentada. Pongamos el ejemplo del propio Titón, que gracias a la reciente publicación de su epistolario, también aporta (como en Rashomon) su versión póstuma de los hechos. Gracias al epistolario podemos leer el mensaje que envía “Al Consejo Directivo del ICAIC” el 3 de junio de 1961 donde, según sus propias palabras, “deseo hacer constar mi decisión de renunciar al cargo de Consejero de ese Instituto”, y un poco más adelante ese duro memorando que le dirige a Alfredo Guevara, en el cual entre otros aspectos, asegura que “OCULTAR OBRAS PORQUE PUEDEN CONSTITUIR UNA MALA INFLUENCIA PARA NUESTROS COMPAÑEROS SOLO PUEDE PRODUCIR UN ESTANCAMIENTO EN EL DESARROLLO DE LOS MISMOS. Y COMO CONSECUENCIA INEVITABLE, UNA FALTA DE CONFIANZA EN LAS IDEAS QUE SE DAN COMO BUENAS (YA QUE SE EVITA UNA CONFRONTACION CON LA REALIDAD). (p 64)”.

“Es cierto que cuando Titón escribe su ensayo El Free Cinema y la objetividad (Revista Cine Cubano Nro. 4, pp 35-39) pareciera que está polemizando con los creadores de “PM”. Pero tengo la impresión de que se trata de un debate puramente estético, ajeno a los diferendos ideológicos que sí estaban presentes entre Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante y Alfredo Guevara”.

“De hecho, las relaciones de amistad que Alea siguió manteniendo con Néstor Almendros (las cuales cesaron a mediados de los ochenta, a raíz del estreno de “Conducta impropia”) provocaron las críticas de Alfredo Guevara, quien llegaría a afirmar que “Considero que Titón sí baila al son de la música que toca el enemigo, considero que Titón no tiene defensas frente a las posiciones ideológicas de ese grupo, considero más aún, que Titón está muy cerca de ser el más honesto de los miembros de “Lunes de Revolución”, no de “Lunes de Revolución” como “Lunes”, sino de la vieja Cinemateca, de aquel viejo grupo, de aquel viejo sector que más o menos ha tenido una mala posición política…” (Tiempo de fundación, p 96)”.

© Juan Antonio García Borrero, 2009.

Polémica (II)

pm3.jpg

PM otra vez

(Fausto Canel responde a un comentario de Len Zayas sobre PM, 30 de marzo de 2009).

No conocí a Len Zayas. Y lo prefiero así, pues Len Zayas miente –o por lo menos, “no recuerda bien”… Y esto que voy a escribir lo puedes, si quieres, reproducir en tu blog… Se lo enviaré directamente a Manuel Zayas, pues este texto es una gran calumnia…

Veamos, paso a a paso….

“Manuel, sin intenciones de entrar en detalles históricos hay una aclaración creo vale dentro de lo interesante de tu artículo “El Grado Cero del Cine Cubano”. Tienes razón en todo lo concerniente a PM excepto que no está definido un detalle de muy poca publicidad. De ese hecho soy testigo presencial debido a que por ese tiempo el que te escribe, Len Zayas, era el productor del Noticiero ICAIC y junto con Roberto León Henriquez y Santiago Álvarez participamos en las discusiones sobre el documental PM para decidir la postura oficial aun cuando ya se había determinado la actitud a seguir en esa situación. La idea, como siempre, era mostrar la fuerza del Instituto en su determinación de controlar todo lo que fuera relativo al cine, en este caso, y contrario a la creencia popular, no tenía relación alguna con el carácter artístico o político de la obra”.

Totalmente cierto, digo yo FC… La palabra clave es control, monopolio del poder… Aunque Len Zayas olvida que no sólo “Lunes” comentó PM sino que lo produjo y lo proyectó por televisión, fuera del alcance de la censura de Alfredo Guevara (a veces cerrada, otras abierta, según los intereses de Fidel del momento), la cual no tenía juridiscción sobre TV, solamente sobre aquello que se podía proyectar en un cine… Por eso la Legión de Honor o de Martí o como se llame esa medalla que Raúl Castro le dió, Alfredo se la merece con creces… Alfredo Guevara ha sido el más coherente, fiel e inteligente colaborador de Fidel y Raúl Castro de los últimos 60 años… No hay que olvidar que Raúl se hizo miembro de las Juventudes Comunistas, en Praga, y luego viajó deslumbrado por la URSS, en los primeros años 50, gracias a que Alfredo, entonces miembro del PSP [Partido Socialista Popular], lo apadrinó — siguiendo órdenes, dicen las malas lenguas, de Fidel, para tener una pica en Flandes…

“De haberse tratado sobre el desarrollo de las moscas en Gibara, el tratamiento se hubiera efectuado igual. En este caso había dos pájaros en la mirilla, un documental de cine y “Lunes de Revolución” que lo comentaba. Los participantes en la reunión, una decena de ejecutivos de la empresa, estabamos claros que los dirigentes que presidían el mitin informal, Alfredo Guevara y Julio García Espinosa, lo que buscaban eran colaboradores que sirvieran de “frente” para que los verdaderos lideres, los únicos cabe decir, Alfredo y Fidel (no presente en ese momento), pudieran aparecer como neutrales y conservar la simpatía de elementos que al momento, aunque considerados peligrosos intelectualmente, eran útiles; la gente de “Lunes de Revolución” con Guillermo Cabrera Infante a la cabeza”.

De alguna manera cierto, aunque hay que decir que esta reunión en el Noticiero, de la cual nunca me enteré, no tuvo jamás la importancia de la discusión que hubo en el 5to. piso del ICAIC entre los directores de largo y cortometraje y la dirección en pleno del ICAIC, donde Titón, ciertamente, si bien criticó la indiferencia política de PM, dejó muy claro su desacuerdo con la prohibición… Hay además un detalle que Len Zayas olvida, o tal vez nunca supo… Con la prohibición de PM, Alfredo quiso dejar bien establecido su monopolio sobre todo lo que fuese cine, pero también quiso utilizar la ocasión para ganarle una batalla a [Carlos] Franqui, a quien consideraba un competidor en la carrera hacia el Ministerio de Cultura, todavía no creado, y por lo tanto, en el aire, ya que había tres posibilidades: la izquierda, que no por muy de izquierda dejaba de quererse democrática, representada por Franqui; el comunismo centralista y totalitario, Castrista, no PSP, representado por Alfredo; y el comunismo centralista y totalitario, tipo PSP (de formación estalinista), representado por el Consejo General de Cultura, con Edith García Buchaca a la cabeza…. Lo que Fidel siempre quiso, y para ello utilizó y manipuló a los otros miembros del proceso, fue el centralismo totalitario fidelista… El Estado soy yo… (Y que no me vengan con la excusa de que el peligro exterior justificó un centralismo totalitario en una sola persona… Esa fue la excusa de Stalin, aún después del final de la 2da. Guerra Mundial… Fidel y el mundo supieron (aunque nunca el pueblo cubano supo) que para finalizar la Crisis de Octubre de 1962, EE.UU. FIRMÓ, con una todavía poderosa URSS, un acuerdo de no agresión militar a Cuba… ¡Acuerdo que cumplió! Para los desorientados debo recordar que el famoso embargo es de 1961, por no haber compensado, como correspondía, la nacionalización de las empresas estadounidenses que Castro expropió sin una razón económica válida… Ni siquiera el tonto de Chávez ha repetido una estupidez semejante… De hecho, por consejo de Fidel, Chávez se ha protegido, pagando todas sus expropiaciones. Ah, ¡la irresponsable juventud fidelista! ¡Y la arrogancia, ignorante!

“La historia culpó como promovedor de la censura a Mario Rodríguez Alemán cuando en realidad el antiguo director de la Academia de Artes Dramáticas, y en ese tiempo revisor de guiones de la empresa, no estaba siquiera presente en la reunión efectuada en el salón de proyecciones del cuarto piso del entonces edificio Atlantic”.

No creo que haya habido nunca una reunión sobre PM en el cuarto piso del ICAIC, que era un piso utilizado únicamente para servicios de edición… La reunión ocurrió en el 5to. piso, en la sala de proyecciones, y a Rodriguez Alemán no lo invitaron — y se lo mereció, por lame c… No era revisor de guiones del ICAIC, como dice Lan, sino director de la Comisión Revisora de Películas, que fue la que confiscó la copia y prohibió la exhibición de PM… Con Rodriguez Alemán fue con quien hablaron Sabá y Orlando, pidiendo explicaciones… Rodríguez Alemán siempre fue un cobarde y un mediocre, desde los años 50, todo el mundo que lo conoció en aquella época lo sabe — y si consiguió la dirección de la Comisión Revisora fue porque Manuel Fernández –un hombre infinitamente más inteligente e íntegro que Rodríguez Alemán—dejó Cuba, después de intentar por más de un año de ser justo en sus valoraciones, no censor por razones castro-políticas…

“El principal depredador del documental no fue Alfredo Guevara o Julio García Espinosa, sino el fallecido director de cine Tomás Gutiérrez Alea que como dato interesante se decía amigo de Sabá y de Nestor Almendros. Hubo tres abstenciones en la votación, un camarógrafo que no estoy seguro era de apellido Martínez, el productor de noticiero Roberto León y un servidor”.

Yo no estuve en esta reunión. Pero puedo atestiguar — y las cartas y diarios de Titón lo atestiguan, que Gutiérrez Alea no fue en el quinto piso del ICAIC (por lo tanto supongo que tampoco en la reunión del Noticiero) “el principal depredador de PM”: todo lo contrario… Titón era ciertamente amigo de Néstor, pero problemas personales le alejaban de Sabá, conflictos que venían de los años 50 y que nada tenían que ver con PM… Cualesquiera que fuesen sus críticas al corto, nunca JAMÁS Titón apoyó la censura de PM… En aquel instante, la situación de fuerza era tal que no le hubiese quedado más remedio que renunciar, como protesta, pero como él mismo dice en sus cartas, “tenía una obra por hacer.” Yo tampoco renuncié en aquel momento, debo decir… Por lo tanto, no puedo tirar ninguna piedra…

“Néstor Almendros, a la sazón camarógrafo de mi equipo de noticias, fue despedido sin siquiera consultarse conmigo que fungía no solo como productor, sino como jefe de producción del noticiero y asistente de Santiago Álvarez en cortometraje. Al protestar enérgicamente por haberse expulsado dos empleados sin discutirse la situación, (el otro un chofer que se reinstaló aunque no en las noticias) se me retiró del cargo y pasé a lo que se me ofreció como un ascenso a largo metraje. Lo demás es historia que no guarda relación con este hecho. Algún día documentos como los tuyos, los de Borrero y otros servirán como la verdadera historia del Cine en Cuba. Gracias y un saludo cordial. Leonardo (Len) Zayas”

Néstor renunció al ICAIC mucho antes de que nadie lo pudiese expulsar… Cuando PM, Néstor publicó una crítica favorable, luego una protesta por la prohibición — y por mí se enteró de que lo habían sacado como crítico de cine de Bohemia, cuando le llamé para decirle que Enrique de la Oz —imagen perfecta del mediocre miserable— me había ofrecido el puesto a mí, sin siquiera tener el coraje de informarle a Néstor primero… Inútil agregar que rechacé la oferta… Estábamos rodeados de seres sin columna vertebral, quienes, ante el avance acelerado de la dictadura totalitaria y personal, pasaban por encima de todos los escrúpulos para evitar caer en la razzia del momento… Para cuando ocurre PM ya Néstor lleva tiempo fuera del ICAIC y no recuerdo de que haya nunca trabajado en el Noticiero ICAIC, habiendo sido director de documentales (Escuela en el Campo, Ritmos de Cuba, por ejemplo: el ICAIC era muy clasista: el nivel burocrático contaba ante todo). Cuando PM, Néstor trabajaba como camarógrafo del Noticiero del Canal 2 (dirigido por Franqui), donde está ya realizando Gente en la playa, un documental, como PM, independiente al ICAIC. La palabra INDEPENDIENTE fue el gran pecado. De ambos cortos. Hoy, visto desde la perspectiva del cine cubano independiente actual, toda esta historia resulta no sólo incomprensible, sino también ridícula, pueril, subdesarrollada, patética diría yo — y a muchos nos costó carrera, patria y arraigo, pérdidas irreparables por muchos éxitos y comfort y compensaciones de todo tipo que hayamos conseguido por nuestra calidad profesional en el extranjero… Ellos se lo perdieron, digo yo, como se pierden hoy a profesionales valiosos que no aceptan comulgar más con ruedas de molino… Hoy, gracias a la decrepitud de la dictadura , que ya no es personal, sino familiar, monárquica, y a los avances de la tecnología que a estas alturas ya no se puede parar —por mucho que lo quiera Ramiro, ¡siempre Ramiro, qué salación! Pensar que todo este rollo (y este dolor) haya sido provocado por dos INOCUOS documentales cuyo único delito era el haber sido hechos FUERA del control TOTALITARIO del ICAIC, resulta hoy EJEMPLAR.

Que aprenda el que quiera aprender.

Fausto Canel

Link a este post: TODAVÍA “PASADO MERIDIANO”

De la foto: Fotograma de PM, Orlando Jiménez Leal, 1961.